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Verdad y Mentira

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Ilustración: pesare

Cuentan que una vez, cuando los animales aún hablaban y el sol madrugaba más que ahora, se encontraron en medio de un camino la Verdad y la Mentira, que viajaban por el mundo captando adeptos para sus respectivas causas.

Entablaron una animada discusión sobre si era más conveniente ser sincero o mentiroso y al no ponerse de acuerdo, decidieron seguir juntas su periplo para comprobar cuál de las dos tenía razón.

Antes de emprender la marcha, pactaron que un día una y otro día la otra, se responsabilizarían de buscar alojamiento y sustento y de hablar con la gente que les saliera al paso y que cuando no fuera su turno no intervendrían, escucharan lo que escucharan.

Ya sospecharéis que la Verdad era muy sincera; siempre decía lo que pensaba y nunca jamás mentía. En cambio, la Mentira era justo todo lo contrario, no era en absoluto sincera, mentía y lisonjeaba para obtener provecho de sus aranas o bien para congraciarse con los demás, diciéndoles todo aquello que deseaban escuchar.

Al finalizar la primera jornada de viaje juntas, llegaron a una posada y la Verdad pidió alojamiento. Aclaró que estaban de paso y que solo se quedarían aquella noche. «Poco negocio haré con este par», pensó para sí el posadero. Y se dispuso a darles la peor habitación de todas, afirmando que era la única que le quedaba, a pesar de que en la posada no se alojaban otros viajeros.

La Mentira callaba, según lo acordado, mientras la Verdad, al ver aquella estancia cochambrosa, le fue indicando al posadero todo lo que estaba mal, roto o sucio. El posadero se quedó tan boquiabierto al escuchar tantas verdades juntas, que no acertó a replicar.

La Verdad y la Mentira se encerraron en su habitación y, desde allí, oyeron cómo el dueño de la venta preparaba la cena y, después, se sentaba a comer.

Esperaron en vano a que el hombre las avisara para tomar un bocado, hasta que la Verdad decidió salir y recriminarle al posadero su falta de hospitalidad. El posadero la escuchó ofendido y replicó que no servía cenas a quien lo criticaba, así que las dos viajeras no tuvieron más remedio que irse a dormir muertas de hambre.

Al día siguiente, al reemprender su viaje, la Mentira le dijo a la Verdad:

—Compañera, hoy me toca a mí. Te ruego que, oigas lo que oigas, no hables.

Atardecía cuando llegaron a la siguiente población y decidieron pasar allí la noche. La Mentira se dirigió sin tardanza a casa del alcalde para saludarlo y presentarse:

—Sepa usted, señor alcalde, que viajo de incógnito, con la única compañía de mi ayudante. Soy alguien muy importante, mi poder no tiene límites. Puedo conseguir todo aquello que me proponga. Incluso cosas que nadie creería.

Acto seguido, le pidió al alcalde que convocara a todos los habitantes para poder contar cuáles eran esas habilidades extraordinarias.

Cuando el pueblo al completo estuvo reunido en la plaza mayor, la Mentira pronunció su discurso. Contó que estaba de paso y que, únicamente, podía quedarse aquella noche, ya que gentes de otros pueblos reclamaban su presencia. Afirmó que estaban en presencia de alguien tan poderoso, que incluso podía resucitar a los muertos. No obstante, añadió, como era muy tarde y estaba cansada del largo viaje, se marchaba a descansar. Sin embargo, al día siguiente, a mediodía, y para demostrar lo que afirmaba, resucitaría a todos los difuntos que hubieran fallecido el último año.

Dicho esto, la gente se dispersó y la Mentira y su compañera de viaje se acomodaron en la suntuosa casa en la que eran alojadas las personas distinguidas que visitaban el pueblo.

No habían pasado ni cinco minutos, cuando el alcalde se presentó para advertir a la Mentira de que cuando resucitara a los muertos, ni se le ocurriera resucitar a su predecesor, puesto que él hacía solo una semana que había tomado posesión de su nuevo cargo. El motivo estaba claro: si resucitaba al anterior alcalde, perdería su puesto. La Mentira escuchó, pero no dijo ni que sí, ni que no.

Al cabo de un minuto de haberse marchado el alcalde, se presentó ante la Mentira una mujer, que contó que había perdido a su marido hacía once meses. El marido, que en vida había sido el mayor tacaño del que se tenga noticia, le había dejado en herencia una inmensa fortuna, de la que ahora disfrutaba y a la que tendría que renunciar si él regresaba. De nuevo, la Mentira escuchó, pero no dijo ni que sí, ni que no.

Tras la mujer, se presentaron otras personas con la misma súplica: que resucitara a cualquier difunto, menos al suyo. Aunque los motivos eran diversos, el más frecuente era el de las herencias. Dinero, objetos o propiedades que se verían obligados a devolver a sus legítimos dueños en caso de que volvieran a la vida. A todos escuchó la Mentira, pero a nadie le dijo ni que sí, ni que no.

Había ya oscurecido y se acercaba la hora de cenar, pero como cada uno de los que había visitado a la Mentira para pedirle que dejara a su muerto muerto y bien muerto la había intentado sobornar con una gran bandeja repleta de las más exquisitas y delicadas viandas, el problema fue elegir qué comer.

Mientras daban cuenta de aquellos manjares, la Verdad le dijo a la Mentira:

—Te has pasado con tus embustes. ¿Cómo has sido capaz de prometer devolver la vida a un muerto? Todo el mundo sabe que eso es imposible. Y más increíble aún, es que la gente te haya creído.

—Sí, hay cosas que todo el mundo sabe que son imposibles pero que, sin embargo, desean creer. Gracias a eso, hoy nos iremos a comer con la barriga bien llena y dormiremos en una cama mullida.

A mediodía, la plaza mayor estaba abarrotada, llena de curiosos que esperaban el milagro anunciado por la Mentira. Esta empezó su discurso:

—Buenos días,  sin que nadie se ofenda por ello, creo que es mi deber empezar por resucitar a la persona más importante de este pueblo. Es decir, al antiguo alcalde.

El nuevo alcalde se apresuró a responder:

—Mi predecesor dirigió nuestros destinos durante más de sesenta años. Se dedicó en cuerpo y alma al servicio de la comunidad y todos lo apreciamos por ello. Justo es que ahora lo dejemos tranquilo, ya hizo suficiente. Creo que será mejor empezar con otro.

—Ya habéis oído lo que dice el señor alcalde —dijo la Mentira—. La palabra de un alcalde es ley. Por lo tanto, empezaré con otro difunto.

Se dirigió entonces a la mujer que había perdido a su marido hacia casi un año. Sin embargo, ella también rechazó la oferta diciendo que su marido se había pasado la vida trabajando duramente y que él mismo había afirmado en los últimos tiempos que estaba ya cansado.

Acató la Mentira el deseo de la mujer y pasó a otra persona, y luego a otra y a otra, y a otra más, siguiendo el orden de las visitas recibidas la noche anterior. Todos ponían alguna excusa para que no se obrara el milagro en sus difuntos.

Finalmente, dijo:

—Ya lo veis, soy capaz de resucitar a los muertos, pero preferís que no lo haga, así que acataré vuestros deseos y los dejaré descansar en paz.

La gente empezó a dispersarse en dirección a sus casas y cuando la plaza quedó desierta, las dos viajeras se dirigieron a su alojamiento para recoger sus pertenencias antes de marcharse. Al abrir la puerta, casi ni pudieron entrar, tan llena estaba la casa de los regalos de agradecimiento que les había enviado la gente del pueblo.

De nuevo en ruta, la Verdad reflexionó:

—Yo siempre soy sincera y valoro la franqueza por encima de todas las cosas, pero lo cierto es que en el mundo hay muchos mentirosos y de eso, en parte, la culpa es de la propia gente, que prefiere creer cualquier embuste antes que aceptar la verdad. Además, hay personas tan simples que pagan muy caras las mentiras, cuando escuchar las verdades les saldría gratis. ¡Esto no hay quién lo entienda!

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Verdad y Mentira» con la voz de Angie Bello Albelda

El traje nuevo del Emperador

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Ilustración: roweig

Hace muchos años vivió un emperador al que le gustaba tanto estrenar trajes, que gastaba todo el dinero en vestir con la mayor elegancia.

No pasaba revista a las tropas, no iba al teatro, y solo paseaba por sus posesiones cuando tenían que lucir uno de sus trajes nuevos.

Para cada hora del día, tenía una vestimenta distinta y así como se suele decir de un rey que “está en su gabinete”, de él decían:

—Está en su guardarropa.

El Emperador vivía en la ciudad más cosmopolita y bulliciosa del reino. En ella recalaban a diario gentes procedentes de los más diversos lugares.

Un buen día, llegaron dos truhanes que se hacían pasar por tejedores. Afirmaban que eran capaces de tejer el paño más maravilloso de la tierra. No solo los colores y el dibujo eran extraordinarios, sino que la ropa confeccionada con aquella tela poseía la milagrosa virtud de ser invisible para todo aquel que no desempeñaba bien su oficio o para el que era irremediablemente tonto.

«¡Qué ropajes tan estupendos se podrían hacer con ese tejido! —pensó el Emperador—. Si los vistiera, sabría qué cortesanos no merece su cargo. ¡Podría distinguir entre los listos y los tontos! ¡Sí!, quiero que me tejan esa tela de inmediato». Y pagó una desorbitada cantidad de dinero a los dos pícaros para que, cuanto antes, se pusieran manos a la obra.

Los dos hombres montaron un telar y simulaban trabajar en él, aunque lo cierto es que estaba completamente vacío. Pidieron que les llevaran las más finas sedas e hilos del mejor oro, que se apresuraron a guardar a buen recaudo, mientras seguían simulando trabajar hasta bien entrada la noche.

«¡Cómo me gustaría saber si avanzan con mi tejido!», pensó el Emperador. Pero lo tenía preocupado saber que un hombre tonto o inepto para su cargo no podría ver lo que estaban tejiendo. Y aunque no temía por sí mismo, por si las moscas, prefirió enviar primero a otro para comprobar cómo marchaban las cosas, ya que en la ciudad todos conocían la virtud de aquella tela y estaban impacientes por comprobar lo tontos e incapaces que eran los demás. «Enviaré a mi viejo ministro a los telares, es un hombre honrado, tiene talento y desempeña su cargo a la perfección».

El anciano ministro se presentó en el lugar en el que los dos embaucadores estaban trabajando en los telares vacíos . «¡Ay, ay, ay! ¡Vaya situación!» —pensó el ministro para sus adentros, abriendo los ojos como platos— «¡No veo nada!». Pero nada dijo.

Los dos truhanes le rogaron que se acercara y, señalando el telar vacío, le preguntaron si color y dibujo eran de su agrado. El pobre ministro, ojiplático por la sorpresa, seguía sin ver nada, puesto que nada había. «¡Dios mío!, ¿seré tonto? ¡Nunca lo hubiera imaginado! ¡Nadie tiene que saberlo! ¿Y si no sirvo para mi cargo? No me conviene decir que no veo la tela».

—¿Qué?, ¿no decís nada? —preguntó uno de los tejedores.

—¡Oh!, ¡precioso, precioso! —respondió el ministro mirando con sus lentes—. ¡Qué dibujo! ¡Qué colores! Desde luego que le contaré al Emperador cuánto me ha gustado.

—¡Qué alegría! —respondieron los dos tejedores, nombrado los colores y describiendo los dibujos. El anciano prestó mucha atención para poder repetir al Emperador todas las explicaciones; y así lo hizo.

Los dos estafadores pidieron más dinero, más seda y más oro, puesto que lo necesitaban para el tejido. Todo iba a parar a sus bolsillos, pues ni una hebra se empleó en el telar, y ellos continuaban, como antes, trabajando en el telar vacío.

Poco después, el Emperador envió a otro funcionario de su confianza para que inspeccionara la tela y para informarse de si pronto estaría lista. Al segundo le ocurrió lo mismo que al primero; miró y remiró, pero como en el telar no había nada, nada vio.

—Hermosa pieza de tejido, ¿verdad? —preguntaron los dos tramposos, señalando y explicando el precioso dibujo inexistente.

«Tonto no soy, -se dijo el hombre-, ¿será entonces que no valgo para mi empleo? ¡Es preciso que nadie se dé cuenta!» Y alabó el tejido que no veía, mostrándose entusiasmado por los preciosos colores y el soberbio dibujo.

—¡Es de verdad maravilloso! —le dijo al Emperador.

Tanto se hablaba en la ciudad de la magnífica tela, que el Emperador quiso verla con sus propios ojos mientras estaba en el telar. En compañía de algunos cortesanos escogidos, entre los que se encontraban los que ya habían ido a ver la tela, fue a visitar a los dos pícaros, los cuales continuaban muy afanosos tejiendo, aunque sin hebras ni hilos.

—¿Verdad que es admirable? —preguntaron los dos honrados dignatarios que ya habían visitado los telares—. Fíjese Vuestra Majestad en estos colores y estos dibujos —Y señalaban el telar vacío, creyendo que los demás veían la tela.

—¿No os parece magnífica la tela, Majestad? —le preguntaron también los dos truhanes señalando hacia el telar vacío— ¿Habéis visto los vivos colores y el magnífico dibujo?

«¡Diablos! —se dijo el Emperador—, ¡no veo nada! ¡Es terrible! ¿Soy tonto o quizá no sirvo para ser emperador? ¡Eso sería espantoso!»

—¡Oh, qué maravilla! —dijo—. Tenéis mi aprobación —Y asentía satisfecho mientras miraba el telar vacío.

Su séquito miraba y remiraba, y nadie sacaba nada en limpio; pero exclamaban como el Emperador: «¡Oh, qué maravilla!»  Y le aconsejaron que estrenase los vestidos confeccionados con aquella tela en el desfile que estaba a punto de celebrarse.

—¡Preciosa! ¡Magnífica! ¡Excelente! —corría de boca en boca. Y todo el mundo parecía extasiado con aquella tela.

El Emperador concedió sendas condecoraciones a los dos truhanes para que las lucieran en el ojal y les otorgó el título de «Tejedores imperiales».

Durante la noche que precedió al desfile, los dos embaucadores estuvieron levantados, con más de dieciséis velas encendidas, para que la gente viese lo atareados que estaban tratando de terminar el traje nuevo del Emperador. Después, fingieron quitar la tela del telar, cortarla con grandes tijeras y coserla con agujas sin hilo y, por último, proclamaron entusiasmados:

—¡Mirad, el traje está listo!

El Emperador en persona, acompañando de sus caballeros principales, acudió al taller. Los dos truhanes, levantando los brazos como si sostuviesen algo, dijeron:

—¡Aquí tenéis los calzones! Esta es la casaca. ¡Y el manto! Prendas tan ligeras, que parecen de telaraña. Podría creerse que uno no lleva nada sobre el cuerpo y esa es, precisamente, su virtud.

—¡Así es! —asintieron todos los cortesanos, aunque no veían nada, porque nada había.

—Majestad, ¿querréis dignaros a despojaros de vuestras vestiduras —pidieron los dos truhanes— para que podamos probaros las nuevas ante el espejo?

Se despojó el Emperador de sus prendas y ellos fingieron vestirlo con sus ropajes nuevos mientras el Monarca todo era hacer poses ante el espejo.

—¡Hay que ver lo bien que le sienta! ¡Le queda estupendamente! —exclamaban todos—. ¡Qué dibujos! ¡Qué colores! ¡Es un traje precioso!

—En la calle ya aguarda el palio bajo el cual irá Vuestra Majestad durante el desfile —anunció el Maestro de Ceremonias.

—¡Estoy listo! —dijo el Emperador—. ¿Verdad que me sienta bien? —Y se volvió una vez más a mirar en el espejo, para que todos creyeran que veía el vestido.

Los ayudas de cámara encargados de sujetar la cola tantearon el suelo e hicieron como si la levantaran, avanzando mientras la sujetaban en el aire; por nada del mundo hubieran confesado que no veían nada.

Así empezó a andar el Emperador, bajo el suntuoso palio, mientras el gentío, desde la calle y las ventanas, exclamaba:

—¡El traje nuevo del Emperador es magnífico! ¡Qué cola tan preciosa! ¡Qué maravilla y qué bien le sienta!

Nadie quería que los demás se diesen cuenta de que nada veía, pues si así fuera, es que era tonto o inútil para su oficio. Ninguno de los trajes del Emperador había tenido tanto éxito.

De pronto, entre el gentío se oyó la voz de una niña:

—Papá, ¿no te parece a ti que va desnudo? —preguntó mientras señalaba al Emperador.

—¡Dios bendito!, escuchad la voz de la inocencia —dijo su padre.

Y todo el mundo fue repitiendo por lo bajo lo que acababa de decir la pequeña.

—¡Va desnudo! —gritó al fin todo el pueblo al unísono.

Aquello inquietó al Emperador, pues sospechaba que era cierto, pero pensó: «Habrá que aguantar así hasta el final del desfile».

Y siguió andando como si no oyera nada, con la barbilla muy alta, más altivo si cabe que antes, mientras los chambelanes, avergonzados, continuaban sujetando una cola que no existía.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “El traje nuevo del Emperador” con la voz de Angie Bello Albelda

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