tesoros

Barbazul

Había una vez un hombre dueño de extraordinarias riquezas. Además de varios palacetes en la ciudad, poseía un gran castillo y extensas heredades en el campo. En su casa, escondía cofres repletos de oro y joyas preciosas. Pero a pesar de todos los tesoros que acumulaba, le era difícil encontrar esposa.

Había pedido la mano de varias muchachas y todas lo habían rechazado a causa de su desagradable aspecto, sobre todo, debido al color de su barba, que era extrañamente azul, lo que le había valido el sobrenombre por el que todos lo conocían: Barbazul.

En la ciudad, cerca de una de sus casas, vivía una gran dama que tenía dos hijas y dos hijos. Era viuda, y aunque en otros tiempos había tenido una posición acomodada, lo había perdido todo y ahora estaba completamente arruinada. La dama consideró que para asegurar el porvenir de toda la familia, lo mejor que podía hacer era casar a uno de sus descendientes con alguien que tuviera una gran fortuna y enseguida pensó que Barbazul podía ser la solución.

Llegó a oídos de Barbazul el deseo de la mujer y, sin tardanza, pidió la mano de una de las hijas, sin especificar a cuál de las dos prefería. La respuesta se demoró, porque la dama, después de hablar de la proposición a las chicas, les dio tiempo para que reflexionaran, advirtiéndoles que lo pensaran muy bien antes de rechazar la propuesta, ya que una de ellas podría llegar a ser la dueña de grandiosas riquezas.

Ni una ni la otra se animaba a casarse con el hombre, pues, aunque era inmensamente rico, su terrible aspecto daba miedo. Además, ya se había casado varias veces y nadie sabía qué había sucedido con sus anteriores esposas.

Para conseguir su objetivo, Barbazul llenó de regalos a la dama y a sus dos hijas: flores, joyas, vestidos… incluso invitó a toda la familia a pasar una semana entera en el castillo que poseía en el campo.

Pasados los siete días, la hija menor comunicó que quería casarse con Barbazul.

La boda se celebró con gran pompa y la joven estaba muy orgullosa de poder presumir ante todo el mundo de sus posesiones.

Días después, Barbazul anunció a su esposa que debía partir para solucionar algunos negocios, y la animó a que hiciera una gran fiesta e invitara a quien quisiera para divertirse durante su ausencia.

—Te dejó las llaves de todos los cuartos, de todas las salas, de las despensas, de los cofres… Eres dueña de todo lo que hay en este castillo: vajillas, cristalerías, libros, cuadros, vestidos, joyas…Dispón de todo y entra donde quieras. Solo una puerta debe permanecer cerrada, aquella pequeña que ves allí. Se abre con esta llave. Quiero que la guardes mientras estoy ausente, ¡y no se te ocurra, bajo ningún concepto, entrar! Si te vence la curiosidad, estás perdida; te aseguro que te arrepentirás de no haberme hecho caso.

Y diciendo esto, le entregó un pesado llavero del que colgaban las llaves de todas las dependencias; también le entregó una llave de oro, que era la que abría la puerta de la estancia prohibida.

La joven, después de asegurarle que cumpliría lo que le había dicho, guardó en un cajón de su dormitorio la llave de oro, pero no podía dejar de pensar en ella y en el misterio que encerraba:

—¡Es extraño! ¡Si pudiera ver qué hay en ese cuarto…!

Para olvidarse de tan extraña prohibición, organizó una gran comida. Sus dos hermanos contestaron que, a causa de ciertos compromisos, no podrían asistir, pero que irían a visitarla a la mañana siguiente.

La recién casada, su hermana mayor y los amigos pasaron todo el día recorriendo el castillo. Los invitados no dejaban de asombrarse ante la ingente cantidad de riquezas que iban encontrando a cada paso.

Al llegar ante la pequeña puerta, uno de los convidados quiso saber qué había dentro:

—No lo sé —contestó la dueña del castillo.

—Entonces, después de todo, no eres la dueña de absolutamente todas las riquezas que hay aquí…

Al anochecer, cuando los amigos se hubieron marchado y las dos hermanas se quedaron solas, cansadas como estaban del ajetreo del día, se retiraron a dormir, cada una a su aposento.

En su dormitorio, la recién casada volvió a pensar en las advertencias de Barbazul:

—¿Qué habrá en ese cuarto…?

Daba vueltas y vueltas en la cama, sin poder conciliar el sueño, hasta que su curiosidad venció el temor a las posibles consecuencias y, al rayar el alba, se levantó, abrió el cajón, cogió la llave de oro y se dirigió hacia el cuarto prohibido.

Al abrir la pequeña puertecita, ¡horror!, en el centro de la estancia vio un cepo y un hacha y en un rincón, amontonados, varios cuerpos sin cabeza.

—¡Las anteriores esposas de Barbazul! —murmuró aterrorizada.

Temblando de miedo por tan espeluznante espectáculo, se tapó la boca para no gritar y, al hacerlo, la llave resbaló de sus manos; con tan mala suerte, que fue a caer, justo, en el gran charco que teñía de rojo el suelo. Al recogerla, vio que estaba manchada. Cerró rápidamente la puerta y corrió a su habitación; frotó la llave con un paño para limpiarla, pero, por mucho que insistió, la mancha no salía.

Alarmada, pensó en abandonar el castillo, pero su marido llegaba justo en aquel momento. Al verla, lo primero que le dijo fue:

—¡Entrégame las llaves!

Ella, temblando, le entregó el llavero.

—¿Y la llave de oro?

—Aquí la tienes —dijo quedamente.

—¡Está manchada de sangre! ¿Qué ha pasado?

—Yo, yo… yo no sé nada…

—¡Pues yo sí lo sé! ¡No me has hecho caso! ¡Has abierto la puerta! ¡Ahora entrarás allí y ya no volverás a salir jamás!

La chica, asustada y llorando, rogaba por su vida:

—¡Perdóname! ¡Guardaré el secreto! ¡Jamás sabrá nadie lo que he visto!

—¡No hay perdón! Me has demostrado que no puedo confiar en ti. Solo estaré a salvo si te corto la cabeza.

—¡No puedes matarme así, de pronto! Al menos déjame que me prepare. Por favor, déjame un rato a solas en mi habitación.

El gigante de barba azul titubeó, pero accedió a lo que le pedía:

—Te concedo un cuarto de hora. Te espero en el cuarto —dijo mientras se dirigía hacia la siniestra estancia para afilar el hacha.

Entretanto, la joven corrió hasta el cuarto de su hermana y la despertó diciendo:

—¡Hermana! ¡Sube deprisa a la torre y dime si vienen nuestros hermanos! ¡Barbazul ha regresado y quiere matarme!

La hermana subió a lo alto de la torre, pero nada se divisaba.

—¿Estás segura de que no llega nadie por el camino?

—No, nadie.

Mientras, desde abajo, tronaba la voz de Barbazul:

—¡Baja!

—¡Un momento!

De repente, la mayor dijo:

—Veo una gran nube de polvo que se acerca.

—¿Son nuestros hermanos?

—No, era un pastor con su rebaño de ovejas.

De nuevo tronó Barbazul:

—¡Baja de una vez!

—¡Enseguida bajo!

En lo alto de la torre, la hermana mayor volvió a exclamar:

—¡Veo a dos caballeros que se acercan!

—¡Ve corriendo a la entrada a ver si son nuestros hermanos y diles que se den prisa y que vengan a salvarme! ¡Barbazul quiere matarme!

En efecto, Barbazul, impaciente, subía profiriendo gritos de rabia.

Al llegar arriba, agarró a su mujer por el pelo y la arrastró escaleras abajo. Ella se resistía con fuerza, para dar tiempo a que sus hermanos llegaran para ayudarla.

Ya en la planta baja; aquel energúmeno entró en la habitación secreta y arrojó sobre el suelo a la pobre desdichada; tomó el hacha entre sus manos y cuando ya la levantaba para descargar el golpe mortal sobre la garganta de su esposa, dos espadas atravesaron el cuerpo del gigante de barba azul, que cayó, mortalmente herido, sobre el ensangrentado suelo.

Los cuatro hermanos, volvieron a la ciudad para contar lo que había sucedido y al saber la gente el desgraciado destino de las anteriores esposas de Barbazul, celebraron haberse librado, para siempre, de aquel monstruo.

La joven viuda, única heredera de todos los bienes de su malvado esposo, vivió feliz el resto de sus días rodeada de comodidades.

FIN

Los tesoros del abuelo

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Ilustración: Dani Padrón

El abuelo tiene poco pelo blanco y lleva gafas. Lo que más me gusta de él es su sonrisa. Cuando me mira, de sus ojos saltan chispitas. Luego se ríe a carcajadas y yo me río con él. Los demás no saben de qué nos reímos, pero también se ríen. La risa del abuelo es contagiosa.

Me gusta que me coja en brazos y me dé besos.

Cuando viene a buscarme al cole siempre llega temprano, para ser el primero. Después, nos vamos a jugar al parque o me lleva a casa.

Merendamos juntos. Al abuelo también le gusta el chocolate y, cuando llega el verano, nos tomamos un helado muy grande, sentados en un banco, a la sombra del álamo que hay al final de la calle Mayor.

Me encanta ir a casa del abuelo, porque su casa está llena de tesoros.

El abuelo tiene una caja de laca roja con flores pintadas encima y al abrir la tapa suena música y un bailarín y una bailarina dan vueltas sin parar sobre un espejo. Le pido al abuelo que me siente sobre sus rodillas y juntos miramos a los bailarines sin decir nada, hasta que se termina la cuerda y se acaba el baile. Ella lleva un vestido muy cortito de tul blanco y una flor en el pelo y él un frac y un sombrero de copa muy alto.

El abuelo tiene una gran biblioteca llena de libros y, en un rincón, hay un estante para mí. Allí ordeno los cuentos que él me regala.

Mi abuelo siempre lee en su sillón rojo y yo me pongo a su lado y le pido que me cuente alguna historia de piratas, de dragones o de brujas.

Cerca del sillón rojo está su viejo escritorio de madera. En él, el abuelo guarda muchas cosas. A veces, el abuelo me dice:

—¡Ven! ¡Vamos a buscar tesoros!

Entonces abrimos los cajones y encontramos cosas increíbles.

Una goma muy chiquita, que borra los errores que cometemos. Dice el abuelo que no es malo equivocarse, lo malo es no reconocer que nos hemos equivocado, porque entonces no podemos borrar el error y empezar de nuevo. Dice que es como cuando escribimos mal una letra en el cuaderno del colegio, que es mejor arreglarla que dejarla en la libreta sin hacer nada, porque luego, cada vez que la miramos o cada vez que pensamos en ella, nos acordamos de que la hemos hecho mal y eso nos pone de mal humor. El abuelo siempre está de buen humor porque usa mucho su goma de borrar.

También tiene una grapadora para grapar los enfados al papel cuando quieren salir de dentro en forma de gritos y pataletas. El otro día la usé y funciona muy bien. Me enfadé con papá y con mamá porque no me dejaron ir con ellos al cine y tuve que quedarme a dormir en casa de los abuelos y como no paraba de quejarme y de llorar, el abuelo me enseñó a usarla. Fuimos escribiendo en papeles de colores lo que yo sentía y grapando cada papel sobre una hoja grande con la grapadora de los enfados. Mientras, él me contaba que todo lo malo que sentimos es mejor graparlo, porque si anda suelto puede hacernos daño a nosotros o a los que están cerca. En cambio, si está bien sujeto, como no se puede mover, acaba por cansarse y desaparece. Al terminar, la hoja de papel estaba llena de cosas malas grapadas y yo ya me sentía mucho mejor.

Uno de los tesoros que más me gusta es su pluma de color verde y dorado que se carga con la tinta de los sentimientos. Es una tinta que parece normal, pero no lo es. Se tiene que preparar, antes de usarse. Con mucho cuidado, para no mancharte, se abre la tapa negra del tintero de cristal y, sin que nadie lo oiga, se le dicen a la tinta los secretos. Cuando ya lo has dicho todo, solo tienes que cargar la pluma con la tinta de los sentimientos y escribir, porque la tinta se encarga de decir todo lo que tú no te atreves.

En cada cajón, el abuelo guarda un tesoro, aunque mi tesoro preferido no está ahí. El tesoro que más me gusta lo tiene colgado del cielo. Si salimos al balcón de noche lo podemos ver. Hay que mirar hacia arriba, a la derecha, justo sobre el campanario, para poder contemplar su tesoro más valioso. Allí, en lo más alto, está el rincón de cielo donde guarda sus estrellas.

Dice el abuelo que solo los que guardan estrellas son felices. Por eso el abuelo me ha enseñado a guardarlas. Es muy fácil. Solo tienes que mirar al cielo y elegir un rincón, siempre el mismo, y empezar a contar… una, dos, tres, cuatro…  Cada estrella que guardas en ese rincón es una cosa que te gusta, una persona a la que quieres, un lugar al que quieres volver, un día especial, un deseo por cumplir… Cuantas más estrellas guardas, más valioso es tu tesoro. Porque dice el abuelo que los tesoros auténticos, los que de verdad importan y tenemos que guardar, son las cosas que no podemos tocar con las manos.

Después, cuando te sientes solo o estás triste, lo único que tienes que hacer es buscar tu tesoro en tu rincón de cielo y al contar las estrellas vuelves a sentirte feliz.

Por eso, lo mejor es hacer como el abuelo y como yo y elegir el rincón de cielo más estrellado.

FIN