sueños

Dulces sueños

Ilustración: Kei Phillips

El príncipe besó a Bella y la princesa despertó.

¡Qué alegría! ¡Qué alboroto! Se había roto el encantamiento, después de cien años de sueño, por fin podrían ser felices para siempre.

Pero «siempre» era mucho tiempo. Sobre todo, para el príncipe.

Tras la boda, la cena, el baile y toda una noche de fiesta, el príncipe empezaba a estar un poco cansado y sugirió a la Bella Durmiente, ahora muy despierta, que se fueran a dormir.

—Pero si yo no tengo sueño. ¿Cómo voy a tener sueño después de tanto tiempo durmiendo?

El príncipe sonrió y siguió bailando con su princesa; sin embargo, unas horas más tarde hasta los músicos estaban agotados, no podían ni sujetar los instrumentos, y todos los invitados se habían ido a sus casas.

El mayordomo, sentado en la escalera del palacio, intentaba sujetarse la cabeza entre las manos, pero no podía: se caís de sueño.

—¿Y si nos fuéramos a dormir? —preguntó el príncipe.

—Yo no tengo ni pizca de sueño! Podríamos ir a montar a caballo —propuso Bella.

Y salieron a montar a caballo.

—¿Y si nos fuéramos a dormir? —preguntó de nuevo el príncipe.

—Es que yo no tengo sueño. ¡Podríamos darnos un baño en la piscina!

Y se bañaron en la piscina.

—¿Y si nos fuéramos a dormir?

—Pero si yo no tengo sueño para nada. Podríamos jugar al parchís.

Y jugaron cuarenta y tres partidas al parchís.

—Aunque yo prefiero las cartas —dijo animada Bella.

Esta vez fueron setenta y nueve partidas de cartas.

—¿Y si nos fuéramos a dormir? —preguntaba de vez en cuando el príncipe.

—¡Que yo no tengo sueño! Ya he dormido mucho. Podríamos dar un paseo por el bosque.

Y recorrieron el bosque de derecha a izquierda, de arriba abajo, desde el norte hasta el sur… Hicieron y deshicieron todos los caminos del bosque.

El príncipe estaba desesperado. Llevaba un montón de horas despierto y, aunque se lo pasaba muy bien con su joven y dinámica esposa, quería dormir.

Cuando regresaron al palacio después de haber visitado una granja cercana para ver cómo los cerdos se revolcaban en el barro, cómo las gallinas ponían huevos, cómo el burro comía zanahorias y cómo los campesinos hacían queso, el príncipe no se tenía en pie.

El mayordomo, que había tenido mejor suerte y había dormido toda la noche, aprovechó un descuido de Bella y susurró al oído del príncipe:

—Un remedio para que los niños se duerman es contarles un cuento. Igual también funciona con las princesas.

El príncipe sonrió. Sí, podía ser una buena idea.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó la princesa—. Yo no tengo sueño.

—Si quieres, te cuento un cuento.

—Estupendo. En la biblioteca hay muchos libros de cuentos.

Efectivamente, en la biblioteca había muchos, muchísimos libros de cuentos. Y el príncipe cogió uno y empezó a leer despacio, con una voz suave y aterciopelada, para que la princesa se durmiera. Pero nada.

El príncipe leyó el libro entero. La princesa estaba encantada y con los ojos como platos.

El príncipe cogió otro libro y lo leyó de cabo a rabo. La princesa seguía encantada y con los ojos abiertos como un búho.

El príncipe leyó todos los cuentos chinos de la biblioteca. Y luego todos los cuentos griegos. Y después los rusos. Y los árabes, los japoneses, los indios, los franceses, los italianos; leyó casi todos los libros de la biblioteca y la princesa seguía encantada. Y despierta.

Desesperado, el príncipe cogió el último libro de cuentos, lo abrió y leyó:

—«Hace mucho tiempo, vivían un rey y una reina que querían tener un hijo…».

Aquellas palabras llamaron mucho su atención, por lo que leyó el título del cuento. Se llamaba «La Bella Durmiente».

—Un momento, cariño —le dijo a la princesa—. Ahora vuelvo.

El príncipe salió de la biblioteca y se leyó a toda prisa el cuento. Al cabo de unos minutos, regresó muy contento con el libro y otro objeto.

—¿Qué es eso? —preguntó ella.

—Un huso.

—¿Y para qué sirve?

—Pues para hilar y… para soñar. Ven, vámonos a la cama y te explico cómo funciona.

Desde ese día, la princesa se duerme cada noche con un pequeño pinchacito, que duele menos que el de un mosquito. Y, cuando el príncipe ha dormido sus nueve o diez horas, la despierta con un beso tierno y dulce.

FIN

Sueño de dragón

Ilustración: Alvia Alcedo

A los dragones les gusta soñar. Les gusta porque siempre sueñan cosas hermosas. Los sueños de los dragones no son como los otros sueños, un humo que se va. Son sueños que van tomando forma hasta que se los mira y se los ve de cuerpo entero. Si un dragón sueña con un árbol enorme, lleno de flores, cuando se despierta encuentra a su lado un lapacho, un ceibo o un jacarandá. Si sueña con mariposas, apenas abre los ojos ve un mundo de mariposas con alas doradas, con alas azules, con alas de todos los colores revoloteando por el monte.

¿Cómo, si no fuera por los sueños de un dragón, podríamos entender que de repente aparezcan millares de golondrinas en el cielo? ¿Cómo podríamos explicarnos que de un día para otro el campo se llene de flores rojas? ¿Cómo podríamos entender que de la nada salga un arco iris? ¿De dónde aparece un sol radiante en medio de la lluvia?

Solo se explica por el sueño de un dragón. Y los dragones quedan contentos con sus sueños, porque saben que producen cosas hermosas. Pero una vez un dragón tuvo una pesadilla. Soñó con una espantosa serpiente de siete cabezas, horriblemente perversa, que quería destruir el mundo entero.

—¡Odio las flores! —dijo una de las siete bocas.

—¡Odio los pájaros! —dijo otra mostrando los colmillos repletos de veneno.

—¡Odio los monos! —dijo una tercera cabeza.

—¡Los mataremos a todos! —dijo otra.

—¡Los mataremos y los comeremos! —rugió la quinta.

—¡A los monos y a todos los animales del mundo!

—¡Y los comeremos y los comeremos y los comeremos! —dijo la séptima.

Entonces se despertó el dragón y alcanzó a ver las siete cabezas que se perdían a la distancia buscando monos y pájaros y flores y a todos los animales del mundo para matarlos y comerlos.

—¡Qué hice! —se asustó el dragón.

Pero no había tiempo para lamentos, y corrió por el sendero marcado por la serpiente donde no quedaban ni rastros de flores ni de animales. El dragón voló y pasó por arriba de la serpiente y bajó cortándole el camino.

—¡Qué lindo dragón! —dijo una cabeza.

—¡Lo mejor para comenzar a comer! —dijo la segunda.

La tercera no habló. Ya había estirado su cuello con la velocidad de una centella hacia el cuerpo del dragón. Fue un movimiento casi invisible por la rapidez, pero el dragón que sabía con quién estaba soñando, ya no estaba en ese lugar.

—¡Así me gusta! –dijo otra cabeza.

—¡Qué bien que pelea!

—¡Así nos podemos divertir!

—¡Solo matar y comer es aburrido!

—¡Lo mejor es pelear!

—¡Pelear y matar y comer!

Y la serpiente atacó largando mordiscones para un lado y para el otro.

El dragón se las veía negras tratando de golpear con sus poderosas garras alguna de esas cabezas que nunca estaban en el lugar donde llegaba el golpe. Apenas logró en un momento rozar a la serpiente con las garras y sacarle una escama del cuerpo. Apenas una escama que voló y cayó a lo lejos. Entonces probó con el fuego. Nada en el mundo podía resistir el fuego de un dragón. Dio un paso para atrás, resopló, y largó la llamarada roja más grande que nunca hubiera largado un dragón. Un fuego espantoso, largo, oscuro, que recorrió todo el espacio donde estaba la serpiente. Ardieron los árboles de alrededor y la tierra despidió un humo espeso, enrojecida por el calor.

El dragón miró el humo que comenzaba a borrarse, buscando los restos de la serpiente, y se distrajo. Cuando se dio cuenta del tremendo salto de la serpiente, ya que estaba envuelto en sus poderosos anillos. Las siete cabezas gritaban y reían y giraban enloquecidas.

—¡Dragón estúpido! ¿No sabías que no hay nada que nos guste más que el fuego?

—¡El fuego nos entusiasma como ninguna otra cosa!

El dragón tiraba tremendos golpes, pero las cabezas siempre estaban en otro lugar, y los anillos de la serpiente apretaban cada vez más. Entonces el dragón voló, voló hasta muy arriba, cerca de las estrellas, donde el frío es como el espanto y todo se convierte en un hielo de muerte que solo aguantan los dragones.

—¡Eso, un poco más alto! Después del fuego no hay nada que nos guste más que el frío gritaron las siete cabezas.

Entonces el dragón bajó, bajó como una flecha, se zambulló en el medio del río, en esa zona profunda donde no llegan ni los peces. Así ahogaría a la serpiente.

—¡Eso, eso! —gritaron las siete cabezas—. Nada nos gusta más que estar bajo el agua. Pero después queremos otro poco de fuego.

La serpiente seguía enroscada en el dragón. Siete días y siete noches volaron, lucharon, cayeron, nadaron, subieron, bajaron, siempre como un solo cuerpo. Sin descansar. Al final, en un descuido de la serpiente, el dragón logró escapar de sus anillos. Pero ya no sabía qué hacer. Había probado todas sus argucias y había usado toda su fuerza de dragón, pero la serpiente parecía invencible.

—¡Nos estamos divirtiendo como nunca! —gritaron las siete cabezas.

—¡Jamás nos había pasado algo tan hermoso! ¡Te queremos, dragón! ¡Que esta pelea no se acabe en mucho tiempo!

—¡Nos aburren las peleas tontas con animales tontos!

—¡Queremos pelear, pelear y pelear!

—¡Atacá de nuevo, dragón! ¡Te estamos esperando!

El dragón retrocedió un poco.

—¡Estás escapando, dragón cobarde!

El dragón pensó en volar, volar muy alto y muy lejos, y olvidarse para siempre de esa serpiente. Pero entonces ella mataría a todos los animales. No había caso. Escapar no servía. Pero si… quizás sí podría servir…

El dragón voló hacia lo alto. Subió y subió, burlándose de la serpiente, mientras las siete cabezas lo llenaban de insultos. Y llegó hasta el lugar más alto, arriba de todas las nubes y las sombras. Entonces planeó en círculos. En grandes círculos, dejándose llevar por el viento. Y allí, mientras planeaba, cerró los ojos y se durmió.

Ya sabía lo que tenía que soñar. Y soñó.

Soñó con pájaros y flores, soñó con ríos crecidos, soñó con el arco iris, y cuando en medio del sueño apareció la serpiente de siete cabezas que peleaba enloquecida de furia, se dio vuelta en el aire para borrar su sueño. Porque los sueños se borran si uno se da vuelta para el otro lado mientras está soñando. La serpiente se borró. Se borró de golpe, sin dejar ningún rastro de serpiente. Entonces el dragón abrió los ojos. Estaba cansado, pero voló muy rápido para volver a ver el sitio de su pelea. El lugar estaba como antes. Como siempre. Estaban los árboles y las flores. Estaban las mariposas y los monos. Y no había rastros de la serpiente. Ningún rastro de la pelea.

Apenas una escama que brillaba y no brillaba en el suelo.

FIN

Los sueños del sapo

Ilustración: Rowkey

Una tarde un sapo dijo:

—Esta noche voy a soñar que soy árbol.

Y dando saltos, llegó a la puerta de su cueva. Era feliz; iba a ser árbol esa noche.

Todavía andaba el sol girando en la rueda del molino. Estuvo un largo rato mirando el cielo. Después bajó a la cueva, cerró los ojos y se quedó dormido.

Esa noche el sapo soñó que era árbol.

A la mañana siguiente contó su sueño. Más de cien sapos lo escuchaban.

—Anoche fui árbol —dijo—; un álamo. Estaba cerca de unos paraísos. Tenía nidos. Tenía raíces hondas y muchos brazos como alas, pero no podía volar. Era un tronco delgado y alto que subía. Creí que caminaba, pero era el otoño llevándome las hojas. Creí que lloraba, pero era la lluvia. Siempre estaba en el mismo sitio, subiendo, con las raíces sedientas y profundas. No me gustó ser árbol.

El sapo se fue, llegó a la huerta y se quedó descansando debajo de una hoja de acelga.

Esa tarde el sapo dijo:

—Esta noche voy a soñar que soy río.

Al día siguiente contó su sueño. Más de doscientos sapos formaron rueda para oírlo.

—Fui río anoche —dijo—. A ambos lados, lejos, tenía las riberas. No podía escucharme. Iba llevando barcos. Los llevaba y los traía. Eran siempre los mismos pañuelos en el puerto. La misma prisa por partir, la misma prisa por llegar. Descubrí que los barcos llevan a los que se quedan. Descubrí también que el río es agua que está quieta, es la espuma que anda; y que el río está siempre callado, es un largo silencio que busca las orillas, la tierra, para descansar. Su música cabe en las manos de un niño; sube y baja por las espirales de un caracol. Fue una lástima. No vi una sola sirena; siempre vi peces, nada más que peces. No me gustó ser río.

Y el sapo se fue. Volvió a la huerta y descansó entre cuatro palitos que señalaban los límites del perejil.

Esa tarde el sapo dijo:

—Esta noche voy a soñar que soy caballo.

Y al día siguiente contó su sueño. Más de trescientos sapos lo escucharon. Algunos vinieron desde muy lejos para oírlo.

—Fui caballo anoche —dijo—. Un hermoso caballo. Tenía riendas. Iba llevando un hombre que huía. Iba por un camino largo. Crucé un puente, un pantano; toda la pampa bajo el látigo. Oía latir el corazón del hombre que me castigaba. Bebí en un arroyo. Vi mis ojos de caballo en el agua. Me ataron a un poste. Después vi una estrella grande en el cielo; después el sol; después un pájaro se posó sobre mi lomo. No me gustó ser caballo.

Otra noche soñó que era viento. Y al día siguiente dijo:

—No me gustó ser viento.

Soñó que era luciérnaga, y dijo al día siguiente:

—No me gustó ser luciérnaga.

Después soñó que era nube, y dijo:

—No me gustó ser nube.

Una mañana los sapos lo vieron muy feliz a la orilla del agua.

—¿Por qué estás tan contento? —le preguntaron.

Y el sapo respondió:

—Anoche tuve un sueño maravilloso. Soñé que era sapo.

FIN

La niña maquinista

Ilustración: Leonidafremov

Había una vez un hombre llamado Dragoş que vivía con su mujer y sus dos hijos, Ştefan y Adriana, en un pueblecito de Rumanía de la región de Maramureş llamado Viseu de Sus. Dragoş trabajaba como maquinista del Mocaniţa, un tren a vapor de vía estrecha que atraviesa el Valle de Vaser, un riachuelo de Maramureş, afluente del Viseul. Este tren se había inaugurado en el año 1933, cuando se usaba solamente para el transporte de leña, pero hoy se usa también como transporte turístico. Muchas veces cuando los niños no tenían escuela, Dragoş los llevaba en el Mocaniţa. A Ştefan y Adriana les gustaba contemplar el paisaje delimitado por riachuelos con agua cristalina y con bosques llenos de frondosos abetos. De los dos, Adriana era la que mostraba mucho más interés por todo lo que estuviera relacionado con el Mocaniţa. Leía libros sobre él y soñaba con llegar a ser maquinista de tren como su padre.

Sin duda, Ştefan tenía más interés por los deportes y soñaba con ser un famoso futbolista. Aunque su padre deseaba que su hijo continuara con la tradición familiar y se hiciera maquinista como él. En ningún momento se le pasó por la cabeza que este fuese el sueño de Adriana, aunque ella fuera la que siempre se interesaba por el funcionamiento del Mocăniţa y deseara aprender a llevarlo. Cuando Adriana le preguntaba a su padre qué había que hacer para que el tren funcionase, este le respondía a regañadientes diciendo que el trabajo de maquinista «no era trabajo para chicas».

Cierto día frío de invierno, cuando los Montes de Maramureş estaban cubiertos de nieve, Ştefan enfermó de gripe y como el camino estaba cortado Adriana no pudo ir a la escuela. Como no tenía nada que hacer y le hacía mucha ilusión ir en el tren, Adriana le preguntó a su padre si podía acompañarlo. Su padre estuvo de acuerdo y los dos se marcharon con el Mocăniţa. En invierno, normalmente, a causa de las nieves abundantes en los Montes de Maramureş, el Mocăniţa atravesaba el Valle de Vasel con dificultad y consumía mucho más carburante. Cuando se encontraban a mitad del camino de vuelta entre Făina y Măcârlau, Dragoş empezó a sentirse mal y a marearse. Como consecuencia de ello, no se sentía ni en disposición ni en condiciones de seguir conduciendo el tren. Le dolía la cabeza terriblemente y se le nublaba la vista. Dragoş paró el tren enseguida y Adriana le preguntó asustada:

—¿Qué te pasa, papá?

Dragoş le contestó:

—Tenemos un problema, no puedo seguir conduciendo el tren y estamos en medio de las montañas. Seguramente no pasará nadie por aquí antes de 4 horas, hasta que llegue el próximo tren.

Al oír esto, Adriana sugirió a su padre que la dejase conducir el Mocăniţa dándole las indicaciones oportunas. Al principio su padre pensaba que esta sugerencia era una locura pero, tras pensarlo unos minutos, se dio cuenta de que no tenía otra salida. El carburante era insuficiente y podían morir congelados esperando la llegada del siguiente tren. Así que Adriana encendió el motor y el tren empezó a moverse. No podía creerlo, ¡era la maquinista del Mocăniţa! Adriana conducía lentamente, recordando las instrucciones que le había dado su padre, hasta llegar a la estación de Viseu de Sus. Una vez allí, Adriana bajó del tren y pidió ayuda. La gente que se encontraba en la estación se abalanzó para ayudar a bajar al padre del tren. Y mientras esperaban a que viniera el servicio de urgencias, Adriana les relató a todos los hechos acontecidos. Una vez recuperado, el padre de Adriana, orgulloso de su hija, contó a todos cómo gracias a ella pudieron llegar a casa sanos y salvos. Desde aquel día, nunca más subestimó la capacidad de su hija para ser maquinista de tren y la apoyó en su elección. Con el paso del tiempo, Adriana se convirtió en maquinista, cumpliendo así su sueño.

FIN

Sal en la cola

Ilustración: John Bauer

Érase una vez un niño que siempre deseaba alguna cosa.

A veces deseaba un caballo, otras un trineo o un castillo o una navaja. Pero como su padre había muerto y su madre era una pobre barrendera, nunca podía hacer realidad sus sueños.

Una vez, recibió el consejo de un viejo sabio:

—Si quieres que tus deseos se cumplan, debes ir al bosque y echar un pellizco de sal sobre la cola de una urraca. Eso sí, tienes que darte prisa y pedir tu deseo mientras la sal permanece en la cola, ya que, de otro modo, no se cumpliría.

Desde aquel día, siempre llevaba sal en los bolsillos. Salía temprano y volvía tarde a casa; vio muchas urracas, pero no pudo acercarse a ninguna.

Una mañana, se encontró con una que era más tratable que las otras. Pudo acercarse tanto, que casi la podía tocar. Pero cuando estaba a punto de sacar la sal, voló y fue a sentarse en un árbol, desde donde se reía de él.

Lo estuvo engañando durante todo el día y al llegar la noche, Olle estaba tan cansado, que se tumbó debajo de un pino y cerró los ojos para no ver a aquel pájaro malvado que no hacía más que reírse de él.

Pero la urraca seguía allí y saltaba de una rama a otra, hasta que por fin lo llamó por su nombre:

—iOIIe! iOlle!

—iPero cómo! — exclamó—. ¿Puedes hablar?

—Sí, has de saber que soy una princesa encantada —dijo la urraca—. Y, por supuesto, conseguirás lo que quieras si me ayudas. Consígueme una bonita navaja para que pueda pulir mi pico y mis garras. Si me la traes, yo me quedaré quieta para que puedas echar sal en mi cola.

Le pareció bien al chico y a la mañana siguiente salió a recoger fruta, la vendió y consiguió suficientes monedas para comprar una navaja bien bonita.

Con ella fue al bosque y cuando vio a la urraca, desplegó la hoja de la navaja para que brillara bien. Ella se acercó saltando y miró la navaja, primero con un ojo y luego con el otro.

—iBuah! —dijo la urraca—. Esa no es navaja para una noble princesa como yo. Debería, por lo menos, tener el mango de oro.

Y voló al árbol de nuevo.

Olle se quedó tan triste, que las lágrimas afloraron a sus ojos.

—Intentaré conseguirte una con mango de oro —dijo.

—No, gracias, ya no quiero una navaja —contestó la urraca—. Quiero un bonito trineo. Me divertiría montar en trineo este invierno.

Olle tenía que conseguirle un trineo. Se puso a tallar cucharones de madera y los cortó tan bonitos con su navaja nueva, que rio de alegría. A medida que los fabricaba, los vendía en la ciudad. Sin embargo, no talló uno para él.

Ganó tanto dinero, que pudo comprar un hermoso trineo y fue al bosque a ver a la urraca.

—iAquí tienes el trineo! —gritó arrogante, porque estaba seguro de que a la urraca le iba a gustar.

La urraca bajó de su árbol, picoteó el hierro y pisoteó el cojín. Y explotó en una carcajada.

—¿Te parece que es suficientemente bueno para una criatura tan fina como yo? —Y se posó en su rama—. No, de seda y plata debería ser.

Olle luchaba contra el llanto.

—Tendré que buscar uno mejor entonces —dijo.

—No vale la pena, no vale la pena —gimoteó la urraca—. Ahora quiero un caballo y un carruaje. Pero que sean muy bonitos; sino es inútil que intentes esparcir sal en mi cola.

Olle cogió el trineo y lo alquiló a buen precio en una pendiente donde los ricos solían jugar. Todos querían montar en él, porque el trineo era el más rápido en muchas millas. Sin embargo, él no montó ni una sola vez.

Por fin había ahorrado tanto dinero que pudo comprar un caballo. Lo enseñó a hacer cabriolas y lo exhibió. Con el dinero que obtuvo, compró otro caballo y montó un espectáculos con los dos para obtener más ganancias, con las que compró un elegante carruaje con incrustaciones de plata. Cuando todo estuvo listo, volvió al bosque en busca de la urraca.

La encontró sentada en su rama.

—Eso puede ser algo —dijo al ver la plata brillando. Pero después de inspeccionar el carruaje, sacudió la cabeza—. Me gustan los carruajes abiertos. Y los caballos deberían ser blancos, no marrones.

—Ay, ay, ay —Suspiró Olle.

Tuvo que sentarse en una piedra para tranquilizarse. Criatura más caprichosa que aquella urraca era imposible encontrar. Aunque, claro, para eso era una princesa.

—Como no entiendes ni de caballos, ni de carruajes —dijo la urraca—, si quieres que te ayude, dame un castillo con cien habitaciones y un hermoso parque.

Olle suspiró profundamente. Aquello era demasiado. Pero se acordó de su carruaje. Empezó a trabajar con él en la ciudad y todos querían alquilarlo, porque, aunque no le gustó a la urraca, lo cierto es que era el más bonito de aquellos alrededores. Sin embargo, Olle nunca se paseó en él.

Pronto ganó tanto dinero, que pudo comprar otro carruaje y luego otro, y otro más. Al fin consiguió una compañía de alquiler de carruajes y ganaba más dinero que nunca.

Ahora resultaba fácil construir un castillo; lo hizo de mármol blanco brillante y marchó al bosque en busca de la urraca. Esta lo siguió al interior del castillo. A saltitos inspeccionó todos los rincones y cuando hubo revisado todo dijo:

—Pues sí, esto puede pasar. Pero necesito tres cofres de oro para mantenerlo.

—iQué desvergüenza! —gritó Olle.

—Tú mismo, sino no podrás echar sal en mi cola —Salió volando por la ventana y desapareció.

«Bueno, si he conseguido todo esto, quizá pueda conseguir un poco más», pensó Olle.

Ahora sabía cómo actuar. Trabajó duro y consiguió llenar tres enormes baúles de monedas de oro. Buscó a la urraca y volvió con ella al castillo.

—Sí —dijo—, ahora parece que todo está bien. Esparce, pues, la sal en mi cola.

¡Por fin había llegado el momento deseado!

Sonriente y satisfecho metió, Olle, la mano en el bolsillo y sacó un pellizco de sal. La urraca se quedó totalmente quieta y él esparció los pequeños granos brillantes sobre su cola.

—Bueno, ¿qué deseas? —preguntó la urraca.

¿Qué podía desear? Había estado tan ocupado trabajando para conseguir los deseos de otro, que había olvidado totalmente los suyos.

—Uno, dos… —contó la urraca.

—iEspera un poco!, iespera un poco! Déjame pensar…

Pero por nada del mundo pudo recordar qué quería.

—…¡tres! —acabó la urraca, y en un santiamén saltó y la sal cayó de su cola. Y ahí estaba, sentada en la ventana riéndose de Olle.

Pero el que se enfadó de verdad fue Olle.

—No te guasees de mí — gritó—. Ya sé lo que quiero: voy a comprarme una escopeta para matarte.

—Eso no estaría nada bien, Olle —dijo la urraca—. ¿Quieres matarme? ¿A mí?, ¿a la que te ha conseguido todos tus deseos, tantos, que ya no sabes qué desear? ¿No tienes ya una navaja y un trineo y caballos y carruajes y un castillo y dinero?

Era verdad. Tenía todo lo que había deseado. Ahora sólo tenía que sentarse y disfrutarlo.

—Y pensar que he trabajado tanto para poder esparcir sal en tu cola, para que al final no me haga ninguna falta.

—Así es, intenta explicarte eso —dijo la urraca riendo más que nunca—. Levantó el vuelo y desapareció.

Pero Olle no se molestó en buscar respuestas. Se quedó en su castillo y vivió dichoso el resto de sus días.

FIN

Los sueños que pinchan

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Ilustración: Emma Pumarola

Este cuento y esta ilustración han sido posibles gracias a: 

Poca gente sabe que los sueños viven debajo de la piel; que pueden ser de varias clases; y que no todos están hechos del mismo material.

Tampoco sabe todo el mundo que hay quien puede tener varios tipos de sueños a la vez y otros que solo tienen uno o dos. Pero de lo que no hay noticia hasta el momento, es de que haya habido alguien, en la toda la historia de la humanidad, que no haya tenido un sueño al menos una vez en su vida.

Hay sueños dulces, que se agrupan para recorrer la barriga en fila india, como pequeñas hormigas. Producen cosquillas muy agradables y se suelen manifestar bajo la piel de los enamorados.

Los hay que son muy salados. Se concentran en determinadas zonas del cuerpo y producen pequeñas erupciones que pican mucho, pero son pasajeros y se curan a los pocos días.

Los hay que son en extremo tímidos y recorren de puntillas los párpados, pero solo cuando están bien seguros de que el cuerpo que habitan se ha quedado completamente dormido. Suelen ser extravagantes y raros y se sospecha que algunos son invisibles, porque hay quien afirma que jamás los ha visto, aunque está científicamente demostrado que los de esta clase son los más comunes y tanto hombres como animales los tienen a diario.

También los hay que son justo lo contrario: atrevidos en extremo. Ni de noche ni de día paran de moverse. Exploran hasta el último rincón de la piel del soñador. Estos son fáciles de reconocer porque cuando habitan un cuerpo lo hacen casi ingrávido y parece que quien los posee vaya a salir volando, de un momento a otro, impulsado por ellos.

La tipología de los sueños es casi infinita y podríamos extendernos hasta escribir una enciclopedia completa, pero eso quizá lo hagamos otro día, porque ahora, de los que nos interesa hablar es de una clase de sueños en particular: los sueños que pinchan.

Estos sueños pueden manifestarse en cualquier parte del cuerpo. Se detectan enseguida, porque empujan la piel para poder salir al exterior, pero como la piel es más dura de lo que parece, no pueden liberarse solos y necesitan ayuda. Son molestos e insistentes y pueden llegar a tener muy mal carácter si no se les hace caso.

El gran problema de estos sueños es que son extremadamente rápidos y si son liberados por alguien inexperto se marchan volando sin dejar rastro. Entonces el soñador, además de quedarse sin su sueño, se queda con el diminuto agujerito por el que ha escapado abierto para siempre. Porque hay que saber que, si no se trata correctamente, ese agujero jamás cicatriza y por él se van escapando todos los sueños de la vida. Es por eso que es tan importante que los sueños que pinchan sean liberados, única y exclusivamente, por un especialista.

La labor del liberador de los sueños que pinchan parece, a simple vista, muy sencilla pero si se hace con esmero, es muy. pero que muy complicada, porque en esta, como en cualquier otra profesión, un error puede ser catastrófico.

Para ser un buen liberador de sueños, en primer lugar se debe averiguar si lo que hay debajo de la piel es realmente un sueño, ya que los pinchazos que produce pueden confundirse con los de un simple virus. Los más frecuentes son el moditis puntualis, que ataca cada vez que cambia la moda; y el ennamoratitis tontae, que deja terribles secuelas y horrendas marcas en forma de corazón.

Una vez que el liberador ha verificado que se trata de un auténtico sueño que pincha, esteriliza la zona a tratar y después, con paciencia y mimo, hace un agujerito y libera, poco a poco, el sueño. A medida que este aflora, y para impedir que vuele, lo fija con tinta especial de colores para que dure para siempre.

Seguro que todos vosotros habéis visto muchos de estos sueños sobre la piel de la gente en forma de flor, estrella, cara, elefante, gato o corazón. Cuanto más bueno es el liberador, más perfecto es el sueño adherido sobre la piel. Aunque aquellos que no conocen este secreto los llaman, simplemente, tatuajes.

Como uno nunca sabe cuándo puede ser atacado por un sueño que pincha, es conveniente tener a mano los datos de un especialista, no sea que necesitemos a uno con urgencia y, con las prisas, nos pongamos en manos de cualquiera que estropee lo que soñamos.

Os aconsejamos que si alguna vez necesitáis liberar un sueño, os pongáis en buenas manos:

FIN

Un minuto en el paro

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Ilustración: Pascal Campion

Érase una vez un Minutito que buscaba trabajo.

Las Grandes Horas del día no tenían vacantes. Cada una de ellas tenía sus sesenta minutos cubiertos.

Todas estaban al sesenta por sesenta de ocupación.

Pero el Minutito no se desmoralizaba. Al contrario, no se cansaba de insistir, pues tenía que mantener a sus sesenta segundos.

Así que llamó a la puerta de la Una del mediodía:

—Perdone, busco trabajo. Tengo sesenta segundos que mantener. Aquí le traigo mi currículum.

—¿Currículum en papel? ¿Acaso no avanza? ¡Es usted un tiempo perdido! —dijo la Hora con voz seca y áspera—. ¡Váyase con sus sesenta segundos a otra parte! ¡No me gusta perder el tiempo! ¡El tiempo es oro!

El Minutito, entonces, llevó su currículum a las Seis de la Tarde.

—Perdone, ¿tendría usted un minuto para atenderme? Busco trabajo.

—¡No, Míster! —dijo la Hora—. No puedo atenderlo, todos mis minutos están descansando, es la hora del té. Porque como muy bien dijo Lord Chesterfield: «cuida los minutos; pues las horas ya cuidarán de sí mismas». Por cierto, ¿conoce usted a Lord Chesterfield?

El Minutito negó con la cabeza y la Hora le cerró la puerta en las narices.

Cayó la noche, pero no se hizo daño, solo un pequeño chichón en la Luna.

El triste Minutito se quedó mirándola, contando y meciendo sus sesenta segundos mientras les cantaba un tic-tac nana.

A la mañana siguiente, muy de mañana, el Minutito oyó un «RIIIIIIIIIIING», y observó como las Siete de la mañana, antes de empezar su turno y todavía en la cama, se tapaba la cabeza con su manta y gritaba:

—¡Por favor, un minuto más!, ¡solo un minutito!

Currículum en mano, el Minutito corrió hacia las Siete de la mañana, como empujado por una manecilla invisible.

—¡Por fin llega mi minuto extra de descanso! —dijo la Hora con un gran bostezo al ver al Minutito que acudía en su ayuda—. ¡Contratado!

Desde aquel día y cada mañana, el Minutito trabaja y trabaja para quienes ruegan al despertar:

—¡Por favor! ¡Un minutito más!

FIN

Los sueños de la Lechera

La lechera

Muy de mañana, la Lechera avanzaba a buen paso por el camino que conduce a la ciudad.

Sobre la cabeza, llevaba un cántaro de leche. Con las dos manos, sostenía la panzuda vasija de barro llena del blanco líquido que, recién ordeñado, iba a vender al mercado cada día.

Desde muy pequeña, le habían encomendado esta labor porque era hija única y sus padres no podían ir cada día a vender la leche que ordeñaban.

La ciudad no quedaba lejos de la granja, así que la Lechera no dudaba de que estaría de regreso muy pronto, porque estaba segura de que encontraría compradores rápidamente.

«Con el dinero de la venta —Iba pensando la Lechera—, podré comprar veinte huevos. De los huevos saldrán veinte pollitos. Ya me parece verlos: amarillitos, redonditos y suaves. Siguiendo a la gallina clueca, que los llamará cloqueando co-co, co-co, cocoroco».

Pensando en esto, sonreía la Lechera.

Ya había recorrido la mitad del camino y seguía fantaseando:

«Los pollitos crecerán deprisa, porque para mí no será un problema criarlos. Buenos alimentos, del corral y de la huerta, no les han de faltar. El único problema podría ser el zorro; pero Cicuta, mi fiel perro, lo mantendrá alejado del gallinero. Mi perrito es el mejor guardián del mundo.

Con el dinero que me den por la venta de los pollos, compraré un lechón. ¡Sí! Un lechoncito rosado con la colita enroscada. Lo alimentaré con afrecho, maíz y sorgo y también le daré patatas, coles y fruta. Comiendo así, con el tiempo llegará a ser un cerdo grande y muy gordo. Entonces lo llevaré al mercado.

¿Cuánto me darán por mi cerdito de 100 kilos? ¡Seguro que un montón de dinero! ¿Y qué compraré con tanto dinero? Tendré que pensarlo muy, pero que muy bien».

Y la Lechera, conversaba con su imaginación:

—¡Una cabra! Compraré una cabra…

—¡No!, que la cabra tira al monte.

—Entonces compraré un potrillo…

—Un potrillo no sirve para nada en una granja.

—Pues que sea un borrico entonces…

—¡Los borricos son muy testarudos y difíciles de enseñar!

—¿Qué tal entonces una mula?

—La mula no tiene descendencia.

Pensando, pensando en todo esto, la Lechera iba apretando cada vez más el paso. Ya faltaba muy poco para llegar a la ciudad, las casas ya se divisaban a lo lejos.

De pronto, del prado que bordeaba el camino, llegó el mugido de una vaca y la Lechera pensó:

—¡Ya está! ¡Una vaca y un ternero! ¡Eso compraré! Una vaca gordita, blanca y con machas negras y su hijito, un ternero juguetón que retoce por los prados persiguiendo mariposas. Su mamá, si se aleja mucho, lo llamará dulcemente muuuuuuuuuuuu, muuuuuuuuuuuuuuuu… y él acudirá corriendo, contento y feliz, con su alegre trote…

Sin darse cuenta, y emocionada por la visión de la vaca y del ternero, la Lechera ahora casi corría, tanta era la prisa que tenía por llegar a la ciudad y vender la leche. Tanto corría, que no vio una piedra que había en medio del camino. La pobre Lechera tropezó con ella y, para no caer de bruces, soltó el cántaro que llevaba sujeto con las dos manos.

El cántaro se estrelló contra el suelo y la leche se derramó, formando un blanco charco sobre la oscura tierra.

¡Adiós vaca manchada y ternero!

¡Adiós cerdito!

¡Adiós gallinas, pollitos y huevos!

Los sueños de la pobre Lechera se ahogaron en el gran charco de leche.

—¿Y ahora qué haré? —Lloraba la Lechera junto a los restos de la vasija de barro—. ¡Todo está perdido! ¡Ay, mis huevecitos blancos!, ¡Ay, mis pollitos redonditos y amarillos!, ¡Ay, mis gallinitas cluecas y mi marrano gordo y rosado, y mi vaquita manchada con su ternerito juguetón! ¡Ay!, ¡Ay!

Mientras así se lamentaba, acertó a pasar por allí la maestra, camino de la escuela:

—¿Qué te pasa? ¡Si no te das prisa hoy llegarás tarde clase!

—Ya lo ve: mi cántaro hecho pedazos; la leche derramada; y con la leche he perdido los huevos que pensaba comprar con su venta, y los pollos que habrían salido de los huevos, y las gallinas, y mi cochino, y la vaca con su ternero.

La maestra le sonrió y le dijo:

—Consuélate. Piensa que mañana podrás llevar al mercado otro cántaro de leche y podrás volver a soñar con huevos, pollitos, gallinas, marranos, vaquitas y terneros. Podrás seguir construyendo castillos en el aire y, al hacerlo, serás feliz. Y si alguna vez vuelve a romperse tu cántaro, no te aflijas demasiado: «Al mal tiempo, buena cara» y ¡adelante! Que la fortuna también ayuda a los soñadores que construyen, para ellos y para los demás, hermosos mundos de ilusión.

 FIN

Guillermina, la gallina voladora

01_Gallinita_sin_terminar_by_Peaje23

Ilustración: Peaje23

Esta es la fantástica, inigualable e increíble historia de Guillermina, la gallina voladora, que un día…

¿Cómo?, ¿qué las gallinas solo ponen huevos?, ¿que las gallinas no vuelan? ¿Quién ha dicho que no? Guillermina, sí. Guillermina voló.

Guillermina siempre andaba mirando al cielo. Desde pequeña había querido volar pero, como todo el mundo sabe, aunque las gallinas son aves, no pueden alzar el vuelo. A lo sumo, si se lanzan desde un lugar elevado moviendo las alas, caen sobre el suelo sin hacerse daño, aunque, la verdad, sin mucha gracia. Y esto era lo que hacía Guillermina.

Todas las mañanas, para bajar al suelo desde lo alto del palo del gallinero, agitaba fuertemente sus alas para conseguir volar un poco más lejos cada día, pero nunca lo lograba. Lo único que conseguía era rebotar un par de veces sobre la barriga antes de aterrizar, perder media docena de plumas por el camino y acabar frenando con el pico para no chocar contra la pared. Esto provocaba las burlas de todos los que andaban cerca.

Matilde y Magdalena, sus compañeras de palo, la señalaban con las alas y cacareaban a coro:

—Coc, coc. ¡No puedes volar! ¡Eres una gallina! ¡Eres una gallina! ¡Las gallinas no vuelan! ¡Las gallinas ponen huevos!

Macario, el cerdo, enroscando y desenroscando su rabito rosado, gruñía:

—Oink, oink. ¡No puedes volar! ¡Eres una gallina! ¡Eres una gallina! ¡Las gallinas no vuelan! ¡Las gallinas ponen huevos!

Marimanteca, la vaca, espantando moscas con sus orejas, mugía:

—Muuuu, muuuu. ¡No puedes volar! ¡Eres una gallina! ¡Eres una gallina! ¡Las gallinas no vuelan! ¡Las gallinas ponen huevos!

Y a pesar de que todo el mundo le repetía lo mismo mil veces para que se convenciera de una vez por todas de que lo que tenía que hacer era poner huevos y olvidar sus clases de vuelo, ella no hacía caso de las burlas y contestaba:

—¡Yo no quiero poner huevos! ¡Yo lo que quiero es volar y algún día lo conseguiré! ¡Ya lo veréis!

Puedes leer el resto del cuento en nuestro libro.
Adquiérelo en la tienda de Isla Imaginada.

 

FIN