Tierra

El mensajero y el ginko

Ilustración: Belette Le Pink

Soy un palomo de ciudad, de esos grises que muchas veces habréis visto en alguna plaza del lugar donde vivís. Mis padres me pusieron de nombre Capuccino, por las dos manchas blancas que tengo alrededor de los ojos. Os voy a explicar lo que me ocurrió hace mucho tiempo.

Veréis, amiguitos, por aquel entonces, yo trabajaba en la oficina de correos como mensajero de la comunidad de aves y era joven y fuerte. Mi misión era hacer llegar mensajes, atados a mi pata, a lugares lejanos. Tan lejanos, que solo se podía viajar hasta ellos haciendo paradas en varios árboles de la comarca, si no estabas perdido. Podías cansarte de tanto volar y caer en cualquier oscuro y peligroso lugar.

Un día, me encomendaron la misión de encontrar el legendario ginko biloba, que habitaba en un bosque, aunque nadie sabía exactamente dónde.

Me dirigí, como una flecha, a mi destino.

Volé mucho tiempo y comenzaba a estar cansado, pero yo era fuerte, y no me daba miedo nada.

De pronto, comenzó a soplar un viento frío del norte, que me hacía descender y descender. Cada vez el viento era más fuerte, soplaba más y más. El vendaval me arrastraba sin que yo pudiese oponer resistencia y, por fin, caí como una mosca en el centro de un bosque lejano, oscuro y húmedo.

Estaba perdido, herido y el miedo me paralizaba.

Sin que pudiera evitarlo, alguien me recogió del suelo y me elevó muuuuuuuchos metros del suelo. Era un árbol enorme, con unas hojas en forma de trébol que nunca en mi vida había visto. Lo cierto, es que sus frutos desprendían un olor muy desagradable.

—Hola, palomo, ¿qué se te ha perdido por aquí? —me dijo el árbol con voz grave.

—Me he caa-aaa-aído por cuu-uu-ulpa del vii-iiien-to —respondí tartamudeando de miedo.

—El viento es bueno, palomo, limpia de ramas viejas y de hojas muertas mi cuerpo —me explicó aquel viejo árbol.

—Lo creo, árbol, pero el viento no me ha dejado volar.

—Todos los pájaros del mundo saben que no se debe volar cuando sopla el viento huracanado —me recriminó muy serio.

—Eso ya lo sé, pero tengo que llevar un mensaje urgente al país del ginko.

—Ja, ja, ja, ja, ja —rio el árbol— ¡Ya estás en el país del ginko!

—¿Y quién es el ginko? Es al él a quien debo entregar mi mensaje —dije mucho más tranquilo. El árbol, a pesar de ser grande, no parecía ser peligroso para mí—. Me dijeron en la oficina de correos que tengo que entregarlo a un tal Ginko Biloba, de la comarca del Bosque Encantado —dije.

—¡Yo soy Ginko! Ginko Biloba, para servirte. Puedes leerme el mensaje, palomo —me pidió.

Desaté el mensaje de mi pata y lo desplegué para leerlo:

—¡Vaya!, sabía que, un día u otro, esto llegaría —se lamentó el ginko.

—Pero usted es muy sabio y ha vivido más de dos mil años, seguro que descubrirá el modo de vivir otros mil más. ¡Por lo menos! —contesté muy preocupado.

—Mira, palomo, no todos los humanos son inconscientes. También los hay que están muy en contra de destruir la naturaleza de la que formamos parte todos nosotros. Estos son los que ven claro que este comportamiento solo traerá la destrucción y la muerte de todo el planeta. Por eso, debéis enviar un mensaje al jefe de todos los humanos que luchan por salvar la Tierra, para decir que protesten enérgicamente ante sus gobiernos, para que no destruyan los pocos bosques que nos quedan.
Los humanos no saben que todas las especies que habitamos este mundo sabemos comunicarnos. Incluso los árboles. Son tan egocéntricos, que piensan que su lenguaje es el único del planeta.
Date prisa, vuela. Lleva el mensaje a los tuyos antes de que sea tarde.

—¿Siiií? ¡Yo tampoco sabía lo del lenguaje! —le dije.

—A ver, palomo, ¿no estamos hablando tu y yo, o qué? —replicó enfadado.

—¡Upppps!, ¡es verdad!

Después de escribir todo lo que me dijo sobre los humanos, me despedí del gran ginko.

A pesar de que aún soplaba un viento huracanado, pude regresar, sano y salvo, gracias a que me regaló una cápsula de vitaminas para pájaros de su despensa particular.

Cuando volví a la ciudad con las noticias, todos estuvieron muy contentos y me felicitaron por haber culminado la peligrosa misión con éxito.

Después de descansar unos cuantos días, me enviaron a la casa del jefe de los humanos que defienden la Tierra. Me posé en su ventana y, al poco rato, un hombre grande y barbudo me cogió con una mano. Con la otra, desató el papel que llevaba atado en mi pata y lo leyó atentamente.

Al poco tiempo, muchos humanos formaron una gran concentración delante del edificio de su gobierno, haciendo mucho ruido, gritando y portando muchos letreros en contra de la tala de bosques. Allí se quedaron durante muchos días, hasta que el gobierno decidió cancelar la tala del bosque en el que vivía el legendario Ginko Biloba.

Si algún día salís de excursión, podéis visitar el Bosque Encantado del señor Ginko. Es fácil de encontrar, está en todos los bosques que imaginéis.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El mensajero y el ginko» con la voz de Angie Bello Albelda