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Los tres hermanos

Ilustración: PHOEBELIN001

Érase una vez un hombre que tenía tres hijos y por toda fortuna, la casa en que habitaban. A cada uno de los tres le hubiera gustado heredarla, mas el padre los quería a todos por igual y no sabía cómo arreglárselas para dejar contentos a los tres. Tampoco estaba dispuesto a vender la casa, pues había pertenecido a sus bisabuelos. De no haber sido así, la habría transformado en dinero para repartido entre sus tres herederos. Se le ocurrió, al fin, una solución:

—Hijos míos, salid a recorrer el mundo y aprended un oficio. Cuando regreséis, entregaré la casa a quien demuestre mayor habilidad en su arte.

Les pareció bien a los hijos la decisión del padre y después de pensarlo, el mayor resolvió aprender la profesión de herrador; el segundo quiso hacerse barbero, y la última, profesora de esgrima. Luego calcularon el tiempo que tardarían en volver a su casa y partieron, cada uno por su lado.

Tuvieron la suerte de encontrar buenos maestros y los tres se convirtieron en excelentes oficiales.

El herrador, cuando llegó a herrar los caballos del Rey, pensó: «Ya no cabe duda de que la casa será para mí».

El barbero tenía entre su clientela a los más distinguidos personajes, y estaba también seguro de ser el heredero.

En cuanto a la profesora de esgrima, hubo de encajar más de una estocada, pero apretó los dientes y no se desanimó, pensando: «Si temo a las cuchilladas, me quedaré sin casa».

Transcurrido el tiempo acordado, volvieron a reunirse los tres con su padre. Pero no sabían cómo mostrar sus habilidades. Mientras estaban deliberando sobre el caso, vieron una liebre que corría a campo traviesa.

—¡Mirad! —dijo el barbero—. Esta liebre nos viene como pintada.

Y tomando la bacía y el jabón, preparó bien la espuma. Cuando el animal llegó a su altura, lo enjabonó y afeitó en plena carrera, dejándole un bigotito muy coquetón. Y todo eso, sin hacerle ni el más mínimo rasguño en la piel.

—¡Me ha gustado! —dijo el padre—; si tus hermanos no se esmeran mucho, tuya será la casa.

Al poco rato, llegó un señor montado en un caballo a galope tendido.

—Padre, ahora veréis de lo que soy capaz yo —dijo el herrador. Y sin detener la veloz carrera del rocín, le arrancó las cuatro herraduras sin hacerle daño alguno y le colocó otras nuevas.

—¡Muy bien! —exclamó el padre—. Estás a la altura de tu hermano. No sé a quién de vosotros dos voy a dejar la casa.

Dijo entonces la tercera:

—Padre, esperad a que yo os muestre mis habilidades.

En esto empezó a llover, y la muchacha, desenvainando dos espadas que llevaba consigo, se puso a esgrimirlas sobre la cabeza con tal agilidad, que no le cayó encima ni una sola gota de agua. La lluvia fue arreciando hasta caer a cántaros; pero ella, con velocidad siempre creciente, consiguió quedar tan seca como si se encontrase bajo techado.

El padre, no pudo por menos de exclamar:

—Debo reconocer que te llevas la palma; ¡tuya es la casa!

Los otros dos hermanos se conformaron con la sentencia, como habían acordado de antemano. Sin embargo, los tres se querían tanto, que decidieron seguir viviendo juntos bajo el mismo techo practicando cada cual su oficio; y como eran tan buenos maestros, ganaron mucho dinero. Y así vivieron: unidos hasta la vejez.

Cuando el primero enfermó y murió, tuvieron tanta pena los otros dos, que enfermaron a su vez y no tardaron en seguir al mayor a la tumba. Y como habían sido tan hábiles artífices y se habían querido tan entrañablemente, fueron enterrados juntos en una misma sepultura.

FIN

La Luna perezosa

Ilustración: Mikyla Meyer

Hace muchos, muchísimos años, el día estaba repartido en dos mitades iguales. Durante doce horas el Sol alumbraba toda la Tierra y las otras doce era la Luna la que iluminaba tenuemente el mundo.

Todo era armonía entre los animales; durante el día, cazaban y se alimentaban, jugaban, cuidaban de sus cachorros y recorrían sus territorios sin miedo a perderse porque la luz del Sol los acompañaba. Durante la noche, se refugiaban en nidos y cuevas y echaban un buen sueñecito, hasta que la Luna se escondía y salía de nuevo el Sol.

Pero ocurrió que un día, al caer la tarde, los animales de bosques y selvas, asombrados, no dejaban de mirar el cielo esperando ver la luz blanca de la Luna que tardaba en salir. Aguardaron durante horas, sin atrever a moverse, pues la oscuridad era total. Tan solo los animales nocturnos, como búhos y lechuzas, podían andar de aquí para allá.

Todos se preguntaban:

—¿Dónde está la Luna? ¿Por qué no se ve?

Pero nadie sabía qué contestar.

Por suerte, al cabo de doce horas de la más completa oscuridad, el Sol volvió a brillar y todos los seres que habitaban la Tierra respiraron aliviados, aunque esperaban impacientes la noche para ver qué pasaría.

Por desgracia, ni esa noche ni las tres siguientes volvieron a ver la Luna.

¡Pobres animales! Estaban desesperados. Pasaban las noches en completa oscuridad resguardados en sus casitas. Si tenían sed, no salían a beber hasta la mañana, pues podían perderse camino al río o a las lagunas. Los cachorros lloraban pues les daba miedo tanta negritud y hasta los animales nocturnos andaban despistados, pues también echaban de menos el brillo de la Luna.

Así que al quinto día, elefantes y leones decidieron enviar pájaros de todos los tamaños y loros pequeños y grandes a recorrer la Tierra para dar aviso de que se iba a celebrar una Asamblea a la que era importantísimo que acudieran representantes de todas las especies animales para discutir qué podían hacer; si es que podían hacer algo, ¡claro está!

Respondieron a la llamada miles de animales y después de discusiones y diversos pareceres se acordó, por mayoría, que lo principal era averiguar dónde se escondía la Luna para preguntarle por qué ya no aparecía por las noches. El problema era: ¿quién podría subir tan alto como para hablar con la Luna?

En un principio, se pensó en las aves, pero se desechó la idea, pues en el momento en que se pararan a preguntar a la Luna podían caer si dejaban de volar.

Descartados también los animales marinos, se pensó en las jirafas, que son los animales más altos de la tierra, pero por mucho que las más grandes estiraron el cuello no llegaron más que a alcanzar alguna nubecilla.

Fue un pequeño grillo quien dio con la solución

—¡Amigos, compañeros! ¡Escuchad! —Así sonó su voz aguda y chirriante y todos callaron para oír lo que tenía que decir—. ¡Creo que ya lo tengo! Puesto que las jirafas solas no alcanzarán nunca la altura suficiente, propongo que hagamos una torre entre todos, unos encima de otros. Yo mismo me ofrezco como voluntario para ser el portavoz y subir a lo más alto para parlamentar con la Luna.

Era una idea loca, pero como a nadie se le ocurría otra alternativa decidieron que por probar no perdían nada. Acordaron que en cuanto el Sol se escondiera se pondrían a la tarea de hacer la torre animal más alta que nunca se hubiera hecho. El lugar elegido fue una playa para que así miles de peces linterna y medusas cristal, además de millones de luciérnagas, iluminaran la gran torre.

Por supuesto, en la base de la torre se afianzaron cuatro elefantes, que con sus patas clavadas en la arena formaban el mejor de los pilares. A sus lomos, se auparon cuatro osos y después siguieron leones, caballos, camellos y jirafas que elevaron considerablemente la altura. A la cabeza de las jirafas treparon cuatro cabras, seguidas de cuatro cigüeñas que llevaron en sus picos a cuatro canguros que, a su vez, transportaban en sus bolsas a cuatro monos, muy acostumbrados a las alturas. Finalmente, llegó trepando nuestro amigo el grillo.

¡La escena era magnífica! Tan inusual era, que la Luna desaparecida, muerta de curiosidad y un tanto aburrida, salió un momento de detrás de la gran nube negra donde se escondía para observar y el grillo, listillo, desde lo alto de la torre, comenzó a vocear:

—¡Ehhhhh! ¡Señora Luna! ¡Señora Luna! ¿Se encuentra usted bien? ¡Mire que aquí abajo estamos todos muy preocupados!

La Luna, con su voz dulce le contestó:

—Estoy perfectamente. Ahora que no tengo que trabajar todas las noches, puedo dormir cuanto se me antoja ¡No sabéis lo cansado que es tener que pasarse la noche brillando!

El grillo no se achicó:

—Pero, Señora Luna, ¡nosotros la necesitamos! No sabe el caos en que se ha convertido el mundo desde que no sale para darnos su luz. Ningún animal se atreve a salir de noche, algunos lo intentaron y hubo osos que, confundiéndose de guarida, acabaron en la de los leones; conejos que tropezaron con lobos en los caminos; hormigas que equivocaron sus caminos y terminaron en gallineros y abejas en nidos de golondrinas. Le rogamos que, por favor, vuelva a brillar por las noches ¡Porfa, porfa!

La señora Luna escuchaba sorprendida. No sabía que era tan importante para los animales y se sintió un poco culpable por haber sido tan egoísta.

El grillo siguió con su perorata para intentar convencerla:

—Además, Señora Luna, ¡se ve tan bonita allí en el cielo! tan redonda y brillante ¡El mundo ya no es igual sin usted!

Esas palabras tocaron la vanidad de la Luna y remolona respondió:

—Estaaaaá bien, hacedme una propuesta en la que no tenga que trabajar tanto y me lo pensaré.

Toda esta conversación iba siendo transmitida por el grillo a los monos y estos a canguros, cigüeñas, cabras, jirafas, camellos, caballos, leones, osos hasta llegar a los elefantes, que con su gran trompa, haciendo de altavoz, la hacían llegar a todos los que allí esperaban reunidos.

De esta manera, se pusieron todos los animales a pensar en una solución para resolver el problema más grande que nunca hubieran tenido. Después de darle vueltas, los elefantes lanzaron una llamada a los delfines, que nadaban cerca de la orilla, pues tenían fama de ser muy inteligentes:

—¡Arggggggg! Delfines, confiamos en vosotros ¡Dadnos la solución!

Inmediatamente, acudieron a la llamada más de doscientos delfines que tras parlamentar llegaron a un acuerdo y eligieron a un representante, el cual transmitió a la Asamblea lo que habían, entre todos, acordado:

—Nosotros proponemos, ya que el problema es que la Luna está cansada, que no trabaje tanto. Es decir, que tenga algunas noches de descanso cuando lo necesite. Las noches que esté contenta, que brille redonda, como hasta ahora, y cuando necesite descansar, que brille solo la mitad o una cuarta parte. Los animales podemos acostumbrarnos a pasar las noches con menos luz y ella estará más contenta

Con prontitud, la solución fue transmitida por toda la torre de animales hasta llegar al grillo que, con buenas palabras, se la transmitió a la señora Luna. Esta, tras quedarse pensativa un buen rato, habló así:

—¡De acuerdo!, lo haremos como decís. La verdad es que estar toda la noche escondida tras una nube de tormenta tampoco es tan divertido como pensé. Habrá noches en que me esconda del todo; otras me veréis la mitad; y alguna saldré redonda y entera para alumbrar toda la Tierra. ¡Palabra de Luna!

Y para demostrar que decía la verdad, salió de detrás de aquella negra nube y su luz alumbró más que nunca toda la Tierra. Los animales reunidos en la playa, felicitándose unos a otros, estallaron en un clamor de alegría:

—¡Bravo! ¡Hurra! ¡Viva la señora Luna! ¡Qué luz tan bonita!

La torre se deshizo con un estrépito de aullidos, relinchos, graznidos y rugidos, aunque, por fortuna, no hubo que lamentar más que unos cuantos chichones y moratones.

Todos los animales volvieron a sus tareas diarias y a dormir tranquilos. Sabían que la luz de la Luna los acompañaría siempre. Unas noches redonda, otras como un pedazo de queso mordido por un ratón o como raja de sandía. Incluso cuando casi no se viera, aquel que se fijara bien podría distinguir su redonda forma en lo alto.

Y es así como la vemos a partir de entonces. Cuando miréis al cielo y no veáis la Luna es que es una de esas noches en las que ha decidido tomarse un descanso y dormir una buena siesta.

FIN

El sueño

Ilustración: juliette5094

Érase una vez una mujer muy pobre, cuya única posesión era un mortero en el que, cada mañana, machacaba los granos que a su vecino, un rico terrateniente, le caían de la carreta cuando se dirigía a vender su trigo al mercado.

Con el primer canto del gallo, la mujer se ponía en pie y esperaba paciente, junto al camino, el paso del pesado carromato para recoger, antes de que los pájaros se lo comieran, el dorado manjar con el que amasaba el pan que le servía de alimento.

 Una mañana, en el mismo instante que pasaba la carreta, vio cruzar por el camino un veloz conejo y sin pensarlo dos veces, le tiró la mano de mortero a la cabeza.

Justo en el mismo instante, el rico terrateniente disparó su escopeta apuntando al conejo.

El conejo cayó muerto y el terrateniente y su vecina entablaron una disputa sobre cuál de los dos lo había matado.

—Te propongo un trato —dijo la mujer—, como ahora tienes prisa para llegar al mercado y yo debo amasar mi pan, guarda tú el conejo, pero invítame esta noche a cenar a tu casa y veremos cómo resolvemos la disputa.

El hombre aceptó y aquella noche se reunieron los dos en casa del terrateniente, que ya había preparado una cena estupenda para ambos.

Cuando acabaron de cenar, la mujer dijo:

—Escucha, a ver qué te parece mi propuesta. En este momento el conejo no es ni tuyo ni mío, puesto que yo digo que lo mató mi mano de mortero y tú afirmas que fuiste tú, con tu escopeta, el que lo hizo. Si te parece bien, me quedaré a dormir aquí en tu casa. Tú te acuestas en tu cama y mañana por la mañana, el que haya tenido el sueño más bonito se quedará con el conejo. No te preocupes por mí: si me das una manta vieja, dormiré en el suelo, aquí mismo en la cocina, cerca del fuego.

Y así lo hicieron. El cazador se fue a dormir al piso de arriba y la mujer se acurrucó en el suelo de la cocina.

A la mañana siguiente, el cazador bajó y le dijo a la mujer:

—Muy bien, podemos empezar. Cuéntame tu sueño.

—No, no, por favor, primero cuéntame tú el tuyo, ya que eres el anfitrión. Además, tú eres más importante que yo.

—De acuerdo entonces. Te lo contaré. Esta noche he soñado con una escala de oro larga, muy larga. La escala colgaba junto a mi cama, traspasaba el techo de la casa y subía hasta el cielo. Al principio me dio miedo subir por ella, porque no sabía qué encontraría al final, pero me decidí y, peldaño a peldaño, ascendí un buen rato, hasta que toqué las nubes, que se iban abriendo a mi paso. Por fin, llegué a un paraíso casi imposible de describir. En él sonaba la música más bella que oído humano haya escuchado jamás; el aroma penetrante de fragantes flores inundaba mi nariz. Probé manjares exquisitos, cuyo sabor no recordaba nada de lo que hasta ahora he comido. En fin, que soy incapaz de referir con detalle todas las maravillas que allí encontré. Tan bello era lo que me rodeaba, que no quería regresar, pero el gallo cantó, me desperté, abrí los ojos y estaba en mi cama. En resumen, he tenido un sueño espléndido. Y tú, ¿qué has soñado?

—Pues, aunque no te lo creas, yo he tenido, exactamente, el mismo sueño que tú. He visto la escala de oro, he visto cómo trepabas por ella hasta el cielo y, desde aquí abajo, he oído la música maravillosa y he olido las flores; ¡y hasta me ha parecido ver esos manjares que cuentas!, y como me he figurado que no ibas a querer volver y que te quedarías allí para siempre, me he comido el conejo.

FIN

La Cigarra y la Hormiga

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Ilustración: Vania Parada

El verano había sido muy caluroso, una magnífica estación para la Cigarra cantora. Frondosos árboles, sol brillante, días muy largos y canciones. Muchas canciones.

Entretanto, la Hormiga recolectora aprovechaba la bonanza para recoger el mayor número posible de granos, hojas y simientes con las que llenar su despensa y tener comida suficiente para el duro invierno.

Sin preocuparse de otra cosa, las dos se dedicaban afanosas a lo suyo, como si el buen tiempo no tuviera que terminar jamás.

Pero un día, las hojas de los árboles empezaron a amarillear, el aire de las mañanas se llenó de niebla y el viento, cada vez más frío, hizo temblar los árboles que, poco a poco, se fueron quedando desnudos. Las abundantes lluvias hicieron crecer los ríos e inundaron campos y sembrados.

Los días se hicieron más cortos, inequívoco anuncio que presagiaba la inminente llegada del otoño. Las aves emprendieron su largo periplo para emigrar hacia tierras más cálidas y todos los animales abandonaron la vida al aire libre para refugiarse en sus casas y afrontar bien calentitos, con la comida acumulada en sus despensas, los malos tiempos que se avecinaban.

Todos menos la Cigarra cantora…

Con aquel tiempo tan desabrido y sin espectadores, la pobre Cigarra, aterida de frío, había dejado de cantar. Estaba sin reservas, sin abrigo y sin casa. Y lo peor de todo, sin esperanzas de conseguir ninguna de esas cosas, ya que la situación, lejos de mejorar, empeoraba a medida que los días pasaban.

Un mediodía, tiritando de frío, decidió ponerse a caminar y abandonó el rincón de bosque que le había servido de hogar durante aquel verano. Andaba con mucha dificultad sobre sus patas ateridas por el frío, hasta que al cabo de un rato divisó a lo lejos una chimenea por la que salía una columna de humo y sin pensarlo dos veces, puso rumbo hacia allí.

Al llegar, la Cigarra llamó a la puerta y esperó pacientemente a que los dueños le abrieran.

Con un farolillo en la mano, asomó por fin la Hormiga y mirando a la Cigarra con el ceño fruncido preguntó con voz severa:

—¿Qué quieres de mí? ¿Por qué llamas a mi puerta?

El tono de la voz de la Hormiga no presagiaba nada bueno y tampoco daba muchas esperanzas, pero incluso así, la Cigarra se atrevió a decir:

—Tengo muchísimo frío y tengo mucha hambre. No tengo ni casa ni lugar en el que guarecerme. Tampoco tengo provisiones… ¿Podrías tú socorrerme? Sé que tus graneros están bien llenos, porque te he visto trabajar recogiendo comida durante todo el verano.

—Mis graneros no se llenaron por arte de magia. Estuve todo el verano trabajando duramente con mis manos para reunir todas las provisiones. ¿Y tú me pides ahora que comparta contigo lo que tan duramente he ganado? ¿¡Qué has estado haciendo durante el verano, cuando el sol brillaba!?

—Cantar. Mi destino es cantar durante el verano —respondió la Cigarra—. Es lo único que sé hacer. También trabajé mucho, como tú, aunque de otro modo. Alegré la vida de los que escuchaban mis canciones y ahora me veo sin nada. ¿Qué será de mí? Si no me ayudas moriré.

Pensativa, la Hormiga, recordó las largas jornadas de duro trabajo de aquel caluroso verano. Ciertamente habían sido más alegres y llevaderas gracias a la música de la Cigarra. Así que le dijo:

—Está bien, quizás tengas razón. Tú alegraste mis días con tu arte, así que es justo que cobres por ello. Entra, compartiremos las provisiones que tengo y tú pagarás tu sustento cantando.

Y así fue como la Hormiga recolectora y la Cigarra cantora compartieron casa, alimento y música durante aquel crudo invierno y después durante muchos inviernos más, dedicándose cada una a lo que tan bien sabía hacer.

FIN