vecinos

La extraña vecina

Ilustración: llamadorada

Una mañana, muy temprano, el Duende Melodía se paseaba inquieto frente a su casa. Tirándose de la barba, murmuraba con preocupación:

—¿Y si la nueva vecina es una bruja…?

Acompañaban al Duende en su paseo, la Torcaza y la Ranita.

—¿Y si la nueva vecina es una bruja…? —repetían.

La causa de tanta intranquilidad era el nuevo hongo que había aparecido junto al que le servía de casa al Duende. Es sabido que en las callampas habitan seres mágicos. Nadie podía adivinar si en la que venía saliendo habitaba una bruja, un hada o algún otro duende.

La Torcaza decidió consultar al señor Tordo, profesor del bosque. En el nido, el Tordo tenía una vieja enciclopedia. Tratando de parecer culta, la Torcaza preguntó en verso:

—Señor Tordo negro,
me alegro de verlo.
¿Podría decirnos
si el nuevo vecino
será alguna bruja
o algún duende fino?

El Tordo abrió la enciclopedia y, después de dar vuelta muchas páginas, contestó:

—Crecerá la callampa,
crecerá, crecerá…
y este nuevo vecino
¿quién será, quién será?

La Torcaza se sintió muy informada y voló a contarle a su amiga lo que había averiguado. Después de escuchar con atención el anuncio del Tordo, la Ranita comentó haciendo girar sus ojos:

—Eso que ha dicho el Tordo, si no estuviera en verso, sería una gran tontería.

Las dos, una volando y la otra saltando, se acercaron a mirar la nueva callampa.

—¿Qué será, qué será? —se preguntaban en secreto.

El Duende Melodía hablaba y suspiraba de puros nervios:

—Si me toca de vecino un duende peleador, tendré que mudarme. Si en el hongo nuevo viene una bruja, tendré que arrancar ligero, sin llevarme ni siquiera una muda de ropa. Ay, ¿dónde encontraré otro hongo tan lindo como este, con techo rojo y con chimenea chueca? Ay, ay…

En esto, se oyó un fuerte crujido y en la nueva callampa se abrió una puerta como un resorte. Todos lanzaron un grito, pero luego se quedaron mudos al ver salir un par de zapatos viejos, unas chancletas que huían saltando entre las hierbas. De atrás apareció una viejecita que chillaba:

—¡Atajen mis zapatos, ay, no puedo correr a pie desnudo!

El Duende alcanzó los zapatos antes de que se perdieran de vista y se los pasó a la extraña vecina, que se los puso dando suspiros de alivio.

—¡Qué felicidad! Ahora puedo caminar, bailar, brincar.

Y todo esto iba haciendo la viejecita con una agilidad increíble. El Duende la miró un rato y se presentó delicadamente:

—Respetable señora, yo soy el Duende Melodía y vivo en la callampa del lado.

—Y yo soy la bruja Picarona y vivo en la callampa de ningún lado, ji ji.

El Duende, la Ranita y la Torcaza dieron un salto atrás.

—¡Picarona y bruja! ¡Qué horror! —gimió el Duende.

—¡Qué horror! —repitieron las otras dos.

—Yo no soy bruja, soy una brujita y hay una gran diferencia —corrigió Picarona.

Diciendo esto, se metió en su casa y cerró la puerta. Antes de que nadie alcanzara a respirar, la nueva callampa empezó a dar vueltas y como tornillo se hundió en la tierra limpiamente. Todos lanzaron otro grito, pero tuvieron que tragárselo, porque la callampa apareció un poco más allá, junto a unas flores. La brujita salió con una regadera y se puso a echar agua a las plantas murmurando:

—Corrí la casa más acá porque me gustan mucho las flores.

—Si le gustan las flores, es buena —exclamó el Duende con alivio—. Pero si le gusta la música, es perfecta.

Sacó de su bolsillo la flauta con que solía encantar sus tardes. A los primeros compases, la brujita dejó la regadera, se metió en. la casa y con callampa y todo se trasladó con suma ligereza, esta vez por encima de la tierra, hacia el lugar donde sonaba la música.

Se puso a bailar locamente, lo que alegró tanto al Duende, que improvisó rondas, polcas, valses y otros ritmos modernos. La Ranita y la Torcaza se entusiasmaron; mientras una daba bote sobre su panza, la otra aleteaba como remolino. El Duende tocó hasta que Picarona cayó sentada al suelo.

—¡Usted es buena! ¡Le gustan las flores y la música! —gritó el Duende.

—No, no soy buena, lo que pasa es que estoy recién nacida —contestó la brujita.

La Torcaza y la Ranita se toparon ala con pata, mientras comentaban riendo:

—Dice que es recién nacida y parece una vieja, requetevieja. Debe ser porque es bruja.

Picarona pidió más música:

—¡Quiero seguir bailando hasta la medianoche! —gritó.

Pero entonces las chancletas crujieron y de un tirón se salieron de los pies de la extraña vecina, huyendo entre las malezas a grandes trancos mientras se quejaban:

—Estamos cansados, ya no damos más, no queremos estar en los pies de esta bruja.

Llamando a sus zapatos con desesperación, la brujita echó a correr detrás de ellos hasta perderse de vista. Ante el asombro de todos, partió también, muy apurada, la nueva callampa.

Largo rato, el Duende, la Ranita y la Torcaza esperaron que Picarona regresara. Cuando oscureció, cada uno se fue a su casa, desilusionado.

Hasta el día de hoy, la brujita no ha vuelto ni se ha sabido de ella. La Torcaza consultó al Tordo y solo pudo saber lo siguiente:

—Volverá la brujita,
volverá, volverá,
pero el día que vuelva
¿cuál será, cuál será?

La Torcaza y la Ranita se sintieron satisfechas con estas sabias y esperanzadas palabras. Pero el Duende Melodía no quedó muy tranquilo, porque tener de vecina a una bruja o a una brujita es de todas maneras inquietante.

Por eso despierta temprano y revisa los alrededores, temiendo que aparezca la callampa corredora, o que se oigan los crujidos de los viejos zapatos de Picarona.

FIN

El hombre necio que vendió su barba

Ilustración: sharandula

Había una vez dos mercaderes que eran amigos. Uno de ellos era listo y el otro era tonto. El mercader listo era tan listo que no tenía ni un pelo de tonto, tanto era así, que era completamente barbilampiño. El otro mercader, en cambio, tenía una larga y poblada barba. Podéis estar bien seguros de que la suya era una barba tan hermosa como pocas veréis.

Un día, estaban los dos sentados charlando y el mercader que no tenía barba le dijo al barbudo:

—Oye, amigo, ¿te gustaría venderme tu barba?

El mercader de la barba pensó que aquel era un negocio inmejorable y contestó:

—Sí, ¿por qué no? Si me la pagas bien, tuya es.

—Te daré lo que me pidas por esa hermosa barba que luce tan bien en tu cara.

—Fija tú el precio. Hace años que te conozco y estoy seguro de que serás justo y no me estafarás —dijo el barbudo.

—De acuerdo. Te daré un buen montón de monedas de oro, pero con una condición: quiero que la barba siga creciendo en tu cara, aunque seré yo quien la cuide. También decidiré cómo debe crecer, cómo se habrá de peinar, qué perfume poner en ella y cuándo cortarla. Todo se hará según mis deseos y tú no tendrás derecho a decir nada. La barba será totalmente mía. Si alguien te dice «¡qué barba tan bonita tienes! », tú deberás responder sin perder ni un segundo, «lo siento, pero esta barba no es mía, es de mi vecino el mercader barbilampiño y tal y cual». Y contarás todo lo que yo hago por ella. Eso es lo que tendrás que decir.

Al barbudo le pareció bien, así que no puso ninguna objeción.

—Perfecto —dijo—. Puedes encargarte de cuidar mi barba… quiero decir, ¡tu barba! Sin duda, a partir de ahora me saldrá mucho más barata.

Como estaban de acuerdo, redactaron un contrato y el mercader barbilampiño le pagó una buena suma al otro.

A partir de ese día, el barbilampiño fue muy exigente con el cuidado de la barba que había comprado en la cara de su vecino y no dejaba de enseñársela a todo el mundo cada vez que le apetecía —lo cual ocurría muchas veces a lo largo del día—. Iba continuamente a retocar la barba que su amigo tenía en la barbilla y no le importaba que el otro tuviera compañía o que estuviese durmiendo. Y, en ocasiones, tampoco era excesivamente delicado con la propia barba y tiraba de ella sin miramientos. Unas veces la cortaba en ángulo recto, otras en zigzag. Un día vertía sobre ella un aceite dulcemente perfumado y al día siguiente la untaba con vete a saber tú qué.

Las quejas del sufrido vecino eran palabras al viento. Sus súplicas y lamentos se estrellaban contra un muro.

—¡Escucha, amigo mío! ¡Escúchame, por favor! ¿Has perdido el juicio? Te estás comportando como un loco. Deja ya de una vez la barba en paz.

— ¡Pues vaya! —gritaba enfadado el mercader que había comprado la barba—. ¡No haces más que quejarte y protestar! ¿Acaso quieres romper el contrato? Si lo haces, tendrás problemas. La ley está de mí parte. Recuerda que has firmado, así que cálmate. Esta barba me pertenece y tengo derecho a hacer con ella lo que me plazca. ¡Está escrito!

Y se ponía a tironear de ella sin compasión. Tiraba y tiraba hasta que el pobre barbudo ponía el grito en el cielo.

Pasaron los días. El mercader que había comprado la barba seguía atormentando y haciendo llorar al mercader que tenía la barba en su barbilla y llegó un día en el que este ya no pudo soportarlo más.

—Amigo mío, quiero que me devuelvas mi barba. Te lo suplico, deja que vuelva a ser mía. Mi vida se está convirtiendo en una auténtica pesadilla; preferiría vivir con el mismísimo diablo antes que seguir sufriéndote a ti.

—No digas tonterías. Yo estoy encantado con mi barba en tu barbilla. Es una barba estupenda, muy poblada y lustrosa. Mira lo fuertes que son las raíces —Y empezó a tirar de ella con fuerza—. Quiero conservarla. Más adelante quizá podamos hablar de lo que se puede hacer.

Así que siguió cuidando de la barba a su gusto y manera, cada vez con más insistencia y asiduidad, y el mercader barbudo ya no sabía qué hacer.

—¡Basta! ¡Quiero comprarte mi barba! —imploró un día desesperado— . Quiero recuperar mi barba, porque me estás volviendo loco. Devuélvemela y te pagaré lo que me pidas.

—¿Cuánto me ofreces?

—Te daré el doble de lo que me pagaste.

—¿Solo el doble por esta estupenda barba tan poblada y lustrosa? Tócala, tócala —decía mientras la palpaba con sus manos—. Lo siento, pero tienes que darme más, hermano.

—¡De acuerdo! ¡Dime cuánto quieres! Te daré lo que me pidas.

—¡Así se habla! Quiero que me des cuatro veces lo que yo pagué por ella. Ese es el precio justo de tu barba… sumado al de tu necedad.

El mercader barbudo pagó lo acordado y acto seguido, sin perder ni un solo instante, se fue al barbero y se afeitó la barba.

FIN

El bizcocho mágico de nana Cándida

granny_by_marloser-d4w15ip

Ilustración: Marloser

Hace algunos años, cuando yo era niña, se instaló en el edificio en el que vivíamos una nueva vecina: Cándida, una viejecita de cara dulce y vivarachos ojitos azules. Su cabello, completamente blanco, parecía de algodón de azúcar. Pero lo mejor de ella era su sonrisa, siempre resplandeciente en su cara, tan redonda como un pan de pueblo.

No sabíamos nada de ella pero, poco a poco, se introdujo en nuestras vidas y se nos hizo imprescindible.

Aunque vivía sola, su casa no tardó en convertirse en refugio para todos los niños del vecindario.

Nos ayudaba con los deberes y se encargaba de cuidar a nuestros hermanitos pequeños cuando las mamás estaban atareadas. Hasta se hizo amiga de los señores Vázquez, los ancianitos del primero, que no tenían familia y que así, rodeados de toda la chiquillada, pasaban acompañados las largas tardes de invierno.

Los mayores decían que era un ángel que había caído entre nosotros.

Los martes eran especiales. Todos los niños, ¡y hasta los no tan niños!, los esperábamos con impaciencia.

A la salida de la escuela era obligatoria la visita a casa de nana Cándida, que así era como la llamábamos. ¡Allí nos esperaba el bizcocho más rico que nunca se hubiera horneado en el mundo!

Muy de mañana, el edificio entero se llenaba de un goloso aroma a canela y limón, ¡mmmmmmmmmmm!, que nos hacía esperar la hora de la merienda con ansiedad.

—Nana Cándida ya está haciendo el bizcocho.

—¡¡¡Sííí!!! ¡¡Qué ricooooo!!

Esta era, semana tras semana, la conversación de los niños de la escalera.

Nana Cándida elaboraba su bizcocho con una receta secreta que jamás quiso desvelar; la repartía sobre tres grandes bandejas de horno y, cuando ya estaba lista, la cortaba en pedacitos para que hubiera para todos.

Cuando llegaba, por fin, la hora de degustarlo, la sensación era maravillosa: el azúcar y la canela se fundían en la boca y la masa esponjosa dejaba un delicioso regusto de limón en el paladar.

Eran tardes muy felices para los niños de la comunidad. Desde la llegada de nana Cándida ya no había rencillas, discusiones ni riñas entre nosotros. Parecía como si toda su alegría y paz interior, la que se reflejaba en su rostro, se nos hubiera contagiado a todos.

El tiempo pasaba y nuevos vecinos llegaron con niños pequeños, los cuales también se unieron a la tradición del bizcocho del martes.

Durante aquellos años, nana Cándida jamás se quejó de mal alguno; pero un día, los más mayorcitos advertimos que el color sonrosado de sus mejillas se estaba apagando y que en sus vivos ojitos ya no lucía aquella luz de antaño:

—Nana Cándida, ¿te encuentras bien? ¿Te ocurre algo? —le preguntamos.

Ella sonrió dulcemente:

—Nada, nada, ¡¿pues qué me va a pasar?! Es solo que ya tengo muchos años y estoy un poquito cansada. No os preocupéis.

Y todos seguimos con nuestras rutinas hasta aquel fatídico martes en el que, al abrir la puerta por la mañana, nos dimos cuenta de que el ansiado aroma a bizcocho no llenaba el portal.

Nos extrañó mucho, pero pensamos que nana Cándida tal vez se había quedado un ratito más en la cama y que muy pronto se pondría a preparar su dulce maravilloso.

No fue así. Llegó el mediodía y algunos vecinos, preocupados, llamaron a su puerta, pero ella no respondió.

Alarmados, decidieron llamar al señor Cortés, el cerrajero del barrio. Abrieron la puerta y entraron despacio, sin hacer ruido, como si no quisieran molestar, pero en el fondo de sus corazones nuestros papás intuían lo que habían de encontrar.

Hallaron a nana Cándida en su cama, dormidita para siempre. En su cara se dibujaba toda la ternura y toda la paz del mundo.

Los pequeños la lloramos muchos días, se había ganado nuestros corazones y la echábamos mucho de menos. Solo nos consolaba lo que el señor Anselmo, el vecino del ático que era muy aficionado a la astronomía, nos contó.

Nos dijo que el día que se fue nana Cándida, justo encima de nuestra calle, al caer la noche, había observado con su telescopio cómo se encendía una nueva estrella en el firmamento y que nos fijáramos en que en las noches claras iluminaba directamente nuestras ventanas. Ahí era donde se había mudado el espíritu de nana Cándida y desde allí nos acompañaría ya para siempre.

Y eso hacíamos; mirábamos las estrellas desde la ventana y buscábamos la más brillante.

—¡Esa es!

—¡No, esa de allí!

—¡Sí, sí aquella!

Días después, mi mamá y algunas vecinas decidieron ordenar las cosas de nana Cándida y en su cocina, en un cajón, dieron con un librito antiguo que rezaba en su tapa:

Imagen 1

Era tan antiguo, que la mayoría de páginas estaban borradas por el uso y el tiempo. La única receta que se podía leer entera decía así:a

►♦◄ Bizcocho de canela y limón ►♦◄

  • 175 gr. de harina
  • 6 gr. de levadura
  • 130 gr. de azúcar
  • 100 gr. de mantequilla
  • 2 huevos
  • 50 cl. de leche
  • 1 limón
  • 1 cucharadita pequeña, colmada, de canela en polvo
  • Extracto de vainilla
  • Una pizca de ralladura de bondad
  1. Batir la mantequilla con el azúcar hasta obtener una masa cremosa. Añadir la leche, la piel del limón, el extracto de vainilla y la canela.
  2. Incorporar los huevos montados y, después, ir tamizando lentamente la harina y la levadura.
  3. ¡No olvidar la ralladura de bondad!, que deberá mezclarse bien con la preparación anterior para que todo el que coma un pedazo de bizcocho sienta sus efectos.
  4. Verter la masa en un molde untado con mantequilla e introducirlo en el horno, previamente precalentado, a 180º C durante treinta minutos. Comprobar que esté bien hecho con un palillo, y ¡a disfrutar!
  5. Podéis ver cómo queda el bizcocho de nana Cándida en el blog de Maribel.
a

Mi madre me contó más tarde que todas se quedaron asombradas:

—¡¿Ralladura de bondad?!

—¡¿Pero eso qué es?!

—¡¡Parece un ingrediente de hadas!!

—¡Esta receta es igualita a la que yo hago! ¡Pero no puede ser!, ¡a mí no me sale tan rico!

Pero más se asombraron cuando en uno de los armarios encontraron un pequeño frasco con una etiqueta que decía:

Imagen 5

Lo abrieron con cuidado; no querían que se derramara ni un solo gramo de un bien tan preciado, y hallaron un polvo blanco y brillante, con reflejos dorados que ninguna se atrevía a probar.

—Yo creo que es simplemente azúcar.

—Pues yo creo que además lleva canela.

—No, no, es alguna especia de oriente que aquí desconocemos.

Al fin, decidieron elaborar entre todas el bizcocho exactamente como ponía la receta y añadirle la ralladura de bondad.

Estaban ansiosas por probarlo, pero se llevaron una gran desilusión. A pesar de seguir al pie de la letra la receta, el bizcocho no salió como el de nana Cándida.

Lo intentaron más de una vez en hornos diferentes, con harinas distintas, con varios moldes… Pero nada. El original era siempre mucho mejor.

Cuando quisieron darse cuenta, habían acabado con el frasquito de ralladura de bondad, así que decidieron darlo por imposible y seguir haciendo los bizcochos como antes, que aunque siendo muy buenos no nos hicieron olvidar el maravilloso de nana Cándida.

Nadie supo nunca qué era en realidad aquel polvo blanco y brillante, con reflejos dorados. Las vecinas aún andan discutiendo: que si azúcar, que si azúcar y canela, que si una especia desconocida en occidente…

Hoy en día, a pesar de que han pasado más de veinte años, durante las noches claras sigo mirando las estrellas. Busco la que más brilla y juraría que a veces he visto caer sobre el alfeizar de mi ventana un polvo blanco y brillante, con reflejos dorados.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “El bizcocho mágico de nana Cándida” con la voz de Angie Bello Albelda

logoAngie

El tesoro del bosque

pr_01_7171_max

Ilustración: Dianne Dengel

Érase que una vez, en la última casa de una aldea muy pequeña, junto a un espeso bosque de hayas y robles, vivía plácidamente un matrimonio de ancianos. Su jardín lindaba con el de unos vecinos que, sin ser malas personas, tenían el grave defecto de fisgar continuamente lo que hacían y decían los demás. Para colmo de males, como no sabían sujetar la lengua, contaban todo lo que veían y escuchaban al primero con el que se cruzaban, así que en aquel pueblo todo el mundo sabía lo que sucedía en las casas ajenas. Pero es que además, no satisfechos con esto, exageraban de tal modo las cosas, que muchas veces acababan contando sucesos que no eran ciertos.

Un día, mientras los dos ancianos daban su paseo vespertino por el bosque, notaron que sus pies se hundían en el camino y extrañados, decidieron remover la tierra para ver qué era lo que había allí debajo.

Hurgaron durante un rato y hallaron un gran caldero lleno hasta arriba de monedas de oro y plata.

—¡Qué suerte la nuestra! Pero, ¿qué haremos con esto? No podemos llevarlo a casa, porque todo el mundo se enterará, gracias a nuestros vecinos, de que tenemos un tesoro y, al final, nos arrepentiremos hasta de haberlo visto.

Tras largas reflexiones tomaron una determinación. Volvieron a enterrar el tesoro, echaron encima unas cuantas ramas y regresaron al pueblo. Corrieron hacia el mercado y compraron una liebre y un besugo y, acto seguido, se dirigieron de nuevo al bosque y colgaron el besugo en lo más alto de un árbol y colocaron la liebre en una nasa que echaron al río.

Inmediatamente, la mujer se apresuró a regresar sola a la cabaña y esperó a que llegara su marido, el cual apareció al poco rato gritando tan fuerte como pudo:

—¡Esposa mía! ¡Esposa mía! ¡Sal a la puerta! ¡Escucha lo que te contaré! ¡Acabo de tener una suerte loca! ¡Somos ricos!

—¿Qué ha pasado? ¡Cuenta, cuenta! —exclamó la mujer con toda la fuerza de su voz, para asegurarse de que sus vecinos no se resistirían a escuchar la conversación—. ¿Cómo es eso de que ahora somos ricos?

—¡He encontrado en el bosque un caldero lleno de monedas de oro y plata! ¡Ven!, te mostraré dónde está. ¡Vamos!

Y ambos se dirigieron al bosque, no sin antes asegurarse de que sus vecinos los seguían subrepticiamente.

El hombre, entonces, empezó a hablar casi a gritos:

—Pues si es raro hallar un tesoro en medio del bosque, más extraño es todavía lo que me contaron el otro día. Por lo que me dijeron, parece que ahora es habitual que en los árboles crezcan peces.

—¿Pero qué estás diciendo? Seguramente oíste mal o te mintieron. ¡Mira que la gente hoy día no hace más que mentir!

—Pues fíjate, mira allá arriba ¿A eso le llamas tú mentir? ¡Convéncete tú misma de que lo que me dijeron es cierto!

Y señaló al árbol del que colgaba el besugo.

—¡Extraordinario! ¡Inaudito! —exclamó la mujer—. ¿Cómo habrá podido trepar ahí ese besugo? ¿Será verdad lo que afirma la gente?

El anciano, parado y con los brazos en jarras, no dejaba de mirar hacia donde estaba el besugo, negando con la cabeza y encogiéndose de hombros, como si no pudiera dar crédito a lo que estaba viendo.

—¡No te quedes ahí parado! Ya que estamos, podemos coger el besugo y asarlo para cenar —dijo la mujer.

Y así lo hicieron. Guardaron el besugo en su bolsa y siguieron andando.

Al poco, llegaron al río, el hombre se detuvo y su esposa le preguntó:

—¿Por qué te paras? ¿Qué ocurre? ¿Qué estás mirando?

—Veo que algo se mueve dentro de la nasa. ¡Quizá haya caído un pez! Voy a ver.

Miró dentro de la cesta y llamó muy excitado a su mujer:

—¡Ven y mira! ¡He pescado una liebre!

—¡Asombroso! ¡Inusitado! ¡Te dijeron la verdad! Sácala enseguida, mañana haremos un buen estofado con ella.

El marido cogió la liebre y puso rumbo al lugar donde estaba el tesoro; lo desenterraron, cargaron con él y con grandes muestras de entusiasmo, regresaron a su casa.

Los dos ancianos, ricos desde aquel día, vivieron alegremente y sin preocuparse por nada durante algún tiempo. Sin embargo, un buen día, sus vecinos, envidiosos de la suerte ajena, acudieron a los tribunales para denunciar el hallazgo.

—Venimos a ponernos en manos de la justicia y a presentar demanda contra nuestros vecinos. Encontraron un tesoro en el bosque que hay detrás de nuestra casa, y en lugar de repartirlo con nosotros, se lo quedaron entero para ellos solos.

El juez envió a su secretario para comprobar la denuncia y al llegar este a casa de los ancianos ordenó:

—En nombre de la Ley, entregadme ahora mismo el tesoro. Queda confiscado hasta que se aclaren los hechos.

Los ancianos se encogieron de hombros con extrañeza y preguntaron:

—¿Qué tesoro?

—Sus vecinos acaban de denunciar ante el juez que ustedes han encontrado un tesoro.

—¿Nosotros?, tal vez nuestros vecinos lo hayan soñado.

—¡No hemos soñado nada! Vimos el caldero lleno de plata y oro con nuestros propios ojos.

—Por favor, señor secretario, ¿puede interrogarlos con detalles? Si puede probar lo que dicen contra nosotros, responderemos con todos nuestros bienes.

—¡Pero que se han pensado! ¡Claro que podemos probarlo! Señor secretario, le diremos cómo sucedió todo. Lo recordamos a la perfección. Los seguimos hasta el bosque y primero paramos porque de un árbol colgaba un besugo…

—¿Un besugo? —interrumpió el secretario—. ¿Se burlan de mí?

—No, señor, decimos la verdad.

—Pero, por favor —dijo el anciano—, ¿quién puede dar crédito a tamaño desatino?

—¡No son desatinos! ¡Es la verdad! Y usted lo sabe muy bien. Y también sabe muy bien que después pescó una liebre con su nasa…

El secretario se alisó la barba e intentó aguantar la risa sin conseguirlo. La anciana, dirigiéndose a sus vecinos, les aconsejó:

—Será mejor que no sigan, ¿o es que acaso no ven como se está riendo de ustedes el señor secretario? Y usted, señor secretario, ¿aún no se ha convencido de que todo lo que están contando no son más que disparates?

—Realmente, aunque en los juzgados se oyen toda clase de historias raras, en la vida nos llegó noticia de que en los árboles crecieran besugos, ni de que en los ríos se pescaran liebres. Así que, como este asunto me parece una insensatez, doy por terminada esta investigación.

Esa vez, fueron los dos ancianos y el secretario los que extendieron la noticia por el pueblo. Todo el mundo se rió tanto de los dos fisgones, que estos optaron por cerrar la boca durante algún tiempo.

Los dos ancianos se trasladaron a una gran mansión de la ciudad y allí siguen, viviendo a cuerpo de rey, disfrutando felices y contentos del tesoro del bosque.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “El tesoro del bosque” con la voz de Angie Bello Albelda

logoAngie