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El tesoro oculto

Ilustración: cartonus

Había una vez un hombre que después de un largo viaje llegó a una aldea y en ella se instaló junto a su mujer. En aquel lugar eran unos extraños, no se relacionaban con nadie, y nadie trataba con ellos. Hablaban un idioma extranjero que nadie comprendía, ni quería comprender.

Un día, el extranjero se encontró una bolsa que contenía brillantes. Aunque no sabía a ciencia cierta lo que valía su hallazgo, no estaba dispuesto a desprenderse de aquellas preciosas piedras.

—Brillan mucho —se dijo el hombre —, seguramente he hallado una fortuna.

El extranjero sabía que podía ser muy peligroso vivir entre gente desconocida poseyendo lo que él creía que era un tesoro. Estaba seguro de que si los habitantes de la aldea se enteraban de que había hallado aquella bolsa, asaltarían su casa y, después de forzar la entrada, le arrebatarían las piedras, junto con su vida y la de su esposa. Era preciso, pues, ocultar aquello y no contar a nadie su feliz hallazgo. Ni siquiera a su propia mujer.

De regreso a su casa, enterró la bolsa en el jardín y para no olvidarse del lugar, colocó una gran piedra encima como señal, para que, en tiempos mejores, cuando ya no debiese temer la envidia y el odio de sus vecinos, supiera dónde buscar su preciado tesoro, el cual podría entonces brillar libremente a la luz del sol.

Poco después, la esposa del extranjero vio la piedra. No podía tolerar que esta ocupase inútilmente una parte del jardín, puesto que entorpecía el paso y podían tropezar con ella. No pudiendo mover ella sola la pesada piedra, llamó a su marido para que la ayudara.

Este quedó aterrado.

—¡Ni se te ocurra! —exclamó—. No toques esa piedra.

—¿Por qué?

—Es una piedra propicia.

—¡Pero si no es más que una simple piedra!

—Eso te parece a ti. Pero la verdad es que esta piedra posee un enorme poder; algún día nos traerá fortuna y bienestar. ¡Ya lo verás!

La mujer se admiró de aquello y como no sabía con certeza si el marido le hablaba en serio o no, lo miró fijamente y vio que sus ojos permanecían serios, severos casi, y no reflejaban indicios de burla, así que no dudó de su palabra. Le pareció buena idea creer en algo, sobre todo si ese algo era augurio de buena suerte y de un futuro mejor. Además, tampoco tenía mucho tiempo para reflexionar en todo aquello, puesto que era necesario cultivar la huerta, ordeñar las vacas, recoger los huevos… Dio por bueno lo que le decía su marido y retomó sus faenas.

Al día siguiente, el marido observó que en el jardín no había una, sino dos piedras.

—¿Qué es esto? ¿Quién ha puesto la otra piedra? —preguntó asombrado.

Sonrió la joven esposa; había dormido mal aquella noche, era tan extraño el brillo de la luna a través de la ventana… Su corazón sentía tanta angustia, tanta nostalgia de su lejana tierra… Tenía miedo del porvenir, pero no quería despertar a su compañero para contárselo. Se levantó sigilosamente de la cama, se dirigió al exterior y colocó otra piedra en el jardín. Hacer eso la tranquilizó.

—He sido yo —contestó sonriendo—, así será doble su eficacia.

¿Qué iba a hacer el extranjero? ¿Cómo podía decirle a su esposa que aquello era una tontería si ella lo miraba sonriendo dulcemente y lo abrazaba feliz? Le dio un beso y no volvieron a hablar del asunto.

La joven mujer lo pasaba muy mal en aquella tierra extranjera, rodeada de gente que no la entendía ni la quería. Por eso, cada vez que quería sentirse un poco mejor, ponía otra piedra en el jardín…

La pareja tuvo hijos y estos, sin preguntar el porqué, imitaban a su madre. La mujer colocaba piedras grandes; los hijos piedras pequeñas y el montón de piedras iba aumentando a medida que la nueva generación crecía.

Llegó un día en el que los hijos se hicieron adultos y la mayor empezó a reflexionar sobre aquello, hasta que al fin preguntó:

—Madre, ¿qué significan estas piedras?

—Las piedras —respondió la madre, orgullosa de su saber— nos son propicias.

—¿Por qué? —insistió la muchacha. ¿Y qué quiere decir ‘propicio’?

Esto no lo sabía la madre.

—Pregúntaselo a tu padre —le contestó.

Y el padre le reveló a su hija el secreto del tesoro escondido. Y así sucedió con una larga serie de generaciones, una transmitía a la otra el arcano. De cada generación, tan solo una persona conocía el secreto de los brillantes enterrados; los demás creían, simplemente, que las piedras traían suerte y que cuantas más hubiera amontonadas, más suerte tendrían, así que seguían añadiendo piedras y más piedras al montón.

Los vecinos contemplaban el espectáculo, llenos de admiración. Algunos se burlaban; otros, en cambio, respetaron aquella antigua costumbre extranjera, que ya lo era cuando ellos habían llegado al mundo. Más de uno pensaba que ese hábito debía datar de la época en la que los ángeles descendían del cielo por escaleras, a la vista de los hombres. Algunos vecinos, deseosos de mostrar su amistad a la familia, recogían piedras y las amontonaban también.

En el seno de la familia el hecho de colocar las piedras se convirtió en costumbre, en tradición, en culto.

Algunos jóvenes protestaban por tener que poner piedras y los viejos, irritados, los amenazaban con sus decrépitos puños:

—Tal como lo hicieron nuestros abuelos, así lo haremos nosotros… Nuestros antepasados eran sabios, y si ellos colocaban piedras, es señal de que así se debe hacer. No podemos modificar aquello que no comprendemos. ¡Estas piedras son sagradas!

Y hablaban y hablaban de los cimientos de la cultura, de las costumbres y de lo que venía de lejos, «desde que el mundo es mundo».

Muchos jóvenes, cansados, acababan por marcharse de la casa paterna para ir a buscar trabajo lejos porque la vida en su propia casa se hizo insoportable. El montón de piedras crecía diariamente, se desparramaba, y cada vez estaba más cerca de la puerta. Con el tiempo, las sagradas piedras obstruyeron las puertas y las ventanas.

—No importa —dijeron los ancianos.

Y colocaron una escalera para entrar por la chimenea y en aquella casa les llegó a faltar el aire. Hubo también escasez de víveres porque era imposible cultivar la tierra: todo el terreno estaba ocupado por las piedras…

Y por qué callaba el que conocía el secreto del tesoro enterrado, os preguntaréis…

El problema fue que, con el paso del tiempo, la bolsa de brillantes había sido olvidada por completo. Ya fuera porque el que conocía el secreto había muerto sin transmitirlo o porque alguien no quiso creer la historia que le contaban o porque alguien no quiso engañar a su hijo con lo que creyó que era un cuento… Lo cierto es que los brillantes cayeron en olvido y ahora, jóvenes y viejos aún se siguen peleando por unas simples piedras…

FIN

Vardiello

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Ilustración: Cuentos para siempre

Tenía doña Grannonia de Aprano gran juicio, pero su hijo Vardiello era el más simplón de todo Nápoles. Pese a ello, y porque los ojos de una madre están encantados y trasvén, sentía la mujer por su retoño un amor tan grande, que todo se lo disculpaba siempre; continuamente lo amparaba y lo lisonjeaba como si fuera la criatura más perfecta del mundo.

Doña Grannonia tenía una gallina clueca que estaba incubando a sus polluelos y en ellos había puesto la buena mujer muchas esperanzas para sacar algún beneficio.

Un día, que tenía que ausentarse de casa para resolver diversos asuntos, llamó a su hijo y le dijo:

—Preciosura de mamá, escúchame bien, no pierdas de vista a la gallina, y si se levanta para picotear, la haces volver al nido sin tardanza, de lo contrario, los huevos se enfriarán y no darán pollitos.

—Déjamelo a mí —dijo Vardiello— que no hablas con un sordo.

—Otra cosa —añadió la madre señalando un bote— ni se te ocurra comer lo que hay en ese tarro, que es una cosa muy venenosa y estirarías la pata.

—¡Ni mirarlo! —respondió Vardiello— Bien has hecho en avisarme, pues, la verdad es que me parecieron nueces confitadas.

Se marchó la madre dejando a Vardiello solo, y él, que se aburría, se fue al huerto a hacer agujeros en el suelo. Estaba en lo mejor de la faena, cuando levantó la vista y vio que la gallina había abandonado su nido, por lo que se puso a gritar:

—¡Tita, tita, tita! ¡Vuelve al nido!

Pero la clueca ni caso y Vardiello, viendo que la gallina tenía cruce con borrico, la emprendió a zapatazos con ella. Después, le lanzó su gorra y, finalmente, un bastón, que la alcanzó de pleno y la dejó frita.

Vardiello, al ver tal desaguisado, pensó en remediar el daño y para que los huevos no se enfriasen, se bajó los pantalones y se sentó en del nido; pero calculó mal la distancia, cayó con demasiada fuerza e hizo una tortilla. Cuando vio la escabechina, pensó en estrellarse contra la pared, pero oyendo que el estómago le rugía, se decidió a desplumar la clueca, la espetó en un asador, encendió una gran hoguera y la asó. Cuando vio que estaba casi lista, para hacerlo todo como es debido, extendió un precioso mantel y tomó un jarro para bajar a la bodega a buscar un poco de vino.

Justo lo estaba escanciando, cuando oyó un guirigay por la casa y, espantado, vio que un gatazo se había apoderado de la clueca, incluido el espetón, y que otro gatazo lo perseguía, reclamando con fieros maullidos su parte. Vardiello se lanzó, cual león furioso, en persecución de los gatos y, con las prisas, dejó abierto el cañito del barrilejo.

Por fin, después de jugar a pillapilla por toda la casa, recuperó la gallina y volvió a la bodega, para descubrir que el barrilejo se había vaciado y, para no ser menos, también él se puso a vaciar el tonel de su alma por los cañitos de sus ojos.

Quiso, a continuación, enmendar este nuevo daño para que su madre no reparase en tanta catástrofe; cargó un costal llenísimo de harina y la esparció sobre lo mojado.

A pesar de ello, sacando cuentas con los dedos de las calamidades ocurridas y pensando que con tamañas burradas perdería el afecto de Doña Grannonia, tomó la valiente resolución de no dejarse hallar vivo por su madre. Agarró el tarro de nueces confitadas, el que la madre le dijera que era veneno, y no paró hasta dar con el fondo. Al acabar, con la barriga bien llena, se encerró en el horno.

En el ínterin regresó la madre y, después de un buen rato, viendo que nadie le abría la puerta, la abrió ella misma de una patada y entró, llamando a voces a su hijo. Como no obtenía respuesta, presintió una desgracia y, con redoblado afán, levantó la voz aún más:

—Vardiello, Vardiello, ¿te has quedado sordo que no me oyes? ¿Dónde te escondes, lerdo? ¿Dónde te has metido, mal hijo?

Vardiello, sin poder resistir más, con una vocecilla que inspiraba lástima, lloriqueó:

—Estoy dentro del horno, mamaíta, pero ya no me verás más.

—¿Por qué? —preguntó con desespero la pobre madre.

—Porque me he envenenado —replicó el hijo.

—¡Ay! — añadió doña doña Grannonia— ¿Qué motivo tenías? ¿Quién te ha dado el veneno?

Y Vardiello le contó todas las proezas que había llevado a cabo, por todo lo cual quería morir para no hacer más experimentos en el mundo.

Como la pobre mujer lo quería con locura, le quitó de la mollera el asunto de las nueces, convenciéndolo de que no eran veneno, sino medicina para el estómago. Así, una vez que lo calmó con buenas palabras y después de hacerle mil arrumacos, consiguió sacarlo del horno, y para entretenerlo, le entregó un bonito paño con el encargo de que lo fuese a vender, pero le advirtió de no tratar del negocio con personas de demasiadas palabras.

—Ahora he de servirte como es debido, ¡no lo dudes! —dijo Vardiello.

Y con el paño bajo el brazo, fue gritando por la ciudad:

—¡Vendo paño! ¡Paaaaañooooo!

Pero cuando le preguntaban:

—¿Qué clase de paño es?

Respondía:

—No vales, que hablas demasiado.

Y si le decían:

—¿A cuánto lo vendes?

Él salía con que eran charlatanes, que lo mareaban o que le habían roto los tímpanos con sus monsergas.

Por fin, divisó una estatua en el jardín de una casa, que estaba deshabitada por culpa de un duende, y extenuado de tanto dar vueltas, se sentó en un murete y preguntó a la figura:

—Dime, amigo, ¿vives en esta casa?

Viendo que no obtenía respuesta, le pareció hombre de pocas palabras y agregó:

—Si quieres comprar este paño, te lo vendo barato.

Y como la estatua seguía callada, añadió:

—Un hombre de pocas palabras, ¡justo el comprador que buscaba! Aquí te dejo el paño. Examínalo con calma y dame por él lo que creas justo. Mañana vendré a por el dinero.

Dejó el paño al pie de la estatua y se marchó.

No pasó mucho rato, cuando entró un hombre al jardín para hacer sus necesidades, halló el paño y se lo llevó consigo.

Llegó Vardiello a casa sin el paño y le contó a su madre lo ocurrido. A la pobre mujer poco le faltó para que le estallase el corazón:

—¿Cuándo sentarás la cabeza, majadero? ¡Mira la de malas pasadas que me has jugado! ¡Solo me faltaba esta!

Vardiello, por su parte, le decía:

—¡Calla, madre, que no será como piensas! Qué te crees, ¿que soy tonto y que no sé qué me hago?

Llegada la mañana, cuando las sombras de la Noche perseguidas por los esbirros del Sol abandonaban Nápoles, Vardiello se fue al jardín en el que estaba la estatua, y le dijo:

—Buen día, caballero, ¿puedes pagarme el paño?

Pero viendo que la estatua permanecía muda, se enfadó tanto, que agarró una piedra y se la lanzó con todas sus fuerzas a la cabeza. Cayó decapitada la estatua y dejó al descubierto una vasija llena de monedas de oro, que Vardiello se apresuró a llevar a su casa:

—¡Madre, madre!, ¡mira cuántos altramuces!

La madre, al ver las monedas y sabedora de que su hijo contaría la aventura a diestro y siniestro, le dijo que esperara en la puerta porque tenía que espantar un fantasma que se había colado en la casa.

Vardiello, que se lo tragaba todo, se sentó ante la puerta y, entretanto, la madre, desde la ventana de arriba, lanzó sobre él durante más de media hora pasas e higos secos, que él recogía gritando:

—¡Madre, madre, si sigue lloviendo así, nos hacemos ricos!

Cuando terminó de recoger, estaba tan cansado que se fue a dormir.

Días después, ocurrió que se peleaban dos vecinos, maleantes ambos, por un escudo de oro que habían encontrado en el suelo. Al verlos, Vardiello dijo:

—Vaya borricos que sois para discutir tanto por un altramuz. ¡Si ni siquiera se pueden comer! Lo sé porque yo encontré una olla repleta.

Los que estaban cerca, al escucharlo, le preguntaron dónde, cómo y cuándo había encontrado esos altramuces que no se podían comer. Y Vardiello respondió:

—Los encontré en un palacio, dentro de un hombre mudo. Fue el día de la lluvia de pasas e higos secos.

Como todos sabían lo simple que era, supusieron que aquello era fruto de su imaginación y se olvidaron del asunto.

Así, el buen juicio de la madre puso remedio a las burradas del hijo. Por eso podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que a piloto diestro, no hay mar siniestro.

FIN

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El tesoro del bosque

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Ilustración: Dianne Dengel

Érase que una vez, en la última casa de una aldea muy pequeña, junto a un espeso bosque de hayas y robles, vivía plácidamente un matrimonio de ancianos. Su jardín lindaba con el de unos vecinos que, sin ser malas personas, tenían el grave defecto de fisgar continuamente lo que hacían y decían los demás. Para colmo de males, como no sabían sujetar la lengua, contaban todo lo que veían y escuchaban al primero con el que se cruzaban, así que en aquel pueblo todo el mundo sabía lo que sucedía en las casas ajenas. Pero es que además, no satisfechos con esto, exageraban de tal modo las cosas, que muchas veces acababan contando sucesos que no eran ciertos.

Un día, mientras los dos ancianos daban su paseo vespertino por el bosque, notaron que sus pies se hundían en el camino y extrañados, decidieron remover la tierra para ver qué era lo que había allí debajo.

Hurgaron durante un rato y hallaron un gran caldero lleno hasta arriba de monedas de oro y plata.

—¡Qué suerte la nuestra! Pero, ¿qué haremos con esto? No podemos llevarlo a casa, porque todo el mundo se enterará, gracias a nuestros vecinos, de que tenemos un tesoro y, al final, nos arrepentiremos hasta de haberlo visto.

Tras largas reflexiones tomaron una determinación. Volvieron a enterrar el tesoro, echaron encima unas cuantas ramas y regresaron al pueblo. Corrieron hacia el mercado y compraron una liebre y un besugo y, acto seguido, se dirigieron de nuevo al bosque y colgaron el besugo en lo más alto de un árbol y colocaron la liebre en una nasa que echaron al río.

Inmediatamente, la mujer se apresuró a regresar sola a la cabaña y esperó a que llegara su marido, el cual apareció al poco rato gritando tan fuerte como pudo:

—¡Esposa mía! ¡Esposa mía! ¡Sal a la puerta! ¡Escucha lo que te contaré! ¡Acabo de tener una suerte loca! ¡Somos ricos!

—¿Qué ha pasado? ¡Cuenta, cuenta! —exclamó la mujer con toda la fuerza de su voz, para asegurarse de que sus vecinos no se resistirían a escuchar la conversación—. ¿Cómo es eso de que ahora somos ricos?

—¡He encontrado en el bosque un caldero lleno de monedas de oro y plata! ¡Ven!, te mostraré dónde está. ¡Vamos!

Y ambos se dirigieron al bosque, no sin antes asegurarse de que sus vecinos los seguían subrepticiamente.

El hombre, entonces, empezó a hablar casi a gritos:

—Pues si es raro hallar un tesoro en medio del bosque, más extraño es todavía lo que me contaron el otro día. Por lo que me dijeron, parece que ahora es habitual que en los árboles crezcan peces.

—¿Pero qué estás diciendo? Seguramente oíste mal o te mintieron. ¡Mira que la gente hoy día no hace más que mentir!

—Pues fíjate, mira allá arriba ¿A eso le llamas tú mentir? ¡Convéncete tú misma de que lo que me dijeron es cierto!

Y señaló al árbol del que colgaba el besugo.

—¡Extraordinario! ¡Inaudito! —exclamó la mujer—. ¿Cómo habrá podido trepar ahí ese besugo? ¿Será verdad lo que afirma la gente?

El anciano, parado y con los brazos en jarras, no dejaba de mirar hacia donde estaba el besugo, negando con la cabeza y encogiéndose de hombros, como si no pudiera dar crédito a lo que estaba viendo.

—¡No te quedes ahí parado! Ya que estamos, podemos coger el besugo y asarlo para cenar —dijo la mujer.

Y así lo hicieron. Guardaron el besugo en su bolsa y siguieron andando.

Al poco, llegaron al río, el hombre se detuvo y su esposa le preguntó:

—¿Por qué te paras? ¿Qué ocurre? ¿Qué estás mirando?

—Veo que algo se mueve dentro de la nasa. ¡Quizá haya caído un pez! Voy a ver.

Miró dentro de la cesta y llamó muy excitado a su mujer:

—¡Ven y mira! ¡He pescado una liebre!

—¡Asombroso! ¡Inusitado! ¡Te dijeron la verdad! Sácala enseguida, mañana haremos un buen estofado con ella.

El marido cogió la liebre y puso rumbo al lugar donde estaba el tesoro; lo desenterraron, cargaron con él y con grandes muestras de entusiasmo, regresaron a su casa.

Los dos ancianos, ricos desde aquel día, vivieron alegremente y sin preocuparse por nada durante algún tiempo. Sin embargo, un buen día, sus vecinos, envidiosos de la suerte ajena, acudieron a los tribunales para denunciar el hallazgo.

—Venimos a ponernos en manos de la justicia y a presentar demanda contra nuestros vecinos. Encontraron un tesoro en el bosque que hay detrás de nuestra casa, y en lugar de repartirlo con nosotros, se lo quedaron entero para ellos solos.

El juez envió a su secretario para comprobar la denuncia y al llegar este a casa de los ancianos ordenó:

—En nombre de la Ley, entregadme ahora mismo el tesoro. Queda confiscado hasta que se aclaren los hechos.

Los ancianos se encogieron de hombros con extrañeza y preguntaron:

—¿Qué tesoro?

—Sus vecinos acaban de denunciar ante el juez que ustedes han encontrado un tesoro.

—¿Nosotros?, tal vez nuestros vecinos lo hayan soñado.

—¡No hemos soñado nada! Vimos el caldero lleno de plata y oro con nuestros propios ojos.

—Por favor, señor secretario, ¿puede interrogarlos con detalles? Si puede probar lo que dicen contra nosotros, responderemos con todos nuestros bienes.

—¡Pero que se han pensado! ¡Claro que podemos probarlo! Señor secretario, le diremos cómo sucedió todo. Lo recordamos a la perfección. Los seguimos hasta el bosque y primero paramos porque de un árbol colgaba un besugo…

—¿Un besugo? —interrumpió el secretario—. ¿Se burlan de mí?

—No, señor, decimos la verdad.

—Pero, por favor —dijo el anciano—, ¿quién puede dar crédito a tamaño desatino?

—¡No son desatinos! ¡Es la verdad! Y usted lo sabe muy bien. Y también sabe muy bien que después pescó una liebre con su nasa…

El secretario se alisó la barba e intentó aguantar la risa sin conseguirlo. La anciana, dirigiéndose a sus vecinos, les aconsejó:

—Será mejor que no sigan, ¿o es que acaso no ven como se está riendo de ustedes el señor secretario? Y usted, señor secretario, ¿aún no se ha convencido de que todo lo que están contando no son más que disparates?

—Realmente, aunque en los juzgados se oyen toda clase de historias raras, en la vida nos llegó noticia de que en los árboles crecieran besugos, ni de que en los ríos se pescaran liebres. Así que, como este asunto me parece una insensatez, doy por terminada esta investigación.

Esa vez, fueron los dos ancianos y el secretario los que extendieron la noticia por el pueblo. Todo el mundo se rió tanto de los dos fisgones, que estos optaron por cerrar la boca durante algún tiempo.

Los dos ancianos se trasladaron a una gran mansión de la ciudad y allí siguen, viviendo a cuerpo de rey, disfrutando felices y contentos del tesoro del bosque.

FIN

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El cazador y el pájaro

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Ilustración: Claudia Bordin

 

Un día, un cazador cazó un pájaro. De repente, el pájaro habló y le dijo al cazador:

—Si me liberas, te daré tres sabios consejos.

El cazador contestó:

—¡Soy un cazador! Yo cazo pájaros, no los libero.

El pájaro insistió:

—Te convendría liberarme. Si me dejas libre, te daré tres consejos que te ayudarán a lo largo de tu vida.

El cazador preguntó:

—¿Y por qué motivo debería creerte?

—Para empezar, ¿no te parece asombroso que siendo un pájaro pueda hablar como un humano?

—Mmmmm, ¡eso es cierto! Está bien, pero si quieres que te libere, te pondré una condición.

—¿Qué condición?

—Antes de soltarte, quiero escuchar tus consejos. Después decidiré si vale o no la pena liberarte.

—¡Muy bien! —dijo el pájaro—. Primero: si decides hacer algo, nunca debes arrepentirte de la decisión que has tomado. Segundo: si te cuentan cosas absurdas, no debes caer en la tentación de creer en ellas.  Y tercero: nunca, pero nunca,  trates de alcanzar aquello que no está a tu alcance.

—Es muy hermoso todo lo que me has dicho.

—¿Y bien? —preguntó el pájaro.

—Tus consejos son, en verdad, muy sabios. -dijo el cazador- y diciendo esto, abrió las manos y dejó al pájaro en libertad.

Una vez libre,  el ave voló a lo más alto de un alto ciprés y, desde allí, habló así al cazador:

—¿Y tú te llamas a ti mismo cazador? Lo que tú eres, en realidad, es un tonto y un crédulo. ¿Cómo has podido creerte mis tonterías? Para que lo sepas, mi estómago está repleto de diamantes y esmeraldas, ¡y tú me has liberado!

—¿¿¡¡Cómo!!??

Exclamó enfurecido el airado cazador, y empezó a trepar rápidamente por el alto tronco del árbol.

De pronto, una de las ramas se partió  y el cazador se dio un tremendo golpe contra el duro suelo.

—¡Ay, ay, ay! —gritaba mientras se retorcía de dolor.

—¡Qué crédulo eres! —gritó el pájaro desde la copa del árbol—. Ni durante un minuto has comprendido mis consejos. Te dije que no debías lamentar tus decisiones y enseguida lamentaste haberme liberado. Te dije que no creyeras en cosas absurdas y tú has creído que en mi diminuto estómago hay esmeraldas y diamantes.  Y, finalmente, te aconsejé que no intentaras alcanzar aquello que está fuera de tu alcance y tú te has empeñado en trepar a este alto ciprés.

El pájaro miró al cazador, extendió sus alas y se alejó de allí volando.

—¡Ah! —suspiró el cazador mientras miraba cómo se alejaba.

Por fin había comprendido los tres sabios consejos que le había dado el pájaro.

FIN

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El tesoro de los tres hermanos

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Había una vez tres hermanos que vivían en un pequeño pueblo. A uno lo llamaban el Largo, a otro el Gordo, y al tercero el Tonto.

El Largo, cansado de vivir en aquel pueblecito aburrido, dijo a sus hermanos:

-Voy a recorrer el mundo en busca de fortuna. – Y se puso en camino.

No había llegado muy lejos cuando se quedó sin dinero y empezó a preocuparse. ¿Qué comería al día siguiente?

Estaba pensando en esto cuando, por el camino del bosque, apareció un viejecito que le preguntó:

-¿Qué te pasa? ¿Por qué estás tan preocupado?

-Tengo hambre, estoy sin dinero y no tengo trabajo.

-Todo tiene solución. Ven conmigo, te daré de comer.

Después el viejo dijo:

-Si quieres, también puedo darte trabajo y aunque no tengo dinero, tendrás una justa recompensa por lo que hagas.

El Largo aceptó. Finalizado el trabajo, el anciano abrió un armario y sacó una mesita.

-Ésta es una mesa mágica -prosiguió el viejecito- cuando le ordenes: “¡Mesita, tiéndete!”, se cubrirá de manjares. Trata de mantener el secreto y no te separes de ella.

Contento con el regalo, el Largo se despidió muy agradecido.

Anochecía ya cuando llegó a una aldea cercana a su pueblo, así que el joven decidió pasar allí la noche. Al llegar al hostal, el hostelero le preguntó:

-¿No quieres nada para cenar?

-No, gracias, no lo necesito. Un anciano me ha regalado esta mesita, que es mágica. Observa.

Y acto seguido le ordenó a la mesa:

-¡Mesita, tiéndete!

En el acto apareció un mantel de seda rosa y sobre el mantel deliciosos manjares, a cual más apetitoso.

El hostelero, asombrado, se dijo a sí mismo:

-Esto es justamente lo que yo necesito para mi negocio.

Estuvo toda la noche trabajando para hacer una mesita exactamente igual y al día siguiente, sin que nadie lo notara, hizo el cambio.

Al llegar a su pueblo, el Largo contó sus aventuras y propuso celebrar un banquete:

-Invitemos a comer a todo el pueblo.

-¿De dónde sacaremos comida para tanta gente? –preguntaron sus hermanos.

-No os preocupéis. ¡Que vengan todos! Sobre esta mesita aparecerá todo lo necesario.

Cuando los invitados estuvieron reunidos en torno a la mesa, el Largo dijo:

-¡Mesita, tiéndete!

La gente se quedó mirando, y pensó que el chico se había vuelto loco. Sobre la mesa no apareció nada. Su dueño repitió varias veces:

-¡Mesita, tiéndete! ¡Mesita, tiéndete! ¡Mesita tiéndete!

Los invitados empezaron a reírse, pensando que era una broma. El Largo quedó tan avergonzado que decidió no correr más aventuras.

Tiempo después, el segundo de los hermanos decidió recorrer el mundo. También el Gordo encontró al generoso anciano en el camino del bosque. Fue a su casita y le hizo algunos trabajos. Al despedirse, el dueño de la casa le regaló un burro.

-Como no tengo dinero para pagarte por tu trabajo, te regalo este burrito. No parece gran cosa, pero es mágico. Cada vez que le digas: “¡Estornuda!”, estornudará monedas de oro.Trata de mantener el secreto y no te separes de él.

El Gordo agradeció el valioso regalo y se alejó más contento que unas pascuas. Al llegar a la hostería en que se había alojado su hermano, decidió pasar allí la noche, pero el hostelero, que era muy desconfiado, le exigió el pago por adelantado. El Gordo exclamó:

-¡No hay problema! ¡Ahora mismo te pago! Un anciano me ha regalado este burrito, que es mágico. Observa -y ordenó al burrito- ¡Estornuda!

¡Cuál no sería la sorpresa del hostelero cuando vio que el animal sacaba monedas de oro por la nariz!

-Ese burro tiene que ser mío -pensó.

Pasó toda la noche buscando por la aldea un burrito parecido al de su huésped y cuando dio con él, lo cambió sin que nadie lo notara.

A la mañana siguiente,sin sospechar que el burro que llevaba no era el suyo, el Gordo se marchó a su casa.

-¡De hoy en adelante no nos faltará de nada! -dijo el joven a su familia- invitad a todo el pueblo; quiero hacer una gran fiesta para celebrar mi regreso. Habrá oro para todo y para todos.

Se celebró una gran fiesta en la que no faltó de nada y al final el Gordo llevó el burrito ante sus invitados y le ordenó:

-¡Estornuda!

El burro ni se movió.

-¡Estornuda! -repitió.

Pero el burro siguió sin hacerle caso.

Los invitados se partían de la risa. Todo el mundo pensó que era una broma del Gordo. Éste, muerto de vergüenza, no tuvo más remedio que ponerse a trabajar duramente para pagar las deudas que había contraído con el fastuoso banquete.

El tercer hermano, al que llamaban el Tonto, porque pensaba mucho y hablaba poco, se propuso averiguar qué estaba ocurriendo.

Muy de mañana, tomó el camino por el que se habían ido sus hermanos. Al llegar al bosque, encontró al mismo anciano, y este le ofreció trabajo y recibió como pago un bastón metido en un saco.

-No tengo dinero para pagar tu trabajo, pero aquí tienes un regalito. Es un bastón mágico que golpea cuando ordenas: ¡Sal del saco!  Te defenderá de tus enemigos. Sólo dejará de pegar cuando le digas: “¡Vuelve al saco!”

El muchacho se marchó y por la noche llegó a la hostería en la que habían dormido sus hermanos y pidió una habitación. Le entregó el saco al hostelero para que lo guardase mientras él cenaba, advirtiéndole:

-Llévalo a mi habitación, por favor, y por nada del mundo digas: “¡Sal del saco!”

El hostelero, muy extrañado por la advertencia, preguntó:

-¿Hay un animal feroz dentro?

-No, no hay ningún animal. –respondió el Tonto.

-¿Y a qué viene tanto secreto, entonces? ¿Hay un objeto de mucho valor? -insistió el preguntón, mientras iba palpando a través de la tela del saco.

-Ni es un animal, ni es un objeto de valor -respondió el Tonto.

-Entonces será algo extraordinario o mágico. De otra manera ¿cómo se explica tu recomendación de que no le ordene salir del saco?

El Tonto, harto de tantas preguntas, se encogió de hombros y se fue a cenar.

El hostelero se alejó de mala gana para llevar el saco a la habitación de su huésped. No se atrevía a abrirlo, pero su curiosidad venció su miedo. Al ver que se trataba de un vulgar palo, creyó que el Tonto le había tomado el pelo y ordenó al bastón:

-¡Sal del saco!

Una lluvia de bastonazos empezó a caer sobre su espalda y el hostelero se puso a gritar y a pedir socorro.

El Tonto, al verlo, se dijo: “¡Ahora lo comprendo todo!”

-¿Creías que era un gran tesoro y lo querías robar como hiciste con la mesita y el burro de mis hermanos? Pues ahora, ¡aguanta los bastonazos!

Quejándose de dolor, el hostelero pidió perdón y devolvió al Tonto la mesita y el burro.

Al volver a su casa, el joven a quien todos llamaban el Tonto, porque pensaba mucho y hablaba poco, maravilló al pueblo entero con la mesita, el burro y el bastón.

Los dos hermanos que habían sido engañados por el hostelero, le preguntaron al Tonto cómo había descubierto la trampa. Pero el joven no dio explicaciones ni al Largo, ni al Gordo ni a nadie. Como de costumbre, ante las preguntas de los curiosos se encogía de hombros y callaba.

Desde entonces la gente se guardó muy bien de llamar Tonto a aquel joven meditativo y silencioso, que pensaba mucho y hablaba poco.

FIN