tranquilidad

La tranquilidad de Villatranquila

Ilustración: Coco-Puppy-Fluffy

Érase que se era un pueblo donde había muchas tortugas, exactamente tantas tortugas como familias, ni una más ni una menos. Cómo podía ser esto, nadie lo sabía; pero cuando se formaba una nueva familia, automáticamente aparecía una nueva tortuga. En el momento de empezar el cuento, las tortugas eran 558.

Pero no vayan a creer que estas tortugas eran de las que entran seis en libra, como las manzanas. Eran enormes, como las de las Islas Galápagos. Grandes casi como burros. Sus cuerpos eran como baúles antiguos; sus patas torcidas y arrugadas; sus cabezas, como cabeza de bruja sin cabellos. No eran nada bonitas. Pero eran muy pacíficas, a nadie molestaban, y se mantenían solas. Cómo, nadie lo sabía tampoco. Algunos decían que cada día ponían un huevo enorme y enseguida se lo comían; pero nadie lo había visto nunca. El pueblo quería mucho a sus tortugas. A lo que recordaban, nunca se había muerto ninguna, lo cual no tiene nada de raro, pues como caminan siempre tan despacio, es lógico que lleguen tarde al fin de sus días. Por otra parte, la gente del pueblo que dicen que siglos atrás era muy nerviosa, ahora era muy sosegada; además, a fuerza de vivir sin berrinches, la vida media había aumentado al doble. Todo esto lo atribuían a las influencias benéficas de las tortugas. Y el pueblo se había bautizado a sí mismo Villatranquila.

Aquellas tortugas, como todas, eran de un pobre color pardusco: por eso los villatranquilinos habían decidido mucho tiempo atrás pintarlas de colores vivos variando además el color de cuando en cuando. Desde tiempo inmemorial también habían tomado las tortugas la costumbre de alinearse alrededor de la plaza los domingos y feriados, formando un marco doble al pasto, y dejar que los niños se les sentasen encima. No eran de asiento muy cómodo, pero eran seguras, porque ninguna se desbocaba; y a los niños les encantaba sentarse en ellas. Cuando ya tenía cada una su criatura encima, se ponían a dar vueltas a la plaza hasta que el último reloj de Villatranquila que también caminaba despacio, daba las doce y cada criatura se iba a su casa.

Un vecino ingenioso pensó en hacer con ellas unas calesitas para variar la diversión; pero ello parece no fue del agrado de las tortugas, que se negaron unánimemente a colaborar, no moviéndose cuando las quisieron hacer andar. Y no se habló más de ello.

Por entonces también, cayó por el pueblo un señor periodista, que quería hacer un reportaje sensacional a base de tortugas. Pero los villatranquilos se negaron todos a una a contestar preguntas, y las tortugas metieron todas la cabeza en su estuche y no hubo forma de que ni una asomase la nariz. El periodista sin embargo tomó una serie de fotos en colores, porque los villatranquilinos no lo pudieron impedir. Y a los pocos días cayó sobre Villatranquila una avalancha de turistas, ansiosos de ver las tortugas multicolores.

Las tortugas, al oír ya de lejos el estrépito de las bocinas y de los escapes libres de las motocicletas, salieron todas lo más deprisa que pudieron a esconderse en sus cuevas respectivas. Los visitantes preguntaron por ellas, y los villatranquilinos contestaron con mucha tranquilidad:

—Nosotros no nos metemos en la vida ajena.

—Pero ustedes las ven cada día, ¿no? Dígannos cómo son.

—Pues miren: unas son así, otras son asá, y otras de otro modo. Distintas todas.

—¿Es verdad que son de colores?

—Bueno, sí; pero cambian tanto de color, que nunca se sabe cuál es el color verdadero de cada una.

—¿Y cómo distinguen ustedes a las unas de las otras?

—No tenemos necesidad de distinguirlas. Son todas distinguidas.

—¿Qué podemos hacer para que alguna de ellas se nos deje ver?

—Pues… irse despacio y a pie hasta la ciudad. Cuando ustedes lleguen allí, seguro que ya alguna de ellas habrá salido de su escondite.

Como la ciudad estaba lo menos a setenta kilómetros, los visitantes comprendieron que los villatranquilos les estaban tomando el pelo, volvieron la espalda, salieron zumbando coches y motocicletas, y no se les vio más. Al llegar a la ciudad, algunos enojados dijeron que nunca habían visto tortugas más mal educadas; pero vosotros sabéis que mentían, porque no habían visto tortuga alguna y, por tanto, no podían decir si eran bien educadas o no.

De todo esto vino la leyenda de que en Villatranquila había unas enormes tortugas invisibles, que cambiaban de color como los camaleones; y se quiso constituir una sociedad para buscarlas, con radar y láser inclusive; pero la empresa no prosperó.

Y aquí termina el cuento.

¿Cómo? —diréis— ¿Y no se pudo hacer un cuento mejor con 558 tortugas?

Para comenzar, rectificaré: al terminar el cuento, y sin que se sepa cómo, aparecieron ocho tortugas más. Eran 566 tortugas ya. Y las familias seguían siendo 558… ¿Cómo repartirlas? No sabían cómo solucionar el problema, y estaban a punto de perder la tranquilidad… Al fin decidieron declararlas asignadas a la comunidad por turno: pensionistas cada ocho días de ocho familias diferentes. ¿No les parece una buena solución?

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?