solidaridad

En el mismo barco

Ilustración: RUYMOON

Un barco lleno de pasajeros zarpó de un lejano puerto y comenzó a navegar por el mar. En él viajaban ancianos y niños, jóvenes y no tan jóvenes, hombres y mujeres, ricos y pobres, negros y blancos, altos y bajos, guapos y feos… En fin, gente de todas las clases, de todos los lugares y de todas las ideologías.

Unos viajaban por trabajo, otros por placer. Algunos huían de su hogar y buscaban nuevos sitios donde ser felices, otros deseaban correr aventuras. Cada uno de ellos tenía un camarote asignado en aquel gran barco que avanzaba por aquel ancho mar, a veces en calma y a veces embravecido, llevando a cada cual a su destino.

De pronto, los pasajeros comenzaron a escuchar fuertes ruidos. Parecía que alguien, con un martillo, golpeaba algo. Los golpes eran cada vez más fuertes y los pasajeros, sorprendidos, se miraban unos a otros:

—¿Qué es ese ruido? ¿De dónde procede? —se preguntaban asustados.

El capitán ordenó a dos marineros que investigaran de inmediato lo que ocurría. Enseguida empezaron a recorrer el barco de arriba a abajo con rapidez; estancia por estancia, camarote a camarote.

Los golpes de martillo continuaban, cada vez eran más intensos. Los pasajeros, intranquilos, recorrían los pasillos, entre curiosos y preocupados por la situación:

—¿Estaremos en peligro? —se preguntaban— ¿Qué es lo que ocurre?

Al fin, los dos marineros llegaron al último camarote, situado en el último subsuelo del barco. ¡Estaban seguros! ¡Los golpes provenían de ese lugar!

—¡Abran inmediatamente! —exigieron al mismo tiempo que golpeaban la puerta del camarote.

Pararon los golpes y la puerta se abrió.

—¿Qué pasa? ¿Qué queréis? —preguntó malhumorado el pasajero de aquel camarote sujetando con una mano el picaporte, y con la otra un enorme martillo.

Los marineros miraron con asombro. Primero al hombre y luego hacia el interior de la habitación. ¡No podían creer lo que veían sus ojos! ¡El suelo de la estancia estaba a punto de romperse!

—Pero, señor, ¡¿qué hace?! ¿No ve que agujereará el suelo y nos hundiremos todos? ¡Suelte ahora mismo ese martillo! —le ordenaron enérgicamente.

—¿Y por qué habría de soltarlo? Este martillo es mío, este es mi camarote y, por tanto, con mi martillo y con mi camarote puedo hacer lo que me dé la gana —respondió el agresivo pasajero.

Al escuchar la discusión, el pasaje empezó a agolparse frente a la puerta del camarote.  Todos tenían algo que decirle al señor. Algunos le rogaban, otros le gritaban, otros intentaban razonar con él… Pero todos, todos querían exactamente lo mismo: que soltara el martillo y dejará de intentar agujerear el suelo del barco.

—Por favor, señor, cálmese y suelte el martillo —pidió alguien amablemente.

—¿Acaso está loco? ¡Deje de dar golpes de una vez! —gritó otro.

—Ya basta, inconsciente. ¡Es usted un irresponsable! —añadió un tercero, muy enojado.

—¡Que alguien lo expulse de este barco! ¡Lo que hace es muy grave! – exigió otro pasajero.

—¡No tienen derecho a hablarme así! —reaccionó con furia el hombre del martillo—. Yo he pagado mi pasaje exactamente como todo el mundo y este es mi camarote. Ni ustedes ni nadie tienen derecho a ordenarme nada porque este espacio es mío. ¿Acaso yo le digo a alguien lo que puede o no puede hacer?

Entonces, se escuchó la suave voz de una niña:

—Pero, señor, ¿no lo entiende? si usted se empeña en hacer un agujero en el suelo de su camarote, el barco entero se llenará de agua y todos nos hundiremos. ¿No entiende que todos navegamos en el mismo barco y lo que uno hace nos afecta a todos?

FIN

Un cuento de plata y arena

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Ilustración: Clara Bailo, El niño de luz de plata

«Un amigo —pensó Najib— no es alguien de quien quieres algo, sino alguien para el que quieres lo mejor».
El niño de luz de plata.

Esta entrada está dedicada a todos los refugiados saharauis de los campos de Tinduf (Argelia).

A veces suceden cosas. Y aquella tarde sucedió algo. Entonces parecía nada, ahora parece un universo.

Los niños del club de lectura de Farsía, capitaneados por la maestra Enguía Ubud, siempre fueron muy especiales…

…los niños lectores de Farsía, no contentos con leer —más bien devorar, libros y libros; tantos, que tenían al Bubisher exhausto—, un día quisieron recomponer la cancioncilla «Mano con mano»; un regalo de Mehdi, un músico genial, un cantor del pueblo.

La melodía era breve y el estribillo se repetía una y otra vez. Pero Enguía la entonó, despacio, marcando las sílabas lentamente, con su aterciopelada voz infantil. Y luego, a ella, se unieron las voces de los niños y niñas, y nació lo que hoy es un auténtico himno.

Poco después, una tarde de otoño, Tuttu me preguntó curiosa:

—¿Cómo se escribe un libro?

Al mirar sus oscuros ojos comprendí que lo preguntaba de verdad, tal vez porque por un agujerito de gusano había visto el futuro. Yo le repliqué que era fácil, que bastaba con seguir el hilo.

—Escribir —dije— es, en realidad, «escrivivir». Basta con una buena primera frase, y después solo hay que dejarse llevar.

—Cuál, por ejemplo —preguntó Tuttu.

—No sé… —contesté.

Pero al levantar los ojos hacia el cielo buscando inspiración, vi la luna imponente que acompaña la vida de los refugiados saharauis desde hace cuarenta años: la luna de Tinduf, distinta a todas las lunas que pueden contemplarse desde nuestras tristes ciudades, y dije:

«Una noche, de la Luna bajó una escalera de plata…».

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Ilustración: Clara Bailo, El niño de luz de plata

No hizo falta más. Mi libreta empezó a echar humo. El club de lectura al completo se puso a argumentar: quién vio la escalera de plata, quién subió o bajó por ella… Y yo lo iba anotando todo, asombrado, porque aquel grupo de niños de Farsía actuaba como un cerebro único.

Así nació El niño de luz de plata, Najib, el chico listo que se hace amigo de un hijo de la Luna.

Lo probamos en las escuelas. Yo contaba el cuento de los niños de Farsía y Clara Bailo, con la ayuda de un kamishibai  dibujaba ante los ojos asombrados de los escolares —¡oh, milagro!—, todo lo que yo iba contando.

Ahora, casi seis años después, esos niños son ya jóvenes que viven su propia vida, pero sus ideas, aquella catarata de pequeños sucesos ha cristalizado y ahora es un libro. Un libro hermoso escrito en dos lenguas: árabe y castellano. Un libro que para no ser ni occidental ni árabe, sino de todos, se abre en vertical.

Y gracias a este libro nacerá una biblioteca en Dajla, el campamento más alejado, más olvidado, menos poblado. En el que, sin embargo, los niños esperan impacientes una caricia del destino. Y la tendrán. Tendrán una biblioteca en la que leer, pintar, reírse, enamorarse. Será libro a libro, granito a granito, del mismo modo que la arena forma las grandes dunas. Y SERÁ con tu ayuda.

Ahora nos lees, pero pronto tendrás en tus manos, bajo tus ojos, una historia hermosa en la que no hay ningún deseo de dar pena, de reclamar nada. O quizá sí, la VIDA. Con sus momentos mágicos y con sus momentos terribles. Con su dolor y su ternura. Porque el final, tan dulce, me lo susurró al oído Minetu, una de aquellas niñas del club de lectura de Farsía:

«Y de la escalera cayó…»

Y al caer halló una mano extendida…

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Ilustración: Clara Bailo, El niño de luz de plata

Para capturar una lágrima, o quizá para estrechar otra mano, la tuya.

No pongas FIN a esta historia.

Contribuye con tu pequeño granito de arena* a que la construcción de la biblioteca de DAJLA se haga realidad.

Pide tu ejemplar a Pilar Segura ( pseguratorres@hotmail.com  *10 € + gastos de envío)

La familia Ciem

Para Martes de Cuento

Ilustración: Marcos Ortega

Érase una vez la familia Ciem formada por papá Calixto Ciem, mamá Carolina Ciem, el hijo Carlitos Ciem y la benjamina de la familia, Cloe Ciem. Los cuatro vivían felices en el claro del Bosque Verde, que limita con las Colinas de los Gigantes, así llamadas por tener el perfil de dos hombres enormes.

Habían llegado no hacía mucho a aquellos parajes procedentes de un lejano valle. Se vieron obligados a abandonar su casa porque las musarañas y los castores se enzarzaron en una guerra terrible y se peleaban continuamente por controlar el agua del único río que discurría por aquellas tierras. Por eso, un día de primavera, los miembros de la familia Ciem, ya cansados de tantos gritos y de ver pasar por encima de sus cabezas troncos, piedras y alguna que otra piña, decidieron emigrar. Estaban seguros de que, tarde o temprano, acabarían teniendo que lamentar algún terrible accidente, por lo que una mañana, antes de que el sol se desperezara, se pusieron sus calcetines, prepararon un hatillo con sus posesiones y, pasito a pasito, echaron a andar.

El caso es que nuestra familia, como ya habréis adivinado por su peculiar apellido, pertenecía a la clase de los quilópodos, a los que se conoce, vulgarmente, como ciempiés y, claro está, esto suponía un elevado número de pies que poner en marcha, pues entre los cuatro sumaban, nada menos, que ¡cuatrocientos!, una auténtica barbaridad de pies.

Anduvieron y anduvieron con sus cuatrocientas patitas a la vez y, a fuerza de tanto andar, sus calcetines se fueron desgastando y cuando llegaron al Bosque Verde ya no quedaba ni rastro de ellos; habían quedado deshilachados a causa de la larga caminata.

Durante la primavera y el verano eso no fue un inconveniente, puesto que hacía mucho calor y andar descalzos era muy agradable; el problema era que se acercaba el invierno y tenían que empezar a pensar en comprar calcetines nuevos para todos y, claro, cuatrocientos calcetines son muy caros y aunque tanto mamá Ciem como papá Ciem no dejaban de trabajar y trabajar, no estaban seguros de poder afrontar aquel gasto y eso los preocupaba mucho. Si no lograban comprar los calcetines antes de que llegaran los primeros fríos, no tendrían más remedio que cargar de nuevo su hatillo y buscar otro hogar, ya que sin calcetines no resistirían el crudo invierno. Pero ellos no querían marcharse, ¡se vivía tan bien allí y tenían tantos amigos!

Y es que desde que se habían establecido en el Bosque Verde, su relación con el resto de animales había sido fantástica —excepto con un armadillo muy antipático llamado Armando Broncas, que no era amigo de nadie porque todo le parecía mal—, los Ciem se habían ganado el cariño y el respeto de todos por su carácter alegre y porque siempre habían ayudado a quien los había necesitado.

Mamá Carolina había enseñado una receta nueva a base de miel y hojas de castaño a Ursula Osa, la chef del restaurante del bosque, que había ganado con ella un premio de cocina muy prestigioso.

Papá Calixto ayudó a Pipo, el pájaro carpintero, a reconstruir su casa de madera después de que una terrible plaga de termitas la dejara muy maltrecha.

Carlitos, el hijo mayor, cuidaba de los más pequeños y los entretenía haciendo juegos malabares con sus cien patas a la vez o contándoles cuentos cuando sus papás salían a trabajar.

Y Cloe, aunque aún era muy pequeña, había ayudado a Tiburcio, el topo, a aprobar los exámenes. El pobre veía muy mal la letra pequeña de los libros y para que pudiera estudiar, ella le leía en voz alta las lecciones.

Cuando se corrió la voz de que los Ciem tenían dificultades, los habitantes del Bosque Verde, sin perder ni un instante, se movilizaron y convocaron una asamblea urgente y sin que la familia lo supiera, acordaron colaborar con los gastos. Además, la oruga Lisa, la dueña de la mercería, hizo un precio especial.

De este modo, gracias a la contribución de todos, la familia Ciem al completo consiguió los calcetines que necesitaba: los de papá Calixto eran marrones, los de mamá Carolina de color lila, Carlitos los eligió de mil colores, como el arcoíris, y la pequeña Cloe decidió que el mejor color sería el amarillo ya que —dijo— sería como llevar rayos de sol en los pies.

Así fue como todos ellos, al llegar el invierno, tuvieron sus calcetines, los pies calentitos y no hubo necesidad de que se marcharan a otro lugar.

Y colorín colorado… ¡este cuento se ha terminado! porque, por lo que nos han contado, aún siguen viviendo juntos y muy felices en el Bosque Verde.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La familia Ciem» con la voz de Angie Bello Albelda

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Kitete, el hijo de Shindo

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Ilustración: Mónica Pereiro

Había una vez, una mujer chagga, llamada Shindo que vivía en un pueblo al pie del monte Kilimanjaro. Era viuda y no había tenido hijos y como vivía sola, siempre estaba muy cansada, ya que tenía que encargarse de todo. A diario limpiaba su casa y barría el patio, daba de comer a las gallinas; iba al río a lavar la ropa; acarreaba agua del pozo; cortaba la leña; cocinaba…

Cada noche, al ocultarse el sol, Shindo elevaba su vista hacia el monte y rogaba:

—¡Gran Espíritu de la montaña!, estoy cansada. ¡Envíame ayuda!

Cierto día en el que Shindo limpiaba el huerto de malas hierbas, apareció a su lado, de repente, un hombre que habló así a la sorprendida mujer:

—Soy mensajero del Gran Espíritu de la Montaña. Siembra estas semillas de calabaza y cuídalas, porque ellas son la respuesta a tus plegarias.

Dicho esto, desapareció.

Shindo se preguntó: “¿Cómo podrán ayudarme unas semillas de calabaza?», pero igualmente las sembró y las cuidó con esmero.

Asombrada, veía cómo crecían día a día. Tanto, que una semana más tarde, las calabazas ya habían madurado.

La mujer las cortó y se las llevó a su casa, les quitó la pulpa y las dejó huecas. Una vez preparadas, las colgó de una viga. Allí se secarían y se endurecerían y, cuando ya estuvieran listas, las vendería en el mercado para ser usadas como cuencos o jarras.

Separó y reservó para ella la calabaza más pequeña y la colocó junto al fuego para que se secara más rápidamente.

A la mañana siguiente, Shindo se marchó al campo a sembrar y mientras ella no estaba, las calabazas empezaron a cambiar. Les crecieron cabezas, brazos y piernas y, en poco tiempo, aquellas calabazas se habían trasformado en niños.

También la calabaza que Shindo había dejado junto al fuego, era ahora un niño y oyó como los otros lo llamaban desde la viga de la que pendían:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Kitete ayudó a bajar a sus hermanos y hermanas de las vigas y ya en el suelo, los niños salieron de la casa y todos empezaron a cantar y a jugar en el patio…

Todos menos Kitete, que como había estado tan cerca del fuego, ahora era un niño débil y enfermizo, al que le costaba entender las cosas. Así, que mientras sus hermanos y hermanas cantaban y jugaban, Kitete los observaba sonriente, sentadito en la puerta de la casa.

Al poco, los niños dejaron de divertirse y pusieron manos a la obra: limpiaron la casa, barrieron el patio, alimentaron a las gallinas, lavaron la ropa en el río, acarrearon el agua del pozo, cortaron leña y cocinaron para que Shindo tuviera la comida preparada al regresar.

Cuando todo estuvo hecho, Kitete ayudó a sus hermanos a colgarse de la viga y poco después, todos eran de nuevo calabazas.

Al llegar Shindo aquella tarde, los vecinos le preguntaron:

—¿Quiénes eran esos niños que estaban hoy en tu casa? ¿De dónde han salido? ¿Por qué te ayudan con el trabajo de casa?

—¿Qué niños? ¿Os reís mí?» —contestó Shindo muy enojada.

Pero al entrar en su casa, se quedó atónita. ¡Todo el trabajo estaba hecho y su comida preparada! ¿Quién podía haber hecho aquello?

Al día siguiente, la historia se repitió. En cuanto Shindo se marchó, las calabazas se convirtieron en niños y gritaron a coro:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Kitete los descolgó, jugaron un rato, terminaron las labores de la casa de la casa, subieron a la viga, y todos se convirtieron en calabazas de nuevo.

Una vez más, Shindo quedó desconcertada y decidió descubrir quién la estaba ayudando.

Al tercer día, Shindo fingió que se marchaba, pero en lugar de dirigirse al campo, se escondió para observar qué sucedía. Entonces vio a las calabazas convertirse en niños, y oyó como gritaban:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Salieron de la casa, jugaron, hicieron los trabajos caseros y después, con la ayuda de Kitete, empezaron a encaramarse a la viga.

—¡No, no! —les dijo Shindo llorando— ¡No os transforméis de nuevo en calabazas! Seréis mis hijitos y os cuidaré y os querré.

Desde ese día, los niños se quedaron con Shindo, como sus hijos y ella ya nunca más estuvo sola. Todos juntos trabajaron tanto, que pronto mejoró la economía de la casa, y pudieron comprar un campo y un gran rebaño de ovejas y cabras. Todos hacían algo, excepto Kitete, que se quedaba junto al fuego sonriendo.

A Shindo esto no le importaba. De hecho, Kitete era su favorito, porque era como un tierno bebé. Pero en ocasiones, cuando ella estaba cansada o triste, pagaba su mal humor con él.

—¡Eres un niño inútil! —le decía— ¿Por qué no puedes ser inteligente como tus hermanos y hermanas, y trabajar como ellos?

Y Kitete la miraba y sonreía.

Un día que Shindo llevaba una gran olla a la cocina, tropezó con Kitete y se cayó al suelo. La olla de arcilla se hizo añicos y el guiso se esparció por todas partes.

—¡Muchacho tonto! —gritó Shindo— ¡Te tengo dicho que no te cruces en mi camino! Pero, ¿qué puedo esperar de ti si no eres un niño de verdad? ¡Solo eres una calabaza hueca!

En ese mismo instante, Kitete desapareció y en su lugar quedó la pequeña calabaza.

—¿Qué he hecho? —se lamentaba Shindo acariciando la anaranjada superficie— ¡No quería decir eso! Tú no eres una calabaza, tú eres mi hijito querido.

Los hermanos y hermanas de Kitete se miraron entre ellos, y todos subieron de un salto a la viga y al unísono gritaron:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Pasó el rato y nada sucedía. Hasta que, de repente, la pequeña calabaza empezó a cambiar: le creció una cabeza, luego unos brazos, y finalmente unas piernas. ¡De nuevo era Kitete!

Shindo aprendió la lección, Kitete era distinto, pero no por ello menos valioso que el resto de sus hijos. A partir de entonces, tuvo mucho cuidado en repartir su amor entre todos por igual y ellos, a su vez, le ofrecieron consuelo y felicidad, durante el resto de sus días.

FIN

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El conejo y el cocodrilo

Hace mucho tiempo, el conejo y el cocodrilo eran amigos. Un día, la madre del cocodrilo se puso muy enferma y su hijo la llevó al hospital. Después de atenderla, el médico le dijo al cocodrilo:

—La cura de la enfermedad de su madre es el corazón del conejo.

Al oír eso, el cocodrilo salió desesperado y atravesó el río en busca del conejo. Cuando éste lo vio venir con una gran cara de tristeza, le preguntó:

—¿Amigo estás bien? ¿Qué ocurre?

—No, no estoy bien, mi madre está enferma y no consigo llevarla al médico por eso vengo a pedirte ayuda —le contestó el cocodrilo.

El conejo, sin desconfiar, aceptó ayudar a su amigo y se fueron juntos. Pero al rato, el cocodrilo le dice al conejo:

—Discúlpame amigo mío. La verdad es que vine a sacarte de tu casa para matarte porque el médico dice que tu corazón sirve para curar la enfermedad de mi madre.

Y el conejo, espabilado y listo, le contesta:

—Si es así, ¿por qué no me lo dijiste en mi casa? Tenemos que volver porque a mí no me gusta andar por ahí con mi corazón y siempre lo dejo en casa. Pero no te preocupes, que te daré no uno sino dos corazones.

Y así volvieron juntos a la casa del conejo.

Cuando llegaron este le advierte:

—Amigo mío aquí en casa tengo muchos corazones y nadie tiene que saber dónde los guardo, así que tendrás que esperarme aquí fuera.

El conejo entró dentro y escapó y nunca más volvieron a encontrarse. Y no sabemos si la madre del cocodrilo se murió o no, pero lo que sí sabemos es que colorín colorado este cuento ha terminado.

O casi ha terminado…
¡Sigue leyendo, por favor!

 –

Esta preciosa historia la ha escrito e ilustrado un alumno de 7º curso de la Escuela Primaria de Wimbe, situada en Pemba (Mozambique), y es solo una pequeña muestra de lo que encontrarás en el libro Cuentos de los Niños del Mañana. Fábulas tradicionales de Mozambique.

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Si alguna vez te has preguntado cómo aportar tu granito de arena para conseguir que el mundo sea un lugar mejor para todos, la respuesta es tan sencilla como invertir 7€ para adquirir el libro completo en formato pdf, o invertir 10 € y adquirir el libro completo en formato impreso, como el que ya tenemos nosotros y del que, con el permiso de Lara Ripoll, la persona que lo ha hecho posible, hemos copiado el cuento de este martes.

Pincha sobre la imagen para saber más cosas sobre estos pequeños artistas y de cómo puedes ayudar a construir un futuro mejor para muchos niños.

¡Comparte cultura!

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FIN

La máquina del tiempo

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Ilustración: Emma Pumarola

  Este cuento y esta ilustración han sido posibles gracias a: 

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Aunque hasta ahora había sido uno de los secretos mejor guardados del mundo, lo que estaban a punto de descubrir Marieta y Luigi iba a cambiar por completo el curso de la historia.

Aquella tarde, Tobías, su papá, los había llevado al hospital porque Anita, la madre de los niños, estaba ingresada. La habían operado y aún tardaría un tiempo en regresar a casa. Le regalaron una caja de galletas para la merienda, un libro y un cactus.

Después de merendar, Anita les dio permiso para salir al jardín que rodeaba el hospital.

—Pero no os alejéis mucho. Que os podamos ver desde la ventana— les advirtió.

Lo más divertido de ir al hospital era que los dejaban pasear solos por el enorme jardín vallado.

—Luigi, hoy imaginaremos que… -De pronto, Marieta se quedó muda.

Acababa de ver como unos niños entraban sigilosamente en uno de los pabellones de la derecha y quiso saber qué tramaban.

—Ven Luigi, quizá nos dejen jugar con ellos. A lo mejor están celebrando una fiesta…

Se dirigieron hacia el pabellón y vieron, a través de una de las ventanas, que aquellos niños vestían pijamas.

—¡Qué raro! —se extrañó Luigi—, si es la hora de la merienda… Como no sea una fiesta de disfraces…

—Puede ser… —añadió Marieta—.  Mira a esa niña del pañuelo en la cabeza: es una pirata. Y aquel de allí, el que lleva esos tubos que le salen de la nariz… ¡ese es un buzo! Y ese otro, el que arrastra ese palo con una botella arriba, pues va disfrazado de robot, y el de las gafas…, mmmm, ¡ese no sé!

-¡Pues ese es un sabio!

Sin atreverse a entrar, siguieron observando a través de la ventana.

Dentro del pabellón, el grupo de niños amontonaba los más diversos objetos sobre una mesa: pulseras, lápices, bolsos, un par de bufandas, monedas y billetes, llaveros… Hablaban entre ellos, y aunque Luigi y Marieta no podían oír lo que decían, señalaban las cosas que había en la mesa y parecía, por sus gestos, que guardaban un gran secreto.

De repente, como si notara que alguien los estaba espiando, la niña que llevaba el pañuelo en la cabeza, miró hacia la ventana y sorprendió a Marieta y a Luigi, que se quedaron petrificados donde estaban, sin saber qué hacer.

La puerta del pabellón se abrió y el niño de las gafas los invitó a pasar:

—¡Adelante!, que no os vamos a morder…

—¿Por qué vais en pijama?, ¿estáis celebrando una fiesta de disfraces?

—No, no es una fiesta. Estamos en el hospital porque estamos enfermos; por eso llevamos pijama. Y vosotros, ¿qué hacéis aquí?

—Hemos venido a darle la merienda a mamá. La han operado. ¿Y a vosotros qué os pasa? ¿Qué enfermedad tenéis? —preguntó curiosa Marieta

—Tenemos cáncer.

—Yo he tenido muchas veces anginas o dolor de barriga, pero nunca he tenido cáncer. ¿Duele? —interrogó Luigi.

—A veces.

—¿Y a qué jugáis? —quiso saber Marieta.

—No jugamos, estamos construyendo una máquina del tiempo. Nuestros padres, los médicos y los enfermeros nos dicen siempre que en el futuro el cáncer se curará tan rápido como un resfriado, pero nosotros no queremos esperar tanto. Queremos viajar en el tiempo para poder curarnos ya. Si esperamos mucho, el cole habrá terminado y no podremos pasar de curso con nuestro amigos.

—¡Una máquina del tiempo! ¡Suena divertido! ¿Nos dejáis construirla con vosotros?

—¡Claro! Para construirla, necesitamos pulseras, bolsos, lápices, dinero para comprar cosas… ¡todo lo que se os ocurra! Cada día venimos aquí, pero siempre falta alguna pieza, así que no hay forma de ponerla en marcha. Cuando vengáis, podéis traernos algo. Aunque sea pequeño. En una máquina tan complicada como esta, nunca se sabe qué funcionará. ¡Hasta el tornillito más pequeño es importante!

—Marietaaaaaaaaaaaaaa, Luigiiiiiiiiiiiiiiii —las voces de Anita y Tobías llegaron desde el jardín.

—¡Son mamá y papá! ¡Nos tenemos que marchar! Volveremos luego con cosas para construir la máquina. ¡¡Adiós!!

En el jardín, los padres de los dos niños buscaban a sus hijos con cara de preocupación. Al verlos, Anita los riñó aliviada:

—¿¡No os hemos dicho millones de veces que no os alejéis!? ¡Estábamos muy preocupados! ¡Pensábamos que os habíamos perdido para siempre! ¿Dónde os habíais metido?

—Allí —dijeron al unísono señalando el pabellón—. Estamos construyendo una máquina del tiempo y necesitamos…

—Muy bien —los interrumpió Tobías—, pero ahora ¡a casa!, que todavía tenéis que hacer los deberes o no pasaréis de curso. Ya construiréis esa máquina mañana…

 …pero mañana es AHORA y el tornillito más pequeño cuenta.

Construir la máquina del tiempo solo será posible con TU AYUDA. Colabora un poco, POR FAVOR…

…mira todo lo que puedes hacer. ES IMPORTANTE…

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FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La máquina del tiempo» con la voz de Angie Bello Albelda

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La Navidad en Villablanca

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Ilustración: subnewskin

Villablanca es un pueblo en el que la Navidad se vive de forma especial. Es tradicional que los vecinos, apenas empiezan los primeros fríos, rescaten de sus buhardillas y baúles todos los adornos, figuritas, luces, guirnaldas, lazos, manteles y demás ajuar que, poco a poco, han ido comprando a los buhoneros y comerciantes que pasan por el pueblo y que guardan como si de un gran tesoro se tratara.

Con todo ello, se dedican a engalanar las casas, los colegios, los comercios y las calles. También organizan bonitas funciones navideñas, recitales de poesía y villancicos, concursos de dulces, exposiciones de manualidades y mil cosas más.

Los cocinillas del pueblo se superan cada año elaborando deliciosas recetas que degustan todos juntos con entusiasmo, ya que, en los días señalados, comparten las comidas en la Gran Sala del Ayuntamiento. De este modo, nadie se siente solo y todos juntos pasan esos días bien entretenidos y muy felices.

Bueno, todos, todos, no… Porque hay un vecino del pueblo para el que no existe la Navidad.

Llegó a Villablanca hace ya varios inviernos, cuando empezaba la temporada de las nevadas. Voceaba por las calles hierbas y remedios para resfriados, toses, catarros, mal de huesos, empachos y demás padecimientos invernales y cuando quiso darse cuenta, el pueblo había quedado aislado por la nieve y ya no pudo salir de él.

Los vecinos lo acogieron encantados, ya que en su oficio de curandero había demostrado ser muy eficiente. Le proporcionaron refugio en una casa abandonada situada a las afueras del pueblo.

Al acercarse las fechas navideñas, lo fueron a buscar para que participara, como un vecino más en los preparativos, pero él los echo de malos modos y a voces, disparatando contra todo lo que sonara a Navidad, fiestas, compartir o festejar.

Los vecinos, asombrados, lo dejaron solo en su casa y se olvidaron de él; esa Navidad y las siguientes. Puesto que al llegar la primavera, Don Aquilino, que así se llamaba el curandero, decidió establecerse definitivamente en Villablanca.

Pero Don Aquilino no era feliz. Cada vez que a escondidas miraba a sus vecinos disfrutar y compartir las comidas, los juegos, las canciones… un sentimiento de envidia y rencor se apoderaba de él. En su interior deseaba que nunca llegara la Navidad para no tener que ver felices a los demás.

Durante el último año, sucedió que Don Aquilino,  cuando ya estaban muy cerca las fiestas navideñas, maquinó un plan para fastidiar a todo el pueblo.

Pensó que si hacía desaparecer todo lo que guardaban para poner bonitas las casas y calles, así como los manteles bordados, las preciosas vajillas, los libros de recetas, los instrumentos musicales y todos los demás objetos que usaban en Navidad, los vecinos se enfadarían tanto, que no volverían a disfrutar nunca más de unas felices Pascuas.

Buscó ayuda para cometer su fechoría en una banda de ladronzuelos de poca monta, que recorría la comarca cometiendo pequeños hurtos y cuando todos los vecinos se hallaban reunidos en el Ayuntamiento ultimando el programa para las fiestas, los ladrones aprovecharon para entrar en las casas vacías y robar los adornos y los objetos navideños.

Al volver a sus hogares y darse cuenta de lo sucedido, los vecinos de Villablanca, asombrados y tristes, no se explicaban quién podía haber hecho algo semejante. Pero lejos de enfadarse y de rendirse, decidieron, todos a una, que no podían quedarse sin Navidad, así que se pusieron manos a la obra.

Los más ancianos se encargaron de tejer guirnaldas de colorines con lanas de jerseys usados. Los jóvenes se adentraron en el bosque a recoger piñas y ramas, que pintadas de color plata quedaron requetepreciosas. Los más pequeños modelaron nuevas figuritas con barro y un potingue de harina y agua, quizá no eran tan bonitas como las robadas, ¡pero estaban muy orgullosos de haberlas hecho ellos mismos! Modistas y sastres se afanaron en coser con sábanas viejas nuevos manteles y como no dio tiempo de bordarlos, los pintaron con motivos navideños y el resultado fue chulísimo. Con trozos de pantalones y camisetas viejos hicieron muñecos y estrellas de colorines, que colgaron en todos los árboles de Navidad, así como pequeñas velas que sustituyeron las tiras de luces robadas.

El resultado fue, que a pesar de la tristeza y el desencanto por los objetos perdidos, los niños y mayores de Villablanca podrían celebrar la Navidad como si nada hubiera ocurrido.

Don Aquilino no salía de su asombro. Enrabiado, vio a través de una ventana a sus vecinos disfrutando de la cena de Navidad. Se dio cuenta, entonces, de que no eran los adornos suntuosos y caros, ni los manteles finísimos, ni las luces brillantes lo que unían a aquellas buenas gentes; sino que el espíritu de la Navidad estaba en la compañía, en la unión, en el trabajo compartido, en las risas y en las canciones y en los cuentos que se contaban. Todas aquellas cosas que nadie puede robar.

Arrepentido, sintió que las lágrimas brotaban de sus ojos y salió de su escondite sigilosamente, para que nadie repara en él. Pero he aquí, que un muchachito curioso acertó a mirar por la ventana en ese preciso instante y al verlo y darse cuenta de la tristeza de Don Aquilino, corrió tras él.

—¡Don Aquilino! ¡Don Aquilino! ¿Qué le pasa? ¿Por qué llora?

Le preguntó mientras lo cogía de la mano. El curandero, al sentir aquella pequeña manita entre las suyas, recordó su infancia y los pocos momentos felices que había disfrutado con sus papás. Había quedado huérfano siendo muy pequeño y los tíos segundos que lo criaron, muy tacaños y de duro corazón, nunca celebraron la Navidad con él.

Sin oponer resistencia, se dejó guiar por el niño hasta donde todo el pueblo estaba reunido y después de contar lo que había hecho, les pidió humildemente perdón y prometió devolver todas las cosas bonitas que ellos habían guardado con tanto aprecio.

Los vecinos de Villablanca lo perdonaron, no sin antes hacerle prometer que nunca más haría algo semejante y de que, en adelante, él también participaría de todas las fiestas y saraos que se organizaran en el pueblo.

De este modo, Don Aquilino, el curandero, fue curado por sus vecinos de Villablanca y aprendió que la Navidad no solo es regalos, adornos y comilonas. Es, sobre todo, perdón, amistad, unión y amor.

FIN

La tortuga, el conejo y el pingüino

Imagen 1

Ilustración: Linda Weller

Una tarde de un caluroso día de verano, estaban sentados en la playa de una isla una tortuga gigante, un conejo y un pingüino.

En el extremo opuesto de la isla había un faro.

—¡Hagamos una carrera hasta el faro! —propuso el conejo.

—Podemos intentarlo —contestó el pingüino.

—Una tortuga, un conejo… ¡y además un pingüino! Sería casi como en la fábula de Esopo —dijo la tortuga.

Y después, se puso a contar:

—¡Uno! ¡Dos! ¡Tres!… ¡Ya!

El conejo empezó a correr. El pingüino salió tras él y la tortuga se arrastró como una oruga; despacio, pero sin pausa.

Así marcharon hasta legar a un gran estanque.

Al llegar allí, el conejo y la tortuga no sabían cómo cruzar. Si daban un rodeo tardarían mucho rato.

Entonces, el pingüino, decidió ayudar a sus amigos. Le dijo a la tortuga que se agarrara de su cola y así no se hundiría en el agua. Después, el conejo subió sobre el caparazón de la tortuga y el pingüino empezó a nadar en línea recta para atravesar el lago, manteniendo la cabeza bien tiesa fuera del agua, como si fuera un pato.

Al llegar a la orilla, los amigos se miraron entre sí y, aunque pensaron que aquella travesía no podía considerarse una competición, decidieron que había sido muy bonito ayudar a un amigo.

Después, decidieron reemprender la carrera hasta el faro.

Poco después, se toparon con una pared muy alta que se interponía en su camino.

La tortuga y el pingüino no podían, ni en sueños, saltar por encima de ella, así que el conejo decidió ayudar a sus rivales.

Se apoyó sobre las patas traseras y extendió, tanto como pudo, su cuerpo contra la pared. De este modo, apoyándose en él, el pingüino y la tortuga pudieron trepar, con mucho cuidado, sobre su espalda como si fuera una rampa.

Cuando los dos estuvieron sobre el muro, el conejo dio un gran salto y pasó al otro lado. Volvió a apoyarse contra el muro y la tortuga y el pingüino descendieron tal y como habían subido.

Los tres amigos se estrecharon las manos y reemprendieron su carrera hacia el faro.

Sin embargo, un nuevo obstáculo apareció ante ellos. Unos espesos matorrales de arbustos espinosos se interponían en su camino.

El pingüino y el conejo no se atrevían a acercarse a las plantas para no pincharse. Entonces, la tortuga decidió ayudarlos.

Sin miedo, se internó en la espesura y con su fuerte mandíbula comenzó a cortar las ramas de los arbustos y fue abriendo un estrecho camino para que sus compañeros pudieran pasar. Después, volvió sobre sus pasos y con su cuerpo, como si fuera un pequeño tractor, fue aplastando las hierbas que quedaban para que la liebre y el pingüino pudieran seguir tras sus pasos sin hacerse daño.

Al llegar al otro lado de la espesa zarza, el pingüino, el conejo y la tortuga se abrazaron.

De nuevo juntos, reemprendieron andando su carrera hacia el faro, y se iban esperando unos a otros, hasta que fueron llegando a la meta. Se pararon antes de atravesar la línea. El primero que habló fue el conejo:

—Después de ti —le dijo a la tortuga.

—Tú primero —repuso esta, mirando al pingüino.

—Pasa tú antes —sugirió él.

Cruzaron a la vez la línea de meta y se dirigieron juntos hacia el faro mientras pensaban que no siempre es el más rápido el que gana, ni siquiera el más lento y más constante, sino que había sido la ayuda mutua lo que había permitido a los tres triunfar en aquella carrera.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La tortuga, el conejo y el pingüino» con la voz de Angie Bello Albelda

logoAngie

El niño y la ballena

01YUKO

Yuko vivía en una aldea japonesa cuyos habitantes capturaban ballenas.

También el papá de Yuko las capturaba.

Un día, Yuko le preguntó a su papá:

—Papá, ¿por qué matas ballenas?

—Porque capturar ballenas es la única cosa que sé hacer —le contestó su padre.

Pero Yuko no lo entendió, así que fue a ver a su abuelo y le preguntó:

—¿Por qué mi papá mata ballenas?

—Tu padre hace lo que debe —contestó el abuelo—. Déjalo en paz y pregunta al mar.

Entonces, Yuko, se fue al mar. Allí, pequeñas criaturitas de diferentes especies se pusieron a nadar entre sus piernas.

De pronto, vio una ballena varada sobre la arena, entre las piedras. La ballena estaba muy asustada y sin fuerzas; solo podía girar los ojos, grandes como las manos de Yuko…

Yuko comprendió que la ballena no podría vivir mucho tiempo fuera del agua.

—Intentaré ayudarla —dijo el niño.

¿Pero cómo? ¡La ballena era grande como una montaña!

Yuko corrió hacia el agua. En la orilla, llenó su cubo y empezó a echar agua sobre la enorme cabeza de la ballena.

—¡Tú eres tan grande y yo soy tan pequeño y débil! —se quejó— ¡Pero te echaré mil cubos de agua y no pararé!

Yuko iba y venía con los cubos llenos. Echaba cubos de agua sobre el cuerpo de la ballena, cuatro sobre la cola y tres sobre la cabeza.

Muchas, muchas veces llenó Yuko el cubo. Le dolían los brazos y la espalda, pero siguió echando agua sobre la ballena hasta que, finalmente, se cayó y ya no pudo levantarse porque las piernas no lo sostenían.

De repente, sintió como su abuelo lo recogía y lo ponía a la sombra de una roca.

—Ya has trabajado bastante, pequeño, ahora deja que te ayudemos.

Y en aquel momento, Yuko escuchó unas voces. Era su padre y la gente del pueblo, que llegaban corriendo a la orilla. Todos llevaban cubos, baldes, barreños, o cualquier otra cosa que sirviera para transportar agua.

Algunos cogieron su ropa, la empaparon y la pusieron sobre el cuerpo de la ballena. Muy pronto, el cuerpo de la ballena estuvo completamente mojado.

Poco a poco, el nivel del mar fue subiendo hasta que cubrió por completo la gran cabeza de la ballena y Yuko, entonces, supo que estaba a salvo.

El padre de Yuko estaba a su lado:

—Gracias, papá, por haber traído a todos los habitantes del pueblo para ayudarme —le dijo Yuko.

—Eres un chico fuerte y valiente —contestó su padre— pero para salvar una ballena, se necesitan muchas manos.

Mientras tanto, la ballena esperaba a que las olas avanzaran. Una gran ola cubrió la roca. La ballena aguardó pacientemente hasta que, por fin, sacudió la cola y nadó hacia el mar.

En silencio, los pescadores la observaron hasta que se alejó de la costa. Después, todos regresaron al pueblo.

En el camino de vuelta a casa, el pequeño Yuko se quedó dormido en brazos de su padre. Había transportado mil cubos de agua y estaba muy cansado.

FIN