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El chico y el cocodrilo

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Ilustración: Camelid

Un chico se adentró en la selva para recoger leña. Al mediodía ya había recogido un buen montón, la ató bien y tomó el camino de regreso hacia su aldea.

Al subir una colina, vio a poca distancia un lago que nunca antes había visto y pensó: «Iré a beber. Tengo mucha sed». Mientras estaba bebiendo, se encontró cara a cara con un cocodrilo y empezó a correr, pero el cocodrilo lo llamó:

—Niño, no corras, ¡ayúdame, por favor! Hace tres días que estoy aquí sin comida y si te vas, moriré.

El cocodrilo, que se llamaba Bambo, pensó que aquel tierno muchachito sería un bocado exquisito y añadió:

—Vine a este lago por un afluente del río, pero ahora el afluente se ha secado y yo no me puedo mover. Debes ayudarme a regresar de nuevo al río, prometo que no te haré nada.

El muchacho empezó a llorar.

—No llores —dijo Bambo— no pienso comerte.

—Aunque no me comas, tú eres más grande que yo, y más fuerte, y más largo. ¿Cómo podré transportarte? —preguntó el niño

—Esto no es ningún problema. Coge tu hacha y corta dos palos largos —respondió Bambo.

El chico cortó los palos y siguió las instrucciones del cocodrilo: puso uno de ellos en el suelo, el cocodrilo se puso encima y después el niño puso el otro palo sobre la espalda del cocodrilo. A continuación, ató palos y cocodrilo juntos desde la cabeza hasta los pies, lo levanto por la cola y lo arrastró hasta el río y durante todo el camino, lloraba y cantaba:

El cocodrilo me da miedo,

porque me comerá.

¡Ay!, miedo me da.

Bambo le repetía:

—No pienso comerte, porque si lo hiciera, significaría que recompenso tu buena acción con maldad.

Pero el chico no hizo caso y continuó llorando y cantando su canción.

Al llegar al río, el muchacho quiso poner al cocodrilo de espaldas antes de desatarlo, pero Bambo le dijo:

—Si me dejas aquí, patas arriba, moriré igualmente. ¿Me has traído a través de toda la colina para esto? Por favor, no me dejes tan cerca del río así.

El chico introdujo al cocodrilo en el río hasta que el agua le llegó a la cintura.

—Un poco más, un poco más —imploró Bambo.

—El agua me llega ya a la cintura y yo no sé nadar —contestó el chico—. Deja que te suelte aquí mismo.

—Por favor, muchacho, solo un poco más lejos.

El chico continuó hasta que el agua le llegó al cuello.

—Te soltaré aquí —dijo el muchacho.

El cocodrilo estuvo de acuerdo y una vez libre, se dio la vuelta y apresó con sus enormes fauces al chico.

—¿Cómo puedes hacerme esto? —sollozó el muchacho— ¿Has olvidado tu promesa?

—Debiste suponer que no hablaba en serio. Después de todo, lo dije porque estaba atrapado en el lago, pero llevo tres días sin comer y si te dejo escapar quizá no tendré fuerza para cazar e igualmente moriré. Es un poco desafortunado para ti, pero comprende mi situación.

—Sabía que me comerías. Por esto he estado llorando todo el rato. Sabía que recompensarías mi buena acción con maldad.

En la orilla del río había un árbol y el chico propuso al cocodrilo:

—Antes de comerme, expongamos nuestro caso al árbol a ver qué dice.

Al cocodrilo le pareció bien y contaron su historia al árbol. Al terminar, el árbol sacudió sus ramas y habló:

—Cocodrilo, creo que tienes razón. Nosotros, los árboles, sabemos lo ingratos que pueden ser los humanos. Se sientan bajo nuestra sombra para protegerse del sol abrasador. Les proporcionamos frutos y medicamentos, los ayudamos a que llueva para su bien y el de sus tierras, pero tan pronto como somos grandes y fuertes, vienen y nos cortan para sus egoístas propósitos. Son locos y desagradecidos. Cocodrilo, ¡cómete tu presa! —sentenció solemne el árbol.

—Ya lo has oído —dijo Bambo encantado—. Te voy a comer porque todo el mundo sabe lo ingratos que sois los humanos.

Justo en ese momento, una vaca se acercó a beber al río y el chico le dijo al cocodrilo:

—Pidamos una segunda opinión. Expongamos el caso a la vaca. Estoy seguro de que ella no estará de acuerdo con el árbol.

Llamaron a la vaca y cuando terminaron de contar su historia, esta levantó la cabeza y dijo:

—Cocodrilo, puedes comértelo. Los humanos son las criaturas más ingratas que existen. Mientras fui joven y los humanos podían beber mi leche, me daban comida y agua, pero ahora que soy vieja y mi leche se ha secado me han abandonado y no me dan ni siquiera de beber. Por lo tanto, cocodrilo, creo que tienes razón —sentenció la vaca.

Ya se disponía el cocodrilo a comerse al niño cuando un asno fue a beber.

—¡Espera! —gritó el chico—. Contemos nuestras historias al asno.

—¡Chico! —gritó enfurecido Bambo—, no importa lo que él diga, te voy a comer de todos modos.

—Aun así, pidamos una tercera opinión, por favor —rogó el joven.

Contaron su historia al asno y este, después de escuchar atentamente dijo:

—Cocodrilo, escucha, cuando yo era joven los humanos ponían sobre mi lomo todo tipo de cargas y me pegaban, pero ahora soy viejo y casi no puedo cargar ni conmigo mismo, por esta razón me han abandonado. Dejaron de darme hierba para comer y me negaron incluso el agua. Los humanos son los seres más ingratos de este mundo. Así que puedes comértelo —sentenció el asno.

—¡Ya lo has oído! —exclamó Bambo—. No pienso dejarte libre, no hay nada que te pueda salvar.

Pero antes de hincarle el diente, un conejo pasó corriendo hacia el río.

—Por favor, por favor, contemos también nuestra historia al conejo —suplicó de nuevo el muchacho.

—¡Chico! Tengo hambre y empiezo a estar aburrido de este juego —exclamó el cocodrilo.

—¡Oh! ¡Por favor! Sólo una vez más —insistió el chico.

—De acuerdo, pero el conejo va a ser el último al que vamos a consultar.

Llamaron al conejo y el niño empezó a contar la historia, pero el conejo lo interrumpió:

—¡Cállate! He oído hablar de lo mentirosos que son los humanos. ¡Que hable primero el cocodrilo!

Bambo empezó a hablar, pero el conejo lo interrumpió:

—Perdona, amigo, mis orejas son muy grandes pero no oigo muy bien. ¿Podrías acercarte un poco?

El cocodrilo y el chico avanzaron unos pasos hasta que el agua llegó al pecho del muchacho. El cocodrilo empezó de nuevo a hablar y el conejo volvió a decir:

—Perdona de nuevo, cocodrilo, pero aún no puedo oírte. Por favor acércate hasta la orilla.

El chico y el cocodrilo así lo hicieron y primero uno y después el otro, contaron su versión de la historia al conejo. Después de oír al muchacho, el conejo exclamó:

—¡Ya sabía yo que los humanos sois todos unos mentirosos! ¿Esperas que crea que siendo tan pequeño y el cocodrilo tan grande lo has podido cargar desde la colina hasta aquí? ¡Demuéstrame cómo lo has hecho!

El chico cogió los dos palos, puso al cocodrilo encima de uno de ellos y el otro sobre su lomo. Después lo ató desde la cabeza hasta la cola. ¡El cocodrilo estaba atrapado! No podía moverse. Entonces el conejo preguntó:

—Niño, ¿le gusta la carne de cocodrilo a tu gente?

—Es la carne que más les gusta.

—Bien, entonces aquí tienes tu presa —dijo el conejo.

El chico cargó con el cocodrilo y lo llevó hasta su casa. Mientras, el cocodrilo lloraba y cantaba:

El chico me da miedo,

porque me comerá.

¡Ay!, miedo me da!

Al llegar a la aldea, todos empezaron a gritar:

—¡Mirad! ¡Nuestro muchacho fue a por leña y nos trae un cocodrilo!

—Y esto no es todo —dijo el chico—, también hay un conejo entre los matorrales. ¡Tenemos que cazarlo!

Al oír aquello, el conejo exclamó:

—¡Debo huir y ocultarme! Realmente, los humanos son los seres más ingratos que existen.

Y aunque buscaron al conejo hasta el anochecer, no pudieron dar con él. Cuando finalmente desistieron y estaban volviendo a casa, el conejo llamó al chico y le dijo:

—Lo que afirmaron el árbol, la vaca y el asno sobre los seres humanos es totalmente cierto. Fui yo quien te salvó la vida, y ahora tú quieres comerme del mismo modo como el cocodrilo quiso hacer contigo. ¡No quiero volver a saber nada más de ti!

Se dice, que es por este motivo que los conejos corren tan rápido al ver a un ser humano. Cuentan, que antes de que esto sucediera, si alguien se perdía en la selva, un conejo siempre salía para indicarle el camino de regreso.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El chico y el cocodrilo» con la voz de Angie Bello Albelda

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El ave que hechizaba con su canto

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Ilustración: CaymArtworks

A un poblado protegido por altas montañas, llegó un día una extraña ave multicolor. Desde entonces, el poblado ya jamás pudo vivir en paz.

Lo que los habitantes sembraban durante el día, desaparecía por la noche. El número de ovejas, cabras y gallinas disminuía sin cesar. Y llegó incluso el día en que a plena luz del sol, mientras la gente estaba trabajando en los campos, el ave entraba en los graneros donde se almacenaba el grano para el invierno y lo robaba.

Los aldeanos, desolados, ya no sabían qué hacer. La tristeza se apoderó de todo el pueblo y solo se oían llantos y lamentos.

Habían intentado dar caza al ave, pero ni el más valiente guerrero había conseguido atraparla. Era demasiado veloz para ellos. Apenas podían distinguir una sombra, solo oían el batir de sus alas cuando se posaba en la espesa copa de un gran mpingo que le servía de refugio.

El jefe de la aldea estaba desesperado y ya no sabía qué hacer. Hasta que un día, después de que el ave diezmara los rebaños y acabara con las reservas invernales, ordenó que todos los ancianos de la tribu, como si de un solo hombre se tratara, cogieran sus armas para atacar al pájaro:

—Talad el árbol en el que se esconde —les dijo.

Con hachas y cuchillos, los ancianos se acercaron hasta el árbol y empezaron a golpearlo para derribarlo, hundiendo las afiladas hojas en su tronco.

Al sentir en su carne las primeras heridas, el árbol se estremeció y en lo más alto de su copa, de entre las espesas ramas, emergió la cabeza de la misteriosa ave. Cantaba una dulce canción, que hablaba del hermoso pasado. Un tiempo perdido que jamás había de regresar.

Tan hermoso era su canto, que ablandó el corazón de los ancianos. Consiguió que, uno tras otro, soltaran sus armas y cayeran de rodillas, con lágrimas en los ojos, para escuchar aquella dulce canción cargada de añoranza y nostalgia. Entre ellos se decían:

—Es imposible que esta ave tan dulce haya causado tanto mal.

Cuando el sol se ocultó, regresaron a la aldea andando despacio, como sonámbulos y le dijeron al jefe de la tribu que, por nada del mundo, le harían daño al ave.

El jefe, ante la negativa de los ancianos, decidió recurrir a los jóvenes para acabar con el pájaro:

—Que sean ellos los que destruyan su poder.

A la mañana siguiente, los muchachos tomaron hachas y machetes y se dirigieron hacia el árbol. Con el vigor y la fuerza de su juventud, hundieron las cortantes hojas en la carne del mpingo. Pero tal y como había ocurrido el día anterior, entre las enmarañadas hojas de la copa, apareció la cabeza del pájaro multicolor. De nuevo, una melodía de extraordinaria belleza resonó en los cerros. Los jóvenes escuchaban extasiados aquella canción que hablaba a sus almas de amor, valentía y hazañas heroicas y, mirándose unos a otros, se dijeron:

—Esta ave dulcísima no puede ser malvada.

Hachas y machetes cayeron de sus manos y se arrodillaron a escuchar el canto del pájaro hasta que se ocultó el sol. Volvieron a la aldea y le dijeron al jefe de la tribu que por nada del mundo harían daño al ave misteriosa.

Ante este nuevo fracaso, el jefe montó en cólera.

—Ya solo quedan los niños. Ellos son los únicos capaces de distinguir la verdad de la mentira, porque oyen y ven con el corazón. Mañana iré con ellos y acabaremos con el pájaro.

Al día siguiente, se encaminaron juntos hacia el árbol. En cuanto los niños asestaron los primeros golpes, el ave, deslumbrante de hermosura, apareció en lo alto de la copa, pero ellos no miraron hacia arriba, siguieron con la vista puesta en sus hachas y golpeando el tronco, sin prestar atención a los lisonjeros cantos del pájaro.

Finalmente, el árbol se partió y con un fuerte chasquido cayó pesadamente al suelo, arrastrando consigo a la misteriosa ave, que murió aplastada por las ramas del mpingo.

Todo el pueblo acudió para ver lo que los niños habían conseguido con sus pequeños bracitos.

Aquella noche, el jefe organizó en el pueblo una gran fiesta en honor de los pequeños, para recompensarlos por haber salvado a toda la aldea de aquel extraño pájaro:

—Vosotros sois los únicos que sabéis distinguir la verdad de la mentira. Vosotros seréis para siempre los ojos y los oídos de la tribu.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El ave que hechizaba con su canto» con la voz de Angie Bello Albelda

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