tesón

Tranquila Tragaleguas, la tortuga cabezota

Ilustración: Alejandra Romero

Una hermosa mañana se encontraba la tortuga Tranquila Tragaleguas ante su pequeña y agradable madriguera tomando el sol y comiendo sosegadamente una hoja de llantén.

Por encima de ella, en las ramas de un vetusto olivo, estaba la paloma Sulaica Silvestre, que lustraba su brillante plumaje. En esto llegó volando el palomo Sebulón Silvestre, hizo varias reverencias y exclamó:

—¡Oh!, Sulaica, alegría de mi corazón, ¿te has enterado ya? El Gran Sultán de todos los animales, Leo Vigésimo-Octavo, va a celebrar su boda. Así que vayámonos juntos volando a su guarida, luz de mis ojos.

—¡Oh!, mi dueño y señor —zureó la paloma—, ¿es que estamos invitados?

—No te preocupes, estrella de mi vida —le contestó Sebulón Silvestre volviendo a hacer varias reverencias—, todos los animales, grandes y pequeños, viejos y jóvenes, gordos y delgados, mojados y secos, están invitados; así que nosotros también. Va a ser la fiesta más hermosa que jamás haya habido. Pero tenemos que darnos prisa, pues el camino hasta la guarida del león es muy largo y la fiesta es ya pronto.

Sulaica asintió y las dos palomas se alejaron volando.

Tranquila Tragaleguas, que lo había oído todo, se sumió en una meditación tan profunda que incluso se le olvidó terminar de desayunar.

«Si todos los animales, grandes y pequeños, viejos y jóvenes, gordos y delgados, mojados y secos, están invitados a la boda», se dijo a sí misma, «entonces yo también lo estaré. Así que, ¿por qué no voy a ir yo también a la fiesta más hermosa que jamás haya habido?».

Después de pasarse el día entero y toda la noche siguiente dándole vueltas, su decisión estaba tomada. Apenas se había levantado el sol se puso en marcha, paso a paso, despacito, sí, pero sin parar.

Cuando ya llevaba vagabundeando así casi todo el día, pasó junto a una zarza. Allí vivía la araña Fátima Fabricatelas en el centro de su magnífica tela.

—¡Eh, Tranquila Tragaleguas! —exclamó la araña—, ¿a dónde vas tan aprisa, si puede saberse?

—Buenas tardes, Fátima Fabricatelas —contestó la tortuga, y se detuvo a tomar aliento—. Como sabes, nuestro Gran Sultán, Leo Vigésimo-Octavo, ha invitado a su boda a todos los animales. Y por eso voy yo también allá.

Fátima Fabricatelas cruzó sus largas patas delanteras sobre su cabeza y comenzó a soltar tales risitas que toda su telaraña comenzó a temblar sensiblemente.

—¡Oh!, Tranquila —pudo balbucir al fin—, tú, la más lenta de los lentos…, ¿cómo quieres llegar jamás allá?

—Paso a paso —dijo Tranquila.
—¿Y te has parado a pensar —exclamó Fátima Fabricatelas— que la boda será ya dentro de catorce días?

Tranquila miró llena de confianza sus cortas y robustas patitas y contestó:

—Ya llegaré a tiempo.

—¡Tranquila! —le dijo la araña compasivamente—. ¡Tranquila Tragaleguas! Incluso para mí sería el camino demasiado largo y yo no solo tengo patas más ligeras, sino también el doble de ellas que tú. ¡Sé razonable! ¡Déjalo y vete a casa!

—Lo siento, pero no puede ser —le contestó amablemente la tortuga—; mi decisión está tomada.

—¡No hay peor sordo que el que no quiere oír! —dijo la araña y comenzó, enfadada, a tejer en su tela.

—Es verdad —respondió Tranquila—, así que adiós, Fátima Fabricatelas.

Y con eso se echó a andar lenta y pesadamente. La araña soltó una risita maliciosa y murmuró:

—No vayas a correr demasiado, que si no al final llegarás incluso demasiado pronto.

Pero Tranquila Tragaleguas siguió caminando por campos y pedregueras, por páramos y arboledas, bajo el sol y las estrellas.

Al pasar un día junto a una pequeña laguna hizo un alto para beber.

Sobre una hoja de hiedra se encontraba el caracol Bassam Baboso, que examinó a la tortuga con ojos desorbitados.

—¡Buenos días! —dijo Tranquila amablemente.

Transcurrió un buen rato hasta que el caracol se rehizo y pudo contestarle.

—¡Cielos! —balbució muy despacito—, ¡tú sí que corres! Le da a uno vueltas la cabeza solo de mirarte.

—Voy a la boda de nuestro Gran Sultán, Leo Vigésimo-Octavo —le explicó Tranquila.

Esta vez transcurrió aún más tiempo hasta que Bassam pudo reorganizar sus viscosos pensamientos y consiguió balbucear con gran esfuerzo:

—¡Caracoles, qué horror! ¡Si has ido en una dirección completamente equivocada!

Se puso a señalar con sus tentáculos confusamente a su alrededor:

—¡Allínoalládeallíoseaaquí…! ¡Aquínoahíaaláamíacánonorteallíallítúallí…! —y se enredó sin remedio en su difícil explicación.

—No importa —dijo Tranquila—, al menos ahora ya lo sé. ¿Hacia dónde, dijiste, debo ir?

El caracol estaba tan liado que se coló en su casa y no reapareció hasta pasada media hora.

Tranquila esperó pacientemente hasta que Bassam volvió a recuperar el habla.

—¡Cielos! —gimió el caracol—, ¡qué desgracia! Debías haber ido hacia el sur y no hacia el norte. Justo al revés tendrías que haber ido.

—Muchas gracias por la indicación —le contestó Tranquila, y se dio la vuelta poquito a poco en dirección contraria.

—Pero si la fiesta es ya pasado mañana —exclamó lloroso el caracol.

—Ya llegaré a tiempo —dijo Tranquila.

—¡Jamás! —sollozó el caracol, y miró con desconsuelo a la tortuga—. ¡Jamás de los jamases! Bueno, si desde el principio hubieses ido en la dirección correcta, puede. Pero ya está todo perdido. Todo fue inútil. ¡Caracoles, qué horror!

—Puedes sentarte sobre mi caparazón, si quieres venir conmigo —le invitó Tranquila.

Bassam Baboso bajó resignadamente los ojos.

—No vale la pena. Es tarde, demasiado tarde. Nunca llegaríamos.

—Claro que sí —dijo Tranquila—, paso a paso.

—Estoy tan triste —balbució el caracol—, ¡quédate conmigo y consuélame!

—Lo siento, pero no puede ser —dijo Tranquila amablemente—: mi decisión está tomada.

Y con esto volvió a ponerse en marcha, solo que en dirección contraria.

Bassam Baboso se quedó aún mucho tiempo mirándola con los ojos llenitos de lágrimas y haciéndole continuos ademanes de súplica con sus tentáculos.

La tortuga volvió a caminar durante muchos días en la otra dirección por campos y pedregueras, por páramos y arboledas, bajo el sol y las estrellas.

Finalmente se encontró con el lagarto Zacarías Zanguango, que estaba dormitando sobre una piedra soleada. Sus escamas verde esmeralda centelleaban lujosamente.

Al acercarse la tortuga, abrió un ojo, parpadeó y dijo adormilado:

—¡Alto! ¿Identidad? ¿Procedencia? ¿Destino?

—Me llamo Tranquila Tragaleguas —dijo la tortuga—, vengo del vetusto olivo y quiero ir a la guarida del león.

Zacarías Zanguango bostezó:

—Vaya, vaya, ¿y qué se le ha perdido a uno por allí?

—Voy a la boda de nuestro Gran Sultán, Leo Vigésimo-Octavo, pues él ha invitado a todos los animales, así que a mí también —le contestó Tranquila.

Entonces, Zacarías Zanguango, asombrado, abrió también su otro ojo y contempló aliviado a la tortuga.

—¿Y cómo se imagina un vulgar tragapolvo —gangueó al rato— que aún va a llegar allí?

—Paso a paso —dijo Tranquila.

Zacarías Zanguango se apoyó en los codos y tamborileó con los dedos.

—Vaya, vaya, ¿con tanta calma quiere uno ir a una boda que ya habría sido hace una semana?

—¿Es que no ha sido hace una semana? —preguntó Tranquila.

—No —contestó Zacarías Zanguango con desgana.

—Estupendo —dijo Tranquila satisfecha—, pues entonces aún llegaré a tiempo.

—¡Segurísimo que no! Como alto funcionario de la corte del león tengo el gusto de explicar: la boda queda provisionalmente aplazada. Leo Vigésimo-Octavo tuvo que marchar repentinamente a la guerra contra el tigre Sebulón Sableador. Así que puede uno volver de nuevo a casa con toda confianza.

—Lo siento, pero no puede ser —contestó Tranquila Tragaleguas—, mi decisión está tomada.

Y con esto dejó al lagarto tumbado a su izquierda, y siguió caminando lenta y pesadamente.

Zacarías Zanguango, sin embargo, se quedó absorto mirando hacia adelante, murmurando una y otra vez:

—Uno se pregunta realmente si… desde luego, uno se pregunta realmente si…

La tortuga volvió a caminar durante muchos días por campos y pedregueras, por páramos y arboledas, bajo el sol y las estrellas.

Al atravesar un desierto pedregoso, se encontró con un grupo de cuervos que estaban acurrucados sobre un árbol seco y que parecían sumidos en sombrías reflexiones. Tranquila Tragaleguas se detuvo para preguntar por el camino.

—¡Hachís! —graznó uno de los cuervos antes de que ella hubiese dicho nada.

—¡Salud! —exclamó Tranquila amablemente.

—No he estornudado —gruñó malhumorado el cuervo—, solo me he presentado. Soy el sabio Hachís Halef Habacuc.

—¡Oh, perdón! —dijo ella—, yo me llamo Tranquila Tragaleguas y solo soy una tortuga normal y corriente. ¿Puedes, por favor, decirme sabio Habacuc, si por aquí se va a la guarida de nuestro Gran Sultán, Leo Vigésimo-Octavo? Es que estoy invitada a su boda.

Los cuervos se lanzaron unos a otros significativas miradas y soltaron unas tosecillas.

—Bien podría decírtelo —explicó Habacuc y se rascó la cabeza con la garra—, pero ya no te serviría de nada. Pues el dónde está ahora nuestro Gran Sultán no podemos alcanzarlo ni siquiera nosotros los sabios. Y tú, pobre e ignorante animal que se arrastra, ¿cómo podrías encontrarlo nunca con tus pocas luces?

—Paso a paso —dijo Tranquila.

Los cuervos volvieron a intercambiar significativas miradas y soltaron unas tosecillas.

—¡Oh, ciega criatura! —graznó solemnemente Habacuc—, aquello de lo que hablas, hace tiempo que pasó. Y el pasado nadie puede recuperarlo.

—Ya llegaré a tiempo —dijo Tranquila llena de confianza.

—¡Imposible! —le contestó Habacuc con voz sepulcral—, ¿no ves que estamos de luto? Hace pocos días hemos enterrado a nuestro Gran Sultán, Leo Vigésimo-Octavo. Fue herido tan gravemente en la lucha contra el tigre Sebulón Sableador, que murió sin remedio.

—Ah —dijo tranquila—, pues de veras que lo siento.

—Así que vuelve a casa —le aconsejó Habacuc—, o quédate aquí y llora con nosotros.

—Lo siento, pero no puede ser —contestó Tranquila amablemente—; mi decisión está tomada.

Y con eso volvió a ponerse en camino.

Los cuervos se quedaron mirándola con reproche, luego juntaron sus cabezas y graznaron:

—¡Qué persona más obstinadas! Quiere ir realmente a la boda de alguien que hace tiempo que ha muerto.

Tranquila Tragaleguas volvió a caminar lenta y pesadamente durante muchos días por campos y pedregueras, por páramos y arboledas, bajo el sol y las estrellas.

Y por último llegó a un bosque lleno de árboles en flor. En el centro del bosque había un gran prado cuajadito de flores. Y en ese prado estaban reunidos muchos animales, grandes y pequeños, viejos y jóvenes, gordos y delgados, mojados y secos, todos muy contentos y en alegre espera.

—Ah, por favor —preguntó Tranquila Tragaleguas a un pequeño tití que brincaba junto a ella y tocaba las palmas—, ¿por dónde se va a la guarida de nuestro Gran Sultán?

—¡Pero si ya estás ante ella! —exclamó el monito (que dicho sea de paso se llamaba Yussuf Yomerrasco, pero esto ya no tiene aquí importancia)—. ¡Ahí enfrente está la entrada!

—¿Y es esta, quizá —preguntó discretamente Tranquila Tragaleguas—, la boda de nuestro Gran Sultán, Leo Vigésimo-Octavo?

—¡Qué va! —exclamó el monito—. ¡Realmente debes venir de muy lejos! ¡Sí, hoy celebra su boda, como todo el mundo sabe, nuestro nuevo Gran Sultán, Leo Vigésimo-Noveno!

En este momento apareció a la entrada de la guarida un magnífico y joven león con una majestuosa melena que brillaba como el sol. Y junto a él estaba una hermosa y joven leona.

Y todos los animales gritaron: «¡Viva!» y «¡Vivan los novios!», y luego se bailó y se jugó y se comió en abundancia y se cantó hasta altas horas de la madrugada. Y las luciérnagas alumbraron y los ruiseñores y los grillos se encargaron de la música. En una palabra, fue realmente la fiesta más hermosa que jamás haya habido.

Y entre los invitados estaba Tranquila Tragaleguas, un poco soñolienta, eso sí, pero muy feliz, y manifestó:

—Ya lo dije yo siempre, que llegaría a tiempo.

FIN

Dulce & Cabaña

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Ilustración: Luciano Lozano

A Dulce no le iba aquello de pasearse en cueros por los prados. Y eso no hubiera supuesto un problema si Dulce no hubiera sido la heredera de una larga estirpe de vacas lecheras. De las de más arraigo y tradición de la comarca. Leche con denominación de origen de «Ganaderías Cabaña».

 A Carlos Cabaña tampoco le iba lo de ordeñar y limpiar establos. Pero era lo que hacía su padre, como había hecho antes el padre de su padre, y todavía antes, el padre del padre de su padre, durante generaciones. Vivir rodeados de vacas, cuidarlas, ordeñarlas y vender su cremosa leche.

Siendo todavía una ternera, al poco de ser destetada, fue cuando a Dulce se le despertó aquel extraño pudor a abandonar el establo sin más vestido que su propia piel. Su madre, doña Anabella, la empujaba exasperada con el hocico para obligarla a pastar por los prados.

 —Es hora de rumiar, holgazana —la regañaba enfadada.

—¿No puedo quedarme aquí? Comeré paja —suplicaba Dulce pegada a las paredes del cercado.

—¡No! —Era siempre la última palabra de su madre.

Don Mariano, el padre de Carlos, también acostumbraba a valerse de aquel «¡No!» innegociable. Especialmente cuando, antes de su viaje semanal a la ciudad, su hijo le pedía colores y cuadernos de dibujo. De inmediato, señalaba intransigente los bebederos e «invitaba» a Carlos a dejarlos bien limpios.

—Hay cosas más importantes que hacer en la granja que andar garabateando papeluchos —zanjaba don Mariano.

Por fortuna, Silvana, la madre de Carlos, que adoraba los esbozos de su pequeño artista, se encargaba de abastecerlo a escondidas de acuarelas, plumillas, láminas y ceras. Y por la noche, cuando don Mariano roncaba en el sofá con el mando a distancia del televisor a punto de caerse de su callosa mano, madre e hijo disfrutaban de las ilustraciones de Carlos, que demostraba un don natural para el dibujo.

Por supuesto, a falta de otros modelos, Carlos se dedicaba a pintar vacas. Y Dulce, sin lugar a duda, era su favorita. Sus grandes ojos negros de mirada apocada lo tenían cautivado. Pero todavía lo impresionaban más las maniobras de la ternera para cubrirse el cuerpo con flores y briznas de hierba fresca. Una curiosa destreza que la mayoría tomaba por las excentricidades de una vaca con la manía de revolcarse por el prado. Pero a Carlos, que se dedicaba a perseguirla con su cuaderno de esbozos siempre que podía, no le había pasado inadvertido que las estratégicas ubicaciones de flores, hojas y hierbajos sobre las orondas carnes de Dulce no eran fruto de la casualidad.

Con cada retrato, Carlos se iba haciendo más consciente de la necesidad de Dulce de adornar su cuerpo, captando en sus dibujos los originales diseños que la joven vaca improvisaba a base de fibras naturales. Girasoles a modo de pamela, collares a base de jazmines y azaleas, hojas de parra ingeniosamente enlazadas sobre su lomo…

Pero lo que empezó como una necesidad de dar cobijo a su instintiva vergüenza a la desnudez, se convirtió en un desafío cada vez mayor al sentirse observada por Carlos. Y así, los vestidos de Dulce se fueron perfeccionando. La vaca arrancaba a escondidas hojas de higuera o de nogal, según combinaran con las flores de temporada. Y ya no se conformaba con trenzar la sucia paja que esparcían por el suelo del establo, buscaba en las balas secadas al sol las briznas más elegantes para lograr tejidos de cálidos degradados.

Carlos no solo testimoniaba con sus dibujos los diseños de la vaca, a la que empezaba a considerar su musa, sino que se convirtió en su cómplice y colaborador. Cada noche, escondía en el corral de Dulce pedazos de tela viejos que había encontrado en un antiguo cofre del desván de la granja. Rasgaba los vestidos que habían pertenecido, probablemente, a su abuela e incluso a su bisabuela y se los cedía a su amiga bovina esperando nuevos y sorprendentes diseños que dibujar. Sedas, miriñaques y canesúes que olían a rancio y que Dulce lograba confundir entre flores y vegetales con tanta gracia, que parecían cosidos por expertos modistos.

Carlos retrataba con fruición cada una de las creaciones de Dulce y se obsesionó en la búsqueda de más telas que combinar. Cuando se acabaron los vestidos viejos, buscó mantelerías y cortinas, que también se acumulaban en el desván. Y juntos, fueron diseñando una auténtica colección de vestidos talla XXXXL.

Para no levantar sospechas, los pases de la modista y modelo se hacían de madrugada, cuando el resto de la granja dormía, pues ya a nadie le hubiera pasado por alto que la vaca tejía y que alguien le suministraba material para sus vestidos.

Por no decir que doña Anabella se hubiera negado taxativamente a que su hija se paseara por el prado vestida con ropas propias de humanos. De modo, que la única testigo de la colección de alta costura para vacas que habían ido creando mano a mano los dos amigos, era Silvana, la madre de Carlos, aunque ella atribuía los modelos a la inagotable imaginación de su hijo.

—¿De dónde sacas tanto arte, hijo mío? Si aquí vivimos entre heno… ¡Mira este diseño! Me lo compraría al instante. Tu padre no puede seguir ignorando tu potencial… Tu vida no está en la granja. Mañana mismo le digo que debes acudir a una escuela de diseño o a la universidad de Bellas Artes. ¡Qué se yo!

Carlos, asustado, no supo qué decir. Le encantaba la idea de abandonar la granja. Acudir a una escuela de arte y diseño había sido siempre su sueño. Pero por bellos que fueran sus dibujos, sabía que todo el mérito era de Dulce. Aunque, ¿quién lo iba a creer? Aquella noche, Carlos le contó a su amiga lo ocurrido con la esperanza de encontrar juntos una solución.

—Si mi madre se entera, la mato del disgusto  —aseguró Dulce angustiada—.  Para ella, a lo máximo que puede aspirar una vaca es a producir leche para nata o mantequilla.

—¡Pero eres una gran artista, Dulce! El mundo lo tiene que saber —suplicaba Carlos—. Has creado una colección digna de pasarela.

—No lo hubiera logrado sin ti, Carlos, ya lo sabes

Los dos amigos se quedaron toda la noche discutiendo y descartando opciones. Los pillaron el amanecer y don Mariano dormidos sobre las decenas de lienzos en el corral de Dulce.

—¿Qué significa esto? —gritó don Mariano arrugando entre sus manos dos o tres dibujos de Dulce vestida con sus mejores galas—.  Además de holgazán, ¿te has vuelto loco? ¿Una vaca vestida? ¡¿A quién se le ocurre?! Y tu madre quiere enviarte a una escuela en la ciudad. ¡Jamás!, serías el hazmerreír de esta familia. Y eso es algo que no voy a consentir.

—No lo regañe, don Mariano, todo fue idea mía, yo tejí esos vestidos —Quiso disculparlo Dulce, pensando que así don Mariano permitiría a Carlos asistir a la Universidad que tanto deseaba.

Mas el remedio fue peor que la enfermedad, pues el ganadero se giró embravecido hacia la ternera y profiriendo improperios, la ató por el cuello y se la llevó a rastras, directa al matadero, para sacrificarla a mediodía. ¡Nada había peor para un Cabaña que criar en sus establos a una vaca loca!

Carlos, desesperado, acudió a su madre y se lo contó todo. Le contó cómo, noche tras noche, él y Dulce habían ido tejiendo no solo toda una colección de moda, sino una sincera amistad y le suplicó que intercediera por la vaca.

Silvana quedó maravillada de que una ternera hubiera creado tantos y tan bellos vestidos, pero también sabía que su marido no pondría en peligro la credibilidad de «Ganaderías Cabaña» por algo tan atípico y tan poco sujeto a las normas como una vaca diseñadora. Así que solo halló una solución. Echando mano de toda su sutileza, pues don Mariano estaba muy, pero que muy enfadado, trató de ganar algo de tiempo para Dulce. Fingió estar enferma y le pidió a su marido que la acompañara con urgencia a la ciudad para que la visitara un médico. Antes de irse, entregó a Carlos las llaves de uno de los camiones de transporte de la granja y abrazándolo estrechamente le susurró al oído a su hijo:

 —El camión está lleno de gasolina y en la guantera encontrarás todos mis ahorros. Vete con Dulce tan lejos como puedas. Milán y París os esperan. Incluso Nueva York, si sois capaces de volar.

 Al cabo de unos meses, Silvana, hojeando una revista de moda en la peluquería, no daba crédito a lo que veían sus ojos. El especial de moda de otoño lo ilustraba una foto a doble página de Dulce luciendo una elegante gabardina amarilla. El titular rezaba: «Los diseños de Dulce & Cabaña: el muuuuuuust have de este noviembre».

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Ilustración: Luciano Lozano

FIN