selva

La liebre que engañó al tigre

Ilustración: ReevolveR

En una de las grandes selvas de la India vivían, como es natural, una porción de animales de distintas especies. Pero no vivían en paz, porque les robaba la calma un feroz tigre que se almorzaba, comía y cenaba a cuantos vecinos se le antojaba, y los pobres no sabían qué hacer para quitarse de encima aquel azote de lomo rayado y afilados colmillos. Por lo menos querían que el tigre reglamentase su vida y no comiese más que lo estrictamente necesario para vivir.

Transigían con darle carne, puesto que el tigre no estaba acostumbrado a comer paja, y no había más remedio que darle tajadas.

Después de muchos conciliábulos, los animales de la selva decidieron llamar a capítulo al feroz tigre, el cual debía ser, sin duda, un tigre razonable, porque no se almorzó al mensajero y acudió puntualmente al llamamiento de sus vecinos y futuras víctimas.

Ya en presencia de aquella especie de congreso que se había reunido para recibirlo, lanzó un potente rugido que sembró la alarma en el ánimo de los más esforzados.

—Aquí me tenéis —dijo—, y desembuchad pronto lo que tengáis que comunicarme, porque me caigo de sueño. He pasado mala noche. Se me indigestó la cena y estoy, lo que se dice, muerto.

—¡Ojalá! —exclamó por lo bajo una gacela.

—¿Qué dices ? —preguntó el tigre al oír refunfuñar a la gacela.

—Digo que ojalá no se hubiera usted puesto malo, porque lo aprecio mucho —repuso la interpelada temblando de miedo.

—Muchas gracias, vecinita —dijo el tigre cortésmente—. Ahora al grano, aunque no me gusta. ¿Para qué me habéis llamado?

Y aquí surgió un grave problema. Los animales que más habían vociferado cuando estaban solos, eran mudos en presencia del tigre, porque siempre suele ocurrir lo mismo con los valentones. Por fin habló un mono que, por su facilidad de palabra y de trepar a los árboles, podía explicarse mejor y huir de rama en rama en caso de que el tigre tomase a mal sus palabras y quisiera imponerle silencio violentamente.

—Escucha, tigre carnicero —le dijo—. Te hemos llamado para decirte que estamos hartos de ser víctimas tuyas y queremos reglamentar tu comida. Es preciso que no mueran tantos animales para satisfacer tus feroces apetitos.

—¡Oh, qué poco entiendes la vida, amigo mono! —respondió el tigre que, al parecer, estaba satisfecho y, por lo tanto, no le importaba perder el tiempo discutiendo—. Lo que tú tomas por un mal, no es sino un bien desde mi punto de vista. Todos hemos venido al mundo para trabajar y yo trabajo como el primero para procurarme el sustento. ¿No es trabajo, dime, levantarme por la noche, y, cuando la mayoría de vosotros está durmiendo a pierna suelta, echar me al bosque a buscar qué comer?  ¡Qué culpa tengo yo de que no me entre la hierba? Yo me considero en el deber de comer carne, pues para eso tengo colmillos, y trabajo para adquirirla andando a veces leguas enteras en busca de ella y aguzando el ingenio para vencer la astucia de aquellos que, lejos de considerarse honrados con ir a parar a mi vientre, huyen y se ocultan con un cuidado que me obliga a trabajar aún más.

—Te conocemos, tigre, y aunque vengas ahora dándotelas de infeliz, sabemos muy bien que matas muchos más animales de los que realmente te hacen falta para tu sustento. Por eso vamos a hacerle una proposición.

—¿Qué proposiciones podéis hacerme que sean capaces do convencerme? El trabajar es digno de criaturas honradas, y yo no aceptaré nada que contribuya a librarme de mi trabajo. Sin embargo, os escucho y, si puedo complaceros, lo haré con mucho gusto.

—Pues lo que queremos proponerte —continuó el mono—, es lo siguiente: no salgas de caza por las noches para que tu celo por el trabajo no te incite a matar animales que no necesitas; estate en tu casa, o paséate tranquilamente, y si te comprometes a no matar a nadie, nosotros nos comprometemos a traerte diariamente una víctima para que te la comas. Así, tú no tendrás que preocuparte y nosotros sabremos que has de comerte al año trescientos sesenta y cinco animales o trescientos sesenta y seis si el año es bisiesto, mientras que siendo tú el cazador matarías diez veces más animales.

El tigre se quedó pensativo y, después de haberse rascado las dos orejas y el hocico, respondió:

—En principio no me parece mal la idea y estoy dispuesto a ensayarla desde esta noche. Pero os advierto que, si en la práctica no me da buen resultado, volveré al trabajo como siempre.

Y así se hizo.

Desde aquella noche los animales de la selva entregaban una víctima diaria al tigre y todo marchó como una seda durante algún tiempo. Los animales se sorteaban, y al que le tocaba la china iba a entregarse a los colmillos del tigre.

Al cabo ele algún tiempo le tocó la desgracia, porque no podemos decir la suerte, a la liebre, y esta no la recibió con agrado.

—¿Cuánto tiempo va a durar esta odiosa opresión? —dijo.

Sus vecinos comenzaron a gritar y a protestar contra el que todos creían era un deseo de romper el convenio, y solo se quedaron medio satisfechos cuando la liebre les indicó que tenía un plan para acabar con el tigre. No hay que decir que todos quisieron saber qué pensaba hacer, pero la liebre contestaba con un refrán que se usa en la India: «Antes de emprender tu viaje esconde tres cosas: tu dinero, la fecha de salida y el camino que vas a recorrer».

En una palabra, la liebre ocultó su plan y, por la noche, emprendió el camino hacia la guarida del tigre, tan tarde, que el animal estaba ya hambriento y enfadado por el retraso de su víctima.

Cuando llegó la liebre, aparentemente muy precipitada, el tigre la regañó muchísimo, y la liebre tuvo que esforzarse para lograr que escuchara su explicación.

—Escucha, tigre —dijo cuando pudo hacerse oír—, venía para acá con un amigo cuando encontramos otro tigre que nos cogió a los dos. Yo le dije que tuviera cuidado conmigo, porque estaba destinada al servicio de mi rey, pero el tigre desconocido me amenazó terriblemente, y dijo que te iba a destrozar a ti; más, por fortuna, con esta labia que tengo, conseguí que me dejase un respiro para venir a comunicarte lo ocurrido. Lo que sí te advierto, ¡oh, tigre!, es que no esperes más víctimas —concluyó—. El camino está cerrado por ese tigre, y si deseas que llegue tu cotidiano alimento tendrás que despejar el camino.

Al oír esto, el tigre montó en cólera, y diciendo a la liebre que le indicase el sitio en el cual estaba su rival, echó a andar.

La liebre lo llevó por un camino hasta un pozo que en el mismo había, pero antes de llegar se detuvo muy asustada

—¿Dónde está ese tigre? —preguntó, impaciente, su acompañante—. ¿Qué te pasa que no andas?

—¿Cómo quieres que ande con el miedo que tengo? —repuso la liebre—. ¿No ves que estoy temblando? Por nada del mundo me acercaré a ese pozo, porque ahí está el tigre con mi amigo.

El tigre insistió en que le mostrase el otro tigre y la liebre accedió a condición de que la cogiera en brazos. Así lo hizo su acompañante, y entonces la liebre le dijo que se asomara al pozo.

En efecto, en el fondo se veía al otro tigre con otra liebre en brazos, y, sin esperar a más el tigre verdadero, puesto que el otro no era sino su imagen reflejada en el agua con la claridad de la luna, soltó a la liebre y se arrojó al pozo, donde se ahogó.

La liebre, loca de contento por el triunfo de su ardid, corrió al pueblo con la buena nueva de la muerte de su enemigo y todos la aclamaron.

FIN

La construcción (o ¿por qué hay diferentes ecosistemas?)

Ilustración: demonflair

¿Os imagináis a un pingüino viviendo en el desierto? ¿O qué tal un elefante en lo alto de una montaña? ¿Verdad que no? Pues por eso los animales crearon los hábitats donde viven ahora según sus gustos. Todo empezó hace mucho, mucho tiempo, cuando la música no se había inventado y todo olía a nuevo…

Mucho antes de la separación de los continentes, mucho antes de que existieran los restos fósiles, toda la tierra era igual: una amplia pradera con hierbas y plantas y algún que otro árbol aquí y allá. Algún arroyuelo nacía en medio del prado y transcurría en línea recta hasta encontrarse con el mar. En aquella vasta pradera vivían juntos todos los animales.

La convivencia no era nada fácil. Los animales depredados no disponían de buenos lugares para esconderse y protegerse de los predadores y los animales grandes ya estaban cansados de defender a los pequeños. Los pájaros tenían pocos árboles donde anidar y se veían obligados a construir sus nidos en el suelo, con el consiguiente peligro que suponía ser aplastados en cualquier momento.

La situación era cada vez más tensa y complicada para todos.

Los elefantes, hartos de vigilar donde ponían las patas cada vez que daban un paso, decidieron remediar la situación. Empezaron a hacer surcos con sus colmillos para desviar los ríos, arrancaron árboles de un lugar y los plantaron en otro, todos bien juntitos, creando así una masa boscosa bien densa. A tigres, osos, monos, búfalos y lobos les gustó aquello y decidieron irse a vivir con los elefantes.

A algunas serpientes, escorpiones, camellos y dromedarios no les acababa de gustar eso que llamaban selva. En ella veían poco el sol, así que decidieron buscar para vivir un lugar donde no hubiera plantas, o en el que hubiera muy pocas. Lo que hicieron fue ir arrancando del suelo todas la que encontraban a su paso y, poco a poco, crearon los desiertos. A antílopes, oryxs y fénecs les gustó la idea y se mudaron allí.

Tampoco a los leones, los guepardos, las cebras y los ñus, les terminaba de convencer la idea de la selva, pero el desierto era demasiado árido para ellos, ¡necesitaban más hierba!, así que decidieron plantar unos cuántos árboles entre la selva y el desierto. Pidieron ayuda a algunos elefantes, porque querían construir un río para que la hierba creciera frondosa. De este modo, crearon la sabana. Algunos de los elefantes que ayudaron a construirla se quedaron a vivir en ella.

Los osos polares pensaron que en los desiertos hacía demasiado calor, así que se alejaron tanto como pudieron de ellos y, al llegar muy lejos, con su aliento gélido, soplaron sobre ríos, mares y sobre la tierra que los rodeaba y fueron configurando los polos. Los pingüinos y las focas, al ver aquella extensa blancura, pensaron que era lo más bonito que habían visto nunca y se instalaron allí.

Las águilas no estaban en absoluto contentas con todo lo que estaba haciendo el resto de los animales. Ellas querían altura, querían dejar de hacer sus nidos sobre el suelo para no tener que sufrir por sus huevos. Después de pensarlo, buscaron rocas, las fueron acumulando y, piedra tras piedra, consiguieron levantar altas montañas. Cuando estuvieron listas, hicieron sus nidos en ellas. A muflones, marmotas, tejones y zorros les gustaron tanto las montañas, que se instalaron en ellas.

Los patos, junto con los flamencos y otras aves, también querían disponer de su propio ecosistema, pero frágiles como eran, querían que estuviera en un lugar que a sus depredadores les fuera difícil de alcanzar. Por eso fueron allá donde el río entra dentro del mar y plantaron plantas y más plantas y configuraron los deltas y los humedales.

De este modo, los animales fueron cambiando la Tierra según sus preferencias y conformaron el paisaje variado y rico que tenemos hoy.

FIN

Un elefante ocupa mucho espacio

Ilustración: Euchariss

Que un elefante ocupa mucho espacio lo sabemos todos. Pero que Víctor, un elefante de circo, se decidió una vez a pensar «en elefante», esto es, a tener una idea tan enorme como su cuerpo… ¡ah!… eso algunos no lo saben, y por eso se lo cuento:

Verano. Los domadores dormían en sus carromatos, alineados a un costado de la gran carpa. Los animales velaban desconcertados. No era para menos: cinco minutos antes, el loro había volado de jaula en jaula comunicándoles la inquietante noticia. El elefante había declarado huelga general y proponía que ninguno actuara en la función del día siguiente.

—¿Te has vuelto loco, Víctor? —le preguntó el león, asomando el hocico por entre los barrotes de su jaula—. ¿Cómo te atreves a ordenar algo semejante sin haberme consultado? ¡El rey de los animales soy yo!

La risita del elefante se desparramó como papel picado en la oscuridad de la noche:

—¡Ja! El rey de los animales es el hombre, compañero. Y sobre todo aquí, tan lejos de nuestras selvas…

—¿De qué te quejas, Víctor? —interrumpió un osito, gritando desde su encierro— ¿No son acaso los hombres los que nos dan techo y comida?

—Tú has nacido bajo la lona del circo… —le contestó Víctor dulcemente— La esposa del criador te crio con mamadera… Solamente conoces el país de los hombres y no puedes entender, aún, la alegría de la libertad…

—¿Se puede saber para qué hacemos huelga? —gruñó la foca, coleteando nerviosa de aquí para allá.

—¡Al fin una buena pregunta! —exclamó Víctor, entusiasmado, y ahí nomás les explicó a sus compañeros que ellos eran presos… que trabajaban para que el dueño del circo se llenara los bolsillos de dinero… que eran obligados a ejecutar ridículas pruebas para divertir a la gente… que se los forzaba a imitar a los hombres… que no debían soportar más humillaciones y que patatín y que patatán. (Y que patatín fue el consejo de hacer entender a los hombres que los animales querían volver a ser libres… Y que patatán fue la orden de huelga general…).

—¡Bah! Pamplinas… —se burló el león— ¿Cómo piensas comunicarte con los hombres? ¿Acaso alguno de nosotros habla su idioma?

—Sí —aseguró Víctor—. El loro será nuestro intérprete —Y enroscando la trompa en los barrotes de su jaula, los dobló sin dificultad y salió afuera.

Enseguida, abrió una tras otra las jaulas de sus compañeros. Al rato, todos retozaban en los carromatos. ¡Hasta el león!

Los primeros rayos de sol picaban como abejas zumbadoras sobre las pieles de los animales cuando el dueño del circo se desperezó ante la ventana de su casa rodante. El calor parecía cortar el aire en infinidad de líneas anaranjadas… (los animales nunca supieron si fue por eso que el dueño del circo pidió socorro y después se desmayó, apenas pisó el césped…).

De inmediato, los domadores aparecieron en su auxilio:

—¡Los animales están sueltos! —gritaron a coro, antes de correr en busca de sus látigos.

—¡Pues ahora los usarán para espantarnos las moscas! —les comunicó el loro no bien los domadores los rodearon, dispuestos a encerrarlos nuevamente—. ¡Ya no vamos a trabajar en el circo! ¡Huelga general, decretada por nuestro delegado, el elefante!

—¿Qué disparate es este? ¡A las jaulas!

Y los látigos silbadores ondularon amenazadoramente.

—¡Ustedes a las jaulas! —gruñeron los orangutanes. Y allí mismo se lanzaron sobre ellos y los encerraron. Pataleando furioso, el dueño del circo fue el que más resistencia opuso. Por fin, también él miraba correr el tiempo detrás de los barrotes.

La gente que esa tarde se aglomeró delante de las boleterías las encontró cerradas por grandes carteles que anunciaban:

CIRCO TOMADO POR LOS TRABAJADORES. HUELGA GENERAL DE ANIMALES.

Entretanto, Víctor y sus compañeros trataban de adiestrar a los hombres:

—¡Caminen en cuatro patas y luego salten a través de estos aros de fuego! —¡Mantengan el equilibrio apoyados sobre sus cabezas!

—¡No usen las manos para comer!

—¡Rebuznen!

—¡Maúllen!

—¡Ladren!

—¡Rujan!

—¡BASTA, POR FAVOR, BASTA! —gimió el dueño del circo al concluir su vuelta número doscientos alrededor de la carpa, caminando sobre las manos—. ¡Nos damos por vencidos! ¿Qué quieren?

El loro carraspeó, tosió, tomó unos sorbitos de agua y pronunció entonces el discurso que le había enseñado el elefante:

—Con que esto no, y eso tampoco, y aquello nunca más, y no es justo, y que patatín y que patatán… porque… o nos envían de regreso a nuestras selvas… o inauguramos el primer circo de hombres animalizados, para diversión de todos los gatos y perros del vecindario. He dicho.

Las cámaras de televisión transmitieron un espectáculo insólito aquel fin de semana: en el aeropuerto, cada uno portando su correspondiente pasaje en los dientes (o sujeto en el pico en el caso del loro), todos los animales se ubicaron en orden frente a la puerta de embarque con destino al África.

Claro que el dueño del circo tuvo que contratar dos aviones: en uno viajaron los tigres, el león, los orangutanes, la foca, el osito y el loro. El otro fue totalmente utilizado por Víctor… porque todos sabemos que un elefante ocupa mucho, mucho espacio…

FIN

El árbol que hablaba

Ilustración: AlectorFencer

En una espesa selva vivía un lobo feroz. Un día, mientras intentaba cazar algo para comer, topó con un árbol de cuyas extrañas hojas rojas se desprendía un tenue resplandor. Curioso, se acercó más a él para observarlo mejor y fue entonces cuando oyó que el árbol hablaba.

El lobo se asustó y exclamó:

—Hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol parlante.

Tan pronto hubo pronunciado esas palabras, alguna cosa que no pudo ver lo golpeó y lo dejó inconsciente. No supo cuánto tiempo permaneció tendido a los pies del misterioso árbol, pero al despertar estaba demasiado asustado para pensar en otra cosa que en huir, así que se levantó de inmediato y no paró de correr hasta llegar a su casa.

El lobo estuvo meditando largo rato acerca de lo que le había ocurrido y se dio cuenta de que podría usar el árbol en beneficio propio. Volvió a salir de casa y fue paseando en busca de su vecino el antílope. Cuando dio con él, le contó la historia del árbol que hablaba, pero el antílope no creyó nada de lo que le contaba.

—Si no me crees, ven y tú mismo podrás verlo —propuso el lobo—, pero debes tener cuidado. Cuando estés delante del árbol asegúrate de decir estas palabras: «Hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol parlante». Si cuando estés ante él no pronuncias esta frase, morirás.

El lobo y el antílope se dirigieron hacia el lugar en el que estaba el árbol que hablaba y una vez ante él, el antílope dijo:

—Has dicho la verdad, lobo, hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol parlante.

Tan pronto dijo esto, alguna cosa lo golpeó y lo dejó inconsciente. El lobo cargó con él a su espalda y se lo llevó a su casa para comérselo. «Este árbol que habla solucionará todos mis problemas —pensó el lobo—. Si soy listo, nunca más volveré a pasar hambre».

Al día siguiente, el lobo paseaba como de costumbre cuando topó de frente con una tortuga. Le contó la misma historia que le había contado al antílope y la llevó hasta el lugar en el que estaba el árbol parlante. La tortuga se sorprendió mucho al oírlo hablar:

—No creí que esto fuera posible —dijo—, hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol parlante.

Inmediatamente fue golpeada por algo que no pudo ver y se desvaneció. El lobo la arrastró hasta su casa y la puso en una olla para hacer con ella una deliciosa sopa.

El lobo estaba orgulloso de sí mismo. Después del antílope y la tortuga dio cuenta de un cuervo, de un jabalí, y de un ciervo. ¡En su vida había comido mejor! Ahora usaba siempre la misma estrategia: contaba a sus presas la misma historia y les decía que debían pronunciar ante el árbol la fatídica frase y que si no la decían, morirían. Todos hacían lo que el lobo les decía y todos quedaban inconscientes. Luego el lobo cargaba con ellos hasta su casa. ¡Era un plan perfecto!, era simple e infalible, y él agradecía a los dioses de la selva haber puesto en su camino aquel árbol. Esperaba seguir comiendo como un rey el resto de su vida.

Un día, que se sentía hambriento salió a pasear en busca de una nueva víctima. Esta vez se tropezó con una liebre y el lobo le dijo:

—Hermana liebre, tengo un secreto que es probable que no lo conocieran ni tus antepasados.

—¿Y cuál es ese secreto, hermano lobo? —preguntó curiosa la liebre.

—En esta selva hay un árbol que habla —susurró el lobo.

Y, acto seguido, le contó a la liebre la misma historia de siempre y se ofreció a acompañarla a ver el árbol parlante. La liebre aceptó y fueron juntos hasta el lugar. Cuando ya estaban cerca del árbol el lobo le recordó:

—No olvides decirle al árbol lo que te he dicho.

—¿Qué debo decirle? —preguntó la liebre.

—La frase que debes pronunciar cuando estés en su presencia si no quiere morir —contestó el lobo.

—¡Ah!, sí —dijo la liebre.

Y empezó a hablar con el árbol.

—¡Oh!, gran árbol, ¡oh!, gran árbol —recitó—. ¡Oh! árbol majestuoso y…

—No, eso no es lo que has de decir —la cortó el lobo.

—Perdona —se excusó la liebre. Y volvió a recitar—. Árbol, ¡oh!, árbol, hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol raro.

—¡No, no y no! —se impacientó el lobo— no «un árbol raro», sino «un árbol parlante». Lo que tienes que decir es: «Hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol parlante».

Tan pronto como hubo dicho estas palabras, el lobo cayó inconsciente. La liebre se alejó despacio, girándose, de cuando en cuando, para observar aquel extraño árbol rojo y al lobo tendido bajo él. Luego sonrió:

—Así que este era su plan, señor lobo. Usted se pensó que esta liebre era boba y que hoy sería su comida.

La liebre puso tierra por medio y en su camino fue contando a todos los animales de la selva el secreto del árbol rojo que hablaba. El plan del lobo quedó al descubierto, y el árbol, sin poder herir a nadie más, continuó hablando solo.

FIN

Pubrecito, el cucudrilo

Ilustración: iktis

Garófalo —un mono pesado como media pirámide de Egipto— se lanzó de liana en liana, desoyendo los pedidos de sus amigos, que le rogaban no desplazarse colgado…

Por suerte, la selva tambaleó unos instantes pero no se derrumbó, porque Garófalo había comprendido que incluso a él mismo, le convenía caminar prudentemente si quería seguir vivito y moneando y se desprendió de la cuarta liana justo a tiempo…

Con qué alivio respiraron todos los demás animales cuando sintieron que la selva volvía a mantenerse en su lugar, después de tantos temblores de tierra y sacudida de árboles, entonces, decidieron celebrarlo.

Espiridón —un oso hormiguero— fue el encargado de organizar la fiesta.

Envió invitaciones hasta a las hormigas, pues bien sabían que no correrían peligro alguno con ese oso, alérgico a ellas al punto que se le producía sarpullido de solo mirarlas…

Las invitaciones decían:

“Te espero el próximo viernes, a la hora de la siesta, junto a mi madriguera. vamos a repartir las tareas previas a la realización del acto con motivo de celebrar que aún estamos vivos. Firmado: Espiridón.”

Y así fue como el viernes, a la hora de la siesta, casi todos los animales se congregaron en las proximidades de la madriguera del oso… Faltaron sólo los amargados de siempre… esos que prefieren reunirse en los velorios y no entienden que estar vivo es un hermoso motivo para festejar…

Una vez que los asistentes a su convocatoria se acomodaron alrededor, Espiridón les anunció:

—Amigos, mañana daremos una gran fiesta. Les comunico que…

Sin esperar a que el  oso concluyera la frase, el sapito González —que era uno de los animales más sinceramente entusiasmados con el festejo, ya que no es lo mismo que a uno se le caiga encima un árbol siendo sapo en vez de elefante— exclamó:

—¡FAAANTAAÁSTIIICOOOOOO!

Además de alérgico a las hormigas, Espiridón lo era también a las pulgas; por eso tenía pocas, tan pocas pulgas que no soportaba que nadie lo interrumpiera mientras hablaba. Y menos un animal que tuviese boca amplia, extendida, generosa como la del sapito.

—¡No tolero a los bocones! —pensaba—. ¡Aj! Se me estará por producir una nueva alergia.

Para su fastidio, cuantas veces trataba de reanudar su discurso González lo interrumpía, sin mala intención… pero lo interrumpía… el sapito lanzaba sus exclamaciones de boca abierta de par en par… de vocales abiertas también de par en par:

—¡MAAARAAAVIIILLLOOOOOSOOOOO!

—¡ESPLEEEEÉNDIIIDOOOOO!

—¡MAAAGNIIIIÍFICOOOOOOO!

—¡EEESTOOOOOY DEEE AAAACUUUUUERDOOOO!

Apenas pronunció:

—¡EEESTOOOOOY DEEE AAAACUUUUUERDOOOO! —se arrepintió, porque el oso —al borde de un ataque de «antiboquismo»— acababa de informar:

—¡NO PODRÁN CONCURRIR A LA FIESTA LOS ANIMALES DE BOCA GRANDE!

Y era evidente que lo decía dirigiéndose exclusivamente a él…

Entonces, como González era sapo, sí, pero no zonzo, saltó junto al oso, fingió gran preocupación por lo que terminaba de escuchar, enfrentó a Espiridón con valentía y, frunciendo su boca  al máximo, gritó:

—¡PUBRECITO EL CUCUDRILU!

FIN

De cómo se instaló la gata dentro de la choza

Ilustración: Picolo-kun

Había una vez una gata, una gata salvaje, que vivía sola en el matorral. Cuando al cabo del tiempo se cansó de su soledad, tomó por esposo a otro gato salvaje que, a sus ojos, era la criatura más espléndida de la selva.

Paseaban juntos cierto día por un sendero entre la hierba alta, cuando, zas, de la pradera salió de un brinco el Leopardo y le pegó un revolcón al marido de la gata, que quedó despanzurrado en el suelo.

–¡Vaya! –dijo la Gata–. Mi marido ha mordido el polvo; ahora comprendo que la criatura más espléndida de la selva no es él, sino el Leopardo –y la Gata se fue a vivir con el Leopardo.

Vivieron muy felices hasta que un día, cuando cazaban en el matorral, de pronto, catapún, de entre las sombras saltó el León, aterrizó en el lomo del Leopardo y se lo zampó.

–¡ Vaya! –dijo la Gata–. Ahora veo que la criatura más espléndida de la selva no es el Leopardo, sino el León.

Y la Gata se marchó a vivir con el León.

Vivieron juntos muy felices hasta que un día, cuando acechaban a sus presas en el bosque, una figura enorme se cernió sobre ellos y fu–chu, el Elefante plantó su pata sobre el León y lo dejó planchado.

–¡Vaya! –dijo la Gata–. Ahora veo que la criatura más espléndida no es el León, sino el Elefante.

Así pues, la Gata se fue a vivir con el Elefante. Trepaba en su lomo y se acomodaba ronroneando en su cuello, justo entre las orejas.

Vivieron juntos muy felices hasta que un día, cuando paseaban entre las altas cañas de la margen del río, ¡pa–wa!, se oyó una fuerte detonación y el Elefante se desplomó en la tierra.

Al mirar a su alrededor, la Gata solo alcanzó a ver un hombrecillo con una escopeta.

–¡Vaya! –dijo la Gata–. Ahora veo que la criatura más espléndida de la selva no es el Elefante, sino el Hombre.

Y, así, la Gata echó a andar detrás del Hombre y, al llegar a su casa, se encaramó de un salto al techo de paja de la choza.

–Por fin he encontrado a la criatura más espléndida de toda la selva.

Vivió felizmente en el techado de la choza y comenzó a atrapar a los ratones y las ratas de la aldea. Hasta que un día, mientras se calentaba al sol sobre la choza, oyó ruidos procedentes del interior. Las voces del hombre y de su esposa fueron subiendo de volumen poco a poco hasta que ¡wara–wara–wara…yo–ui!, por la puerta salió despedido el hombre y aterrizó en el polvo.

–Con que sí, ¿eh? –dijo la Gata–. Ahora sé quién es de verdad la criatura más espléndida de la selva: la Mujer.

La Gata descendió del techo, entró en la choza y se arrellanó junto al fuego.

Y allí está instalada desde entonces.

FIN