susto

Un susto morrocotudo

Ilustración: GrimVixen

Esta es la historia de una niña pequeña y de un pequeño ratoncito y del susto morrocotudo que se dieron los dos.

La niña pequeña estaba en su cama y leía un cuento a escondidas; la luna llena iluminaba la estancia como una lámpara. En la habitación reinaba un profundo silencio, así que los padres creían que la niña pequeña dormía hacía ya mucho rato y nunca hubieran sabido que seguía despierta a esas horas de no ser por un pequeño ratoncito que, mientras daba su paseo nocturno, topó con la naricilla con una galletita de chocolate.

—¡Hi, hi, hi! —dijo gozoso con su chillona voz el pequeño ratoncillo. Lo que en el lenguaje de los ratones significa: «¡Una galleta de chocolate! ¡Qué suerte la mía!».

La niña pequeña, desde su cama, escuchó con atención y miró a su alrededor, pero como no vio nada, siguió leyendo.

—¡Hi, hi, hi! —gritó de nuevo el pequeño ratoncillo, con lo cual quería decir: «¿Habrá más comida por aquí?».

Y moviendo sus largos bigotes, buscó y rebuscó, dando vueltas por la habitación, arriba y abajo, con sus cortas patitas. De repente, un gran foco iluminó su diminuta figura. Era la luz de la luna, que se colaba por la ventana, y alumbraba, justamente, delante de la cama de la niña pequeña, que en ese justo instante alzó la vista de su libro.

—¡Ahh, ahhh, ahhhh! —gritó con gran espanto al mismo tiempo que soltaba el libro y saltaba, por el lado derecho, fuera de la cama.

El pequeño ratoncillo, al oír aquellos pavoroso gritos, se agarró a la sábana, trepó por la parte izquierda de la cama y, lleno de espanto, se ocultó en el lecho. La chiquilla, entonces, volvió a gritar. Esta vez mucho más fuerte que antes. El pequeño ratoncito, sobresaltado, dio un brinco y, dibujando un amplio círculo en el aire, aterrizó en el suelo y huyó espantado, rozando, al hacerlo, los desnudos pies de la niña. El grito de terror que resonó entonces en la habitación fue tan increíble, que al pobre ratoncillo se le detuvo por un instante el corazón. Desesperado, buscó en la pared el pequeño agujero que conducía a su casa. Mientras, la niña pequeña de un salto subía nuevamente a su cama y se escondía, encogiendo los pies hasta tocarse la barbilla con las rodillas, bajo las sábanas.

Por fin el pequeño ratoncillo estaba a salvo en su casita y allí, sollozando, se abrazó tembloroso a su madre:

—¡Hi, hi, hi!

—¡Pobrecito mío! —lo consoló mamá ratona—. ¿Qué es lo que te ha asustado así?

—Un gigante con una voz espantosa.

«Este susto lo curará enseguida un pedacito de chocolate», pensó mamá ratona. Y fue a buscarlo a su despensa y se lo puso ante la naricilla a su querido hijito. «¡Sí, esto servirá!». Y así fue en efecto, mientras el ratoncillo roía el chocolate su temblor fue disminuyendo hasta desaparecer por completo.

En la habitación, entretanto, la mamá de la pequeña, que había escuchado los terribles gritos de su hijita y había ido corriendo en su auxilio, acariciaba la cabeza de la niña, sentada junto a ella en la cama:

—¡Pobrecita mía! —la consoló—. ¿Qué es lo que te ha asustado así?

—¡Un animal enorme me atacó! ¡Yo gritaba y gritaba, pero él no dejaba de perseguirme y quería atacarme!

—Ahora ya no podrá hacerte nada, yo estoy a tu lado —le dijo la madre.

Pero sabía muy bien lo que de verdad consolaría a su hijita. Puso la mano en el bolsillo de su bata y sacó de ahí un trocito de chocolate, envuelto en papel plateado. Al ver aquel reflejo, al punto cesaron de fluir las lágrimas y mientras saboreaba aquella golosina, la chiquilla también dejó de temblar.

Los dos pequeños, bajo la atenta mirada de sus mamás, pronto se quedaron dormidos; la niña en su camita, y el ratoncito en su casita. Justo al cerrar los ojitos, el morrocotudo susto quedó olvidado por completo y los dos tuvieron dulces sueños de chocolate.

FIN

El granjero valiente  

Ilustración: NicoleNoe

Un día, en la lejana India, un tigre estaba paseando cerca de una pequeña aldea cuando, de pronto, se desencadenó una violenta tormenta de truenos, relámpagos, viento huracanado y lluvia torrencial. Para cobijarse, el tigre se acercó a la pared de una pequeña cabaña.

En el interior de la choza, la viejecita que vivía en ella también estaba muy preocupada por la tormenta, pues en el techo de su casa había un gran agujero y la lluvia se colaba por él.

Como la gotera era tan grande, la anciana corría de un lado a otro, empujando los muebles de aquí para allá para que no se mojaran y poniendo debajo del torrente de agua que caía de la techumbre cacharros y cubos.

El tigre, que tenía apoyada la oreja en la pared, oía todo el jaleo que hacía la mujer en el interior: oía cómo se arrastraban cosas, oía el entrechocar de los cacharros y cubos y oía cómo la anciana se quejaba y se lamentaba, hablando sola:

—¡Oh, es terrible! ¡Esta eterna gotera! ¿No habrá manera de evitarla? ¡Por un ratito parece que se calma, pero enseguida la tengo de nuevo cayendo con toda su fuerza sobre mí! ¡Esto es horrible y terrible!

Entonces se oyeron más ruidos, mientras la mujer exclamaba:

—¡Basta, basta, eterna gotera maldita, me estás matando!

El tigre se quedó muy impresionado por todo lo que oía:

—¿Qué clase de animal será la Eterna Gotera del que jamás antes había oído hablar? —murmuró—. Debe de ser un ser espantoso. Prefiero no cruzarme con él.

Y al oír de nuevo el estrépito producido por el arrastrar de muebles exclamó:

—¡Qué ruido más pavoroso! ¡Debe producirlo el terrible ser llamado Eterna Gotera!

El tigre, muerto de miedo, se quedó temblando apoyado contra la pared, muy preocupado por lo que pasaba, y aguantando la respiración. Solo quería que cesara la lluvia para poder alejarse de allí rápidamente.

Justo en ese momento, apareció caminando por la oscura carretera un granjero que buscaba su burro. El animal había escapado despavorido del establo al oír los primeros truenos.

A la luz de un relámpago, el hombre vio la silueta de un gran animal apoyado contra la pared de la choza de la viejecita y convencido de que se trataba de su burro, corrió hasta el tigre y lo agarró de una oreja:

—¡Animal miserable! —gritaba furioso–. ¡He tenido que salir a buscarte bajo esta lluvia torrencial!

Sin dejar de gritarle improperios arrastraba por el pescuezo al pobre tigre.

—¡Levántate inmediatamente, bicho tonto, no me obligues a enfadarme aún más de lo que ya estoy! —Y al ver que el animal ni se movía, crecía su furia.

Pero es que el tigre estaba atónito. Nunca jamás nadie se había atrevido a tratarlo así y tampoco tenía noticia de que ningún ser vivo hubiera tratado de ese modo a uno de su especie.

Se asustó y comenzó a pensar que aquel ser horripilante que lo maltrataba de aquel modo debía de ser la Eterna Gotera de la que tanto se quejaba la vieja. «No me extraña que la pobre anciana se preocupara tanto», pensó.

Por fin, el tigre se levantó dócilmente y el granjero, que todavía creía que aquel animal era su burro, le dio una palmada en el trasero, montó sobre él, y lo condujo a su casa bajó la lluvia torrencial. Durante el camino fue dándole golpes con los talones para que corriera más y no dejó de dirigirle insultos durante todo el recorrido.

Al llegar a la granja y para impedir que escapara de nuevo, lo ató del pescuezo y de las patas a un gran poste que había frente a la puerta y después, agotado y mojado, se acostó.

A la mañana siguiente, la granjera salió a ordeñar la vaca y no podía dar crédito a lo que veían sus ojos: un tigre atado al poste.

Muy asustada, corrió a despertar a su marido y le dijo:

—¿Pero tú estás loco? ¿Sabes qué animal trajiste anoche durante la tormenta?

—Claro –contestó él, enojándose al recordar lo que había pasado–, ¡ese burro miserable!

—Ven a verlo –le dijo su mujer.

El hombre salió y al ver de qué animal se trataba, empezó a temblar y temió que sus piernas no lo sostuvieran. Se palpó todo el cuerpo para comprobar si tenía alguna herida, pero no encontró ni un rasguño.

La hazaña del granjero se extendió con rapidez por todo el pueblo y todo el mundo acudió a ver al tigre cautivo y a escuchar cómo había sido capturado y domesticado.

La historia corrió de boca en boca y pronto se extendió a otros pueblos, y finalmente, llegó a oídos del Rajá y la Ráni. Ambos quedaron tan admirados al oír aquel relato del hombre que cabalgaba tigres, que les faltó tiempo para ir a conocerlo personalmente.

Al llegar con su séquito a casa del granjero, comprobaron que la historia era cierta. Y todavía quedaron más impresionados al saber que aquel feroz tigre atado al poste, que ahora se comportaba como un dócil gatito, había sido el pavoroso animal que había sembrado el terror por toda la región.

El Rajá y la Ráni quisieron recompensar al granjero por la valentía demostrada y, sin pensarlo dos veces, le otorgaron un título nobiliario, le regalaron vastas tierras, una gran mansión en el campo y riquezas sin fin.

Y todo esto no me lo contaron, que yo lo vi.

FIN

La Ratita presumida

Victoria Assanelli 1

Ilustración: Victoria Assanelli

Había una vez una Ratita que cada día barría su casita y un día se encontró una moneda de oro.

—¡Oh! ¡Qué suerte he tenido! ¿Con qué la gastaré?

Y pensaba y pensaba:

—Si me compro caramelos, los dientes se me pondrán feos… Y si me compro avellanas, las muelas se me pondrán malas…. ¡Ay! ¡No sé qué hacer!… ¿Y si me comprara un lacito para la punta del rabito? Un gran lacito, para que luzca bien bonito. ¡Sí, sí! ¡Eso haré!

Y eso hizo. Se dirigió a la mercería de Doña Corneja y allí estuvo mirando y revolviendo muchos lazos. Al final, se decidió por uno precioso de seda de color rojo.

—¡Este me gusta! —dijo mientras pensaba— Todo el mundo me envidiará en el barrio. Todos los vecinos se girarán para admirar mi lazo—. ¡Quiero este! No me lo envuelva, que me lo llevo puesto.

Con el lacito anudado en la punta de su rabito, se fue a su casa y se colocó ante la puerta para lucirlo y para que todo el mundo pudiera admirar lo bien que le quedaba.

Así estaba, cuando acertó a pasar por allí el señor Pato, que al verla tan linda le dijo:

—¡Ay!, Ratita, mi Ratita, tú que eres tan bonita, ¿no querrías casarte conmigo? Soy formal, buen mozo y muy estudioso. ¡Juntos aprenderíamos mucho!

—No sé, no sé. A ver, dime algo para que pueda escuchar tu voz.

—¡Cuac, cuac, cuac!

—¡Uy! ¡No, no! ¡Qué horror! Si me casara contigo me dejarías sorda. ¡No te quiero por marido!

Y Don Pato se alejó triste y cabizbajo, con sus libros bajo el ala.

Al poco rato, se acercó un hermoso gallo con la cresta muy roja y le dijo a la Ratita:

—¡Ratita preciosa!, tú que eres tan bonita, ¿te quieres casar conmigo? Soy buen mozo y tengo una gran casa.

—No sé, no sé. A ver, dime algo para que pueda escuchar tu voz.

—¡Kikirikí, Kikirikí!

—¡Uy! ¡No, no! ¡Qué alboroto! Si me casara contigo no podría dormir en toda la noche. ¡No te quiero por marido!

Y Don Gallo muy ofendido, se marchó de casa de la Ratita con la cresta muy alta y sin volver la vista atrás, seguido por siete gallinas.

También se acercaron a casa de la Ratita un perro de aguas, un cerdo y un cordero. Pero al escuchar sus voces, a todos rechazó.

Ya caía la tarde y de vuelta a su establo, después de trabajar todo el día, se acercó a casa de la Ratita un burrito:

—¡Ratita guapa!, tú que eres tan preciosa, ¿te quieres casar conmigo? Soy muy buen mozo, fuerte y trabajador. Conmigo nunca ha de faltarte de nada.

Y la Ratita, haciéndose de rogar, le dijo:

—No sé, no sé. A ver, dime algo para que pueda escuchar tu voz.

—¡¡Iiiiaaaa, Iiiiiaaaaaa!!

—¡Ahhhhhhhhhh! ¡Que espanto de voz! ¡Lárgate ahora mismo, que por tu culpa me dolerán los oídos tres días enteros!

Muy triste se marchó Don Burrito por la negativa de la linda Ratita, arrastrando su pesado carro.

Ya empezaba ella a pensar que jamás encontraría a nadie hecho a su medida, cuando pasó por allí un gatito que le dijo:

—¡Marramiaumiaumiau, Ratita! En ninguna de mis siete vidas he visto ni veré a una dama igual que tú. ¿Te quieres casar conmigo? Soy buen mozo y conmigo correrás aventuras sin fin y te divertirás de día y de noche.

Y la Ratita, haciéndose de rogar le dijo:

—No sé, no sé. A ver, dime algo para que pueda escuchar tu voz.

—¡Miauu, Miauuu! –maulló Don Gato con voz melodiosa.

—¡Qué voz tan dulce que tienes! ¡Contigo me he de casar!

Al poco tiempo, celebraron una gran boda, a la que todo el mundo fue invitado. Aquel día, todos los que asistieron a la gran fiesta advirtieron a la Ratita:

—¡Ve con cuidado con este gato! No vayas a despistarte y te dé un bocado.

—Cuidado, Ratita, no vayas a ser tú su cena.

Al terminar la fiesta, cada animal regresó a su casa y, por fin, el Gato y la Ratita se quedaron solos:

—Ratita, Ratita, ¿que puedo darte un besito?

Y acercándose mucho a ella abrió tanto la boca que ¡casi se la come de un bocado! La Ratita, dando un gran salto se alejó de allí gritando:

—¡Socorroo, socorro! ¡Que el gato me come!

Al oír los gritos, pato, gallo, perro de aguas, cerdo, cordero y burro acudieron corriendo:

—¡Cuac, cuac, cuac!

—¡Kikirikiiiiiiii!

—¡Guau, guau, guau!

—Oinkkkk, oinkkkkk!

—¡Beeeeee, beeeeeeee!

—¡Hiaaaaaaaaaaa hiaaaaaaaaa!

Y el gato, espantado con tanto alboroto, huyó por los tejados y jamás regresó.

Por eso dicen que, desde aquel día, ratones y gatos dejaron de tener amistad y cuando un ratón ve a un gato huye despavorido.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La Ratita presumida» con la voz de Angie Bello Albelda

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Un día lleno de emociones

ranita

Un día, estaba Barni, la rana, en el jardín cantando un aria de ópera. Es un aria que las ranas suelen cantar a menudo porque tiene mucho ritmo.

Al entonar una nota muy alta, Barni levantó la cabeza y miró al cielo. Y, de repente, dejó de cantar. Allí, en lo más alto, vio una gran águila blanca. El águila pretendía comerse a Barni, la rana, para desayunar.

Barni buscó inmediatamente un escondrijo y se ocultó debajo de un cubo de leche que estaba boca abajo.

Pero, vio a Daisy, la granjera, que se disponía a ordeñar a Mu, la vaca. Barni sabía que cogería el cubo así que necesitaba otro lugar para esconderse.

Dio un gran salto, tan grande como pudo. Un salto, dos, tres…y llegó al abrevadero de Percy, el cerdo.

La gran águila blanca seguía volando en círculos por el cielo.

Al oír el chapoteo, Percy, el cerdo, se acordó de que tenía sed y fue corriendo hacia el abrevadero.

Barni vio que Percy corría hacia allí. No quería que el cerdito se la bebiera junto con el agua, así que nadó y dio otro gran salto.

Miró alrededor y vio cerca un recipiente con agua. No era un buen lugar para esconderse, parecía un sitio pequeño y frío. Era una vieja sartén que el granjero había tirado.

Barni estaba preguntándose qué haría ahora, cuando Percy, el cerdo, se acercó corriendo. La pata trasera de Percy golpeó el mango de la sartén y Barni salió volando por los aires. ¡Nunca antes había llegado tan alto!

La gran águila blanca, al ver que el desayuno subía directo hacia ella, se lanzó en picado sobre Barni.

Ahora Barni ya empezaba a caer, pero la gran águila blanca iba muy rápido y, si nada la detenía, pronto alcanzaría a Barni.

De repente, se oyó un gran ¡chof!

Barni había caído en el estanque.

Barni, la rana, se escondió entre las algas y los peces, en el fondo del estanque, y decidió que ya había tenido suficientes emociones por aquel día.

FIN

Caracolito, el caracol veloz

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Era Caracolito el más pequeño de la gran familia Caracolín, formada por mamá Caracolina y papá Caracolón. Tenía, además de tíos, primos y abuelos, una larga lista de hermanos y hermanas.

Vivían muy felices en una grieta de un gran manzano en la granja de los señores Martínez, donde convivían con pollos, cerdos, vacas, caballos, pavos y demás animales domésticos.

Cuando brillaba el sol y hacía calor, se cobijaban en su árbol y, muy quietecitos, esperaban a que se pusiera para salir en busca de comida. ¡Y es que el calor no les gustaba nada!

Cuando más disfrutaban era después de una buena tormenta. ¡Ahhh!, entonces sí que salían muy contentos, con sus antenitas bien estiradas, para darse una gran comilona.

Les gustaban, sobre todo, las plantas con grandes hojas. ¡Qué ricas! Pero sabían respetar los sembrados del señor Martínez. Espinacas, acelgas y lechugas estaban prohibidas para ellos. Mamá Caracolina los tenía muy bien enseñados:

-No, no. ¡Los sembrados no se comen!

Pero ahí estaba nuestro amigo Caracolito. Nunca estaba conforme con nada y siempre preguntaba y preguntaba, hasta acabar con la paciencia de sus papás:

-¿Por qué somos tan pequeños? ¡Yo quiero crecer!

-¿Por qué andamos tan despacito? ¡Es muy injusto! ¡Siempre llego el último a todos lados!

-¿Por qué no podemos comer acelgas? ¡Tienen una pinta deliciosa!

Su mamá, con mucha paciencia, le explicaba:

-Mira Caracolito, años atrás, el tío abuelo Caracolote no hizo caso de las advertencias y, después de un chaparrón, se deslizó hacia el campo de acelgas y desapareció.

-¡¿¿¿Desapareció???!

-Si, la vaca Mara fue la última que lo vio y aseguró que había salido de la granja corriendo a toda velocidad. ¡Nunca más volvió!

-¡¿¿¿A toda velocidad???!

-Sííííí, ¡y eso es muy peligroso para un caracol! Porque no sabemos que hay más allá de la cerca de la granja, nunca hemos podido ir tan lejos, pero nos llegan rumores de animales extraños, enormes y ruidosos, que corren por caminos de tierra negra.

Ya podéis imaginar que esta historia no hizo más que avivar el deseo del pequeño caracol de averiguar cuál era el misterio del campo de acelgas. Así, que decidió que en cuanto cayera el siguiente aguacero, se encaminaría hacia el sembrado y se daría un gran banquete.

-La historia del tío abuelo Caracolote es una paparrucha. ¡Seguro! – pensaba él.

¡Dicho y hecho! Al cabo de dos días amaneció lloviendo. Caracolito se puso muy contento y, en cuanto salió el sol, se encaminó hacia el campo de acelgas. Pasó la verja por debajo y, ¡ñam, ñam, ñam!, se llenó la tripa de las hojas más tiernas que encontró.

-¡Caray! ¡Qué ricas! – Se relamía encantado.- Son dulces y muy frescas.¡¡¡Deliciosas!!!

Cuando ya estaba casi fuera del sembrado, contento y hartito, empezó a sentir como si un ventilador se hubiera puesto a funcionar dentro de su concha y lo empujara.

Empezó a correr deprisa. Y cada vez más deprisa, ¡¡¡Uhhhhhhhhhh!!!, sin poder parar.

Iba tan rápido, que recorrió la granja en un periquete y, sin darse cuenta, ya estaba fuera de la cerca. ¡Nunca había estado ahí!

Una pareja de conejitos que lo vio pasar, se quedó estupefacta. ¡Un caracol veloz! ¡Imposible! Y, ¡claro!, corrió a contarlo a todo el mundo.

Caracolito estaba muy asustado, su carrera seguía imparable y, a lo lejos, pudo ver el camino de tierra negra del que le había hablado mamá Caracolina.

¿Sería cierta, la historia del tío abuelo Caracolote? Ahora sí que tenía miedo, y más cuando escuchó un ruido que iba haciéndose más y más fuerte a medida que se acercaba un animal muy extraño; ¡era grandísimo y con las patas redondas! Era enorme, más que las vacas, y con un color brillante que él nunca había visto en un animal. ¡¡¡Si no lograba parar antes de llegar al camino de tierra negra, lo aplastaría!!!

Menos mal que empezó a sentir que su velocidad disminuía. Se iba frenando poco a poco, hasta que consiguió volver a caminar como debe hacerlo un caracol: ¡despacito!

Cuando por fin se detuvo, el monstruoso animal de patas redondas pasó rugiendo a un palmo de él y casi se desmaya del susto.

¡Pobre Caracolito! Estaba muy arrepentido de haber desobedecido a sus papás. Fuera de la cerca, el mundo era muy peligroso para los caracoles.

Lo que no se explicaba era por qué las acelgas causaban ese efecto a los pobres caracoles.

Pues veréis, el señor Martínez abonaba regularmente los sembrados para que, además de ricas y sabrosas, sus espinacas, acelgas y lechugas crecieran rápidamente. Pero el abono tenía un efecto secundario y era que aceleraba también la velocidad con la que caminaban los caracoles. ¡Menos mal que duraba muy poquito!

Mamá Caracolina, advertida por los conejos, envió al rescate de Caracolito a Marcus, el perro pastor de la granja, que recogió al agotado caracol y lo llevó en su lomo hasta su casa en el manzano.

Una vez allí, pidió mil perdones a sus papás y explicó a su familia su terrible experiencia para que a nadie más se le ocurriera volver a comer acelgas.

Así, todos estuvieron de acuerdo en que hay que hacer caso de las advertencias de nuestros mayores porque, como ellos nos repiten, es por nuestro bien.

FIN