tontos

El país de los memos

Ilustración: garbages

Allá por los tiempos de María Castaña vivió un anciano viudo muy pobre, el cual tenía tres hijos a los que no sabía cómo mantener y mucho menos aún sabía qué dejarles en herencia el día que muriera.

Un día, los llamó para entregarles las tres únicas cosas que poseía y les dijo:

—Hijos míos, yo no he tenido suerte en la vida, pero quizá vosotros la tengáis. A cada uno le daré una cosa que si bien es verdad que no es muy valiosa, el que sea listo sabrá qué hacer con ella para enriquecerse.
A ti, que eres mi hija mayor, te daré el gallo; a ti, hijo mío, que eres el mediano, te daré el gato; y a ti, mi pequeña hija, te daré el martillo y el cincel.
Ahora pues, coged vuestra herencia y recorred el mundo. Recordad que debéis ser buenas personas, pero intentad enriqueceros.

Los tres hijos se despidieron de su padre y decidieron dirigirse a la tierra de los memos.

La hermana mayor, con su gallo, llegó una noche a un pequeño pueblo. En aquel lugar la gente se paseaba por las calles, arriba y abajo, sin parar. Lloraban y gemían. Cuando quiso saber el porqué de aquel extraño comportamiento, un anciano le respondió:

—Tenemos que estar atentos, no podemos dormirnos. Hacemos turnos durante toda la noche para asegurarnos de que mañana se haga de día. Pasamos la noche pidiendo al sol que salga puntual. Imagina que un día, al despertar, él no estuviera, ¿qué haríamos nosotros sin sol?

La chica pensó para sus adentros que aquel era, en verdad, un pueblo de memos y elevando la voz para que todo el mundo la escuchara, dijo:

—En mi país no tenemos que pasar las noches en vela para pedirle al sol que salga cada mañana porque tenemos un animal muy especial. Veréis, cuenta una leyenda que ese bicho, al que se lo conoce con el nombre de gallo, es, en realidad, el mismísimo hijo del sol y cada mañana, con su potente voz, llama a su padre y lo despierta. Casualmente, llevo uno de estos animales conmigo, si queréis, os lo puedo vender. Dejad de llorar y marchaos todos a la cama.

Los habitantes del pueblo se quedaron maravillados al ver aquel bicho raro llamado gallo, al que no habían visto en su vida. Justo al alba, el gallo llamó a su padre el sol con su quiquiriquí y este le hizo caso. Poco a poco, se fue elevando en el cielo e iluminó el mundo ante la asombrada mirada de los pueblerinos, que se apresuraron a pagar una fortuna a la hermana mayor por el gallo. La muchacha, con un saco lleno de oro, emprendió el regreso.

Entre tanto, el hermano mediano había llegado a un pueblo también habitado por memos, aunque de otra clase En aquel pueblo, toda la gente andaba por la calle protegida con recios trajes, a pesar del sofocante calor que hacía. Armada con palos o escobas. lloraba y gritaba:

—¡Por allí!, ¡por allí! ¡Tenemos que acabar con ellos! ¡Cuidado! ¡Cuidado!

Parecían aterrados y miraban en todas direcciones, como si los acechara un terrible enemigo. Cuando el chico preguntó qué ocurría, le respondieron que había llegado al pueblo una familia de extraños seres que mordían todo lo que estaba a su alcance.  Tenían miedo de que acabaran royendo los cimientos de las casas y a ellos mismos y los querían echar de allí.

Comprendió enseguida el hermano mediano que aquella familia de extrañas bestias que le describían era, seguramente, un grupo de ratones, así que dijo:

—Me temo que esos animales que os atacan se llaman ratones. Si es así, yo tengo la solución. Os presento a mi gato, especialista en cazar ratones. Si queréis, os lo vendo. Él solo se encargará de solucionar vuestro problema.

Al ver aquel animal tan raro, la gente no daba crédito, pero cuando comprobaron que en un abrir y cerrar de ojos cazaba a uno de los roedores, no dudaron ni un instante y pagaron una fortuna por el minino. El chico, muy contento, regreso a su casa con un saco lleno de monedas de oro.

No muy lejos de allí, la hermana pequeña llegó a una aldea también habitada por memos. En ella, las casas tenían puerta, pero no tenían ni una sola ventana. La gente corría por las calles con cazamariposas en las manos, aunque no se veían mariposas cerca. Al preguntar la chica qué ocurría, los del pueblo le dijeron que hacía años que intentaban cazar rayos de sol para iluminar el interior de las casas, pero que no había forma de conseguirlo. La hermana pequeña vio claro enseguida qué debía hacer:

—Tengo algo que solucionará vuestro problema. ¡Mirad!, se trata de un utensilio llamado cincel, que funciona junto a otro llamado martillo. Tienen el poder de comer piedra. Veréis como en un abrir y cerrar de ojos arreglamos esto.

En seguida, empuñando cincel y martillo, la muchacha abrió una ventana en una de las casas y la luz iluminó sus oscuras estancias. Los vecinos del pueblo, maravillados al ver que aquellos dos instrumentos que jamás habían visto antes eran tan útiles, pagaron una fortuna y los compraron y la muchacha regresó a su pueblo cargada de oro.

Cuando los tres hermanos se reencontraron, se contaron sus aventuras. Estaban muy felices. La herencia que habían recibido de su padre era más mucho más valiosa de lo que habían pensado y estaba en su interior.

FIN

Seis tontos

Hace mucho tiempo, en un pequeño pueblo al norte de Europa, vivió un matrimonio que tenía una única hija que acababa de cumplir treinta y siete años y nunca había tenido novio. En realidad, no había tenido ni un solo pretendiente en toda su vida.

Por fin un día, se presentó un caballero para cortejarla. Los padres estaban tan encantados, que prepararon una suculenta cena para agasajarlo. Al llegar el invitado, enviaron a la hija a la bodega a buscar sidra para brindar.

Bajó la joven la empinada escalera que conducía a la bodega con una gran jarra en la mano derecha y una vela en la izquierda y al llegar abajo empezó a escanciar la sidra de un tonel. Mientras esperaba a que se llenara la jarra, levantó la vista y frente a ella vio un pico clavado en la pared. El pico debía llevar allí una eternidad, porque el hierro estaba lleno de orín y el mango de madera completamente enmohecido.

Muy alterada, la muchacha pensó para sí: «¡Ay, madre mía!, si llegara a casarme con este caballero y tuviéramos un hijo y si al crecer lo enviara a esta misma bodega a sacar sidra de este barril, como estoy haciendo yo ahora mismo, y se le cayera el pico encima y lo matara… ¡Qué horrible sería!».

Se olvidó por completo de la sidra y se puso a llorar desconsoladamente, pensando en todas esas posibilidades, hasta que su madre bajó a averiguar el motivo de su tardanza.

—¿Qué haces? —preguntó la mujer a su hija—. ¿Por qué lloras y dejas que se derrame así la sidra?

—¡Ay, mamá! —sollozó la joven—, piensa, por un momento, que me caso con ese caballero, que tenemos un hijo, que crece, que baja a la bodega a sacar sidra y que ese pico que hay en la pared le cae encima y lo mata… ¡Eso sería horrible!

—¡Verdaderamente horrible! —contestó la madre horrorizada y también ella se puso a llorar.

El granjero, cansado de esperar, bajó a ver por qué tardaban tanto su hija y su esposa en llenar una jarra de sidra. Pero al escuchar sus razones, se sentó también, y se unió a sus llantos.

Por fin, fue el propio caballero el que bajó a la bodega para averiguar lo que pasaba con aquella familia tan extraña y se encontró al granjero, a la mujer y a la hija, sentados en las escaleras de la bodega sollozando desconsoladamente mientras la sidra inundaba todo el suelo.

—¿Qué pasa? —se interesó el caballero—, ¿por qué estáis ahí sentados llorando mientras se desperdicia esa magnífica sidra?

— ¡Ay, caballero! —contestó el granjero—. Pensad por un momento que mi hija y vos os casáis; que tenéis un hijo, que ese hijo crece y viene a esta bodega a sacar sidra, y que el pico que veis en la pared, cae sobre su cabeza y lo mata… ¡Qué horrible sería!

Y los tres, aún más ruidosamente si cabe, siguieron gimoteando inconsolablemente mientras la sidra seguía formando un gran lago en el suelo.

El caballero no pudo menos que soltar una ruidosa carcajada. A continuación, arrancó el pico de la pared y dijo:

—He viajado por todo el mundo, y nunca antes me había tropezado con tres tontos tan tontos como vosotros. Así que, con vuestro permiso, me marcho para seguir viajando. Pero os prometo que, si algún día me encuentro por el mundo a tres tontos más tontos que vosotros, regresaré y me casaré con vuestra hija.

Y se fue, dejando a los tres en la bodega con sus lamentos.

Poco tiempo después, al cruzar un frondoso bosque de robles, encontró a un hombre que trataba de enseñarle a un cerdo cómo trepar a un árbol.

—¿Para qué quieres que suba el cerdo al roble? —le preguntó el caballero.

—Para que coma bellotas —contestó el hombre—; pero aunque tiene mucha hambre, no consigo que suba, ¡y eso que llevo el día entero tratando de enseñarlo!

—¿Y por qué no subes tú y sacudes el árbol para que caigan las bellotas? Para el cerdo será más sencillo comerlas del suelo —propuso el caballero.

—¡Qué buena idea!, ¡No se me había ocurrido! —se entusiasmó el dueño del cerdo.

«Parece que he encontrado a un tipo más tonto que los tres de la bodega», pensó el caballero. Y siguió su camino hasta llegar a una posada, en la que decidió pasar la noche.

A la mañana siguiente lo despertó el ruido que hacía su compañero de cuarto al vestirse. Se había abotonado la camisa y había colgado los pantalones entre dos sillas, sujetándolos por las trabillas; y ahora corría por la habitación dando saltos, tratando de caer dentro de los pantalones. Lo intentó una vez y otra, pero, o no saltaba a suficiente altura, o no atinaba a caer dentro de los pantalones. Rendido, se sentó en la cama y se secó el sudor que le corría por la frente.

—Los pantalones son una gran prenda, no lo dudo —explicó con la respiración entrecortada—, pero es muy difícil ponérselos. Cada mañana me paso más de una hora tratando de meterme en ellos y cada mañana termino igual de acalorado y rendido. ¿Tú cómo te las arreglas para vestirte? —añadió digiriéndose al caballero.

Y el caballero le enseñó cómo debía ponerse los pantalones.

— ¡Vaya! —exclamó con asombro el hombre—, no se me había ocurrido que fuera así de fácil.

«Bien, he aquí otro gran tonto —pensó el caballero, mientras se sentaba a desayunar—. Parece que no va a ser tan difícil como pensaba encontrar a un tercero».

Era ya noche cerrada cuando llegó a un pequeño pueblo. Vio asombrado que todas las casas tenían las puertas abiertas de par en par, pero en su interior no había ni un alma. Todas estaban vacías.

Ya estaba acabando de recorrer el pueblo, cuando fuertes gritos y voces atrajeron su atención y se dirigió al lugar del que provenían y allí encontró a los habitantes de la aldea muy excitados. Estaban todos alrededor de un estanque, tratando de sacar algo de él; unos llevaban rastrillos, otros cazamoscas y otros más cañas de pescar.

— ¿Qué sucede? —preguntó el caballero.

—¿Pero es que acaso no lo ves? —gritaron extrañados—. La Luna se ha caído al estanque y tratamos de rescatarla para colgarla otra vez en el cielo. Pero por muchos esfuerzos que hacemos, no hay forma de sacarla del agua. ¡Todo es inútil!

El caballero, sin poder contener su asombro, les señaló el cielo, donde brillaba la Luna y les aclaró:

—La Luna no se ha caído; está en el cielo; lo que veis en el estanque, es solo su reflejo -Pero la gente del pueblo no lo creyó y lo echaron entre gritos y silbidos.

Después de esto, no tuvo otro remedio que cumplir la promesa que había hecho tiempo atrás. Regresó a casa de los granjeros, se casó con la hija y fueron muy felices. Con ella tuvo muchos hijos y cada hijo que les nació fue más tonto que el anterior.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Seis tontos” con la voz de Angie Bello Albelda

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