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El tiempo es oro

Ilustración: dizzyclown

En mis viajes por Isla Imaginada me contaron este cuento, que, aunque no sé si sucedió aquí o allá, ni tampoco sé si pasó hace mucho tiempo o justo ayer, os puedo asegurar que ocurrió de verdad. Y eso sí que es bien seguro.

Es la historia de unos padres muy ocupados, que trabajaban muy duramente, durante muchas horas al día, los siete días de la semana, para darle a su única hija la mejor educación, los mejores juguetes, la mejor casa, las mejores actividades extraescolares, la mejor ropa… En fin, que, como todos los padres del mundo, deseaban para su pequeña lo mejor y cualquier esfuerzo por conseguirlo les parecía poco. Tanto era así, que para que a la niña no le faltara de nada casi ni podían verla y no tenían más remedio que dejarla al cuidado de expertas niñeras, que se ocupaban de llevarla al colegio, darle comida sana y equilibrada, acostarla puntualmente a su hora, enseñarle idiomas y tenerla ocupada en todo momento para que no se aburriera. Ellos dos, padre y madre, llegaban todos los días a casa casi al mismo tiempo, cuando ya era de noche; agotados tras una dura jornada laboral llena de reuniones, llamadas telefónicas, páginas y páginas de complicadas estadísticas…   Eran tan competentes en lo que hacían, que no era extraño que cada uno de ellos cobrara cien euros a la hora por sus servicios profesionales; una cantidad que mencionaban a menudo en sus conversaciones, que siempre giraban en torno a lo mismo: sus obligaciones laborales y sus sueldos.

Solo vivían por y para trabajar y para ganar más y más dinero, el cual les permitía ofrecer a su hija lo mejor y gastar en ellos lo que se les antojaba… aunque esto último solo lo hacían durante diez días al año, cuando se marchaban de vacaciones, si es que se puede llamar vacaciones a lo que ellos hacían, porque durante esos días seguían trabajando. Decían que eran imprescindibles y que sus respectivas obligaciones les impedían un descanso completo y más prolongado. Ambos anteponían sus empleos a todo lo demás, por lo que era difícil tener vida familiar. Jamás comían juntos y muy raramente se sentaban a disfrutar de una agradable cena en familia. Mucho menos contaban cuentos o reían. ¡No tenían tiempo para eso!  Durante los pocos momentos en los que se tomaban un respiro, miraban sus móviles, contestaban e-mails o leían informes.

Amigos y familiares se comunicaban con ellos mediante mensajes telefónicos y correos electrónicos y ya estaban acostumbrados a verlos, con suerte, una vez al año, coincidiendo con alguna fiesta navideña, a la que la pareja aportaba manjares exquisitos, bebidas carísimas o regalos exclusivos que repartían con generosidad, como si con todo eso quisieran hacerse perdonar las largas ausencias que ya nadie, entre sus seres queridos, notaba…

¿Nadie? Bien, no exactamente… Lina, la pequeña hija de ambos, los añoraba terriblemente. No se acostumbraba a las niñeras que, aunque le daban mucho cariño y la mimaban, no podían sustituir el amor de su padre y de su madre. Y aunque no le faltaba de nada, lo cierto es que no era feliz.

Un día de invierno, faltaba muy poco para la noche de Reyes, los padres de Lina llegaron a casa cuando ya era de noche, como era habitual. Como si de una obligación diaria más se tratara, entraron juntos a dar un beso y a desear buenas noches a su pequeña hija, que casi ya estaba dormida.

—Buenas noches, Lina. ¿Todo bien? ¿Has cenado?

—Mamá, papá… Quiero… Ahora que ya se acerca el día de Reyes … Quiero… un regalo especial…

—¡Claro, Lina! Pídeles lo que quieras, hija.

—Quiero… Necesito… cien euros…

—¡Eso es mucho dinero, Lina! Es lo que ganamos nosotros por una hora de trabajo. ¿Para qué necesitas ese dinero? Mejor será que pienses en otro regalo. ¿No preferirías pedir un ordenador nuevo? ¿Tal vez un vestido? ¿Zapatos? ¿Juguetes?…

—No… Solo quiero cien euros… Nada más…

—¡Pues olvídate! Los Reyes no traen dinero. El dinero cuesta mucho de ganar y no hay que tomarlo a broma.

—De verdad que me hacen mucha falta… —dijo Lina intentado aguantar las lágrimas de desilusión que pugnaban por salir.

—No y no. Tienes siete años y no necesitas dinero. Ve pensando en pedirles otro regalo. ¡Se acabó!

Padre y madre abandonaron la habitación y se fueron a dormir. O lo intentaron… Ambos sentían remordimientos por lo ocurrido. ¿Para qué necesitaría su hija aquel dinero? ¿Y si de verdad era importante para ella?

—¿Duermes?

—No. No paro de darle vueltas a lo que quiere pedir Lina a los Reyes Magos… ¿Para qué querrá cien euros?

—Deberíamos averiguarlo…

Madre y padre se dirigieron a la habitación de Lina.

—¿Lina…?

—Mmmmm…

—Si nos dices para qué quieres ese dinero, quizá pensaremos en la posibilidad de dártelo nosotros, así no tendrás que esperar a que te lo traigan los Reyes Magos…

—No os lo puedo decir antes de tenerlo… Sería muy peligroso… Pero os prometo que en cuanto tenga el dinero en la mano, os lo contaré…

La curiosidad de los padres, al fin, pudo más y, sin esperar, le dieron ellos a Lina lo que pedía.

—No hace falta que pidas dinero a los Reyes Magos. Aquí tienes los cien euros. Y ahora mismo nos dirás para qué los necesitas…

Lina se levantó y sacó del fondo del armario una cajita llena de billetes y monedas.

—¡Pero si tienes ahí un dineral, Lina! ¿Para qué demonios necesitas más!

—Estoy ahorrando desde hace mucho tiempo. Pero ya no podía esperar más. Me faltaban cien euros para llegar a doscientos… Cien y cien, lo que ganáis los dos en una hora, ¿verdad?… ¡Ahora puedo comprar una hora de vuestro tiempo! ¡El sábado nos iremos los tres de paseo! Como no me fío de vosotros, porque siempre decís que iremos a pasear y luego no vamos porque tenéis trabajo, os pago por adelantado, así no tendréis más remedio que guardar esa hora y «trabajar» para mí.

Aquel sábado, los tres se fueron a pasear al parque… Y al sábado siguiente, y al otro, y al otro…

Lina recuperó a sus padres y estos a su hija y una parte muy importante de sus vidas.

Cierto es que es necesario trabajar, pero sin olvidar que hay otras muchas cosas en la vida que también merecen su espacio y su tiempo.

Si esta historia te resulta familiar, no olvides que el final puede ser como el de este cuento u otro muy distinto. En tus manos está escribirlo.

FIN

Tempus Fugit

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Ilustración: Daniela Volpari

Sed fugit interea, fugit irreparabile tempus

Esta historia está dedicada a vosotros, amantes de los cuentos, y de un modo un poquito más especial a Sensi, que lo inspiró con uno de sus comentarios.
Gracias a todos por un 2015 lleno de buenos momentos.
Os deseamos que 2016 sea también un año de cuento y que en él se cumpla alguno de vuestros sueños.
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Dong, Dong, Dong, Dong, Dong, Dong, Dong, Dong, Dong, Dong, Dong, Dong…

En una oscura y silenciosa casona, a las afueras de La Rosilla, allí donde habitan las termitas del hielo, resuenan las doce campanadas de la medianoche.

Todavía se balancea en el aire el último “dong”, cuando a través de la ventana grande del salón penetra un misterioso y brillante haz de luz.

Cualquiera podría pensar que un rayo de luna se ha abierto paso por entre las espesas nubes que cubren el cielo de esta gélida noche de diciembre, pero Cualquiera estaría completamente equivocado, porque esta claridad no es otra cosa que el medio de transporte de Lupicinia Cucú, Mensajera Real.

En su pico lleva un tarjetón blanco, adornado con una cenefa verde y roja de hojas de acebo. En él, con una preciosa caligrafía dorada, se lee:

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Tarjetones igual a este son repartidos hasta el más recóndito rincón del planeta en el que hay un reloj. Además de Lupicinia, dos armadillos, doce salmonetes, veinticuatro mariposas y cuatro capibaras se encargan, cada diciembre, de entregar en manecilla las invitaciones para la Gran Fiesta de Fin de Año.

En la señorial casona, al imponente reloj de caoba que preside el salón le da un vuelco el péndulo por la emoción y siente que sus segundos se aceleran. Hace semanas que espera la invitación:

—¡Ya estamos! Debo controlar estas palpitaciones o me volveré a adelantar de nuevo.

Después, ya más tranquilo, susurra al reloj de biscuit que hay sobre la mesa de mármol del rincón:

—¡Pst!, ¡Eh, tú!, ¡despierta, que ya ha llegado!

—¡Lo he visto!, ¡lo he visto!  —contesta este poniéndose aún más blanco a causa de los nervios— ¡Tenemos que avisar al resto!

Acompasan sus tiempos y los tic-tac de ambos resuena al unísono por todos los rincones del caserón.

Los relojes van abriendo sus ojitos…

El de arena se quedó ayer parado a las cuatro de la tarde, “¿¡ya es hora de merendar!?” —dice mientras se sacude el polvo.

En el de pulsera que nadie se pone, son las cinco y media de la madrugada; se despereza medio dormido, “Oooooaaaauuuuhh”, estirando su correa azul cobalto.

El de pared, colgado en la cocina, marca las doce y cuatro; siempre puntual, siempre en su punto, sin pasarse nunca…

Uno a uno, todos los relojes que habitan en la casa se van despertando y hacen correr el tic-tac de que la invitación, ¡por fin!, ha sido recibida. ¡Hay que prepararse para la gran noche de pasado mañana!

Dentro de dos días, en la mansión de Don Tempus, se reunirán, como cada año, los relojes de toda la Tierra. Acudirán a la cita los modernos y los antiguos, los de péndulo, los de cuerda, los de sol, los de arena…

Por la gran avenida, con sus mejores galas, desfilarán clepsidras del brazo de despertadores; relojes de pulsera arrastrando sus largas y coloridas colas; relojes de bolsillo con lujosas cadenas de oro y de plata colgando de sus cuellos; grandes y ruidosos relojes de torre, a los que les gusta presumir y llamar la atención en calles y plazas…

A la gran fiesta incluso acudirán los relojes oxidados y parados; los que están hundidos en el fondo de los siete mares o los que no tienen manecillas. Todos se apresurarán para acudir puntuales a la cita, porque no hay manera de saber si habrá para ellos una segunda oportunidad. Entrarán en el gran salón temporal y aguardarán pacientemente su tiempo.

Los primeros en recibirlo serán los de Kiritimati, los seguirán los de Samoa, Nueva Zelanda, Tonga, Fiyi…, Australia, Japón, China… irán desfilando los relojes de todos los países y, por último, les llegará el turno a los de Hawái. Ellos cada año son los últimos, porque los salmonetes que les llevan las invitaciones aprovechan para bañarse en sus playas y siempre entregan tarde las invitaciones.

Ya falta muy poco para que Don Tempus recargue los relojes. Justo cuando las doce campanadas de la medianoche del 31 de diciembre empiecen a sonar, cada reloj recibirá su tiempo; el que gastará durante el año que está a punto de empezar.

¡Ya está aquí Don Tempus para repartir momentos a su antojo!:

—Tú, carrillón, tendrás noventa y nueve días de ensueños, sesenta horas de felicidad, veinte minutos de enfados…

—Reloj de arena, a ti te doy catorce períodos de dudas, seis meses enteros de melancolía, dos de aburrimiento…

—Reloj de sol, te doy tres tardes y media de cariño, seis horas de tristeza, ochenta y tres segundos de nervios…

—Tú, reloj de péndulo, solo tendrás dos meses de buenos propósitos, luego te pararás. Quizá para siempre…

—Despertador, te concedo trescientos minutos de espera, mil segundos robados, una hora de añoranza…

—Para ti, reloj de sobremesa, no hay tiempo…

Cada año, a medida que las campanadas de medianoche suenan a lo largo y ancho de este mundo dando paso al año nuevo, los relojes se van poniendo en marcha con su tiempo renovado.

Pero también cada año, en la mansión de Don Tempus, queda una montaña de instantes que parecen olvidados…

—Maestro Tempus, ¿qué seremos nosotros? ¿Acaso seremos tiempo perdido?

—No, vosotros sois mis mejores instantes, mis minutos más preciados. En vosotros he mezclado risas, llantos, miedos, cantos, recuerdos, ternura, inocencia… En vosotros va lo mejor de mí porque sois tiempo sin reloj, tiempo sin prisa, tiempo sin fin de sueños hermosos, tiempo sin tiempo… Vosotros sois el tiempo feliz añadido a los relojes de los que leen cuentos.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Tempus Fugit” con la voz de Angie Bello Albelda

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Un minuto en el paro

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Ilustración: Pascal Campion

Érase una vez un Minutito que buscaba trabajo.

Las Grandes Horas del día no tenían vacantes. Cada una de ellas tenía sus sesenta minutos cubiertos.

Todas estaban al sesenta por sesenta de ocupación.

Pero el Minutito no se desmoralizaba. Al contrario, no se cansaba de insistir, pues tenía que mantener a sus sesenta segundos.

Así que llamó a la puerta de la Una del mediodía:

—Perdone, busco trabajo. Tengo sesenta segundos que mantener. Aquí le traigo mi currículum.

—¿Currículum en papel? ¿Acaso no avanza? ¡Es usted un tiempo perdido! —dijo la Hora con voz seca y áspera—. ¡Váyase con sus sesenta segundos a otra parte! ¡No me gusta perder el tiempo! ¡El tiempo es oro!

El Minutito, entonces, llevó su currículum a las Seis de la Tarde.

—Perdone, ¿tendría usted un minuto para atenderme? Busco trabajo.

—¡No, Míster! —dijo la Hora—. No puedo atenderlo, todos mis minutos están descansando, es la hora del té. Porque como muy bien dijo Lord Chesterfield: «cuida los minutos; pues las horas ya cuidarán de sí mismas». Por cierto, ¿conoce usted a Lord Chesterfield?

El Minutito negó con la cabeza y la Hora le cerró la puerta en las narices.

Cayó la noche, pero no se hizo daño, solo un pequeño chichón en la Luna.

El triste Minutito se quedó mirándola, contando y meciendo sus sesenta segundos mientras les cantaba un tic-tac nana.

A la mañana siguiente, muy de mañana, el Minutito oyó un «RIIIIIIIIIIING», y observó como las Siete de la mañana, antes de empezar su turno y todavía en la cama, se tapaba la cabeza con su manta y gritaba:

—¡Por favor, un minuto más!, ¡solo un minutito!

Currículum en mano, el Minutito corrió hacia las Siete de la mañana, como empujado por una manecilla invisible.

—¡Por fin llega mi minuto extra de descanso! —dijo la Hora con un gran bostezo al ver al Minutito que acudía en su ayuda—. ¡Contratado!

Desde aquel día y cada mañana, el Minutito trabaja y trabaja para quienes ruegan al despertar:

—¡Por favor! ¡Un minutito más!

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Un minuto en el paro” con la voz de Angie Bello Albelda

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El baño del cuento del martes

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Ilustración: Emma Pumarola

 

Este cuento y esta ilustración han sido posibles gracias a: 

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Desde que el mundo es mundo se han contado cuentos. Pero a diferencia de ahora, en que la gente cree que los cuentos son solo cosa de niños, hubo una época remota en la que fueron muy importantes, y desde los reyes a los campesinos, desde los más grandes a los más chicos y de norte a sur de la tierra, las historias eran escuchadas alrededor del fuego por cualquiera que tuviera orejas. Y aquellas historias, si se escuchaban con atención, acababan por hacerse realidad.

Fue, precisamente, en aquellos lejanos tiempos cuando nuestra historia comienza.

Ocurrió en una ciudad de la baja Mesopotamia; una fértil tierra llena de agua situada entre dos ríos: el Tigris y el Éufrates y en la remota época en la que Sumu-abum reinaba.

En aquel tiempo, vivía allí un viejo sabio que había pasado toda su vida observando las estrellas y que, por ese motivo, era conocido por todo el mundo como el Observante.

Una noche, en la que haciendo honor a su nombre el Observante observaba las estrellas desde lo alto de un zigurat cercano a su casa, se dio cuenta, de pronto, de que podía ordenar el tiempo, y decidió repartir las horas en sesenta minutos y las semanas en siete días, tal y como todavía seguimos haciendo hoy.

La cosa no hubiera tenido más consecuencias si no hubiera sido porque, poco después, se puso tan de moda el invento de el Observante, que la gente empezó a organizarlo absolutamente todo alrededor del tiempo:

—¡Uy!, ¡las siete y diecisiete! ¡Debo pasar por la palmera a buscar dátiles antes de volver a casa!

—¡Por Enki! ¿¡Tan tarde se ha hecho ya!? ¡Tengo seis minutos para coger el último camello!

—¡Corre, corre! ¡Te veo mañana a las cuatro y ocho!

—¡¡¿A las cuatro y ocho?!! ¡Imposible! Deja que consulte mi tablilla temporal… Lo siento, pero a esa hora tengo astrólogo y luego voy a la pelu a pintarme la raya de kohl en los ojos. ¿Qué tal antes?, ¿a las doce y tres?

—Creo que puedo, pero te lo confirmo luego. Te mandaré un mensaje con mi paloma nueva; ¡es de la última generación y va que vuela!

De tal manera se obsesionaron con medir todo lo que hacían, que empezaron a depender de los minutos, las horas y los días y se olvidaron, por completo, del verdadero valor temporal. Ya no daban importancia a aquellas cosas para las que no es necesario controlar los minutos; como mirar las estrellas, hablar con los amigos, tomar el sol y contar cuentos.

Pero como todas estas cosas es imprescindible hacerlas, no tuvieron más remedio que encerrarlas en el tiempo para poder llevarlas a cabo. Así, que decidieron que mirarían las estrellas cuando hubiera un eclipse; tomarían el sol en verano; hablarían con los amigos los fines de semana, y contarían cuentos…  ¡Gran problema! ¿Qué harían con los cuentos?

Como a los cuentos es muy difícil poder encerrarlos en el tiempo, el asunto llegó a las más altas instancias del reino y después de debatirlo durante días enteros, el Consejo de Ministros del Rey Sumu-abum anunció a todos los habitantes de Mesopotamia que los cuentos se contarían por la noche, antes de ir a dormir y que no podrían ser más largos de catorce minutos.

A partir de entonces, los cuentos empezaron a ser cada vez más cortos y menos importantes y, poco a poco, fueron quedando relegados. Ya no se relataban alrededor de los grandes fuegos sino que, a toda prisa, se contaban después de la cena, justo antes de que la gente se acostara.

Los cuentos de todos los días de la semana se tomaron las nuevas normas con resignación y ninguno de ellos duraba más de los catorce minutos reglamentarios, pero el cuento del martes se negó en redondo a ser encapsulado en tan corto espacio de tiempo, ¡él tenía muchas cosas que contar! Por lo que después de dar vueltas y más vueltas a tan delicado asunto, pensó que la mejor manera de zafarse de las normas y alargar sus historias sería que la gente estuviera tan interesada en su cuento que se olvidara por completo del tiempo. Y empezó a pensar en qué cuento podría inventar.

Primero le dio vueltas a un relato sobre un diluvio, en el que la tierra quedaba completamente cubierta por el agua… Pero supuso que la gente se asustaría, así que lo soltó en el aire.

Imaginó después la historia de un hombre fuera del tiempo llamado Utnapishtim, que guardaba el secreto de la inmortalidad… Pero tampoco le convenció, así que también la dejó volar.

Inventó otros muchos relatos, pero ninguno acababa de gustarle y los iba dejando libres.

Ya empezaba a desesperarse cuando, de pronto, tuvo una brillante idea:  ¡No inventaría un cuento, inventaría un lugar! Un lugar lleno de agua en el que la gente se olvidaría del tiempo. Un lugar en el que se estaría tan bien, que nadie querría salir de allí y entonces él aprovecharía para contar largas historias. ¡Eso haría! «El baño del cuento del martes», así lo llamaría. Un rincón lleno de magia en el que el agua lavaría de la mente el tiempo y remojaría todas las preocupaciones. ¡Allí la gente sería tan feliz que los cuentos podrían cobrar vida!

Rápidamente, se puso manos a la obra y viajando en una ráfaga de viento susurró su idea al primer humano que se cruzó en su camino, que no fue otro que Alí Ibn Abbas Abu Muhammad Ibn Amir Taymullah Zuhayr Ibn Ubayy, un comerciante árabe cargado de especias que, procedente de la India, regresaba a su casa.

Durante el camino de vuelta, Abu, entusiasmado, fue imaginando todo lo que haría para hacer realidad  aquel sueño y al llegar a su país edificó un magnífico palacio lleno de aguas mágicas al que llamó «Aire. Baños árabes». «Aire» porque el viento le había susurrado la idea y «árabe» porque él lo era.

Allí, durante mil y una noches, entre baño y baño, el cuento del martes inventó historias fantásticas que fascinaron a todos los que las escuchaban.

La voz corrió rápidamente y las gentes de los más recónditos rincones del planeta copiaron esta costumbre. Se construyeron lujosos baños en los se contaban interminables cuentos, se tomaba té y se olvidaban, por un rato, todas las penas. No había ni una sola ciudad importante de la tierra que no tuviera un lujoso baño público, y la gente acudía allí antes de tomar cualquier decisión.

Aunque desde entonces han pasado muchos siglos, todavía hoy existen estos lugares mágicos en los que los relojes dejan de funcionar, el tiempo se detiene  y cualquier cuento puede hacerse realidad…

 …y nosotros sabemos dónde están…

Almería

Barcelona

Sevilla

 FIN

El Duende del Tiempo

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Ilustración: kperusita

Cada primero de enero, justo al cambiar de año, el Duende del Tiempo le regala a cada persona una cajita llena de tiempo. En ella hay 365 días. O lo que es lo mismo, 8 760 horas; 525 600 minutos; 31 536 000 segundos.

Cada uno de enero somos millonarios en tiempo y sin embargo…

… y sin embargo, a medida que se crece, se va desaprendiendo a usar este valioso regalo;  y es por eso que la mayoría de los adultos no tiene ni la menor idea de administrar el tiempo que recibe. Porque el tiempo no es oro; el tiempo tiene su propio valor, su propia medida y sus propias leyes.

Si intentas ahorrarlo acabas perdiéndolo, en cambio, si lo pierdes, acumulas momentos.

Si lo inviertes muy rápido no te da interés, pero si lo inviertes despacio, a medida que pasan los años, los recuerdos son cada vez más interesantes.

Si lo gastas en esas cosas que llaman «útiles», se marchita, pero si lo gastas en esas cosas que llaman «inútiles», florece.

Así, que aunque el tiempo pueda parecer muy extraño, no lo es, lo que ocurre es que va a su ritmo y, por mucho que te empeñes en otra cosa, el Duende del Tiempo solo pone en cada hora 60 minutos y en cada minuto 60 segundos. Nada más y nada menos.

Al Duende del Tiempo no le gustan las prisas y no soporta la impaciencia. Puede hacer que cinco minutos sean eternos o, por el contrario, que años enteros pasen en un suspiro. Si tú quieres correr, él correrá más rápido y si estás impaciente y deseas que algo llegue deprisa, él hará que todo vaya muy despacio. Lo mejor que puedes hacer es no pelearte con él porque siempre acaba ganando.

Al Duende del Tiempo le gusta oír por las mañanas:

—¡Buenos días!, ¿qué tal has dormido?, ¿qué has soñado?, ¿qué planes tienes para hoy?

Entonces sonríe y ya puedes estar seguro de que el día será brillante y alegre.

En cambio, si se despierta escuchando:

—Deprisa: despierta y levántate. Deprisa: tómate el desayuno. Deprisa: vístete. Deprisa: que llegaremos tarde.

El Duende del Tiempo se pone de muy mal humor y entonces seguro que el día será oscuro y triste.

Tampoco soporta las prisas por la noche:

—Deprisa: acábate la cena. Deprisa: lávate los dientes. Deprisa: ponte a dormir que mañana hay que madrugar.

Al Duende del Tiempo le gusta oír otras cosas:

—¿Qué tal te ha ido el día?, ¿a qué has jugado?, ¿qué has imaginado?, ¿de qué has hablado con tus amigos?

De las preguntas que se hacen al final del día depende que el Duende del Tiempo le pida al Duende del Sueño que envíe pesadillas o dulces sueños.

El Duende del Tiempo no comprende por qué la gente mayor malgasta tan deprisa el tiempo que les regala, porque el tiempo que no se invierte en cosas hermosas es un tiempo que se pierde irremediablemente.

Así, que escucha bien sus consejos y, este año, aprovecha bien tu tiempo…

Cada mañana, abre despacio los ojos y disfruta de cada despertar.

Recuerda tus sueños antes de levantarte de la cama.

Mójate bajo la lluvia.

Saborea un pastel con los ojos cerrados.

Pasea por el campo y respira hondo.

Escucha el silencio.

Observa qué hace una hormiga.

Déjate acariciar por el sol.

Sumérgete en las olas y recoge piedras en la arena de la playa.

Mira a los ojos a un perro o a un gato mientras lo acaricias suavemente.

Pasea por la ciudad y observa a la gente.

Lee libros.

Ríete sin motivo.

Hay tantas cosas por hacer. Párate y disfruta.

Ama despacio.

Mira despacio.

Escucha despacio.

Disfruta despacio.

Habla despacio.

Siente despacio.

Porque disfrutar de cada instante es la única forma de vivir de verdad.

Antes de decir «No tengo tiempo» o «Deprisa», recuerda el valioso regalo que recibes del Duende del Tiempo y no olvides que vivir es, precisamente, aprender a invertir, segundo a segundo, el tiempo que se te otorga.

El Duende del Tiempo es eterno y sabe muy bien de lo que habla así que… ¡hazle caso!

FIN