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Bubo, el búho cabreado

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Ilustración: Jan JN

Para Jan JN, un gran artista de 7 años que con su ilustración, «El búho cabreado» , inspiró este cuento.

Bubo no fue siempre un búho cabreado. Algunos cuentan que lo habían visto reír y que tenía muchos amigos.

Vivía en un nogal centenario que compartía con una lechuza sabia, una pareja de ardillas, tres laboriosos escarabajos peloteros y una termita gourmet, que había consagrado toda su vida a los placeres de la buena mesa. Pero para Bubo todo cambió una noche en la que la Luna empezó a menguar.

Aquel día, al mirar al cielo, Bubo se puso de muy mala luna y a partir de entonces, estar cerca de él fue imposible. Se comportaba tan mal que, poco a poco, todos se fueron apartando de su lado, hasta que se quedó completamente solo.

Y eso le ocurrió porque no supo querer…

Desde muy joven, Bubo miraba a la Luna con sus grandes ojos redondos y de tanto mirarla, se enamoró de ella. A todas horas soñaba con su blanco resplandor; estaba fascinado por su pálida belleza y por su personalidad cambiante.

Empezó a escribirle apasionados poemas y a ulularle dulces baladas. Le juró amor eterno y talló sobre el tronco del viejo nogal un corazón con sus nombres entrelazados.

Tanto y tanto insistió, que la Luna, conmovida, acabó por aceptar su amor y cada día, al caer la noche, acariciaba dulcemente las plumas de Bubo con sus níveos rayos y permanecía a su lado hasta que el Sol la eclipsaba. Entonces, depositaba un último beso albo sobre el pico del búho enamorado y se despedía dulcemente.

Todo parecía muy hermoso. Todos parecían muy felices…

Pero, ¡ay!, solo lo parecía, porque llegó el día en el que Bubo le recriminó a la Luna aquellos cambios que no hacía mucho lo habían enamorado y una noche en la que su amada menguaba el búho le exigió:

Luna, lunera,
dulce compañera,
no te quiero menguante
que te quiero entera.

Naturalmente, la Luna no podía cambiar su forma de ser solo porque a Bubo le diera la gana. Así, que se armó de paciencia y le dijo:

¡Ay! Bubo querido,
si tú me quisieras
no me cambiarías
y tal como soy
tú me aceptarías.

Bubo no atendió a razones y empezó a romper las ramas del árbol en el que había construido su hogar:

¡Haz lo que te diga!
¡Eres solo mía!

Al oír los gritos, las dos ardillas le afearon su proceder. Después, recogieron sus cosas, se mudaron siete nogales más abajo y le retiraron su amistad para siempre.

Desde la rama más alta, se oyó la voz de la sabia lechuza:

Ya verás, búho Bubo,
como por ser tan bobo,
te vas a quedar solo.

Al calmarse, Bubo, muy avergonzado, pidió humildemente perdón a la Luna y ella lo perdonó.

Parecía que las cosas habían vuelto a la normalidad, pero ¡ay!, solo lo parecía, porque cuando la Luna, siguiendo su ciclo, desapareció de cielo, los gritos de Bubo volvieron a resonar por todo el bosque:

Luna, lunera,
dulce compañera
no te quiero nueva
que te quiero entera.

La Luna, armándose nuevamente de paciencia, le dijo:

¡Ay! Bubo querido,
si tú me quisieras
no me cambiarías
y tal como soy
tú me aceptarías.

Y de nuevo, el búho destrozó las ramas del nogal, gritó y se enfureció:

¡Haz lo que te diga!
¡Eres solo mía!

Hartos de aquel violento vecino, los tres escarabajos le recriminaron su fea actitud y como única respuesta, Bubo les lanzó una nuez, que fue a dar de lleno en la cabeza de Aristóteles, el escarabajo más joven, que quedó tendido en el suelo sin sentido y patas arriba.

Alarmados, Platón y Sócrates, sus dos hermanos, lo colocaron sobre una hoja y lo arrastraron lejos de aquel lugar para curar sus heridas, decididos a no volver jamás.

Desde la rama más alta del nogal, volvió a oírse la advertencia de la lechuza:

Ya verás, búho Bubo,
como por ser tan bobo,
te vas a quedar solo.

Pasado el enfado, Bubo, llorando, suplicó que lo perdonaran y prometió que jamás volvería a comportarse de aquel modo. Y, de nuevo, lo perdonaron.

Pero pronto olvidó sus promesas, porque pasados unos días, cuando la Luna empezó a crecer muy despacito y de ella solo se veía un hilito blanco sobre el fondo negro del cielo nocturno, Bubo le gritó impaciente:

Luna, lunera,
dulce compañera
no te quiero creciente
que te quiero entera.

La Luna le recordó nuevamente:

¡Ay! Bubo querido,
si tú me quisieras
no me cambiarías
y tal como soy
tú me aceptarías.

Pero Bubo, sin atender a razones, se puso a gritar:

Haz lo que te digaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa,
¡Eres solo míaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

Y aquella vez, con aquel espeluznante alarido, hasta el mismísimo nogal tembló. En su interior, la pobre termita se atragantó con una astilla. Creyó que alguien estaba talando el centenario tronco y sin recoger sus cosas ni mirar hacia atrás, se alejó corriendo de allí y no paró hasta tres bosques después.

En la rama más alta, resonó la advertencia de la sabia lechuza:

Ya verás, búho Bubo,
como por ser tan bobo,
te vas a quedar solo.

Recuperada la calma, Bubo se disculpó y aunque muy molestos por su actitud, volvieron a perdonarlo.

Fueron pasando los días y la Luna creció y creció, hasta que volvió a lucir redonda, preciosa y brillante.

Al verla, Bubo exclamó entusiasmado:

Luna, lunera,
dulce compañera
eso es lo que quiero:
¡que luzcas entera!
Siempre así estarás,
y no cambiarás.
Haz lo que te diga,
¡eres solo mía!

Pero aquella vez, la Luna, harta de las exigencias de Bubo, le respondió:

Búho cabreado,
hasta aquí he llegado.
Al fin lo has logrado,
también yo me he hartado.
Tú te lo has buscado,
¡te dejo plantado!

 Y recogiendo todos sus rayos, se fue a alumbrar a otro lugar.

Desde la rama más alta del nogal, se oyó a la sabia lechuza:

Ya lo has visto, búho Bubo,
por ser tan bobo,
¡te has quedado solo!
No escuchaste mi consejo.
Yo también me alejo.

Y añadió:

—De nada sirve ladrar a la Luna, porque las cosas que no pueden ser, no son y además no lo serán jamás por mucho que tú te enfades, grites y lo rompas todo. Aprende a conformarte y ama lo que tienes.

Y mientras le daba este último consejo, la sabia lechuza se alejó volando, perdiéndose en la oscura noche.

FIN

Gritón

Gritón

Gritón siempre estaba enfadado. No servía de nada que sus padres se lo consintieran todo, que le dieran todos los caprichos y que le dejaran hacer todo lo que le daba la gana; él seguía enfadado.

Si alguien a su alrededor le llevaba la contraria, se enfadaba. Si no le daban la razón cuando hablaba, se enfadaba. Si no se salía siempre con la suya, se enfadaba…

Y cuando se enfadaba no había quien lo soportara. Sus gritos, y lloros podían dejar sordo a un sordo y acabar con la paciencia del más paciente.

Una mañana, al despertarse, enfadado como siempre, comenzó a gritar:

—¡¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!! ¡¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!!

Al abrir los ojos, había recordado que aquel día la profesora preguntaría la lección y, como no se la sabía, no quería ir al colegio, algo que le ocurría muy a menudo.

Cuando se despertaba gritando porque quería quedarse en casa, su padre o su madre corrían a su habitación e intentaban convencerlo de que tenía que ir a la escuela, pero él gritaba aún más fuerte y pataleaba, hasta que conseguía que sus padres llamaran a la abuela para que lo cuidara y él, entonces, en lugar de aprender cosas nuevas se pasaba todo el día sin hacer nada.

Pero aquella mañana algo extraño estaba ocurriendo, cada vez gritaba con más ganas y cada vez lloraba con más fuerza, pero nadie iba a consolarlo. Después de estar un buen rato berreando y en vista de que nadie le hacía caso, decidió descubrir qué es lo que estaba pasando y abrió la puerta de su habitación.

No bien había abierto, se quedó pasmado: detrás de la puerta no había nada. Pero lo que se dice nada de nada. Absolutamente nada.

Su casa había desaparecido. Enfrente, arriba, abajo, a la derecha y a la izquierda, por todos lados, hasta donde la vista alcanzaba todo era blanco. Completamente blanco y vacío. Parecía que en el mundo solo quedaran él y su habitación. No había nadie que pudiera escuchar sus gritos.

Como no tenía ni la menor idea de lo que ocurría y como tampoco sabía qué hacer, cerró la puerta de golpe y, muy asustado, se sentó a pensar.

Quizá, se dijo, si grito más fuerte acabará apareciendo alguien. Y así lo hizo.

Comenzó a chillar y en el mismo momento en el que salió de su boca el primer grito, la mesita de noche se esfumó:

—¡Plop!

Se asustó tanto, que gritó aún más fuerte:

—¡Ahhhhhhhhhhh!

—¡Plop!

Ahora fue la lámpara la que se desvaneció.

Empezaba a estar muy, muy asustado y, por primera vez en su vida, sorprendido de que sus gritos y lamentos no sirvieran de nada. Al contrario, para lo único que servían era para hacer desaparecer las cosas.

Empezó a berrear y a chillar como un loco:

—¡Buaaaaaaaaa!, ¡¿qué haré ahora?!, ¡Buaaaaaaaaaaaaaaaa!

Y, con cada nuevo grito,

—¡Plop!, ¡plop!, ¡plop!

Sus juguetes, la cama y la alfombra se evaporaron.

—¡Mamáaaaaaaaaaaaaa, papáaaaaaaaaaaaaaaaaaa!,  ¿qué está pasando?

—¡Plop!, ¡plop!, ¡plop!

Adiós al armario, las cortinas y los libros del colegio.

Gritón estaba loco de miedo y con un último grito, el más fuerte de toda su vida, empezó a caer, a caer, a caer en el blanco vacío, hacia abajo, solo…

Se despertó al oír que su padre le decía:

—¡Gritón! ¡Despierta! ¡No grites, es solo una pesadilla!

Al ver que ya no estaba solo y que la habitación seguía estando tal y como siempre había estado, sintió un gran alivio y exclamó:

—¡¡Fantástico, hoy tengo examen!! ¡¡Llevadme rápido al colegio!!

Sus padres se miraron asombrados y después de ponerle el termómetro, llamaron a la abuela para que lo cuidara.

Al fin y al cabo, aquel día, Gritón se libró de ir a la escuela.

FIN