vaca

La Vaca y la Luna

Ilustración: Seeburglar

Como ustedes saben, la Luna es una señora redonda, monda, oronda y lironda, que está siempre sentada en el cielo.

Y también habrán pensado muchas veces: ¿la Luna no se aburre allá arriba, tan sentada?

Ahora que los hombres ya van a visitarla a ella, ¿no se le habrá ocurrido nunca jugar a las visitas con nosotros? Podríamos hacerla saltar, botar y rodar como una pelota blanca.

Pues bien, yo les contaré un secreto, pero no lo repitan a nadie.

Hace mucho, mucho tiempo, cuando la Luna era chiquita, bajaba a la Tierra todos los lunes. Sí, venía a jugar y hacer travesuras. Y bajaba sin permiso del Sol, que se quedaba allá arriba sentado en su trono, muerto de calor, mirándola de reojo muy enojado. Y la Luna chiquita se divertía mucho aquí en la Tierra. Jugaba con los gatos, los chicos, las mariposas y las ovejas. Se bañaba en los arroyos y rodaba por los toboganes. Se caía de las hamacas y botaba por las calesitas.

Pero un lunes… un lunes le pasó un accidente, pobre la Luna, y desde entonces no quiso volver más a la Tierra. Se quedó sentada en el cielo para siempre, redonda, monda, oronda y lironda, repitiendo una triste canción que dice:

Y ahora les contaré, en secreto, qué le pasó a la Luna cuando bajó a la Tierra hace muchos, muchos años, por última vez.

Resulta que vino rodando por el cielo, como todos los lunes. Aterrizó en un campito verde lleno de flores y mariposas. El Sol brillaba muy fuerte, de puro enojado que estaba con la escapada de la Luna. Como se había agachado para mirarla mejor, hacía mucho calor. La Luna se bañó en el arroyo para refrescarse y después se sentó en el pastito muy tranquila cuando, como todos los lunes, se le acercaron sus amigos: chicos, sapos, ovejas, mariposas y grillos. Se pusieron todos a jugar, y la Luna rodaba de aquí para allá, de allá para aquí, riendo en jajajá y riendo en jijijí.

Jugaron a la escondida, a la mancha venenosa, al Martín Pescador… bailaron la rancherita y el pericón, hasta que por fin los chicos tuvieron que irse al colegio, las ovejas a almorzar, los grillos a cantar y las mariposas a mariposear. La Luna se quedó sola, y como estaba muy cansada de tanto brincar, decidió dormir una siestita. Durmió un rato muy largo.

Cuando se despertó, el Sol ya estaba resbalando por el horizonte, sin dejar de mirarla de reojo y con las cejas arrugadas como si fueran dos ciempiés. Al despertarse, la Luna sintió algo muy raro en la cabeza. Una cosa áspera, caliente y húmeda la acariciaba torpemente.

—¿Pero qué es esto? —gritó la Luna asustada.

Y se encontró con los ojos tontos y vacunos de una Vaca que la estaba lamiendo entusiasmada. La Luna se tocó la cabezota y notó con horror que le faltaba un buen pedazo. La Vaca a todo esto se relamía.

—¡Pero qué barbaridad! —le dijo la Luna—. ¡Me has estado lamiendo durante toda la siesta con esa lengua grandota y de papel de lija! ¿No te da vergüenza, Vaca vacuna?

La pobre Vaca se disculpó diciendo:

—Tunúus rucu gustu u sul. U cumu u mú mu gustu muchu lu sul…

(Las vacas hablan solamente con la U, de modo que esto, traducido del vacuno al castellano, quiere decir: «Tenías rico gusto a sal, y como a mí me gusta mucho la sal…»).

Y la pobre Luna se puso a llorar.

—¡Ahora sí que el Sol me va a retar, y con toda razón, porque ya no soy redonda, monda, oronda y lironda, me falta un pedazo, parezco un huevo!…

La Luna lloraba frotándose tristemente el pedazo de cabeza que le faltaba. A todo esto, la Vaca se relamía, y como única palabra de consuelo y disculpa, decía atentamente:

—Muuuuu.

El Sol se tapó con una nube y desapareció, para no seguir presenciando tamaña calamidad. La Luna, tristísima, se volvió al cielo, donde algunas veces, cuando se da vuelta un poquito, ustedes le podrán ver el buen pedazo de Luna que le gastó la vaca con su lengua de lija.

Por eso ahora la Luna prefiere no bajar más a la Tierra, y se queda sentada en el cielo todas las noches, repitiendo esa triste canción que dice:

Y a las tres, a las dos, y a la una, se acabó el cuento de la Luna.

FIN

Segunda aventura de Florianís

 

Ilustración: M.ª Fe Quesada

Donde se narra el singular episodio de ejemplar desenlace protagonizado por el caballero  Florianís, la vaca, la cabra, la oveja y el majestuoso león.
(conoce más sobre las aventuras de Florianís).

Cierto día en que andaba el caballero Florianís buscando algo para comer, se topó sorpresivamente con una vaca ocupada en la misma tarea.

—¡Ay de mí! —se quejaba la pobre vaca—. Tengo hambre y no encuentro nada para comer.

—Buenos días, vaca —saludó el caballero, no porque anduviera por el mundo saludando a cualquiera, sino porque era una manera de empezar a charlar; nada más.

—Buenos días —respondió la vaca, que era muy atenta, aunque bastante desconfiada—. ¿Con quién tengo el gusto de hablar? —preguntó, porque no era cosa de andar hablando con cualquiera.

—Soy el caballero Florianís, para servirla, señora. Escuché sus lamentos, y le diré que mi situación es semejante a la suya: tengo hambre y no encuentro nada para comer. Sólo me quedan dos zanahorias y una cebolla, pero no pierdo la esperanza de encontrar algunas verduritas más para hacerme una rica sopa.

—A mí me quedan una papa y dos dientes de ajo —dijo la vaca—. ¿Qué le parece si entre los dos buscamos algo más y después nos ponemos a preparar la sopa? —sugirió, porque si una cualidad tenía esta vaca, era precisamente la de ser muy práctica.

—Cómo no —aceptó encantado el caballero—. Vayamos por aquel camino, tal vez encontremos algo.

Juntos y hambrientos se fueron los dos, mirando a un lado y a otro, recogiendo algunos hongos al pie de los árboles y unas pocas hierbas para agregar a la olla. En eso estaban cuando vieron pasar por allí a una cabra y una oveja llevando una canasta.

—Buenos días, señoras —saludó el caballero Florianís—. ¿Andan de paseo? —preguntó, por preguntar.

Muy apenadas, la oveja y la cabra se pusieron a contar su difícil situación, ya que hacía dos días que no comían y por ese motivo andaban buscando algunas verduritas, con la ilusión de poder prepararse algún plato de comida.

—¡Igual que nosotros! —exclamó Florianís—. ¿Qué les parece si juntamos todo lo que tenemos y preparamos una sopa para los cuatro?

Por supuesto que les pareció bien.

Sin perder tiempo, juntaron unas ramas secas, encendieron el fuego y alistaron la olla para el puchero. Ya estaba el agua a punto de hervir, y muy atareados los cuatro limpiando las verduras y también saboreando de antemano la comida que habrían de compartir, cuando los sorprendió una voz desconocida.

—¿Hay un lugarcito para mí?

La voz era alta y grave; era una voz majestuosa. Todos se dieron vuelta de inmediato y, ¡cómo no sorprenderse!, detrás de un árbol, asomando su monárquica cabeza, un león sonreía bonachonamente.

—No se asusten, amigos —Intentó tranquilizarlos el recién llegado—. Soy un pacífico león muerto de hambre, y como veo que están cocinando, les propongo colaborar con algunos ingredientes, así luego podré participar de la comida.

—Cómo no… señor… león…—dijo tímidamente la cabra—. Bienvenido a… nuestro almuerzo.

El león abrió su mochila y sacó un chorizo, un ramo de perejil y un puñado de porotos. Echó todo en la olla y se sentó, dispuesto a esperar su porción de puchero.

Mientras tanto se pusieron a charlar, sorprendidos los cuatro amigos al ver a un león tan cortés y tan humilde. Pero ya llevaba la charla bastante tiempo, cuando el caballero Florianís decidió interrumpirla para inspeccionar la olla.

—Señores, el almuerzo está listo —anunció—. Por favor, si cada uno me alcanza su plato, procederé a servir.

—¡Ajá! —dijo el león, acercándose a la olla—. Veo que el puchero es abundante. ¿Se puede saber cómo va a repartirlo, estimado caballero?

—Pues en partes iguales —respondió Florianís—. Somos cinco, así que serviré cinco platos bien llenos. Uno para cada uno.

Ya estaban la cabra, la vaca y la oveja esperando que les llenaran el plato, cuando imprevistamente se adelantó el león.

—Un momento, caballero cocinante, detenga el cucharón —gritó con gesto amenazador, olvidándose de la humildad y la cortesía que hasta ahora había tenido—. Ninguno tocará esta olla —prosiguió—. Yo haré el reparto.

—¿Ah, sí? ¿Y se puede saber cómo piensa repartir? —quiso saber Florianís.

—Como corresponde, ni más ni menos. La primera parte será para mí —continuó—, y eso no se discute porque soy el león. La segunda me la merezco porque no existe nadie tan valiente como yo. La tercera también es para mí porque soy el más audaz. La cuarta me la he ganado por derecho natural. Y si alguno intenta tocar la quinta —concluyó—, tendrá que rendirme cuentas de semejante osadía.

Así diciendo y amenazando a todos con sus garras y feroces rugidos, los echó del lugar para poder comer tranquilo el sabroso puchero.

La oveja, la cabra y la vaca, temblando de miedo, se escondieron detrás de unos árboles. El caballero, en cambio, quiso hacer frente a la situación, pero se dio cuenta de que él solo no podía, ni siquiera usando su espada. Entonces corrió hasta los árboles donde estaban refugiadas sus amigas, para tratar de convencerlas de que se unieran a él y lucharan contra el león.

—Es muy fuerte —dijo la oveja—. Nos devorará a los cuatro.

—¡Es feroz! —exclamó la vaca—. Nadie puede contra él.

—Es muy valiente —aseguró la cabra—. No le teme a nada.

—Pero es uno solo —razonó el caballero Florianís— y nosotros somos más.

—¿Y qué podemos hacer? —preguntaron las temerosas.

—Defender nuestra olla y nuestros estómagos —contestó Florianís—. Cada una de ustedes con un palo y yo con mi espada —prosiguió— atacaremos al león.

¡Veremos quién es más fuerte!

De este modo marchó el pequeño ejército con el caballero Florianís a la cabeza. Y espada va y espada viene, y palazos por aquí y por allá, lograron entre todos ahuyentar al león, que escapó muerto de miedo, sin haber probado ni siquiera la parte del puchero que con justicia le hubiera correspondido y que por prepotente perdió.

FIN

Mario, el Pequeño Marinero, busca amigo

Ilustración: Hermes

El Pequeño Marinero Mario llevaba ya dos años viviendo en Isla Imaginada. En ese tiempo, había surcado con su barquito los mares que rodean la isla muchas veces, pero como le gusta madrugar ninguno de sus amigos, que son perezosillos, había querido acompañarlo.

Eso no le había importado mucho, porque disfrutaba de la brisa marina, se entretenía con los saltos de delfines y ballenas que salían a saludarlo a la superficie y después se echaba una siestecita en cubierta acunado con el movimiento de las olas. Pero ahora tenía en mente ampliar horizontes y realizar un gran viaje…

Había convencido a Simbad el Marino, de que le prestara su barco, que era más grande y seguro, ya que quería llegar más allá del horizonte donde le habían dicho que existían tierras de ensueño. Pero no quería ir solo, así que inició la tarea de buscar un amigo de aventuras. Tenía que gustarle el mar y ser un buen compañero de viaje, de amena conversación y de carácter agradable.

Pensó que era buena idea hacer una prueba a aquellos que quisieran presentarse como voluntarios.

Pidió a su amiga, La Pequeña Hada, que escribiera unas palabras para pegar en el tablón de anuncios, ya que tenía muy buena letra y esta, encantada de ayudar, así lo hizo.

—No te preocupes, amigo Mario, en un pispás lo cuelgo en la plaza para que todo el mundo lo vea —le comentó solícita.

Y así quedó el anuncio:

En apenas dos días, se presentaron varios candidatos, entusiasmados con la idea de realizar un gran viaje.

La primera que se presentó fue la señora Hormiga, Mario pensó que como ocupaba poco espacio sería buena compañera, pero durante el viaje de prueba la perdía constantemente ¡Era tan pequeñita que le daba miedo pisarla en cualquier momento! «La Señora Hormiga no me sirve, seguiré buscando», pensó.

Al día siguiente, salió temprano a navegar con Blancanieves que, muy ilusionada, quería conocer mundo. Pero, ¡ay!, al regresar a puerto, la cara y brazos de la pobre niña eran del color de las gambas que bailan en el fondo del mar. El sol había quemado su piel blanca y delicada. Así que Mario la descartó porque un marinero tiene que llevarse bien con el mar, pero también con el sol.

—Pues habrá que probar otra vez —se dijo.

El siguiente en la lista era el señor Ratón. Se veía muy dispuesto a navegar. «Demasiado nervioso», pensó Mario cuando lo vio llegar agitando su cola y sus orejas sin cesar.

En efecto, era tan nervioso que en todo el día no paró de dar vueltas por el barco, de acá para allá y en varias ocasiones lo pilló royendo las cuerdas que sujetaban las velas.

—Nada, que el ratoncillo no me vale ¡Si me descuido se come hasta las velas! —Mario estaba ya un poquito nervioso— —¡A ver si no voy a encontrar a nadie que pueda venir a navegar conmigo!

Aún le faltaban por probar algunos candidatos.

La gallina Fina fue la siguiente. Muy contenta, subió a la embarcación. Se la veía muy trabajadora, pero también muy parlanchina, se pasó el día entero ¡clo, clo! por aquí ¡clo, clo! por allá, sin parar de cloquear en ningún momento. Desde luego, con ella Mario no se aburriría, pero se lo pensó bien y como al desembarcar tenía un dolor de cabeza de campeonato la tachó también de la lista.

—¡No tengo que desesperar! Aún me quedan voluntarios en la lista.

Así que le llegó el turno al Sastrecillo Valiente

—¡Este seguro que me vale! Siendo tan valiente, no habrá dificultad que se nos resista —pensó el marinero.

Pero, ¡ay!, el valiente sastrecillo no había montado nunca en barco y al ratito de empezar a navegar su cabeza y su tripa se pusieron a dar vueltas cual tiovivo y su cara se fue tornando de color verdoso ¡Se había mareado!

—Pues será imposible hacer el viaje con él —se lamentó Mario.

Al siguiente día, el turno fue para el Señor Pato.

—El señor Pato seguro que no se marea ni come cuerdas ni cloquea todo el día —se dijo Mario esperanzado.

El día empezó muy bien. Al ratito de partir, el pato se echó al agua pues le gustaba mucho nadar y eso fue lo que hizo en todo el día: del agua al barco y del barco al agua.

Nuestro pequeño marinero estaba desconcertado. Si esto era lo que le esperaba en el viaje, de poca ayuda le iba a servir el señor Pato y, para rematar, al final del día el aspecto que presentaba era lamentable. Las plumas se le habían quedado hechas un asco por la sal del agua y los ojos le picaban.

Así que fue él mismo quién le dijo a Mario que no estaba preparado para el  viaje.

—¡Madre mía! ¿Y ahora qué voy a hacer? —se lamentaba—. Solo me queda un candidato y aunque no creo que me vaya a ser de utilidad no tengo más remedio que hacerle la prueba.

La candidata de la que hablaba el marinerito no era otra que la señora Vaca. «Pero ¿cómo se va a manejar una vaca en un barco? ¿Y si pesa demasiado y nos hundimos?». Estas cavilaciones mantenían nervioso a Mario y procuraba buscar también las ventajas de tener una vaca a bordo. «No habría problema con las cuerdas, ya que solo come forraje, su piel es gruesa y no se quemará, habla poco y no se tirará al agua cada dos por tres y esperemos que no se maree».

La señora Vaca llegó puntual el día de la prueba y, muy entusiasmada, subió al barco, que se tambaleó un poco, pero aguantó. Y es que el barco de Simbad el marino era sólido y resistente.

Desde el medio, dónde se instaló, llegaba a proa y a popa sin esfuerzo y aunque un poco torpe, era muy voluntariosa y obedecía las órdenes de Mario, que ya se veía cual capitán de barco con gorra y todo, mandando a la tripulación.

Fue el mejor día de todos. La señora Vaca era muy alegre, sabía muchas canciones, pero también le gustaba contemplar el mar y juntos pasaron ratos en silencio que Mario agradeció acordándose de la señora Gallina y su ¡clo, clo! incesante.

Al lado de la señora Vaca nuestro marinero se sentía seguro y en las noches frías en el mar le procuraría un calorcillo agradable. Ya se veía recostado en ella observando las estrellas en las noches claras.

—¡Creo que por fin he encontrado mi compañera ideal!

Mario estaba muy contento. Presentía que el viaje sería una maravillosa experiencia y que la señora Vaca se convertiría en una gran marinera y en una gran amiga.

Algunos vecinos de Isla Imaginada que los vieron llegar a puerto se reían y comentaban:

—¿Dónde se ha visto una vaca marinera?

—Este Mario ha perdido la chaveta ¡Vaya pareja más rara!

Pero a Mario no le importó lo que decían y en pocos días preparó lo necesario para el viaje.

Sabía que la voluntad, las ganas de aprender, la alegría y el compañerismo de la señora Vaca eran mucho más importantes que la habilidad, la belleza, la forma física y el tamaño.

Pasados tres meses, los que estaban en el puerto vieron aparecer en el horizonte el barco de Simbad y esperaron impacientes su llegada al muelle.

La señora Vaca y Mario bajaron a tierra bronceados y contentos. Contaban, a quién quisiera escucharlos, sus aventuras a través de los mares: ballenas enormes como islas, tormentas y huracanes, simpáticos delfines que los acompañaron durante largas jornadas y ¡hasta sirenas vieron! También habían avistado barcos pirata y habían rescatado náufragos, que devolvieron a sus tierras de origen.

Además de todo eso, portaban con ellos esquejes y brotes de plantas desconocidas en la isla que en poco tiempo llenaron los jardines de frutos exóticos y flores exuberantes.

Aquellos que se rieron de la rara pareja de marineros que formaban la señora Vaca y Mario tuvieron que reconocer que se habían equivocado y que no hay que juzgar nunca por las apariencias.

Nuestro Pequeño Marinero cumplió su sueño de realizar un gran viaje, pero lo que no soñó es que encontraría una amiga tan especial ¡Aunque tenía que tener cuidado de que no lo aplastara sin querer!

FIN

La venta de la vaca

Ilustración: hockeychick

En un pequeño pueblo vivían un campesino y una campesina. Lo único que poseía la pareja era su cabaña, una vaca y una cabra. El hombre, que se llamaba Abundio, era muy limitado, tanto, que sus vecinos lo apodaban el Tonto. Pero su esposa, Petronila, era muy inteligente y con frecuencia remediaba las tonterías que hacía su marido.

Una mañana Petronila le dijo a su marido:

—Abundio, hoy hay feria en la aldea y he pensado en vender nuestra vaca. La pobre es muy vieja y da poca leche.

Abundio, después de pensar un rato, le dio la razón a su mujer:

—Petronila, creo que lo mejor será que vendamos la vaca. La pobre es muy vieja y da poca leche.

Se puso el traje de domingo y se fue al establo a recoger la vaca para llevarla al mercado.

—Abundio, atento y no te dejes engañar —le advirtió Petronila.

—Tranquila, mujer. Mucho tiene que madrugar el que me quiera engañar —contestó el tonto campesino, que se creía muy inteligente.

Abundio fue al establo pero, una vez allí, no sabía distinguir claramente cuál era la vaca y cuál era la cabra.

—¡Ya sé! —se dijo para sí después de cavilar largo rato—. Una vaca es más grande que una cabra, así que me llevaré el animal más grande al mercado y problema solucionado.

Dicho esto, desató la vaca y se la llevó.

No había andado mucho Abundio cuando tres jóvenes, que también iban a la feria, le echaron el ojo. Los tres pícaros, al ver al lugareño con la vaca, decidieron engañarlo. Acordaron que uno de ellos se adelantaría para tratar de comprarle el animal. Poco después, el segundo haría lo mismo y, por último, el tercero.

—¡Hola, amigo! —saludó el primero—. ¿Me vendería su cabra? ¿Cuánto vale?

—¿Cabra? —replicó el aldeano atónito—. ¿Cabra, dice? —Y con expresión incrédula, miraba, alternativamente, al comprador y al animal.

—Véndamela, por favor —continuó el joven muy serio—. Le doy seis monedas por ella.

—¿Venderle la cabra? —continuó repitiendo el lugareño, moviendo la cabeza de un lado a otro—. Yo pensaba que llevaba una vaca a la feria.  Y después de mirarla bien, sigo creyendo que es una vaca y no una cabra.

—¡No diga disparates! Lo que lleva a vender es la cabra más flaca que he visto en mi vida. Es mejor que guarde mis monedas. ¡No la quiero! ¡Adiós!

A continuación el segundo joven alcanzó a Abundio.

—Buenos días, buen hombre —le dijo afablemente—. ¡Qué día tan bonito hace! ¿Va usted al mercado? ¡Pero si lleva una cabra! Yo iba a la feria, precisamente, a comprar una cabra. ¿Me vende la suya? Le doy cinco monedas por ella.

El campesino, rascándose una oreja, dijo para sus adentros: «¡Pero qué raro! Este también dice que llevo una cabra. ¿Será posible? El bicho, en todo el camino, no ha abierto el hocico. Si hiciera ruido, podría saber si es la cabra o la vaca. ¡Maldita sea! La próxima vez, antes de salir, preguntaré a mi mujer».

—Pues vale —continuó el pícaro joven—, si no me quiere vender la cabra por cinco monedas, compraré otra en el mercado. Aunque creo que cinco monedas es mucho a cambio de una cabra tan flaca. Adiós.

Finalmente, llegó el tercer joven.

—Feliz día, caballero ¿Querría venderme su cabra?

El pobre campesino ya no sabía qué pensar. Al cabo de un momento de silencio contestó:

—Es la tercera persona que me dice que esto que llevo es una cabra, pero este animal es una vaca.

—¿Cómo dice? Está claro que está ciego o que me toma el pelo —repuso el chico mentiroso— ¡Pero si hasta un niño puede decirle que este animal no es una vaca, sino una cabra. Y por cierto, muy flaca.

—Recuerdo que el animal que estaba atado cerca de la puerta, el que yo traigo aquí, era una vaca. Además, puede ver que este animal tiene la cola larga y las cabras tienen la cola corta —contestó el tonto aldeano.

—Solo dice tonterías —contestó el tunante—. Pero, aun así, le ofrezco cuatro monedas por su cabra.

El pobre hombre, que ya dudaba hasta de sí mismo, vendió el animal por cuatro monedas y regresó a su casa. Mientras, los jóvenes siguieron su camino hacia el mercado.

Al llegar a casa, Petronila se indignó mucho cuando Abundio le entregó las cuatro monedas.

—¡Tonto! ¡Más que tonto y sin remedio! —exclamó colérica—. Te llevaste una vaca que vale, al menos, cincuenta monedas.

—Pero ¿qué podía hacer yo? Tres personas, una después de otra, me aseguraron que llevaba una cabra y…

—¿Tres? —interrumpió la mujer—. Seguro que fueron los mismos que pasaron por aquí y me preguntaron por el camino de la aldea. Habrán vendido nuestra vaca en el mercado y ahora lo estarán celebrando en alguna posada. ¡No perdamos tiempo! Ponte un sombrero grande para que no te reconozcan. Vamos a pagar a esos pícaros con la misma moneda.

Al llegar al mercado, visitaron varias fondas y, tal y como lo había sospechado la mujer, encontraron a los tres estafadores celebrando su triunfo en una de ellas.

La mujer habló con el posadero y le refirió, en pocas palabras, lo que le había pasado a su marido:

—Si nos ayuda —dijo la mujer al posadero, —podremos recobrar nuestro dinero. Mi plan es este: yo le pediré bebida y usted nos servirá. A la hora de pagar, me levantaré, revolveré dentro de mi sombrero y, a continuación, usted sacará de su bolsillo estas monedas que yo le doy ahora y dirá, bien alto, que la cuenta está pagada.

En su mesa, los tres pícaros seguían comiendo y bebiendo alegremente sin prestar atención a nada. Pero cuando Petronila se levantó por tercera vez y revolvió en su sombrero, uno de ellos le preguntó al posadero la causa de tan extraña conducta y este, haciéndose el misterioso, respondió:

—¡Es increíble lo de esa mujer! —respondió—. Tiene un sombrero mágico. Muchas veces había oído hablar de ese sombrero, pero esta es la primera vez que veo tal maravilla con mis propios ojos. Esa señora me pide bebida, se la llevo, revuelve su sombrero y, al momento, en mi bolsillo suena el dinero. Al principio no me parecía posible, pero usted mismo es testigo: los hechos son más seguros que las palabras.

El bribón se reunió con sus camaradas y les refirió la conversación.

—Debemos apoderarnos de ese sombrero a cualquier precio —dijeron los tres al unísono.

Fueron a sentarse con la pareja de campesinos y empezaron a hablar:

—Señora, su sombrero es muy bonito y me gustaría comprarlo. ¿Cuánto vale? —dijo el primero.

La mujer lo miró desdeñosamente y repuso:

—No lo vendo. No es un sombrero cualquiera. ¡Posadero! —gritó con voz firme—, ¡más bebida!

Cuando la bebida fue servida, Petronila se levantó, revolvió su sombrero y el posadero sacó al instante dinero de su bolsillo.

Los tres bribones estaban cada vez más pasmados de asombro y tanto importunaron y rogaron a la mujer, que esta acabó por exclamar:

—¡Está bien! No me molesten más. Les vendo el sombrero por cincuenta monedas.

Esta era la suma exacta que habían obtenido por la venta de la vaca. Muy alegres, entregaron el dinero a Petronila, que tan pronto como lo tuvo en el bolsillo se marchó a su casa del brazo de Abundio.

Los tres bribones también se fueron hacia otra fonda para probar el sombrero. Después de haber pedido varias bebidas, llamaron a la dueña para pagarle. El primero se levantó, revolvió el sombrero, y todos esperaron el efecto. Pero no sucedió nada. La dueña, extrañada por tal conducta, les dijo:

—Estoy esperando a que me paguen.

—Solo tiene que meter la mano en su bolsillo. Ahí está su dinero.

La mujer así lo hizo, pero no encontró nada.

—¡Qué raro! —dijo el segundo joven, un poco alarmado—. Dame el sombrero. Probaré yo.

El joven revolvió dentro del sombrero, a derecha e izquierda. Pero en balde. Los bolsillos de la posadera seguían tan vacíos como antes.

—¡No sabéis hacerlo! —gritó el tercero con impaciencia— Veréis cómo se debe hacer.

Y diciendo esto, revolvió el sombrero despacio y con cuidado. Pero no tuvo más éxito que sus compañeros.

Al fin, comprendieron que los habían engañado. Su indignación fue tanta, que es mejor no repetir lo que dijeron de Petronila.

Esta, entretanto, había llegado a su casa junto a su marido, que más contento que unas pascuas contaba las cincuenta monedas:

—¿Lo ves, Petronila? Ya te lo dije esta mañana: «Mucho tiene que madrugar el que me quiera engañar».

Su mujer prefirió no decirle nada porque era muy juiciosa y sabía que, muchas veces, el silencio es oro.

FIN

Las habichuelas mágicas

Ilustración: LindseyBell

Jack vivía con su madre, que era viuda, en una cabaña del bosque. La situación de la familia empeoraba día a día y la madre decidió mandar a su hijo a la ciudad, para que allí intentase vender la única vaca que poseían.

El niño se puso en camino con el animal atado de una cuerda. No había recorrido demasiado camino, cuando se encontró con un hombre que llevaba un misterioso saquito en la mano. Al ver a Jack le dijo:

—Niño, en este saquito llevo unas habichuelas mágicas. Te las cambio por la vaca.

Jack así lo hizo y regresó contentísimo a su casa. Su madre, al ver lo que había pasado, se disgustó muchísimo, cogió las habichuelas y las tiró por la ventana. Acto seguido, se puso a llorar y a lamentar la necedad de su hijo.

Al día siguiente, cuando se levantó Jack, fue grande su sorpresa al ver que las habichuelas habían crecido tanto durante la noche, que las ramas se perdían de vista en el cielo.

Jack empezó a trepar por la planta. Sube que sube que sube, hasta llegar a un país desconocido, cuyos habitantes estaban subyugados por un terrible ogro.

En la lejanía divisó un castillo y se dirigió hacia allí. Entró en él y descubrió que era allí donde vivía el malvado gigante, el cual poseía una oca que ponía un huevo de oro cada vez que su dueño se lo ordenaba.

Jack esperó a que el gigante se durmiera, tomó la oca y escapó con ella.

Al llegar a las ramas del árbol de las habichuelas, se descolgó por el tronco hasta tocar el suelo y entró en la cabaña.

Al ver aquel prodigio, la madre se puso muy contenta. La oca ponía huevos y ello los vendían. Con la ganancia obtenida vivieron tranquilos mucho tiempo, hasta que la oca murió.

Jack decidió trepar de nuevo por la planta y una vez arriba se dirigió al castillo del gigante.

Se escondió tras una cortina y observó como el dueño del castillo contaba monedas de oro que sacaba de una bolsa de cuero.

En cuanto se durmió el gigante, salió Jack y, recogiendo el saco que daba oro, echó a correr hacia la planta gigantesca y bajó a su casa. La viuda y su hijo tuvieron dinero para ir viviendo mucho tiempo.

Sin embargo, llegó un día en que la bolsa de cuero no dio más monedas de oro. Estaba completamente vacía.

Trepó Jack por tercera vez por las ramas de la planta hasta llegar a la cima. Entonces vio al ogro guardar en un cajón una cajita. Era mágica y cada vez que alguien levantaba la tapa la caja dejaba caer una moneda de oro.

Cuando el gigante salió de la estancia, cogió el niño la cajita prodigiosa y se la guardó.

Desde su escondite, vio Jack que el gigante se tumbaba en un sofá, y un arpa, ¡oh maravilla!, tocaba sola, sin que mano alguna pulsara sus cuerdas, una delicada música. El gigante, mientras escuchaba aquella melodía, fue cayendo, poco a poco, en un profundo sueño.

Apenas lo vio dormido, Jack, se apoderó del arpa y echó a correr. Pero el arpa estaba encantada y al verse en manos de Jack empezó a gritar.

—¡Señor ogro, señor ogro, despierte, que me roban!

Se despertó sobresaltado el gigante y viendo lo que ocurría, salió corriendo furioso tras Jack.

Resonaban a espaldas del niño los pasos del gigante cuando ya, sujeto a las ramas, empezaba a bajar. Aunque iba muy deprisa, al mirar hacia las alturas vio que también el gigante descendía.

No había tiempo que perder.

—¡Mamá, mamá trae enseguida el hacha, que el gigante me persigue! —gritó Jack.

Acudió la madre con el hacha y de un certero golpe, cortó el tronco del árbol de las habichuelas.

Al caer el árbol, arrastró consigo al gigante, que se estrelló con estrépito contra el suelo, pagando así sus fechorías.

Jack y su madre vivieron felices, ya que cuando necesitaban alguna cosa, abrían la cajita y esta dejaba caer una moneda de oro.

FIN

¿De quién es este huevo?

Ilustración: stokrotas

—Uno…, dos …, tres …, cuatro …, cinco …, seis… —contó mamá gallina con alegría—. He contado cuidadosamente todos los huevos. Hay seis en total. Pero ¿por qué este es tan grande? Estos cinco huevos parecen iguales, está claro que son míos, ¡Son tan perfectos! Pero ¿por qué este es tan grande? ¡No creo que sea mío!

Después, la gallina se preguntó: «Si este no es mi huevo, entonces ¿de quién podrá ser? Creo que debo averiguar quién es su verdadera madre». A continuación, puso todos los huevos en una cesta se la colgó del ala derecha con mucho cuidado y salió de su gallinero.

A la primera que encontró fue a la gata. La gallina la saludó amablemente:

—Buenos días, señora gata, en mi nido he encontrado un huevo muy diferente, inusual. Demasiado grande para que sea mío. Es más, ¡estoy segura de que no es mío! ¿Puedes echarle un vistazo y comprobar si es tuyo?

La señora gata maulló suavemente:

—Estimada señora gallina, los gatos criamos a nuestros hijos con mucho amor, como tú, pero no ponemos huevos. Las gatas damos a luz a los gatitos. Y ahora discúlpame, mis gatitos ya deben estar llorando de hambre. Los tengo que alimentar con mi leche. Te veo luego, adiós.

Doña gallina siguió adelante. Después de un rato, se topó con la perrita que guardaba la granja. La señora gallina le preguntó:

—Doña perrita, hay un huevo inusual junto a mis huevos. Estoy buscando a la madre de ese huevo raro, ¿podría ser tuyo? Míralo, aquí lo traigo.

—¿Cómo? ¿Mi huevo? ¡No, no! ¡Yo no pongo huevos! Los perros no ponemos huevos. Damos a luz a nuestros cachorros y les damos de comer de nuestra leche. Si el huevo no es tuyo, mío tampoco es. Será mejor que vayas y preguntes a otro animal de la granja —gruñó la señora perrita de mala gana.

—Siento mucho haberte molestado —dijo la gallina en voz baja. Y se alejó a paso rápido.

La señora gallina anduvo y anduvo y llegó al otro extremo de la granja. Allí vio a una cerdita muy gorda acostada sobre un gran charco, justo al borde del camino. Se acercó a ella y le habló así:

—Hola, señora cerdita, querría hacerte una pregunta. Resulta que encontré un huevo diferente entre los míos y quiero devolvérselo a su madre. ¿Podrías mirarlo para comprobar si es tuyo?

La señora cerdita ni siquiera se molestó en mirarlo y tampoco respondió.

La señora gallina insistió:

—Señora cerdita, por favor, hazme caso, mira este huevo y dime si es tuyo.

Esta vez, la cerdita contestó airadamente:

—¡Tú debes de ser tonta! ¿Acaso no sabes que mis lechones, no salieron de un huevo? ¡Yo les di a luz y los alimento con mi leche! Y ahora, ¿dejarás ya de molestarme? —Y volvió a remojarse en el charco.

La señora gallina, desanimada, caminó un poco más y, no muy lejos, se encontró con una vaca que pastaba plácidamente en la pradera. Se dirigió a ella con estas palabras:

—Señora vaca, he encontrado este huevo tan grande que alguien dejó en mi nido y quisiera devolvérselo a su madre. ¿Serías tan amable de comprobar si es tuyo?

Doña vaca observó detenidamente el huevo y luego mugió con calma:

—No es mío señora gallina, las vacas damos a luz a nuestros terneros, no ponemos huevos. Alimentamos a nuestros terneros con leche. Entre los animales que viven en la tierra y tienen cuatro patas sé que los lagartos ponen huevos; tal vez el huevo sea de doña lagarta. Si sigues este camino, la encontrarás tomando el sol sobre una piedra.

Dicho esto, la vaca siguió rumiando y doña gallina reemprendió su camino. De pronto alzó la vista y, muy contenta, descubrió a doña lagarta tomando el sol sobre una piedra y le preguntó:

—Doña lagarta, si no te importa, ¿puedo preguntarte una cosa?

—¿Qué puedo hacer por ti? —preguntó la lagarta.

—Mira estos huevos. Estos cinco son míos, pero este grande no lo es. ¿Por casualidad no será tuyo? ¿No tendrás que darle leche para que rompa el cascarón?

La señora lagarta miró los huevos e inmediatamente respondió:

—Señora gallina, aunque pongo huevos yo no alimento con leche a mis bebés. Y, de todas formas, este huevo no es mío. Los que pongo yo son más pequeños.

—Si no es tuyo, ¿no sabrías de quién puede ser?

—Ni idea. Y ahora, si me disculpas, debo marcharme; parece que está a punto de llover y he de buscar un agujero para cobijarme.

—Gracias por escucharme, doña lagarta. ¡Qué le vaya muy bien!

La señora gallina siguió su camino hasta que dio con una familia de cabras. Las cabritas estaban mamando la leche de mamá cabra y la señora gallina se dirigió a ella:

—Buenos días señora cabra, esta mañana, cuando conté mis huevos, vi que había uno más grande que los demás y comprendí que no era mío, así que desde entonces estoy tratando de averiguar quién es su madre. Ya sé que no es tuyo, porque veo que das de mamar a tus hijitos, así que no debes poner huevos. Pero ¿podrías decirme si sabes de quién es?

La señora cabra miró el huevo, cerró los ojos y reflexionó durante un rato:

—No estoy segura de que este huevo pertenezca a un animal de cuatro patas. Los cocodrilos ponen huevos, pero aquí no hay cocodrilos. Las tortugas también ponen huevos, pero tampoco hay tortugas por aquí. Creo que para descubrir de quién es este huevo, deberías preguntar a las aves.

—Muchas gracias. Seguiré tu consejo.

No muy lejos de allí, la señora gallina se encontró a doña pata. Antes de que la señora gallina tuviera tiempo de abrir el pico, la pata graznó nerviosa y le preguntó a dónde se dirigía.

Doña gallina respondió:

—Hace horas que estoy dando vueltas por la granja intentando buscar a la madre de este huevo. He preguntado a todos los animales de la granja, pero todos me han respondido que dan a luz a sus hijos y los alimentan con leche; no ponen huevos. La señora cabra me sugirió que preguntara a las aves.

—¡Déjame ver ese huevo! —dijo nerviosa la señora pata.

La señora gallina dejó la cesta en el suelo y dijo:

—Es este; es demasiado grande. Alguien debe haberlo dejado en mi nido, por eso estoy dando vueltas para descubrir a quién pertenece. ¡Estoy tan cansada!

—Con tu permiso, veré si es el mío…. ¡Soy tan despistada! ¡No recuerdo dónde dejé mi huevo esta mañana! ¡Llevo todo el día buscándolo!

Doña pata estiró el cuello para mirar dentro de la cesta y, justo entonces, el gran huevo comenzó a eclosionar y asomó un pequeño patito.

Doña gallina miró al patito y dijo emocionada:

—¡Se parece mucho a ti!

Apenas había terminado de decir eso, cuando los otros huevos también comenzaron a eclosionar y de dentro salieron los pollitos.

Tanto la señora gallina como la señora pata estaban contentas. Se felicitaron mutuamente y observaron con alegría como el patito y los pollitos correteaban por todas partes para encontrar comida.

FIN

El hombrecito de jengibre

Ilustración: kuroneko3132

Esta historia se la contó la tatarabuela de mi abuela a su hijita un día que no quería comer

Había una vez una viejecita y un viejecito que vivían en una casa vieja y pequeña en la linde de un espeso bosque. Habría sido una anciana pareja muy feliz de no ser porque le faltaba una cosa para ser completamente dichosa: un niño. Efectivamente, no habían podido tener hijos y ahora, junto a los dos ancianos, no había un nietecito al que contarle cuentos ni tampoco con el que compartir regalos, besos, comidas, juegos… ¡y hubieran deseado tanto tener uno!

Un día, cercanas las fiestas de Navidad, la viejecita decidió hornear galletas de jengibre. Mientras amasaba los ingredientes, se le ocurrió que sería divertido darle a una de las galletas la forma de un niñito y así lo hizo: manos, cabeza, piernas, ojitos hechos de pasas, una preciosa chaqueta de azúcar glaseado con botones de chocolate… Fue cortando aquí y allá, pegando esto y aquello hasta conseguir dar forma a un dulce y pequeño hombrecito de jengibre. Después, colocó la bandeja en el horno para que las galletas se doraran y salió al jardín para contemplar los campos nevados.

Al cabo de un rato, volvió a la cocina para ver si las galletas ya estaban listas, pero cuál no sería su sorpresa al oír unos extraños ruidos procedentes del horno y una voz que repetía:

—¡Socorro! ¡Me quemo! ¡Que alguien me saque de aquí!

La anciana se acercó con cautela, abrió la puerta del horno y, de repente, de allí dentro saltó el pequeño hombrecito de galleta y huyó, pies para qué os quiero, tan rápido como pudo.

La viejecita llamó a su marido a gritos y ambos corrieron tras el pequeño hombre de galleta. Pero, por mucho que corrieron, no pudieron atraparlo.

El hombrecito de galleta llegó a un granero en el que tres trilladores trillaban trigo y, al pasar junto a ellos, les gritó:

Escapé de una viejecita,

escapé de un viejecito,

corre que correrás,

pero no me atraparás.

Yo soy de galleta y corro más.

Los tres trilladores dejaron de trillar trigo y empezaron a correr tras el hombrecito de galleta con la intención de comérselo. Pero, aunque corrían rápido, no pudieron atraparlo.

El hombrecito de galleta llegó a un campo lleno de labradores y, al pasar junto a ellos, les gritó:

Escapé de una viejecita,

escapé de un viejecito,

escapé de tres trilladores.

Corre que correrás,

pero no me atraparás.

Yo soy de galleta y corro más.

Los labradores comenzaron a correr tras él, pero no pudieron atraparlo.

El hombrecito de galleta llegó a un prado en el que una vaca pastaba tranquilamente y, al pasar junto a ella, le gritó:

Escapé de una viejecita,

escapé de un viejecito,

escapé de tres trilladores.

escapé de los labradores.

Corre que correrás,

pero no me atraparás.

Yo soy de galleta y corro más.

La vaca mugió enfada y, de inmediato, se puso a correr tras el hombrecito. «¡Esa galleta tiene que estar riquísima!», pensó. Pero, aunque era la vaca que más corría de toda la región, no pudo darle alcance.

El hombrecito de galleta llegó a un cobertizo en el que un orondo cerdito comía sin parar y, al pasar junto a él, le gritó:

Escapé de una viejecita,

escapé de un viejecito,

escapé de tres trilladores.

escapé de los labradores,

escapé de la vaca tragona.

Corre que correrás,

pero no me atraparás.

Yo soy de galleta y corro más.

El cerdo, al olfatear aquel manjar con patas, corrió tras la galleta con la boca bien abierta, pero no pudo atraparla.

El hombrecito de galleta corrió y corrió, hasta que en medio del camino encontró a un viejo zorro al que le gritó:

Escapé de una viejecita,

escapé de un viejecito,

escapé de tres trilladores.

escapé de los labradores,

escapé de la vaca tragona,

escapé del cerdo cochino.

Corre que correrás,

pero no me atraparás.

Yo soy de galleta y corro más.

—Perdona, galleta, soy viejo y ando mal del oído, ¿qué me has dicho? —preguntó el viejo zorro— ¿Por qué no te acercas un poco más y me lo repites? Es que estás muy lejos.

El hombrecito de jengibre se acercó un poco y repitió más alto:

Escapé de una viejecita,

escapé de un viejecito,

escapé de tres trilladores.

escapé de los labradores,

escapé de la vaca tragona,

escapé del cerdo cochino.

Corre que correrás,

pero no me atraparás.

Yo soy de galleta y corro más.

—Perdona, galleta, pero no hay forma de entender lo que me dices. ¿Que has huido de qué?

El hombrecito de jengibre se acercó más:

—Te he dicho que escapé de una viejecita…

—Mira chico, lo siento mucho, pero ya te he dicho que soy zorro viejo y estoy un poco sordo. Como no vengas más cerca, no te voy a entender. ¡Ponte a mi lado!

La galleta, que corriendo era muy rápida, pero pensando era muy lenta, se colocó junto al zorro para repetirle su célebre cantinela:

—Te decía que escapé de una vieje…

Pero antes de que pudiera acabar su frase, el zorro le dio el primer bocado.

—¡Vaya!, ¡menudo mordisco me has dado! Me he ido un cuarto…  —exclamó el hombrecito de galleta. Y después—: ¡Oh!, me he ido medio… —Y después—: ¡Ay!, me he ido tres cuartos … —Y al final—: ¡Uy!, ¡Me he ido entero!

Después de decir eso, el hombrecito de galleta de jengibre ya no habló nunca más.

FIN

Si pincháis en la foto, encontraréis una receta para preparar vuestro propio hombrecito de jengibre.

Dulce & Cabaña

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Ilustración: Luciano Lozano

A Dulce no le iba aquello de pasearse en cueros por los prados. Y eso no hubiera supuesto un problema si Dulce no hubiera sido la heredera de una larga estirpe de vacas lecheras. De las de más arraigo y tradición de la comarca. Leche con denominación de origen de «Ganaderías Cabaña».

 A Carlos Cabaña tampoco le iba lo de ordeñar y limpiar establos. Pero era lo que hacía su padre, como había hecho antes el padre de su padre, y todavía antes, el padre del padre de su padre, durante generaciones. Vivir rodeados de vacas, cuidarlas, ordeñarlas y vender su cremosa leche.

Siendo todavía una ternera, al poco de ser destetada, fue cuando a Dulce se le despertó aquel extraño pudor a abandonar el establo sin más vestido que su propia piel. Su madre, doña Anabella, la empujaba exasperada con el hocico para obligarla a pastar por los prados.

 —Es hora de rumiar, holgazana —la regañaba enfadada.

—¿No puedo quedarme aquí? Comeré paja —suplicaba Dulce pegada a las paredes del cercado.

—¡No! —Era siempre la última palabra de su madre.

Don Mariano, el padre de Carlos, también acostumbraba a valerse de aquel «¡No!» innegociable. Especialmente cuando, antes de su viaje semanal a la ciudad, su hijo le pedía colores y cuadernos de dibujo. De inmediato, señalaba intransigente los bebederos e «invitaba» a Carlos a dejarlos bien limpios.

—Hay cosas más importantes que hacer en la granja que andar garabateando papeluchos —zanjaba don Mariano.

Por fortuna, Silvana, la madre de Carlos, que adoraba los esbozos de su pequeño artista, se encargaba de abastecerlo a escondidas de acuarelas, plumillas, láminas y ceras. Y por la noche, cuando don Mariano roncaba en el sofá con el mando a distancia del televisor a punto de caerse de su callosa mano, madre e hijo disfrutaban de las ilustraciones de Carlos, que demostraba un don natural para el dibujo.

Por supuesto, a falta de otros modelos, Carlos se dedicaba a pintar vacas. Y Dulce, sin lugar a duda, era su favorita. Sus grandes ojos negros de mirada apocada lo tenían cautivado. Pero todavía lo impresionaban más las maniobras de la ternera para cubrirse el cuerpo con flores y briznas de hierba fresca. Una curiosa destreza que la mayoría tomaba por las excentricidades de una vaca con la manía de revolcarse por el prado. Pero a Carlos, que se dedicaba a perseguirla con su cuaderno de esbozos siempre que podía, no le había pasado inadvertido que las estratégicas ubicaciones de flores, hojas y hierbajos sobre las orondas carnes de Dulce no eran fruto de la casualidad.

Con cada retrato, Carlos se iba haciendo más consciente de la necesidad de Dulce de adornar su cuerpo, captando en sus dibujos los originales diseños que la joven vaca improvisaba a base de fibras naturales. Girasoles a modo de pamela, collares a base de jazmines y azaleas, hojas de parra ingeniosamente enlazadas sobre su lomo…

Pero lo que empezó como una necesidad de dar cobijo a su instintiva vergüenza a la desnudez, se convirtió en un desafío cada vez mayor al sentirse observada por Carlos. Y así, los vestidos de Dulce se fueron perfeccionando. La vaca arrancaba a escondidas hojas de higuera o de nogal, según combinaran con las flores de temporada. Y ya no se conformaba con trenzar la sucia paja que esparcían por el suelo del establo, buscaba en las balas secadas al sol las briznas más elegantes para lograr tejidos de cálidos degradados.

Carlos no solo testimoniaba con sus dibujos los diseños de la vaca, a la que empezaba a considerar su musa, sino que se convirtió en su cómplice y colaborador. Cada noche, escondía en el corral de Dulce pedazos de tela viejos que había encontrado en un antiguo cofre del desván de la granja. Rasgaba los vestidos que habían pertenecido, probablemente, a su abuela e incluso a su bisabuela y se los cedía a su amiga bovina esperando nuevos y sorprendentes diseños que dibujar. Sedas, miriñaques y canesúes que olían a rancio y que Dulce lograba confundir entre flores y vegetales con tanta gracia, que parecían cosidos por expertos modistos.

Carlos retrataba con fruición cada una de las creaciones de Dulce y se obsesionó en la búsqueda de más telas que combinar. Cuando se acabaron los vestidos viejos, buscó mantelerías y cortinas, que también se acumulaban en el desván. Y juntos, fueron diseñando una auténtica colección de vestidos talla XXXXL.

Para no levantar sospechas, los pases de la modista y modelo se hacían de madrugada, cuando el resto de la granja dormía, pues ya a nadie le hubiera pasado por alto que la vaca tejía y que alguien le suministraba material para sus vestidos.

Por no decir que doña Anabella se hubiera negado taxativamente a que su hija se paseara por el prado vestida con ropas propias de humanos. De modo, que la única testigo de la colección de alta costura para vacas que habían ido creando mano a mano los dos amigos, era Silvana, la madre de Carlos, aunque ella atribuía los modelos a la inagotable imaginación de su hijo.

—¿De dónde sacas tanto arte, hijo mío? Si aquí vivimos entre heno… ¡Mira este diseño! Me lo compraría al instante. Tu padre no puede seguir ignorando tu potencial… Tu vida no está en la granja. Mañana mismo le digo que debes acudir a una escuela de diseño o a la universidad de Bellas Artes. ¡Qué se yo!

Carlos, asustado, no supo qué decir. Le encantaba la idea de abandonar la granja. Acudir a una escuela de arte y diseño había sido siempre su sueño. Pero por bellos que fueran sus dibujos, sabía que todo el mérito era de Dulce. Aunque, ¿quién lo iba a creer? Aquella noche, Carlos le contó a su amiga lo ocurrido con la esperanza de encontrar juntos una solución.

—Si mi madre se entera, la mato del disgusto  —aseguró Dulce angustiada—.  Para ella, a lo máximo que puede aspirar una vaca es a producir leche para nata o mantequilla.

—¡Pero eres una gran artista, Dulce! El mundo lo tiene que saber —suplicaba Carlos—. Has creado una colección digna de pasarela.

—No lo hubiera logrado sin ti, Carlos, ya lo sabes

Los dos amigos se quedaron toda la noche discutiendo y descartando opciones. Los pillaron el amanecer y don Mariano dormidos sobre las decenas de lienzos en el corral de Dulce.

—¿Qué significa esto? —gritó don Mariano arrugando entre sus manos dos o tres dibujos de Dulce vestida con sus mejores galas—.  Además de holgazán, ¿te has vuelto loco? ¿Una vaca vestida? ¡¿A quién se le ocurre?! Y tu madre quiere enviarte a una escuela en la ciudad. ¡Jamás!, serías el hazmerreír de esta familia. Y eso es algo que no voy a consentir.

—No lo regañe, don Mariano, todo fue idea mía, yo tejí esos vestidos —Quiso disculparlo Dulce, pensando que así don Mariano permitiría a Carlos asistir a la Universidad que tanto deseaba.

Mas el remedio fue peor que la enfermedad, pues el ganadero se giró embravecido hacia la ternera y profiriendo improperios, la ató por el cuello y se la llevó a rastras, directa al matadero, para sacrificarla a mediodía. ¡Nada había peor para un Cabaña que criar en sus establos a una vaca loca!

Carlos, desesperado, acudió a su madre y se lo contó todo. Le contó cómo, noche tras noche, él y Dulce habían ido tejiendo no solo toda una colección de moda, sino una sincera amistad y le suplicó que intercediera por la vaca.

Silvana quedó maravillada de que una ternera hubiera creado tantos y tan bellos vestidos, pero también sabía que su marido no pondría en peligro la credibilidad de «Ganaderías Cabaña» por algo tan atípico y tan poco sujeto a las normas como una vaca diseñadora. Así que solo halló una solución. Echando mano de toda su sutileza, pues don Mariano estaba muy, pero que muy enfadado, trató de ganar algo de tiempo para Dulce. Fingió estar enferma y le pidió a su marido que la acompañara con urgencia a la ciudad para que la visitara un médico. Antes de irse, entregó a Carlos las llaves de uno de los camiones de transporte de la granja y abrazándolo estrechamente le susurró al oído a su hijo:

 —El camión está lleno de gasolina y en la guantera encontrarás todos mis ahorros. Vete con Dulce tan lejos como puedas. Milán y París os esperan. Incluso Nueva York, si sois capaces de volar.

 Al cabo de unos meses, Silvana, hojeando una revista de moda en la peluquería, no daba crédito a lo que veían sus ojos. El especial de moda de otoño lo ilustraba una foto a doble página de Dulce luciendo una elegante gabardina amarilla. El titular rezaba: «Los diseños de Dulce & Cabaña: el muuuuuuust have de este noviembre».

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Ilustración: Luciano Lozano

FIN

El nabo gigante

Cuando los hombres aún dialogaban con los animales y con las plantas, hete aquí que, en un frío y verde paraje de Europa, vivía una pareja de ancianos campesinos que cuidaba con esmero su granja.

Los dos eran muy felices; comían lo que les proporcionaba la tierra y cuidaban de una vaca parda, dos cerditos rosados, tres gatos negros, cuatro gansos blancos, cinco gallinas rubias y seis ratones grises.

Un día de primavera, antes de que el sol saliera de la cama, el anciano se levantó y, mientras se desperezaba, olfateó la brisa que se colaba por la ventana abierta y se dijo: «¡Huele a primavera! ¡Ya es hora de plantar los vegetales!»

Se vistió, tomó sus aperos y se dirigió al huerto. Plantó patatas, guisantes y tomates. Acelgas, zanahorias y judías… Y en una esquina de la huerta, resguardada del viento, plantó una semilla de nabo que le habían regalado el día anterior en el mercado. Estaba feliz y contento y mientras golpeaba la tierra con su azada cantaba:

Nabo, nabito

ahora eres chiquito,

pero pronto crecerás

y grande te harás.

Cada día, el anciano regaba aquel nabo mientras le cantaba la canción y el nabo, al oírla, crecía y crecía, dulce y fuerte, hasta que se hizo muy grande.

En realidad, aquel nabo más que grande se hizo ¡enorme!

Pasó la primavera y llegó el verano y el viejecito empezó a cosechar sus hortalizas. Pero cuando llegó al nabo y quiso arrancarlo, no hubo manera.

Tiró y tiró de él, pero el nabo no se movió ni una pizca y tuvo que llamar a su esposa.

La vieja se puso detrás del viejo y tiró de él con todas sus fuerzas y el viejo tiró del nabo.

Tiraron una y otra vez, pero no pudieron arrancarlo.

Entonces, la vieja, llamó a la vaca parda.

La vaca parda tiró de la vieja con todas sus fuerzas, la vieja tiró del viejo y el viejo tiró del nabo.

Tiraron una y otra vez, pero no pudieron arrancarlo.

La vaca parda llamó a los dos cerditos rosados.

Los dos cerditos rosados tiraron de la vaca parda, la vaca parda tiró de la vieja, la vieja tiró del viejo y el viejo tiró del nabo.

Tiraron una y otra vez, pero no pudieron arrancarlo.

Al ver que era imposible moverlo, los dos cerditos rosados fueron a buscar a los tres gatos negros.

Los tres gatos negros tiraron de los dos cerditos rosados, los dos cerditos rosados tiraron de la vaca parda, la vaca parda tiró de la vieja, la vieja tiró del viejo y el viejo tiró del nabo.

Tiraron una y otra vez, pero no pudieron arrancarlo.

Después de un rato, los tres gatos negros corrieron a buscar a los cuatro gansos blancos.

Los cuatro gansos blancos tiraron de los tres gatos negros, los tres gatos negros tiraron de los dos cerditos rosados, los dos cerditos rosados tiraron de la vaca parda, la vaca parda tiró de la vieja, la vieja tiró del viejo y el viejo tiró del nabo.

Tiraron una y otra vez, pero no pudieron arrancarlo.

Sudorosos y cansados, los cuatro gansos blancos llamaron a las cinco gallinas rubias.

Las cinco gallinas rubias tiraron de los cuatro gansos blancos, los cuatro gansos blancos tiraron de los tres gatos negros, los tres gatos negros tiraron de los dos cerditos rosados, los dos cerditos rosados tiraron de la vaca parda, la vaca parda tiró de la vieja, la vieja tiró del viejo y el viejo tiró del nabo.

Tiraron una y otra vez, pero no pudieron arrancarlo.

Las cinco gallinas rubias, hasta las plumas de tanto estirar, convocaron a los seis ratones que vivían en el pajar.

Los seis ratones tiraron de las cinco gallinas rubias, las cinco gallinas rubias tiraron de los cuatro gansos blancos, los cuatro gansos blancos tiraron de los tres gatos negros, los tres gatos negros tiraron de los dos cerditos rosados, los dos cerditos rosados tiraron de la vaca parda, la vaca parda tiró de la vieja, la vieja tiró del viejo y el viejo tiró del nabo.

Tiraron una y otra vez con todas sus fuerzas y siguieron tirando y tirando y…

¡Por fin!, entre todos, consiguieron arrancar aquel enorme nabo.

Pero…

¡Pataplof!

De tanto y tanto tirar, el viejo se cayó sobre la vieja, la vieja se cayó sobre la vaca parda, la vaca parda sobre los dos cerditos rosados, los dos cerditos rosados sobre los tres gatos negros, los tres gatos negros, sobre los cuatro gansos blancos, los cuatro gansos blancos sobre las cinco gallinas rubias, las cinco gallinas rubias, sobre los seis ratones y encima de todos ellos… ¡Se cayó el nabo!

¡Y qué nabo, señoras y señores! ¡Era enorme! Suerte que nadie se hizo daño.

Cuando por fin pudieron salir de debajo de aquel formidable nabo, cocinaron una rica sopa y salió tanta, que hubo suficiente para el viejo, para la vieja, para la vaca parda, para los dos cerditos rosados, para los tres gatos negros, para los cuatro gansos blancos, para las cinco gallinas rubias, y ¡hasta los seis ratones grises se hartaron!

Y tantísima sopa de nabo sobró, que mañana nos han invitado a ti y a mí a cenar con ellos.

FIN

El gallito

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Ilustración: skidone

Andaba un día un gallito, con una gallina amiga, picoteando en el granero de una granja, cuando el gallito se atragantó con un granito.

La gallina, muy apurada, se fue corriendo hacia el río y le pidió un poco de agua:

—Río por favor, dame un poco de agua para que se la lleve al gallito, que se ha atragantado cuando picoteaba un granito. Y ahora está como muerto: quieto, yerto y sin aliento

—Si quieres que te dé agua, tendrás que pedirle una hoja al tilo.

—Tilo, por favor, dame una hoja para llevársela al río, para que me dé un poco de agua, para que beba el pobre gallito, que se ha atragantado cuando picoteaba un granito. Y ahora está como muerto: quieto, yerto y sin aliento.

—Si quieres una hoja, pídele a la granjera una tijera para cortarla.

—Granjera, granjera, déjame tu tijera para dársela al tilo, que se cortará una hoja que llevaré al río para que me dé agua, para que se la pueda llevar al pobre gallito, que se ha atragantado cuando picoteaba un granito. Y ahora está como muerto: quieto, yerto y sin aliento.

—Si quieres que te deje mi tijera —dijo la granjera—, pide un vaso de leche a la vaca para que pueda beber.

La gallina corrió adonde estaba la vaca:

—Hola, vaca, por favor, dame un vaso de leche para que beba la granjera. Ella me dará su tijera para llevársela al tilo y él se cortará una hoja que yo llevaré al río. El río me dará agua que yo llevaré al pobre gallito, que se ha atragantado cuando picoteaba un granito. Y ahora está como muerto: quieto, yerto y sin aliento.

—Para que yo le dé leche a la granjera, antes tendrás que pedir a esos segadores hierba para que pueda comer.

La gallina, presurosa, se dirigió al campo en el que trabajaban los segadores:

—Hola, hola, segadores, os vengo a pedir un poco de hierba para que coma la vaca, que a cambio me dará un vaso de leche para que beba la granjera. Ella me dejará sus tijeras, que llevaré al tilo para que se corte una hoja, que entregaré al río para que me dé un poco de agua para llevar al pobre gallito, que se ha atragantado cuando picoteaba un granito. Y ahora está como muerto: quieto, yerto y sin aliento.

—Para que te demos hierba, pide primero una guadaña al herrero.

La gallina, a toda prisa, se dirigió a la herrería:

—Señor herrero, señor herrero, deme por favor una guadaña para llevarla a los segadores, que cortarán la hierba que llevaré a la vaca para que coma, y ella me dará un vaso de leche, que llevaré a la granjera, que me dejará sus tijeras para llevarlas al tilo para que se corte una hoja, que le entregaré al río para que me dé un poco de agua, para llevar al pobre gallito, que se ha atragantado cuando picoteaba un granito. Y ahora está como muerto: quieto, yerto y sin aliento.

—Solo te daré la guadaña si me traes carbón.

La gallina fue a la mina para pedir a los mineros un poco de carbón.

—Mineros, buenos mineros, por favor, dadme un poco de carbón para llevarle al señor herrero que fabrique una guadaña, para llevarla a los segadores, que cortarán la hierba para dar de comer a la vaca, para que me dé un vaso de leche, que llevaré a la granjera, que me dejará sus tijeras, que llevaré al tilo para que se corte una hoja, que entregaré al río para que me dé un poco de agua, que llevaré al pobre gallito, que se ha atragantado cuando picoteaba un granito. Y ahora está como muerto: quieto, yerto y sin aliento.

Los mineros le dieron carbón, que llevó al herrero para que hiciera una guadaña, que entregó a los segadores para que cortaran hierba para que comiera la vaca. La vaca comió y le dio un vaso de leche, que le llevó a la granjera para que le dejara sus tijeras, que entregó al tilo para que se cortara la hojita que entregó al río, que la llenó de agua para que bebiera el pobre gallito…

Pero al llegar la gallina, ¡ay!, allí estaba muerto, quieto, yerto y sin aliento, aquel pobre gallito que se atragantó con un granito, un día que andaba con su amiga la gallina picoteando en el granero de una granja.

FIN