yugo

El jabalí y el yugo

Temprano por la mañana, un jabalí se fue a pescar al lago. Se sentó en un tocón de árbol talado, arrojó su caña de pescar y esperó pacientemente.

Al poco, algo quedó atrapado en el anzuelo. Con todas sus fuerzas tiró de la caña hacia atrás y, de repente, algo salió del agua.

—¿Qué es esto? ¡Nunca antes había visto un pez así!

—Eso es un pez yugo de caballo —le explicó un pájaro.

—¿Y qué voy a hacer yo con este pez? —preguntó el jabalí.

—Muy sencillo, colócaselo a alguien encima y ese alguien tendrá que llevarte a donde tú quieras —explicó el pájaro.

—¡Así que, después de todo, la pesca ha sido buena! —dijo contento el jabalí—. Este yugo me servirá. Estoy tan gordo, que me cuesta andar.

Entonces vio un pato en el lago que nadaba junto a sus patitos.

—¡Le pondré el yugo ahora mismo! —dijo decidido.

Pero no tuvo éxito. Los patos volaron y el jabalí cayó entre los juncos y casi se ahoga en el agua.

«¿A quién podría ponerle el yugo?», pensó el jabalí.

Regresó al bosque, se escondió detrás de un árbol y esperó.

De algún lugar, apareció de súbito un zorro. Pero ¿podría poner el yugo sobre aquel pelirrojo? El zorro no estuvo en absoluto de acuerdo en llevar aquello alrededor de su cuello, ¡y, además, mordió al jabalí en la punta de la nariz!

«A ese par de mocosos los venceré con facilidad», pensó el jabalí al ver a dos conejos hermanos jugando al fútbol en un claro. «¡En un periquete estarán corriendo con mi yugo alrededor del cuello!». Pero tampoco tuvo éxito. Intentó atrapar a los dos, pero, al final, no atrapó ni a uno.

El jabalí, muy cansado, se acostó entre los arbustos y se durmió rápidamente. Soñó que su yugo era tirado por una bandada de patos, que lo llevaban por el lago. Él nadaba sobre el agua y eran los propios peces los que entraban en su boca para que se los comiera.

De repente, se oyó un ruido entre los arbustos que despertó al jabalí. Abrió los ojos y se movió sigilosamente, levantó el yugo por encima de su cabeza y, ¡zas!, lo arrojó en la dirección del ruido, entre los arbustos de frambuesa, y el yugo fue a caer sobre el cuello de… ¡un oso!

—¡Discúlpame, por favor! —gritó el jabalí— Pensé que…

—¿Dónde encontraste este yugo? —preguntó el oso.

—En el lago.

—¿Y para qué lo quieres?

—Quería colocárselo a alguien en el cuello, para que tirara de mí y me llevara adonde yo quisiera.

—Pues haremos una cosa —dijo el oso muy enfadado—, antes de que te arrastren a ti,  primero probarás tú mismo cómo es eso de arrastrar a otros —Y, acto seguido, puso el yugo en el cuello del jabalí.

FIN