tortuga

Tranquila Tragaleguas, la tortuga cabezota

Ilustración: Alejandra Romero

Una hermosa mañana se encontraba la tortuga Tranquila Tragaleguas ante su pequeña y agradable madriguera tomando el sol y comiendo sosegadamente una hoja de llantén.

Por encima de ella, en las ramas de un vetusto olivo, estaba la paloma Sulaica Silvestre, que lustraba su brillante plumaje. En esto llegó volando el palomo Sebulón Silvestre, hizo varias reverencias y exclamó:

—¡Oh!, Sulaica, alegría de mi corazón, ¿te has enterado ya? El Gran Sultán de todos los animales, Leo Vigésimo-Octavo, va a celebrar su boda. Así que vayámonos juntos volando a su guarida, luz de mis ojos.

—¡Oh!, mi dueño y señor —zureó la paloma—, ¿es que estamos invitados?

—No te preocupes, estrella de mi vida —le contestó Sebulón Silvestre volviendo a hacer varias reverencias—, todos los animales, grandes y pequeños, viejos y jóvenes, gordos y delgados, mojados y secos, están invitados; así que nosotros también. Va a ser la fiesta más hermosa que jamás haya habido. Pero tenemos que darnos prisa, pues el camino hasta la guarida del león es muy largo y la fiesta es ya pronto.

Sulaica asintió y las dos palomas se alejaron volando.

Tranquila Tragaleguas, que lo había oído todo, se sumió en una meditación tan profunda que incluso se le olvidó terminar de desayunar.

«Si todos los animales, grandes y pequeños, viejos y jóvenes, gordos y delgados, mojados y secos, están invitados a la boda», se dijo a sí misma, «entonces yo también lo estaré. Así que, ¿por qué no voy a ir yo también a la fiesta más hermosa que jamás haya habido?».

Después de pasarse el día entero y toda la noche siguiente dándole vueltas, su decisión estaba tomada. Apenas se había levantado el sol se puso en marcha, paso a paso, despacito, sí, pero sin parar.

Cuando ya llevaba vagabundeando así casi todo el día, pasó junto a una zarza. Allí vivía la araña Fátima Fabricatelas en el centro de su magnífica tela.

—¡Eh, Tranquila Tragaleguas! —exclamó la araña—, ¿a dónde vas tan aprisa, si puede saberse?

—Buenas tardes, Fátima Fabricatelas —contestó la tortuga, y se detuvo a tomar aliento—. Como sabes, nuestro Gran Sultán, Leo Vigésimo-Octavo, ha invitado a su boda a todos los animales. Y por eso voy yo también allá.

Fátima Fabricatelas cruzó sus largas patas delanteras sobre su cabeza y comenzó a soltar tales risitas que toda su telaraña comenzó a temblar sensiblemente.

—¡Oh!, Tranquila —pudo balbucir al fin—, tú, la más lenta de los lentos…, ¿cómo quieres llegar jamás allá?

—Paso a paso —dijo Tranquila.
—¿Y te has parado a pensar —exclamó Fátima Fabricatelas— que la boda será ya dentro de catorce días?

Tranquila miró llena de confianza sus cortas y robustas patitas y contestó:

—Ya llegaré a tiempo.

—¡Tranquila! —le dijo la araña compasivamente—. ¡Tranquila Tragaleguas! Incluso para mí sería el camino demasiado largo y yo no solo tengo patas más ligeras, sino también el doble de ellas que tú. ¡Sé razonable! ¡Déjalo y vete a casa!

—Lo siento, pero no puede ser —le contestó amablemente la tortuga—; mi decisión está tomada.

—¡No hay peor sordo que el que no quiere oír! —dijo la araña y comenzó, enfadada, a tejer en su tela.

—Es verdad —respondió Tranquila—, así que adiós, Fátima Fabricatelas.

Y con eso se echó a andar lenta y pesadamente. La araña soltó una risita maliciosa y murmuró:

—No vayas a correr demasiado, que si no al final llegarás incluso demasiado pronto.

Pero Tranquila Tragaleguas siguió caminando por campos y pedregueras, por páramos y arboledas, bajo el sol y las estrellas.

Al pasar un día junto a una pequeña laguna hizo un alto para beber.

Sobre una hoja de hiedra se encontraba el caracol Bassam Baboso, que examinó a la tortuga con ojos desorbitados.

—¡Buenos días! —dijo Tranquila amablemente.

Transcurrió un buen rato hasta que el caracol se rehizo y pudo contestarle.

—¡Cielos! —balbució muy despacito—, ¡tú sí que corres! Le da a uno vueltas la cabeza solo de mirarte.

—Voy a la boda de nuestro Gran Sultán, Leo Vigésimo-Octavo —le explicó Tranquila.

Esta vez transcurrió aún más tiempo hasta que Bassam pudo reorganizar sus viscosos pensamientos y consiguió balbucear con gran esfuerzo:

—¡Caracoles, qué horror! ¡Si has ido en una dirección completamente equivocada!

Se puso a señalar con sus tentáculos confusamente a su alrededor:

—¡Allínoalládeallíoseaaquí…! ¡Aquínoahíaaláamíacánonorteallíallítúallí…! —y se enredó sin remedio en su difícil explicación.

—No importa —dijo Tranquila—, al menos ahora ya lo sé. ¿Hacia dónde, dijiste, debo ir?

El caracol estaba tan liado que se coló en su casa y no reapareció hasta pasada media hora.

Tranquila esperó pacientemente hasta que Bassam volvió a recuperar el habla.

—¡Cielos! —gimió el caracol—, ¡qué desgracia! Debías haber ido hacia el sur y no hacia el norte. Justo al revés tendrías que haber ido.

—Muchas gracias por la indicación —le contestó Tranquila, y se dio la vuelta poquito a poco en dirección contraria.

—Pero si la fiesta es ya pasado mañana —exclamó lloroso el caracol.

—Ya llegaré a tiempo —dijo Tranquila.

—¡Jamás! —sollozó el caracol, y miró con desconsuelo a la tortuga—. ¡Jamás de los jamases! Bueno, si desde el principio hubieses ido en la dirección correcta, puede. Pero ya está todo perdido. Todo fue inútil. ¡Caracoles, qué horror!

—Puedes sentarte sobre mi caparazón, si quieres venir conmigo —le invitó Tranquila.

Bassam Baboso bajó resignadamente los ojos.

—No vale la pena. Es tarde, demasiado tarde. Nunca llegaríamos.

—Claro que sí —dijo Tranquila—, paso a paso.

—Estoy tan triste —balbució el caracol—, ¡quédate conmigo y consuélame!

—Lo siento, pero no puede ser —dijo Tranquila amablemente—: mi decisión está tomada.

Y con esto volvió a ponerse en marcha, solo que en dirección contraria.

Bassam Baboso se quedó aún mucho tiempo mirándola con los ojos llenitos de lágrimas y haciéndole continuos ademanes de súplica con sus tentáculos.

La tortuga volvió a caminar durante muchos días en la otra dirección por campos y pedregueras, por páramos y arboledas, bajo el sol y las estrellas.

Finalmente se encontró con el lagarto Zacarías Zanguango, que estaba dormitando sobre una piedra soleada. Sus escamas verde esmeralda centelleaban lujosamente.

Al acercarse la tortuga, abrió un ojo, parpadeó y dijo adormilado:

—¡Alto! ¿Identidad? ¿Procedencia? ¿Destino?

—Me llamo Tranquila Tragaleguas —dijo la tortuga—, vengo del vetusto olivo y quiero ir a la guarida del león.

Zacarías Zanguango bostezó:

—Vaya, vaya, ¿y qué se le ha perdido a uno por allí?

—Voy a la boda de nuestro Gran Sultán, Leo Vigésimo-Octavo, pues él ha invitado a todos los animales, así que a mí también —le contestó Tranquila.

Entonces, Zacarías Zanguango, asombrado, abrió también su otro ojo y contempló aliviado a la tortuga.

—¿Y cómo se imagina un vulgar tragapolvo —gangueó al rato— que aún va a llegar allí?

—Paso a paso —dijo Tranquila.

Zacarías Zanguango se apoyó en los codos y tamborileó con los dedos.

—Vaya, vaya, ¿con tanta calma quiere uno ir a una boda que ya habría sido hace una semana?

—¿Es que no ha sido hace una semana? —preguntó Tranquila.

—No —contestó Zacarías Zanguango con desgana.

—Estupendo —dijo Tranquila satisfecha—, pues entonces aún llegaré a tiempo.

—¡Segurísimo que no! Como alto funcionario de la corte del león tengo el gusto de explicar: la boda queda provisionalmente aplazada. Leo Vigésimo-Octavo tuvo que marchar repentinamente a la guerra contra el tigre Sebulón Sableador. Así que puede uno volver de nuevo a casa con toda confianza.

—Lo siento, pero no puede ser —contestó Tranquila Tragaleguas—, mi decisión está tomada.

Y con esto dejó al lagarto tumbado a su izquierda, y siguió caminando lenta y pesadamente.

Zacarías Zanguango, sin embargo, se quedó absorto mirando hacia adelante, murmurando una y otra vez:

—Uno se pregunta realmente si… desde luego, uno se pregunta realmente si…

La tortuga volvió a caminar durante muchos días por campos y pedregueras, por páramos y arboledas, bajo el sol y las estrellas.

Al atravesar un desierto pedregoso, se encontró con un grupo de cuervos que estaban acurrucados sobre un árbol seco y que parecían sumidos en sombrías reflexiones. Tranquila Tragaleguas se detuvo para preguntar por el camino.

—¡Hachís! —graznó uno de los cuervos antes de que ella hubiese dicho nada.

—¡Salud! —exclamó Tranquila amablemente.

—No he estornudado —gruñó malhumorado el cuervo—, solo me he presentado. Soy el sabio Hachís Halef Habacuc.

—¡Oh, perdón! —dijo ella—, yo me llamo Tranquila Tragaleguas y solo soy una tortuga normal y corriente. ¿Puedes, por favor, decirme sabio Habacuc, si por aquí se va a la guarida de nuestro Gran Sultán, Leo Vigésimo-Octavo? Es que estoy invitada a su boda.

Los cuervos se lanzaron unos a otros significativas miradas y soltaron unas tosecillas.

—Bien podría decírtelo —explicó Habacuc y se rascó la cabeza con la garra—, pero ya no te serviría de nada. Pues el dónde está ahora nuestro Gran Sultán no podemos alcanzarlo ni siquiera nosotros los sabios. Y tú, pobre e ignorante animal que se arrastra, ¿cómo podrías encontrarlo nunca con tus pocas luces?

—Paso a paso —dijo Tranquila.

Los cuervos volvieron a intercambiar significativas miradas y soltaron unas tosecillas.

—¡Oh, ciega criatura! —graznó solemnemente Habacuc—, aquello de lo que hablas, hace tiempo que pasó. Y el pasado nadie puede recuperarlo.

—Ya llegaré a tiempo —dijo Tranquila llena de confianza.

—¡Imposible! —le contestó Habacuc con voz sepulcral—, ¿no ves que estamos de luto? Hace pocos días hemos enterrado a nuestro Gran Sultán, Leo Vigésimo-Octavo. Fue herido tan gravemente en la lucha contra el tigre Sebulón Sableador, que murió sin remedio.

—Ah —dijo tranquila—, pues de veras que lo siento.

—Así que vuelve a casa —le aconsejó Habacuc—, o quédate aquí y llora con nosotros.

—Lo siento, pero no puede ser —contestó Tranquila amablemente—; mi decisión está tomada.

Y con eso volvió a ponerse en camino.

Los cuervos se quedaron mirándola con reproche, luego juntaron sus cabezas y graznaron:

—¡Qué persona más obstinadas! Quiere ir realmente a la boda de alguien que hace tiempo que ha muerto.

Tranquila Tragaleguas volvió a caminar lenta y pesadamente durante muchos días por campos y pedregueras, por páramos y arboledas, bajo el sol y las estrellas.

Y por último llegó a un bosque lleno de árboles en flor. En el centro del bosque había un gran prado cuajadito de flores. Y en ese prado estaban reunidos muchos animales, grandes y pequeños, viejos y jóvenes, gordos y delgados, mojados y secos, todos muy contentos y en alegre espera.

—Ah, por favor —preguntó Tranquila Tragaleguas a un pequeño tití que brincaba junto a ella y tocaba las palmas—, ¿por dónde se va a la guarida de nuestro Gran Sultán?

—¡Pero si ya estás ante ella! —exclamó el monito (que dicho sea de paso se llamaba Yussuf Yomerrasco, pero esto ya no tiene aquí importancia)—. ¡Ahí enfrente está la entrada!

—¿Y es esta, quizá —preguntó discretamente Tranquila Tragaleguas—, la boda de nuestro Gran Sultán, Leo Vigésimo-Octavo?

—¡Qué va! —exclamó el monito—. ¡Realmente debes venir de muy lejos! ¡Sí, hoy celebra su boda, como todo el mundo sabe, nuestro nuevo Gran Sultán, Leo Vigésimo-Noveno!

En este momento apareció a la entrada de la guarida un magnífico y joven león con una majestuosa melena que brillaba como el sol. Y junto a él estaba una hermosa y joven leona.

Y todos los animales gritaron: «¡Viva!» y «¡Vivan los novios!», y luego se bailó y se jugó y se comió en abundancia y se cantó hasta altas horas de la madrugada. Y las luciérnagas alumbraron y los ruiseñores y los grillos se encargaron de la música. En una palabra, fue realmente la fiesta más hermosa que jamás haya habido.

Y entre los invitados estaba Tranquila Tragaleguas, un poco soñolienta, eso sí, pero muy feliz, y manifestó:

—Ya lo dije yo siempre, que llegaría a tiempo.

FIN

La astucia de la tortuga

Ilustración: TehChan

El elefante y el hipopótamo eran muy bueno amigos y siempre comían juntos. Como eran tan grandes, comían mucho y para el resto de animales quedaba poco. Pero aún quedaba menos para la pobre tortuga, tan lenta ella, que como llegaba siempre la última,  siempre andaba con el estómago medio vacío.

Y como dicen que el hambre aviva el ingenio, la tortuga ideó un plan para proveer su despensa durante una larga temporada.

Una noche, mientas el elefante y el hipopótamo se daban el gran banquete, la tortuga se acercó a ellos:

—Feliz cena, amigos, ¿qué tal? —saludó—. En verdad sois una pareja grande y fuerte, aunque ninguno de vosotros dos es tan fuerte como yo. Me apuesto algo, a que ni el uno ni el otro es capaz de sacarme del agua tirando de esta cuerda. ¡Me apuesto cien kilos de hierba fresca!

El elefante, al ver lo pequeña que era la tortuga, no tuvo ni la más mínima duda:

—Muy bien, acepto tu apuesta y la subo. Si no soy capaz de sacarte del agua, no te daré cien kilos de hierba, ¡te daré quinientos!

Así pues, se despidieron y a la mañana siguiente se encontraron en el río tal y como habían acordado. La tortuga ató la cuerda alrededor de su pata y se sumergió en las aguas del río mientras el elefante la observaba, sujetando con su trompa el otro extremo de la cuerda.

Ya dentro del agua, y como la tortuga conocía a la perfección aquel lugar, se sumergió hasta el fondo y, rápidamente, desató la cuerda de su pata y la ató con fuerza a una enorme roca que había en el lecho del río y permaneció sumergida a la espera.

No tardó el elefante en tirar de la cuerda. Primero con suavidad, después con todas sus fuerzas y durante mucho rato. Cuando el exhausto elefante estaba a punto de rendirse, ¡chas!, la cuerda se rompió. La tortuga, que esperaba aquel momento, desató la cuerda, la volvió a anudar alrededor de su pata y se dirigió a la superficie sin mostrar ningún signo de cansancio. Arriba, todos pudieron comprobar que el elefante había sido incapaz de vencer a su pequeña contrincante, así que al paquidermo no le quedó más remedio que pagar el precio acordado en la apuesta.

Feliz marchó la tortuga a su casa y el elefante tras ella con toda la carga de hierba.

Pasaron algunos meses y la despensa de la pequeña tortuga volvió a vaciarse, así que pensó en utilizar el mismo truco para obtener más provisiones, está vez, engañando al hipopótamo.

El hipopótamo estuvo de acuerdo, pero recordando lo que había ocurrido meses antes con su amigo el elefante, le dijo a la tortuga:

—Acepto tu apuesta, pero esta vez seré yo el que me quede en el agua tirando de la cuerda mientras tú permaneces en tierra. Y como estoy seguro de mi fuerza, en lugar de quinientos kilos de hierba fresca, te daré mil si logras ganarme.

La tortuga aceptó el trato.

A la mañana siguiente, la tortuga ató una soga nueva alrededor de su pata y corrió hacia las altas hierbas que rodeaban el río. Mientras, el hipopótamo sujetó el otro extremo con su enorme bocaza y se sumergió con parsimonia en el agua.

Tan pronto como la tortuga estuvo fuera del alcance de las miradas de los testigos curiosos, desató la cuerda de su pata y la anudó alrededor del tronco de un gigantesco árbol.

Cuando el hipopótamo empezó a tirar de la soga, esta permaneció firmemente atada y por más que tiró y volvió a tirar de ella, el hipopótamo no pudo hacer nada.

Cansado y jadeante, se rindió. Salió del río echando agua por la nariz. En cuanto la tortuga oyó sus jadeos, desató la cuerda, la anudó a su pata y salió de entre los matorrales.

El hipopótamo tuvo que admitir que la tortuga era más fuerte que él y pagar la deuda.

Tanto el elefante como el hipopótamo estuvieron de acuerdo en que era mejor tener a la tortuga como amiga que como enemiga, ya que era el animal más fuerte de aquel lugar y así se lo dijeron.

—De acuerdo —aceptó la tortuga—. Seré vuestra amiga y viviré cerca para poder protegeros y vosotros, a cambio, llenaréis mi despensa. Pero como me será un poco difícil atenderos a los dos a la vez, he decidido que mientras yo protejo al hipopótamo en e l agua, una de mis hijas hará lo propio con el elefante en tierra.

Es por este motivo que, desde ese día, existen las tortugas de tierra y las tortugas de agua. Y si os fijáis, las últimas son mucho más grandes, pues la sabia tortuga de esta historia eligió el agua porque, aunque veces en la tierra la comida escasea, siempre es posible pescar algún que otro pez.

FIN

La tortuga cantora

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Ilustración: SethFitts

Cuando los humanos aún comprendían el lenguaje de la naturaleza, vivió, en una remota aldea del centro de África, un gran cazador.

Cierto día, yendo tras las huellas de un león, se alejó más que de costumbre y se adentró en las profundidades de un espeso bosque, en un paraje en el que jamás antes había estado.

Miraba a su alrededor intentando ubicarse, cuando, de pronto, se quedó petrificado al oír una melodiosa voz que cantaba:

—El hombre es quien se obliga a las cosas. No son las cosas las que lo obligan a él.

El sosegado canto, acompañado por las suaves notas de un violín, dejó al cazador tan ensimismado, que se olvidó por completo del león y en su corazón sintió una gran paz.

Cuando la música se terminó, lleno de curiosidad, empezó a buscar entre los arbustos.

Intentaba orientarse por algún ruido, como solía hacer cuando cazaba. Le había parecido que aquella dulce tonada provenía de la derecha y allí se dirigió, para descubrir con asombro, al apartar una mata, que la intérprete era una tortuga gigante, que lo miraba con tranquilidad:

—Te deseo buenos días, cazador.

El hombre no salía de su asombro. Nunca en su vida había presenciado algo tan maravilloso.

Tal fue el efecto que provocó sobre él aquel encuentro que, sin poder resistirse, recorría cada día el largo camino desde su casa hasta el lejano bosque para escuchar la melodía de la criatura mágica.

Tras muchos días y muchos ruegos, consiguió que la tortuga cantora accediera a marcharse con él para vivir juntos en su choza. De este modo, no tendría que desplazarse a diario tan lejos para poder oír su canto.

Sin embargo, la tortuga puso una condición para emprender el camino. Le advirtió que únicamente cantaría para él y que nunca, nunca, bajo ningún concepto, debía pedirle que interpretara su canción en presencia de otros humanos. El cazador estuvo de acuerdo y prometió que respetaría el acuerdo.

Durante una larga temporada vivieron juntos y la tortuga entonaba su canto para él, tal y como le había prometido. Pero llegó un día en el que el cazador, no contento con escuchar a solas la maravillosa canción, empezó a imaginar lo mucho que podría presumir ante el mundo de aquel don mágico que el animal poseía y de los beneficios que aquel arte único le podía reportar.

Decidió, entonces, contar su secreto a una persona, y esa persona se lo contó a otra, y esa otra a otra y a otra más. Hasta que, finalmente, el secreto, que ya no era secreto, llegó a oídos del jefe de la tribu, el cual ordenó al cazador que se presentara ante él para oír, directamente de sus labios, aquella increíble historia.

Él cazador le describió con todo lujo de detalles cómo era la tortuga, cuál era el tono de aquella voz que enamoraba, e incluso se atrevió a tararear la canción que entonaba, pero ni el jefe ni nadie en el pueblo creyeron lo que les contaba. Se burlaban del que, en otro tiempo, había sido el mejor cazador del poblado y que ahora, decían, era solo un loco.

Tanto se mofaron, tanto porfiaron, que el cazador acabó por decir indignado:

—Os demostraré que no estoy loco. Mañana vendré acompañado de la tortuga y vosotros mismos comprobaréis que todo lo que cuento es cierto. Ya veremos quién ríe entonces. Si os he mentido, si no es cierto lo que cuento, me marcharé para siempre de aquí y nunca me volveréis a ver.

—De acuerdo —le contestaron—. Te damos todo el día de mañana, desde la salida hasta la puesta del sol, para demostrarnos que dices la verdad. Si es cierto que tu tortuga canta, podrás pedirnos lo que quieras.

El cazador regresó a su casa, contento del modo en que se habían desarrollado los acontecimientos y feliz, porque les daría una lección a todos por no haber creído sus palabras.

Cuando el primer rayo de sol entró por la ventana de la choza, se levantó y puso rumbo al lugar en el que se celebraban las asambleas del poblado. Junto a él, despacio, caminaba la tortuga.

El pueblo al completo lo esperaba para escuchar el milagro.

El cazador pidió a la tortuga que cantara, pero ella permaneció impávida, mirando hacia delante, como si no hubiera oído nada.

Una y otra vez, el cazador solicitó, ordenó, imploró y suplicó de mil formas distintas que interpretase su canción, pero fueron pasando los minutos, que se convirtieron en horas, sin que la tortuga se moviera. Permanecía muda; con la vista clavada al frente.

Primero avergonzado y después temeroso, el cazador seguía intentando, por todos los medios, convencerla, pero de nada sirvieron ruegos o amenazas. Todo fue en vano.

Con el último rayo de sol, el humillado cazador recogió todas sus pertenencias y se marchó para siempre del poblado. Entre burlas, se alejó río abajo con su canoa y nunca más se volvió a saber de él.

Justo en el momento en que ya solo era un puntito en la lejanía, para sorpresa de los habitantes de la aldea, la tortuga cantó:

Se miraron unos a otros y uno de ellos dijo con voz triste:

—Era verdad. Pero por culpa de la tortuga, que no ha cantado y por nuestra culpa, por no creer lo que decía, se ha tenido que marchar. Ahora nunca lo volveremos a ver.

—Él se lo ha buscado —aclaró la tortuga—. Yo vivía tranquilamente en el bosque, pero insistió tanto, que accedí a venir aquí con él. Solo puse una condición: que guardara mi secreto y que no me pidiera jamás que cantara ante otros. Si hubiera cumplido su palabra, no habría pasado nada.

Dicho esto, la tortuga se puso en marcha y se alejó del pueblo entonando su canción:

—El hombre es quien se obliga a las cosas. No son las cosas las que lo obligan a él.

FIN

La tortuga, el conejo y el pingüino

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Ilustración: Linda Weller

Una tarde de un caluroso día de verano, estaban sentados en la playa de una isla una tortuga gigante, un conejo y un pingüino.

En el extremo opuesto de la isla había un faro.

—¡Hagamos una carrera hasta el faro! —propuso el conejo.

—Podemos intentarlo —contestó el pingüino.

—Una tortuga, un conejo… ¡y además un pingüino! Sería casi como en la fábula de Esopo —dijo la tortuga.

Y después, se puso a contar:

—¡Uno! ¡Dos! ¡Tres!… ¡Ya!

El conejo empezó a correr. El pingüino salió tras él y la tortuga se arrastró como una oruga; despacio, pero sin pausa.

Así marcharon hasta legar a un gran estanque.

Al llegar allí, el conejo y la tortuga no sabían cómo cruzar. Si daban un rodeo tardarían mucho rato.

Entonces, el pingüino, decidió ayudar a sus amigos. Le dijo a la tortuga que se agarrara de su cola y así no se hundiría en el agua. Después, el conejo subió sobre el caparazón de la tortuga y el pingüino empezó a nadar en línea recta para atravesar el lago, manteniendo la cabeza bien tiesa fuera del agua, como si fuera un pato.

Al llegar a la orilla, los amigos se miraron entre sí y, aunque pensaron que aquella travesía no podía considerarse una competición, decidieron que había sido muy bonito ayudar a un amigo.

Después, decidieron reemprender la carrera hasta el faro.

Poco después, se toparon con una pared muy alta que se interponía en su camino.

La tortuga y el pingüino no podían, ni en sueños, saltar por encima de ella, así que el conejo decidió ayudar a sus rivales.

Se apoyó sobre las patas traseras y extendió, tanto como pudo, su cuerpo contra la pared. De este modo, apoyándose en él, el pingüino y la tortuga pudieron trepar, con mucho cuidado, sobre su espalda como si fuera una rampa.

Cuando los dos estuvieron sobre el muro, el conejo dio un gran salto y pasó al otro lado. Volvió a apoyarse contra el muro y la tortuga y el pingüino descendieron tal y como habían subido.

Los tres amigos se estrecharon las manos y reemprendieron su carrera hacia el faro.

Sin embargo, un nuevo obstáculo apareció ante ellos. Unos espesos matorrales de arbustos espinosos se interponían en su camino.

El pingüino y el conejo no se atrevían a acercarse a las plantas para no pincharse. Entonces, la tortuga decidió ayudarlos.

Sin miedo, se internó en la espesura y con su fuerte mandíbula comenzó a cortar las ramas de los arbustos y fue abriendo un estrecho camino para que sus compañeros pudieran pasar. Después, volvió sobre sus pasos y con su cuerpo, como si fuera un pequeño tractor, fue aplastando las hierbas que quedaban para que la liebre y el pingüino pudieran seguir tras sus pasos sin hacerse daño.

Al llegar al otro lado de la espesa zarza, el pingüino, el conejo y la tortuga se abrazaron.

De nuevo juntos, reemprendieron andando su carrera hacia el faro, y se iban esperando unos a otros, hasta que fueron llegando a la meta. Se pararon antes de atravesar la línea. El primero que habló fue el conejo:

—Después de ti —le dijo a la tortuga.

—Tú primero —repuso esta, mirando al pingüino.

—Pasa tú antes —sugirió él.

Cruzaron a la vez la línea de meta y se dirigieron juntos hacia el faro mientras pensaban que no siempre es el más rápido el que gana, ni siquiera el más lento y más constante, sino que había sido la ayuda mutua lo que había permitido a los tres triunfar en aquella carrera.

FIN

Tres tristes tortugas

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Ilustración: faboarts

Por si no lo sabías, las tortugas viven doscientos años y aunque parezca una eternidad, eso no es vivir para siempre, porque un día mueren.

Todos los seres de la tierra que respiramos llega un día en el que gastamos toda la vida que trajimos al nacer y entonces desaparecemos.

Es como si en nuestro interior, una pila repleta de energía, como la que les ponemos a los muñecos para que funcionen, se terminara. Cuando ocurre eso, tanto los muñecos como nosotros nos quedamos inmóviles. La diferencia es que a los muñecos les podemos cambiar la pila para que sigan funcionando, pero a los seres vivos no, porque no existe pila de recambio. Así que cuando la pila se agota, desaparecemos.

Sí, incluso las tortugas. Sí, incluso nosotros. Yo, que te cuento este cuento desapareceré. Y tú, que me estás escuchando, también. Todos. Absolutamente todos, sin excepción, morimos.

Morir es una palabra que a mucha gente no le gusta y por eso evita pronunciarla. Aunque en realidad, nadie sabe a ciencia cierta qué significa.

Morirse no es como ir a la Luna o a la selva, que aunque están muy lejos hay quien ha vuelto para contar lo que allí ha visto. No, los que se mueren no regresan, así que nadie sabe adónde van. Y es aquí donde empieza este gran misterio sin solución que tres tristes tortugas intentaron una vez resolver.

Estas tres tortugas eran miembros de una misma familia: padre, madre e hija. Vivían felices y contentas en la ladera de una montaña que siempre estaba verde y sus días trascurrían en apacible armonía. Se levantaban muy temprano y salían juntas en busca de las hojas más jugosas para desayunar, que tiernas y apetitosas, todavía húmedas de rocío, encontraban en los pastizales.

Cada martes, sin excepción, después de tomar su desayuno, cruzaban en fila india el pequeño arroyo que había detrás de su casa. Atravesaban la corriente por un camino hecho con piedras que conducía a la otra orilla y, desde allí, se dirigían hacia un bosquecillo cercano en el que vivían los abuelos tortuga.

Las tres tortugas pasaban el día contando a los abuelos todo lo que habían hecho durante la semana, tomaban el sol y mascaban las amapolas que la abuela había preparado, con esmero, especialmente para ellos.

Cuando el sol estaba a punto de ponerse, emprendían el camino de regreso para no atravesar el río de noche. El abuelo siempre les decía que era muy peligroso y cada martes les repetía la misma historia, la de aquella tortuga temeraria que fue arrastrada por las aguas.

Transcurrió mucho tiempo sin que nada alterara la plácida vida de las tortugas, hasta que un martes, al llegar a casa de los abuelos, las amapolas de la abuela no los estaban esperando y tampoco oyeron los consejos del abuelo.

Puedes leer el resto del cuento en nuestro libro.
Adquiérelo en la tienda de Isla Imaginada.

 

FIN

La liebre y la tortuga

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Ilustración: Fabulandia

Mientras la tortuga mordisqueaba con parsimonia las hojas de los pastos tiernos y se calentaba al sol, su vecina, la liebre, no se estaba quieta ni un minuto. Recorría sin parar el verde prado. Le parecía mentira que alguien pudiera pasar la vida tranquilamente en un solo lugar.

Un día, después de haber saltado y brincado durante toda la mañana, se acercó a la tortuga y le dijo en tono sarcástico:

—¿No querrías dar un paseíto conmigo, querida vecina?

—¿Contigo?, ¿corriendo como una desesperada? ¡No, gracias! ¡Ni pensarlo! Cuando me apetece pasear, lo hago con calma y disfruto del paisaje.

—Con razón empleas tantas horas en recorrer la distancia que yo cubro en cuatro saltos.

—¿Y qué necesidad hay de correr tanto? Pasito a pasito también se llega.

—¡Excusas! ¡Eso lo decís todos los que sois lentos!

—¿Quieres convencerte de que despacio también se llega? ¿Quieres echar una carrera conmigo?

La liebre se quedó muy sorprendida por el desafío de la tortuga, pero enseguida se puso a reír a carcajadas. En ningún momento pensó que la propuesta fuera en serio, pero la aceptó para divertirse un rato.

El reto de la tortuga llegó a oídos del resto de animales, que se congregaron alrededor de las dos vecinas para presenciar la carrera. Se fijó el recorrido y clavaron una bandera para marcar la meta. Cuando todo estuvo listo, comenzó la competición entre fuertes aplausos.

La tortuga empezó a andar lentamente pero la liebre, que confiaba en su velocidad, se quedó atrás conversando con el resto de animales. Les decía que tenía todo el tiempo del mundo, porque era la más veloz y la carrera ya estaba ganada.

Después de un buen rato, empezó a correr. Corría tan veloz como el viento y no tardó en alcanzar a la tortuga, que iba muy despacito, aunque sin parar. Al pasar por su lado le dijo riendo:

—¡Adiós, lenta!

Como la liebre había adelantado muchísimo, se detuvo junto al camino a descansar y cuando la tortuga pasó por su lado se burló de ella una vez más:

—¡No corras tanto, que te harás daño!

Volvió a dejar que se adelantara y, de nuevo, emprendió su veloz marcha para darle alcance.

Varias veces se repitió la misma escena pero, a pesar de las burlas, la tortuga seguía su camino sin hacer caso y sin detenerse.

Era la hora de la siesta y un sol abrasador calcinaba la tierra, así que la liebre se dijo:

—Hace demasiado calor ahora y la tortuga solo habrá recorrido la mitad del camino, me pararé a descansar. Dentro de un rato, cuando el sol haya bajado un poco, empezaré a correr. La alcanzaré enseguida.

Se tumbó bajo un árbol y ahí se quedó dormida.

Entre tanto, pasito a pasito, la tortuga siguió adelante, sin abandonar su camino en ningún momento.

Pasaron las horas y el sol se puso. La liebre se despertó y echó a andar. Al principio avanzó a saltitos cortos, pero al no ver a la tortuga apresuró el paso.

—Es imposible que esa lenta haya avanzado tanto. ¿O es que se habrá arrepentido del desafío y ha abandonado la carrera?

A medida que su duda aumentaba, la liebre aceleraba su paso, hasta que llegó a la meta sudorosa y con la lengua fuera. Miró a su alrededor y exclamó:

—Lo que yo decía. Se ha rendido. Ha comprendido que yo soy la mejor y que a mí no hay quien me gane.

Dicho esto, se sentó sobre una piedra a descansar. De pronto, la piedra se movió y empezó a hablar:

—¡Eh, liebre, ¿por qué te has sentado sobre mi caparazón?

Era la alegre voz de la tortuga. Hacía ya un buen rato que había llegado a la meta.

FIN

Lily, la rana

Ilustración: Katnay

Lily la rana estaba sentada sobre su vieja seta y se aburría mucho. Pensaba en mudarse pero, de momento, no se le ocurría nada mejor que su seta.

Un día, pasó junto a ella una tortuga muy grande y Lily vio una fantástica oportunidad para hacer turismo, así que saltó sobre la espalda de la tortuga. Durante el viaje vio muchas cosas nuevas. Vio una enorme flor roja, un gran árbol y muchos animales diferentes. Vio una ardilla que trepaba a un árbol.

—Desde allí tendría una hermosa vista del paisaje –pensó.

Pero bajar cada día y volver a subir otra vez sería muy pesado, así que decidió que una casa en un árbol no era adecuada para ella.

También vio una oruga encantadora que se asomaba de la tierra. El agujero de la oruga se veía agradable, y no era necesario trepar a él, pero era demasiado estrecho.

—No podría entrar ahí dentro -decidió.

No muy lejos, vio a un grupo de conejos jugando junto a sus madrigueras.

—Sí, este lugar es amplio y muy cómoda la entrada —se dijo a sí misma.

Pero estaba preocupada por sus vecinos. De hecho a ella le gustaba recibir visitas, pero vivir con los conejos… ¡No!, eso no era para ella.

Hacia el mediodía, la tortuga llegó a un gran estanque. En el centro del estanque, Lily pudo ver muchos nenúfares de grandes hojas.

— ¡Ay!, este sí es un lugar bonito para vivir —se dijo—. Si pudiera llegar a una de esas hojas.

Vio un gran pez que nadaba cerca de la orilla, pero parecía que la miraba con mucha hambre.

—Tal vez solo me lo parezca a mí, pero… ¡puede que le guste comer ancas de rana!

Cuando la tortuga se acercó al estanque, Lily saltó a tierra y empezó a buscar la forma de acercarse a las hojas de los nenúfares. De repente, vio una gran serpiente que se acercaba a un nido de pájaros en el que había unos polluelos.

—¡Tengo que ayudarlos! —pensó—. Pero, ¿cómo lo hago?

Entonces, vio que del árbol que había sobre el nido pendía un gran melocotón.

—Si pudiera llegar a él lo lanzaría sobre la serpiente —pensó.

Saltó rápidamente hacia el árbol y empezó a subir. Cuando llegó a la rama, vio que el melocotón estaba exactamente sobre la cabeza de la serpiente. Sacudió la rama y el melocotón cayó.

La serpiente huyó aterrorizada (a las serpientes no les gustan los melocotones volando sobre sus cabezas). Pero junto con el melocotón cayó también Lily del árbol. Y fue increíble, pero la rama voló y fue a caer en medio del estanque.

De repente, se encontró sentada en la gran hoja verde de un nenúfar.

—Este sí es un lugar bonito —pensó Lily—. Esta será ahora mi nueva casa.

FIN