sastre

El sastre y la Luna

Ilustración: 1927

La Luna se asomaba a la ventaba del sastre todas las noches y miraba cómo trabajaba.

El sastre se sentaba, con las piernas dobladas bajo su luz, cortaba con unas enormes tijeras y cosía.

Pero una noche, cuando la Luna se asomó a la ventana, vio al sastre acostado en su cama durmiendo, soñando un dulce sueño.

La Luna se asombró y le dijo:

—¡Hola, señor sastre!

El sastre se despertó, se puso en pie, le hizo una gran reverencia a la Luna y le preguntó:

—¿Qué quieres de mí, Luna?

—Parece que no tienes mucho trabajo, porque es muy temprano y ya te has puesto a dormir —respondió la Luna—. Así que he pensado en encargarte ropa. Aquí fuera hace mucho frío y como yo ya soy anciana, me vendría bien un buen traje que me calentara. Hazme uno bien bonito y yo, a cambio, iluminaré gratis tu taller.

Después de pensarlo, el sastre respondió:

—¡De acuerdo!, aunque no será una tarea fácil. Tienes una punta hacia arriba y otra hacia abajo y en medio estás doblada como si fueras una hoz. Pero un pedido es un pedido y necesito trabajar para comer.

El sastre tomó las medidas a la Luna y le prometió tener el traje listo en una semana.

La Luna regresó el día señalado. El sastre le probó el vestido, pero ¡el traje no le iba bien! Su barriga había crecido y parecía una hogaza de pan.

La Luna se quejó al sastre:

—Mira, amigo mío, este traje me va pequeño. ¿Cómo quieres que me lo ponga? Descóselo y hazlo más ancho. Dentro de una semana volveré.

El sastre descosió el traje, añadió trozos de tela allí donde hacía falta y volvió a coserlo. El traje, ahora, era mucho más ancho.

Pasó una semana y, al anochecer, la Luna volvió a casa del sastre.

—¡Estás muy gorda, Luna! —exclamó el sastre sorprendido— Ahora eres redonda como una calabaza. ¿Qué te ha sucedido? Estás hinchada. ¿Quizás te duele el estómago?

—Olvidé por completo advertirte de que suelo engordarme un poco. Pero, amigo mío, ahora puedes estar tranquilo; te asegura que no ganaré más peso, ni siquiera medio gramo.

El sastre se puso a trabajar de nuevo; descosió todas las costuras y añadió un trozo de tela muy grande. El traje, ahora, era realmente enorme.

La Luna apareció al cabo de una semana, al anochecer, pero ¡¿qué le había pasado?!, ahora era delgada como un palillo y el traje le colgaba como a un espantapájaros.

El sastre estaba muy enfadado porque había trabajado en vano. Le dijo a la Luna que no le cosería el traje. Cerró la ventana y se tumbó en su cama a descansar de la tarea inútil de las tres semanas anteriores.

La Luna se quedó sin su traje, por eso sigue viajando cada noche por el cielo; busca sin descanso un voluntario dispuesto a coserle uno.

FIN

La paja, la brasa y la alubia

Ilustración: Otto Schubert

Vivía en un pueblo una anciana que, habiendo recogido un plato de alubias, se disponía a cocerlas. Preparó fuego en el hogar y, para que ardiera más deprisa, lo encendió con un puñado de paja. Al echar las alubias en el puchero, se le cayó una sin que ella lo advirtiera, y fue a parar al suelo, junto a una brizna de paja. Al poco, una ascua saltó del hogar y cayó al lado de las otras dos. Inició entonces la conversación la paja:

—Amigas, ¿de dónde venís?

Y respondió la brasa:

—¡Yo he tenido la suerte de poder saltar del fuego! De no ser por mi arrojo, aquí se acababan mis días. Me habría consumido hasta convertirme en ceniza.

Dijo la alubia:

—También yo he salvado el pellejo; porque si la vieja consigue echarme en la olla, a estas horas estaría ya cocida y convertida en puré sin remisión, como mis compañeras.

—No habría salido mejor librada yo —terció la paja—, todas mis hermanas han sido arrojadas al fuego por la vieja, y ahora ya no son más que humo. Sesenta cogió de una vez para quitarnos la vida. Por fortuna, yo pude deslizarme entre sus dedos.

—¿Y qué vamos a hacer ahora? —preguntó la brasa.

—Yo soy de parecer —propuso la alubia— que puesto que tuvimos la buena fortuna de escapar de la muerte, sigamos reunidas las tres en amistosa compañía, y, para evitar que nos ocurra aquí algún otro percance, nos marchemos juntas a otras tierras.

La proposición gustó a las otras dos, y juntas se pusieron en camino. Al cabo de poco, llegaron a la orilla de un arroyuelo, y, como no había puente ni pasarela, no sabían cómo cruzarlo. Pero a la paja se le ocurrió una idea:

—Me echaré de través sobre el arroyo y haré de puente para que crucéis vosotras.

Se tendió la paja de orilla a orilla, y el ascua, que por naturaleza era fogosa, se apresuró a aventurarse por la nueva pasarela. Pero cuando estuvo en la mitad, oyendo el murmullo del agua bajo sus pies, sintió miedo y se paró, sin atreverse a dar un paso más. La paja comenzó a arder, y, partiéndose en dos, cayó al arroyo, arrastrando al ascua con ella, que, con un chirrido, expiró al tocar el agua. La alubia, que, prudente, se había quedado en la orilla, no pudo contener la risa ante la escena, y tales fueron sus carcajadas, que reventó de la risa. También ella habría acabado allí su existencia; pero quiso la suerte que un sastre que iba de viaje se detuviese a descansar a la orilla del riachuelo. Como era hombre de corazón compasivo, sacó hilo y aguja y cosió el desgarrón. La alubia le dio las gracias del modo más efusivo; pero como el sastre había usado hilo negro, desde aquel día todas las alubias tienen una costura negra.

FIN