trabajo

Un elefante ocupa mucho espacio

Ilustración: Euchariss

Que un elefante ocupa mucho espacio lo sabemos todos. Pero que Víctor, un elefante de circo, se decidió una vez a pensar «en elefante», esto es, a tener una idea tan enorme como su cuerpo… ¡ah!… eso algunos no lo saben, y por eso se lo cuento:

Verano. Los domadores dormían en sus carromatos, alineados a un costado de la gran carpa. Los animales velaban desconcertados. No era para menos: cinco minutos antes, el loro había volado de jaula en jaula comunicándoles la inquietante noticia. El elefante había declarado huelga general y proponía que ninguno actuara en la función del día siguiente.

—¿Te has vuelto loco, Víctor? —le preguntó el león, asomando el hocico por entre los barrotes de su jaula—. ¿Cómo te atreves a ordenar algo semejante sin haberme consultado? ¡El rey de los animales soy yo!

La risita del elefante se desparramó como papel picado en la oscuridad de la noche:

—¡Ja! El rey de los animales es el hombre, compañero. Y sobre todo aquí, tan lejos de nuestras selvas…

—¿De qué te quejas, Víctor? —interrumpió un osito, gritando desde su encierro— ¿No son acaso los hombres los que nos dan techo y comida?

—Tú has nacido bajo la lona del circo… —le contestó Víctor dulcemente— La esposa del criador te crio con mamadera… Solamente conoces el país de los hombres y no puedes entender, aún, la alegría de la libertad…

—¿Se puede saber para qué hacemos huelga? —gruñó la foca, coleteando nerviosa de aquí para allá.

—¡Al fin una buena pregunta! —exclamó Víctor, entusiasmado, y ahí nomás les explicó a sus compañeros que ellos eran presos… que trabajaban para que el dueño del circo se llenara los bolsillos de dinero… que eran obligados a ejecutar ridículas pruebas para divertir a la gente… que se los forzaba a imitar a los hombres… que no debían soportar más humillaciones y que patatín y que patatán. (Y que patatín fue el consejo de hacer entender a los hombres que los animales querían volver a ser libres… Y que patatán fue la orden de huelga general…).

—¡Bah! Pamplinas… —se burló el león— ¿Cómo piensas comunicarte con los hombres? ¿Acaso alguno de nosotros habla su idioma?

—Sí —aseguró Víctor—. El loro será nuestro intérprete —Y enroscando la trompa en los barrotes de su jaula, los dobló sin dificultad y salió afuera.

Enseguida, abrió una tras otra las jaulas de sus compañeros. Al rato, todos retozaban en los carromatos. ¡Hasta el león!

Los primeros rayos de sol picaban como abejas zumbadoras sobre las pieles de los animales cuando el dueño del circo se desperezó ante la ventana de su casa rodante. El calor parecía cortar el aire en infinidad de líneas anaranjadas… (los animales nunca supieron si fue por eso que el dueño del circo pidió socorro y después se desmayó, apenas pisó el césped…).

De inmediato, los domadores aparecieron en su auxilio:

—¡Los animales están sueltos! —gritaron a coro, antes de correr en busca de sus látigos.

—¡Pues ahora los usarán para espantarnos las moscas! —les comunicó el loro no bien los domadores los rodearon, dispuestos a encerrarlos nuevamente—. ¡Ya no vamos a trabajar en el circo! ¡Huelga general, decretada por nuestro delegado, el elefante!

—¿Qué disparate es este? ¡A las jaulas!

Y los látigos silbadores ondularon amenazadoramente.

—¡Ustedes a las jaulas! —gruñeron los orangutanes. Y allí mismo se lanzaron sobre ellos y los encerraron. Pataleando furioso, el dueño del circo fue el que más resistencia opuso. Por fin, también él miraba correr el tiempo detrás de los barrotes.

La gente que esa tarde se aglomeró delante de las boleterías las encontró cerradas por grandes carteles que anunciaban:

CIRCO TOMADO POR LOS TRABAJADORES. HUELGA GENERAL DE ANIMALES.

Entretanto, Víctor y sus compañeros trataban de adiestrar a los hombres:

—¡Caminen en cuatro patas y luego salten a través de estos aros de fuego! —¡Mantengan el equilibrio apoyados sobre sus cabezas!

—¡No usen las manos para comer!

—¡Rebuznen!

—¡Maúllen!

—¡Ladren!

—¡Rujan!

—¡BASTA, POR FAVOR, BASTA! —gimió el dueño del circo al concluir su vuelta número doscientos alrededor de la carpa, caminando sobre las manos—. ¡Nos damos por vencidos! ¿Qué quieren?

El loro carraspeó, tosió, tomó unos sorbitos de agua y pronunció entonces el discurso que le había enseñado el elefante:

—Con que esto no, y eso tampoco, y aquello nunca más, y no es justo, y que patatín y que patatán… porque… o nos envían de regreso a nuestras selvas… o inauguramos el primer circo de hombres animalizados, para diversión de todos los gatos y perros del vecindario. He dicho.

Las cámaras de televisión transmitieron un espectáculo insólito aquel fin de semana: en el aeropuerto, cada uno portando su correspondiente pasaje en los dientes (o sujeto en el pico en el caso del loro), todos los animales se ubicaron en orden frente a la puerta de embarque con destino al África.

Claro que el dueño del circo tuvo que contratar dos aviones: en uno viajaron los tigres, el león, los orangutanes, la foca, el osito y el loro. El otro fue totalmente utilizado por Víctor… porque todos sabemos que un elefante ocupa mucho, mucho espacio…

FIN

Sal en la cola

Ilustración: John Bauer

Érase una vez un niño que siempre deseaba alguna cosa.

A veces deseaba un caballo, otras un trineo o un castillo o una navaja. Pero como su padre había muerto y su madre era una pobre barrendera, nunca podía hacer realidad sus sueños.

Una vez, recibió el consejo de un viejo sabio:

—Si quieres que tus deseos se cumplan, debes ir al bosque y echar un pellizco de sal sobre la cola de una urraca. Eso sí, tienes que darte prisa y pedir tu deseo mientras la sal permanece en la cola, ya que, de otro modo, no se cumpliría.

Desde aquel día, siempre llevaba sal en los bolsillos. Salía temprano y volvía tarde a casa; vio muchas urracas, pero no pudo acercarse a ninguna.

Una mañana, se encontró con una que era más tratable que las otras. Pudo acercarse tanto, que casi la podía tocar. Pero cuando estaba a punto de sacar la sal, voló y fue a sentarse en un árbol, desde donde se reía de él.

Lo estuvo engañando durante todo el día y al llegar la noche, Olle estaba tan cansado, que se tumbó debajo de un pino y cerró los ojos para no ver a aquel pájaro malvado que no hacía más que reírse de él.

Pero la urraca seguía allí y saltaba de una rama a otra, hasta que por fin lo llamó por su nombre:

—iOIIe! iOlle!

—iPero cómo! — exclamó—. ¿Puedes hablar?

—Sí, has de saber que soy una princesa encantada —dijo la urraca—. Y, por supuesto, conseguirás lo que quieras si me ayudas. Consígueme una bonita navaja para que pueda pulir mi pico y mis garras. Si me la traes, yo me quedaré quieta para que puedas echar sal en mi cola.

Le pareció bien al chico y a la mañana siguiente salió a recoger fruta, la vendió y consiguió suficientes monedas para comprar una navaja bien bonita.

Con ella fue al bosque y cuando vio a la urraca, desplegó la hoja de la navaja para que brillara bien. Ella se acercó saltando y miró la navaja, primero con un ojo y luego con el otro.

—iBuah! —dijo la urraca—. Esa no es navaja para una noble princesa como yo. Debería, por lo menos, tener el mango de oro.

Y voló al árbol de nuevo.

Olle se quedó tan triste, que las lágrimas afloraron a sus ojos.

—Intentaré conseguirte una con mango de oro —dijo.

—No, gracias, ya no quiero una navaja —contestó la urraca—. Quiero un bonito trineo. Me divertiría montar en trineo este invierno.

Olle tenía que conseguirle un trineo. Se puso a tallar cucharones de madera y los cortó tan bonitos con su navaja nueva, que rio de alegría. A medida que los fabricaba, los vendía en la ciudad. Sin embargo, no talló uno para él.

Ganó tanto dinero, que pudo comprar un hermoso trineo y fue al bosque a ver a la urraca.

—iAquí tienes el trineo! —gritó arrogante, porque estaba seguro de que a la urraca le iba a gustar.

La urraca bajó de su árbol, picoteó el hierro y pisoteó el cojín. Y explotó en una carcajada.

—¿Te parece que es suficientemente bueno para una criatura tan fina como yo? —Y se posó en su rama—. No, de seda y plata debería ser.

Olle luchaba contra el llanto.

—Tendré que buscar uno mejor entonces —dijo.

—No vale la pena, no vale la pena —gimoteó la urraca—. Ahora quiero un caballo y un carruaje. Pero que sean muy bonitos; sino es inútil que intentes esparcir sal en mi cola.

Olle cogió el trineo y lo alquiló a buen precio en una pendiente donde los ricos solían jugar. Todos querían montar en él, porque el trineo era el más rápido en muchas millas. Sin embargo, él no montó ni una sola vez.

Por fin había ahorrado tanto dinero que pudo comprar un caballo. Lo enseñó a hacer cabriolas y lo exhibió. Con el dinero que obtuvo, compró otro caballo y montó un espectáculos con los dos para obtener más ganancias, con las que compró un elegante carruaje con incrustaciones de plata. Cuando todo estuvo listo, volvió al bosque en busca de la urraca.

La encontró sentada en su rama.

—Eso puede ser algo —dijo al ver la plata brillando. Pero después de inspeccionar el carruaje, sacudió la cabeza—. Me gustan los carruajes abiertos. Y los caballos deberían ser blancos, no marrones.

—Ay, ay, ay —Suspiró Olle.

Tuvo que sentarse en una piedra para tranquilizarse. Criatura más caprichosa que aquella urraca era imposible encontrar. Aunque, claro, para eso era una princesa.

—Como no entiendes ni de caballos, ni de carruajes —dijo la urraca—, si quieres que te ayude, dame un castillo con cien habitaciones y un hermoso parque.

Olle suspiró profundamente. Aquello era demasiado. Pero se acordó de su carruaje. Empezó a trabajar con él en la ciudad y todos querían alquilarlo, porque, aunque no le gustó a la urraca, lo cierto es que era el más bonito de aquellos alrededores. Sin embargo, Olle nunca se paseó en él.

Pronto ganó tanto dinero, que pudo comprar otro carruaje y luego otro, y otro más. Al fin consiguió una compañía de alquiler de carruajes y ganaba más dinero que nunca.

Ahora resultaba fácil construir un castillo; lo hizo de mármol blanco brillante y marchó al bosque en busca de la urraca. Esta lo siguió al interior del castillo. A saltitos inspeccionó todos los rincones y cuando hubo revisado todo dijo:

—Pues sí, esto puede pasar. Pero necesito tres cofres de oro para mantenerlo.

—iQué desvergüenza! —gritó Olle.

—Tú mismo, sino no podrás echar sal en mi cola —Salió volando por la ventana y desapareció.

«Bueno, si he conseguido todo esto, quizá pueda conseguir un poco más», pensó Olle.

Ahora sabía cómo actuar. Trabajó duro y consiguió llenar tres enormes baúles de monedas de oro. Buscó a la urraca y volvió con ella al castillo.

—Sí —dijo—, ahora parece que todo está bien. Esparce, pues, la sal en mi cola.

¡Por fin había llegado el momento deseado!

Sonriente y satisfecho metió, Olle, la mano en el bolsillo y sacó un pellizco de sal. La urraca se quedó totalmente quieta y él esparció los pequeños granos brillantes sobre su cola.

—Bueno, ¿qué deseas? —preguntó la urraca.

¿Qué podía desear? Había estado tan ocupado trabajando para conseguir los deseos de otro, que había olvidado totalmente los suyos.

—Uno, dos… —contó la urraca.

—iEspera un poco!, iespera un poco! Déjame pensar…

Pero por nada del mundo pudo recordar qué quería.

—…¡tres! —acabó la urraca, y en un santiamén saltó y la sal cayó de su cola. Y ahí estaba, sentada en la ventana riéndose de Olle.

Pero el que se enfadó de verdad fue Olle.

—No te guasees de mí — gritó—. Ya sé lo que quiero: voy a comprarme una escopeta para matarte.

—Eso no estaría nada bien, Olle —dijo la urraca—. ¿Quieres matarme? ¿A mí?, ¿a la que te ha conseguido todos tus deseos, tantos, que ya no sabes qué desear? ¿No tienes ya una navaja y un trineo y caballos y carruajes y un castillo y dinero?

Era verdad. Tenía todo lo que había deseado. Ahora sólo tenía que sentarse y disfrutarlo.

—Y pensar que he trabajado tanto para poder esparcir sal en tu cola, para que al final no me haga ninguna falta.

—Así es, intenta explicarte eso —dijo la urraca riendo más que nunca—. Levantó el vuelo y desapareció.

Pero Olle no se molestó en buscar respuestas. Se quedó en su castillo y vivió dichoso el resto de sus días.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Sal en la cola» con la voz de Angie Bello Albelda

¡No me jorobes!

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Ilustración: stefanogesh

Al principio del mundo, cuando todo era joven y nuevo y los animales empezaban a repartirse los trabajos para ayudar al hombre, había un dromedario muy holgazán, habitante del desierto Bramante, en el que siempre bramaba el viento, que se negaba a trabajar. Se pasaba el día tendido en la arena, tomando el sol y masticando palitos. Cada vez que alguien le dirigía la palabra, contestaba invariablemente:

—¡No me jorobes!

Solo contestaba eso, «¡No me jorobes!». Nada más. Después, seguía durmiendo o masticando ramitas, sin hacer caso de nada ni de nadie.

Un lunes por la mañana llegó hasta el desierto en el que habitaba el dromedario un caballo. Llevaba una silla de montar y un freno en la boca.

—Dromedario, dromedario ya tengo trabajo. Ven a trotar conmigo.

—¡No me jorobes!

El caballo se alejó de allí y fue a contarle al hombre lo que le había dicho el dromedario.

Después, recibió la visita de un perro con un palo en la boca que le dijo:

—Dromedario, dromedario ven a atrapar cosas con la boca para devolvérselas al hombre.

—¡No me jorobes!

El perro se marchó y fue a contarle al hombre lo que había dicho el dromedario.

Tras el perro, llegó un buey con su yugo al cuello:

—Dromedario, dromedario ven conmigo a arar los campos.

—¡No me jorobes!

El buey se marchó y le contó al hombre lo que había dicho el dromedario.

Aquella misma noche, el hombre convocó al caballo, al perro y al buey y les comunicó lo siguiente:

—¡Ay!, amigos míos, lo siento muchísimo, pero está visto que ese jorobador del desierto Bramante no sirve para nada, de lo contrario, ya estaría aquí colaborando con nosotros. Es terriblemente perezoso y no puedo hacer otra cosa que dejarlo en paz; pero entended que alguien tendrá que hacer su trabajo, así, que lo repartiré entre vosotros tres para compensar. A partir de mañana, tendréis que trabajar el doble.

Aquello enfureció mucho al trío, que celebraron enseguida, al borde del desierto, una larga reunión, un panchayat. un powwow y una indaba.

El dromedario, que merodeaba por allí cerca masticando hierbajos, se acercó con parsimonia hasta donde estaban y dijo indolente:

—¡No me jorobes!

Y dicho esto, se marchó por donde había venido.

Así estaban las cosas, cuando apareció un genio rodando en una nube de polvo (los genios del desierto se trasladan de este modo) y se detuvo ante los tres que celebraban la tediosa conferencia.

—Genio del desierto, ¿te parece justo que en un mundo tan nuevo habite un ocioso?

—¡Claro que no! —respondió el genio.

—Pues bien —prosiguió el caballo—, que sepas que en medio de tu desierto vive alguien de largas patas y cuello largo que desde el lunes no ha hecho nada de nada. Ni siquiera quiere trotar.

—¡Fiuuuuuuuu! —Silbó el genio a modo de respuesta—. Seguro que te refieres al dromedario. ¿Y él qué dice?

—Dice «¡No me jorobes!» —contestó el perro— Y tampoco quiere recoger un palo y llevarlo de vuelta al hombre.

—¿Dice alguna otra cosa?

—Solo «¡No me jorobes!», y tampoco quiere arar —añadió el buey.

—Bien —afirmó el genio—, esperad un minuto y veréis cómo lo jorobo yo a él.

El genio, en su polvoriento transporte, se fue a buscar al dromedario y le dijo:

—Larguirucho y haragán amigo, ¿es cierto que te niegas a entrar en el reparto de tareas de este mundo nuevo?

—¡No me jorobes! —respondió el dromedario.

El genio se sentó frente a él con la barbilla apoyada en su mano y empezó a pensar en un poderoso encantamiento. Mientras tanto, el dromedario admiraba su estilizado reflejo en un charco de agua.

Por fin, habló el genio:

—Desde el lunes no trabajas y, por tu culpa, hay tres que han de repartirse tu trabajo.

—¡No me jorobes! —exclamó el dromedario.

—Yo, de ti, no volvería a decir eso —le advirtió el genio— y me pondría a trabajar ahora mismo.

Y entonces, el dromedario repitió:

—¡No me jorobes!

Nada más pronunciarlo, su recta espalda, de la que estaba tan orgulloso, se hinchó y se hinchó, hasta que se formó sobre ella una enorme joroba.

—¿Te das cuenta? —dijo el genio— Tú mismo te has jorobado por haragán. Hoy es jueves, y desde el lunes, cuando se empezaron a repartir los trabajos, tú has estado ocioso. Ahora vas a tener que hacer algo.

—¡No me jorobes!, ¿cómo pretendes que haga algo con esta joroba en la espalda? —replicó el dromedario.

—Esa joroba tiene un propósito: con ella podrás vivir tres días sin comer ni beber, los mismos días que no has trabajado. No podrás decir que no he hecho nada por ti. ¡Joróbate! Y ahora únete al trío y cumple con tu parte.

Desde aquel día y hasta hoy, el dromedario, cargado con su joroba —aunque es mejor decir «giba», para no herir sus sentimientos—, trabaja, aunque nunca ha podido recuperar los tres días que perdió al principio del mundo ni tampoco, según cuentan caballo, perro y buey, ha aprendido a comportarse.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «De cómo al dromedario le salió su joroba».

La huelga de las hormigas

Hormigas en Huelga

Ilustración: Hermes

Érase una vez, una isla del Pacífico llamada Malpelo, en la que vivían un sinfín de animales. Era un remanso de paz y tranquilidad, en el que todos los habitantes tenían su espacio y no se molestaban los unos a los otros. Cada uno tenía asignadas sus responsabilidades y nadie se saltaba las normas, todos estaban siempre de acuerdo, y de no ser así —cosa que ocurría en contadas ocasiones—, convocaban una Asamblea, debatían, votaban y, finalmente, acataban de buen grado lo que decidía la mayoría.

Así transcurrían placidos los días, pero, hete aquí, que una mañana, cuando los primeros rayos de sol calentaban las piedras de la isla y con su calor empezaban a deshacer las gotas del rocío que durante la noche habían dormido en ellas, que un largo lamento despertó a todos los habitantes de aquel tranquilo paraíso.

El primero en escucharlo fue el cangrejo, que ya andaba atareado buscando su desayuno, pues era muy madrugador.

Después, el sollozo llegó a oídos de la lagartija, que levantó la cabeza para escuchar mejor, y del lagarto punteado, que, muy cerca de ella, intentaba cazar un mosquito. Ambos se miraron preocupados: había que averiguar de dónde procedía aquel extraño gemido que antes, nunca jamás se había escuchado en la isla.

—¿Quién tiene problemas? —preguntó el cangrejo.

—¿Quién necesita ayuda? —inquirió la lagartija.

—¿Quién se lamenta? —remató el lagarto punteado.

Deshecha en llanto, la Reina de las hormigas salió de debajo del musgo, se enjugó las lágrimas y les contó a los tres el porqué de sus quejas.

Las hormigas obreras de Malpelo se habían declarado en huelga porque no querían seguir transportando hacia el nido las semillas. El camino que llevaba hacia el hormiguero estaba lleno de obstáculos. Piedras, ramas caídas y algún que otro socavón, eran para ellas obstáculos casi insalvables que requerían un gran esfuerzo. Así, que se habían movilizado y, todas a una, habían decidido manifestar su disconformidad. Pintaron pancartas sobre hojas de helecho, en las que reivindicaban una mejora del camino o el cambio de ubicación del hormiguero, algo que la reina desestimó de inmediato, ya que estaba en el mismo lugar desde hacía generaciones.

Cangrejo, lagartija y lagarto, escucharon atentamente lo que contaba la Reina de las hormigas y decidieron que, siendo un asunto de tan extrema gravedad, no quedaba otro remedio que tratarlo en Asamblea Extraordinaria.

Convocaron a las aves marinas, que acudieron puntualmente con el alcatraz de Nazca en cabeza, custodiado, a derecha e izquierda, por el intrépido piquero enmascarado y el valiente piquero patirrojo.

La tiñosa negra y la gaviota reidora viajaron a lomos de la fragata real que, para no perderse, siguió la estela de la gaviota tijereta, que más que volar cortaba el aire.

Convocaron también a los peces de colores de los arrecifes coralinos, al tiburón martillo para que pusiera orden y al tiburón ballena, que delegó su voto en las tortugas marinas por miedo a quedar varado en las aguas someras cercanas a la isla.

Tampoco asistió el monstruo de Malpelo, que prefirió no aparecer, decisión que aplaudieron de forma entusiasta los delfines, ya que siempre provocaba altercados con su manía de morderles la cola.

Una vez reunidos todos los animales, cada una de las partes expuso sus razones.

La Reina de las hormigas hacía valer su rango y advertía que todas morirían de hambre si no le hacían caso y recogían semillas. También insistía en defender la ancestral ubicación del hormiguero.

Las hormigas obreras, que ganaban con creces por numero a la reina, mantenían sus quejas y volvían a manifestar, una y otra vez, lo penoso y arduo de su esfuerzo y la necesidad de mejoraras en el camino o el cambio de ubicación del nido.

Todo el mundo escuchó los argumentos, y como en todos los casos difíciles, con gran disparidad de opiniones, los animales decidieron que había que deliberar.

Los más ancianos de la isla de Malpelo se encerraron en una ostra gigante para intentar resolver el enfrentamiento. Sería complicado hallar el equilibrio y dar con una propuesta que fuera aceptada por ambas partes. Aquello no era tarea fácil. Finalmente, tras discutir durante horas, encontraron una solución.

Como cambiar el hormiguero de lugar hubiera sido muy complicado, no había otro remedio que mejorar el camino si querían mantener la paz en la isla; todos deberían colaborar para desbrozarlo y hacer más fácil para las hormigas el transporte de semillas hacia el nido.

Estuvieron de acuerdo en echar una mano, si bien, en este caso, echaron un pico las aves, una pata las arañas y demás insectos, sus colas los reptiles y cada uno colaboró como pudo en la limpieza de la vía.

En pocas semanas, el sendero quedo tan plano, que parecía una autopista y las hormigas pudieron transitar por ella sin tropiezos.

Ahora estaban felices, porque podían transportar en un santiamén las semillas al nido y aún les quedaba tiempo para descansar y divertirse. Y la Reina también estaba satisfecha, el nido seguía en el lugar de siempre y las provisiones para el invierno estaban aseguradas.

Gracias a la colaboración de todos, la calma y la tranquilidad volvieron a la Isla de Malpelo, y por lo que yo sé —y eso que ya han pasado muchos años—, el camino que limpiaron entre todos sigue igual de limpio, porque las brigadas de control que se formaron entonces, se encargan de impedir que la maleza invada de nuevo el sendero.

FIN

Lobo y el Pedro

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Ilustración: Elena Gromaz

Lobo se sentía solo; era triste vagar por los bosques sin nadie con quien hablar o reír, nadie a quien contar lo que le había pasado durante el día. El psicólogo le insistió en que buscara un trabajo y se puso patas a la obra.

Intentó hacer de albañil para tres cerdos que vivían cerca; tres hermanos que resultaron ser unos desconfiados y que no le dejaron ni explicarse; incluso se atrevieron a quemarle el culo en un caldero.

Decepcionado, miró en el periódico y encontró el anuncio de un matrimonio que buscaba niñera para sus cabritas; pero la madre no quiso contratarlo porque, según ella, no daba el perfil. Lobo aceptó la excusa, aunque sabía que se debía a sus prejuicios: los lobos tienen fama de comerse a las crías de cabras y ovejas.

Cuando ya se estaba dando por vencido, se encontró a una niña que cantaba sobre su abuelita, que estaba enferma. Lobo esperó junto a un árbol a que la niña se acercara y cuando llegó hasta él, sonrió abriendo su amplia boca. No solía sonreír, pero le pareció que así demostraría que podía ser amable, tanto como para cuidar de una anciana. La niña, al ver todos aquellos dientes, creyó que se la iba a comer, le dio una patada en la espinilla (con lo que duele eso) y se marchó corriendo.

Triste y cojo, Lobo empezó a preguntarse por qué nadie se le acercaba, si él nunca había hecho nada malo y solo buscaba trabajo.

Estaba a la orilla del río, lamentándose de su mala suerte cuando escuchó a dos liebres hablando.

—Yo no lo he visto, pero dicen que el niño corría calle abajo, gritando: ¡Qué viene el lobo, qué viene el lobo!

—No hagas caso. La semana pasada hizo lo mismo, y la anterior, y la otra. Por lo visto no quiere ir al colegio y ya no sabe qué inventar.

Convencido de que aquel niño tenía algo que ver con que a él no le contratara nadie, decidió hacerle una visita. Se acercó a la entrada del pueblo y esperó tras un muro de pizarra a que el tal Pedro apareciera. Al poco tiempo un niño regordete y pecoso pasó junto a su escondite cantando: «Hoy no iré al colegio, porque el lobo me asaltó, hoy no iré al colegio y mañana tampoco».

Lobo no necesitó más pistas para saber que se trataba del niño que buscaba y lo siguió al interior del bosque. El chico canturreaba sin prestar atención ni a los conejos que huían a su paso, ni a los búhos que giraban la cabeza, molestos por su presencia. Cuando llegó tan lejos que nadie podía verlo, se sentó en las raíces de un avellano y sacó de su zurrón un mendrugo de pan y un trozo de queso. A Lobo se le hacía la boca agua viendo cada lasca de rico queso y cada pedazo de pan que aquel niño insolente, causante de sus desgracias, se metía en la boca.

Pedro se hartó de comer hasta que solo quedó la costra del queso y nada del pan, cerró los ojos y se puso a dormir. Entonces, Lobo se acercó sigiloso y se recostó a su lado. Sería maravilloso ver su cara cuando despertara y lo viera de cerca. ¿No iba contando por ahí maldades de los lobos? Pues ahora iba a contarlas con razón.

El vuelo de una mariposa despertó a Pedro. Intentó espantarla de un manotazo, pero con tan mala puntería, que el golpe aterrizó en el hocico de Lobo, y este se levantó sobre sus cuatro patas con un gruñido que helaba la sangre.

Durante un rato largo se quedaron los dos allí, uno frente al otro. Pedro rezando para que no se le comiera y Lobo pensando en cómo darle un escarmiento al muchacho sin dañar aún más su reputación.

—Eres un lobo muy grande —dijo Pedro, repuesto del susto—, pero parece que hoy no has comido. Se te marcan las costillas.

Acercó la mano a su zurrón, sacó medio chorizo y se lo ofreció a Lobo.

—Gracias —respondió antes de echarse junto al chico devorando la pieza—. ¿Sabes?, tú eres el culpable de que esté famélico.

—¿Yo? ¿Cómo puede ser?

—Has ido contando mentiras, metiendo miedo a todo el mundo y nadie me da trabajo.

—Lo siento. Yo solo quería librarme de ir al colegio y de sacar a pastar a las ovejas. Además, ya casi nadie me cree.

—¿Y eso?

—No sirve de mucho gritar: ¡Qué viene el lobo! si luego el lobo no aparece.

—Yo puedo ayudarte con eso si, a cambio, me das comida y conversación.

Y, desde entonces, todos los días, a la hora de ir a la escuela, Lobo se cruza en el camino de Pedro, a la vista de todos sus compañeros de clase, y luego huyen juntos al bosque para comer pan, queso y chorizo y contarse sus cosas.

a

Por el bosque se escondía
sin dinero y sin trabajo;
y siempre iba cabizbajo
porque nadie lo quería.
Así pasó noche y día
era afable, tierno, honesto
siempre a los vetos expuesto…
¡Tan solo, tan abatido!
Era un lobo incomprendido
a los humanos expuesto.
Julie Sopetrán

a

FIN

Un minuto en el paro

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Ilustración: Pascal Campion

Érase una vez un Minutito que buscaba trabajo.

Las Grandes Horas del día no tenían vacantes. Cada una de ellas tenía sus sesenta minutos cubiertos.

Todas estaban al sesenta por sesenta de ocupación.

Pero el Minutito no se desmoralizaba. Al contrario, no se cansaba de insistir, pues tenía que mantener a sus sesenta segundos.

Así que llamó a la puerta de la Una del mediodía:

—Perdone, busco trabajo. Tengo sesenta segundos que mantener. Aquí le traigo mi currículum.

—¿Currículum en papel? ¿Acaso no avanza? ¡Es usted un tiempo perdido! —dijo la Hora con voz seca y áspera—. ¡Váyase con sus sesenta segundos a otra parte! ¡No me gusta perder el tiempo! ¡El tiempo es oro!

El Minutito, entonces, llevó su currículum a las Seis de la Tarde.

—Perdone, ¿tendría usted un minuto para atenderme? Busco trabajo.

—¡No, Míster! —dijo la Hora—. No puedo atenderlo, todos mis minutos están descansando, es la hora del té. Porque como muy bien dijo Lord Chesterfield: «cuida los minutos; pues las horas ya cuidarán de sí mismas». Por cierto, ¿conoce usted a Lord Chesterfield?

El Minutito negó con la cabeza y la Hora le cerró la puerta en las narices.

Cayó la noche, pero no se hizo daño, solo un pequeño chichón en la Luna.

El triste Minutito se quedó mirándola, contando y meciendo sus sesenta segundos mientras les cantaba un tic-tac nana.

A la mañana siguiente, muy de mañana, el Minutito oyó un «RIIIIIIIIIIING», y observó como las Siete de la mañana, antes de empezar su turno y todavía en la cama, se tapaba la cabeza con su manta y gritaba:

—¡Por favor, un minuto más!, ¡solo un minutito!

Currículum en mano, el Minutito corrió hacia las Siete de la mañana, como empujado por una manecilla invisible.

—¡Por fin llega mi minuto extra de descanso! —dijo la Hora con un gran bostezo al ver al Minutito que acudía en su ayuda—. ¡Contratado!

Desde aquel día y cada mañana, el Minutito trabaja y trabaja para quienes ruegan al despertar:

—¡Por favor! ¡Un minutito más!

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Un minuto en el paro” con la voz de Angie Bello Albelda

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