Tailandia

El brillo de la luciérnaga

Ilustración: miremi14

En Tailandia, en el interior del tronco de un altísimo y majestuoso lampati, vivía una comunidad de luciérnagas. Cada día, al caer la noche, cuando todo se quedaba a oscuras y en silencio y solo se oía el murmullo del cercano río, las luciérnagas abandonaban el viejo árbol y llenaban el cielo nocturno de destellos. Jugaban a hacer figuras con sus luces, bailando en el aire para crear un sinfín de destellos luminosos, más brillantes y más espectaculares que los de un castillo de fuegos artificiales.

Pero entre todas las luciérnagas que habitaban en el lampati, había una muy pequeñita a la que no le gustaba salir a volar.

—No, no, hoy tampoco quiero salir a volar —decía todos los días la pequeña luciérnaga—. Id vosotros que yo estoy muy bien en casa.

Tanto sus abuelos, como sus padres, hermanos y amigos esperaban con ansiedad a que llegara la noche para salir de casa y brillar en la oscuridad. Se lo pasaban tan bien, que no comprendían por qué la pequeña luciérnaga no los acompañaba nunca. Le insistían una y otra vez para que fuera con ellas a volar, pero no había manera de convencerla. La pequeña luciérnaga siempre se negaba.

—¡No quiero salir a volar! —repetía la pequeña luciérnaga— Dejadme tranquila.

Toda la comunidad de luciérnagas estaba muy preocupada por la actitud de la pequeña.

—Hemos de hacer algo —decía su padre angustiado—. No puede ser que nuestra pequeña no quiera salir nunca de casa.

—No te preocupes —añadía su madre—. Ya verás como todo se arregla y cualquier día de estos se anima y sale a volar con nosotros.

Pero pasaban los días y la pequeña luciérnaga seguía encerrada sin salir de casa.

Un anochecer, cuando todas las luciérnagas habían salido a volar, la abuela luciérnaga se acercó a la pequeña y le preguntó dulcemente:

—¿Qué te sucede, pequeña? ¿Por qué nunca quieres salir de casa? ¿Cuál es la razón por la que nunca quieres venir a volar e iluminar la noche con nosotros?

—No me gusta volar —respondió la pequeña luciérnaga.

—Pero ¿por qué no te gusta volar ni mostrar tu luz? —insistió la abuela.

—Para qué quieres que salga y muestre mi luz si nunca podré brillar como la Luna —dio por fin la pequeña luciérnaga—. La Luna es grande y brillante y yo a su lado no soy nada. Soy tan pequeña, que si me comparo con ella no soy más que una ridícula chispita. Por eso nunca quiero salir de casa y volar, porque nunca seré tan brillante como la Luna.

La abuela escuchó con atención las razones de la pequeña luciérnaga.

—Lo que dices es verdad: nunca podrás brillar como la Luna —dijo con una sonrisa—. Pero hay una cosa de la Luna que has de saber y que, por lo que dices, deduzco que desconoces. Y es una cosa que sabrías si salieras de casa de vez en cuando. Pero como no es así, pues, claro, no lo sabes… —Y la abuela hizo ademán de marcharse.

—¡Espera, abuela, no te vayas! Cuéntame qué es lo que debo saber de la Luna y que no sé —añadió la pequeña luciérnaga llena de curiosidad.

—Has de saber que la Luna no tiene luz propia, solo refleja la luz del sol y por eso no brilla igual todas las noches —respondió la abuela—. La Luna es tan variable que cambia todos los días. Hay noches en las que se la ve radiante, redonda, como una gran pelota brillando desde lo más alto del cielo. En cambio, hay otros días en que brilla a medias y otros se esconde por completo, su brillo desaparece y deja al mundo sumido en la más profunda oscuridad.

—¿Es verdad que hay noches en que se esconde la Luna? —se sorprendió la pequeña.

—¡Naturalmente! —continuó explicando la abuela—. La Luna cambia constantemente. Hay veces que crece y otras que se hace pequeña. Hay noches en que es enorme, de un color rojo, y otros días en que se hace invisible y desaparece entre las sombras o detrás de las nubes. La Luna cambia constantemente y no siempre brilla con la misma intensidad porque es solo un reflejo del sol. En cambio, tú, pequeña luciérnaga, siempre brillarás con la misma fuerza y siempre lo harás con tu propia luz.

La pequeña luciérnaga se quedó asombrada ante las explicaciones de la abuela. Nunca se habría podido imaginar que la Luna fuera tan variable que brillaba o que se apagaba según los días. A partir de entonces, la pequeña luciérnaga salió cada noche del interior del gran lampati para acompañar al resto de luciérnagas en sus vuelos, brillando orgullosa con su propia luz.

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?