zarevna

La rana zarevna

Ilustración: LiaSelina

En un reino muy lejano vivieron un zar y una zarina que tenían tres hijos. El más pequeño se llamaba Iván.

Un día sus padres les dijeron:

—Queridos hijos, tomad una flecha cada uno y disparadla al acaso; dondequiera que caiga, buscaréis novia para casaros.

Lanzó su flecha el hermano mayor y cayó en el patio de un boyardo, con cuya hija se veía en secreto; disparó la suya el segundo hermano y fue a caer en el patio de un comerciante, con cuya hija hacía tiempo que tenía relaciones sin que nadie lo supiera; finalmente, la flecha del menor se clavó en el barro de un sucio pantano, al lado de una enorme rana.

Iván, atribulado, exclamó:

—¡No puedo casarme con una rana!

—Puesto que esa ha sido tu suerte, ¡cásate con ella! —respondieron sus padres.

Y así sucedió. Los tres hermanos se casaron: el mayor, con la hija del boyardo; el segundo, con la hija del comerciante, e Iván, con la rana.

Tiempo después, el zar ordenó:

—Quiero que vuestras mujeres me amasen un pan blanco y tierno cada una.

Iván regresó a su casa muy disgustado.

—¡Croac, croac, Iván! ¿Por qué estás triste? —preguntó la rana.

—¡¿Cómo quieres que no esté triste?! El zar manda que le amases un pan blanco y tierno.

—¡No te preocupes, zarevich! Acuéstate y duerme tranquilo, que al despertar serás más sabio que por la noche —le aconsejó la rana.

Se acostó el zarevich Iván y se durmió profundamente. Entonces, la rana se quitó la piel y se transformó en la Sabia Basilisa, una hermosa joven. Salió al patio y en voz alta ordenó:

—¡Servidores! ¡Amasad un pan blanco y tierno!

Por la mañana, al despertarse el zarevich Iván, la rana tenía el pan hecho, y era tan blanco y delicioso, que no podía imaginarse nada igual.

El zarevich Iván presentó el pan al zar y este quedó muy satisfecho.

Acto seguido, fue la zarina la que ordenó a sus tres hijos:

—Quiero que vuestras mujeres me tejan en una sola noche una alfombra cada una.

Volvió el zarevich Iván muy triste a casa y se dejó caer, con gran desaliento, en un sillón.

—¡Croac, croac, Iván! ¿Por qué estás tan triste? —le preguntó la rana.

—¡¿Cómo quieres que no esté triste?! La zarina manda que le tejas en una sola noche una alfombra.

—¡No te preocupes, zarevich! Acuéstate y duerme tranquilo, que al despertar serás más sabio que por la noche.

Se acostó el zarevich y se durmió profundamente. Entonces, la rana se quitó su piel y se transformó en la Sabia Basilisa, salió al patio y exclamó:

—¡Viento impetuoso!, tráeme aquí la alfombra sobre la cual solía sentarme en casa de mis queridos padres!

Por la mañana, cuando despertó Iván, la rana le entregó una alfombra de inigualables filigranas bordadas con oro y plata. Era tan maravillosa, que es imposible imaginar nada semejante.

Al recibirla, la zarina se quedó asombrada.

Los zares invitaron, entonces, a sus tres hijos, con sus respectivas esposas, a comer.

De nuevo, volvió triste a casa Iván zarevich; se dejó caer en un sillón y apoyó en su mano la cabeza.

—¡Croac, croac, Iván! ¿Por qué estás tan triste? —le preguntó la rana.

—¡¿Cómo quieres que no esté triste?! Los zares, mis padres, nos invitan a comer. ¿Cómo podré presentarte a ti, una rana?

—¡No te preocupes, zarevich! Adelántate solo, yo iré más tarde. En cuanto oigas un trueno, di a todos: «Es mi ranita, que llega en su cajita».

Iván se fue a palacio. Llegaron sus hermanos mayores con sus esposas, y al ver que Iván llegaba solo se burlaron de él:

—¿Cómo es que has venido sin tu mujer? ¡Podías haberla traído envuelta en un pañuelo mojado!

—¿Cómo hiciste para encontrar una novia tan hermosa? ¿Tuviste que visitar muchos pantanos?

De repente, un trueno retumbó e hizo temblar el palacio entero. Todos se sobresaltaron, pero Iván los tranquilizó:

—No temáis, es mi ranita, que llega en su cajita.

Mientras esto decía, llegó al palacio un carruaje dorado tirado por seis caballos. De él, descendió la Sabia Basilisa, tan hermosísima, que sería imposible imaginar una belleza semejante. Se acercó al zarevich Iván, lo tomó de la mano y juntos se dirigieron hacia la mesa, ya dispuesta para la comida. El resto de los invitados también tomó asiento y todos comieron, bebieron y charlaron durante la comida.

Basilisa la Sabia bebió un poquito y el resto de líquido lo echó, con disimulo, en su manga izquierda; comió un poquito y el resto de comida lo echó en su manga derecha. Las esposas de los hermanos de Iván, que no dejaban de observarla, hicieron lo mismo.

Más tarde, cuando Basilisa la Sabia se puso a bailar con su marido, sacudió su mano izquierda y se formó un lago; sacudió la derecha y aparecieron nadando en el agua unos preciosísimos cisnes blancos; todo el mundo quedó asombrado al ver tal maravilla.

Las otras dos nueras de los zares quisieron imitar a Basilisa: sacudieron la mano izquierda y salpicaron con agua a los que danzaban cerca; sacudieron la derecha y con un trozo de zanahoria les dieron al zar y la zarina un golpe en un ojo. Ambos se enfadaron tanto, que las expulsaron de palacio.

Entretanto, Iván zarevich, sin que nadie se diera cuenta, había ido corriendo a casa y había quemado la piel de rana. Al atardecer, y ya en su hogar, Basilisa la Sabia buscó la piel sin encontrarla y habló así:

—¡Iván zarevich!, ¿qué has hecho? Si hubieses tenido paciencia, habríamos estado juntos para siempre. Sin embargo, ahora… ¡Adiós! Búscame en el otro extremo de la Tierra, en el trigésimo reino a mil leguas de aquí; pero antes de encontrarme, tendrás que gastar andando tres pares de botas de hierro y comerte tres panes de hierro. De lo contrario, jamás me encontrarás.

Dicho esto, se transformó en un cisne blanco y salió volando por la ventana.

Iván zarevich se deshacía en llanto. Se calzó unas botas de hierro y salió en busca de Basilisa la Sabia. Después de andar largo tiempo, se encontró a un viejecito que le preguntó:

—Joven!, ¿adónde vas y qué buscas?

El zarevich le contó su desdicha.

—¡Oh, Iván zarevich! —exclamó el viejo—. No debiste quemar la piel de rana; debiste tener más paciencia. Toma esta pelota —continuó—; lánzala, ella te guiará.

Iván zarevich así lo hizo. La pelota rodó y rodó, hasta detenerse ante una cabaña que daba vueltas sin parar sobre tres patas de gallina:

—¡Cabaña, cabañita! ¡Abre tu puerta para mí! —le pidió Iván.

La cabaña obedeció; el zarevich entró y se encontró a Baba Yaga:

—¡Fiu, fiu! En esta cabaña nunca se vio ni se olió a hombre alguno, pero he aquí que tú te atreves a presentarse ante mí y a molestarme con tu olor. Iván zarevich, ¿a qué has venido?

—¡Vieja bruja!, deja de gruñir, primero dame de comer y después pregúntame lo que quieras.

Baba Yaga así lo hizo y el zarevich le contó que iba en busca de Basilisa la Sabia.

—Mucho has tardado. Al principio se acordaba mucho de ti, pero ahora ya no te nombra nunca. Ve a casa de mi segunda hermana; ella sabe más que yo de tu mujer.

Iván zarevich reanudó su camino siguiendo la pelota. Anduvo, y anduvo hasta que se encontró ante otra cabaña, también sobre patas de gallina.

—¡Cabaña, cabañita! ¡Abre tu puerta para mí!

Iván entró y encontró a otra Baba Yaga, hermana de la primera, la cual exclamó al verlo:

——¡Fiu, fiu! En esta cabaña nunca se vio ni se olió a hombre alguno, pero he aquí que tú te atreves a presentarse ante mí y a molestarme con tu olor. Iván zarevich, ¿vienes a verme por tu voluntad o contra ella?

Iván zarevich le contestó que más bien había llegado allí contra su voluntad.

—Voy en busca de mi esposa, Basilisa la Sabia.

—¡Qué pena me das, Iván zarevich! —le dijo entonces Baba Yaga—. ¿Por qué has tardado tanto en venir? Basilisa la Sabia te ha olvidado por completo y va a casarse con otro. Vive en casa de mi hermana mayor, y tendrás que llegar allí muy de prisa si quieres llegar a tiempo. Te daré un consejo: cuando entres en la cabaña, Basilisa la Sabia se transformará en un huso y mi hermana hilará en él finísimos hilos de oro; roba el huso y rómpelo por la mitad, tira la punta detrás de ti y la otra mitad échala hacia delante, entonces aparecerá Basilisa la Sabia ante tus ojos.

Iván zarevich se alejó tras la pelota.

No se sabe cuánto tiempo anduvo ni por qué tierras, pero en su largo camino, rompió tres pares de botas de hierro y se comió tres panes de hierro hasta que, al fin, llegó a una tercera cabaña, puesta, como las anteriores, sobre tres patas de gallina.

—¡Cabaña, cabañita! ¡Abre tu puerta para mí!

Al entrar, encontró a la tercera Baba Yaga hilando hilos de oro; cuando hubo devanado todo el huso, lo metió en un cofre y cerró con llave. Iván zarevich, en un descuido de la bruja, le robó la llave, abrió el cofrecito, sacó el huso y lo rompió por la mitad; la punta la echó tras de sí y la otra mitad hacia delante, y en el mismo momento, apareció Basilisa la Sabia.

—¡Cuánto has tardado en venir! ¡Ya iba a casarme con otro!

Se cogieron de la mano, se sentaron en una alfombra mágica y volaron hacia el reino de Iván.

Después de cuatro días, llegaron al palacio real. El zar y la zarina recibieron a Iván y a Basilisa la Sabia con gran júbilo y tras celebrar una gran fiesta de bienvenida, legaron todo el reino a la joven pareja.

FIN

La nave voladora

barco_fantasma_by_pixelarg

Ilustración: pixelarg

En una fría aldea de Rusia vivía un chico tan pobre, que muchos días no podía ni comer.

Un día, llegó al pueblo un pregonero enviado por el Zar y la Zarina y leyó un bando que decía:

Nuestra hija, la Zarevna, ha tenido un sueño y anuncia que solo se casará con aquel que le regale una nave voladora.

Al oír aquello, el chico, decidido a encontrar la nave, puso en su zurrón un pedazo de pan seco y una botella de agua y partió.

Tres días anduvo sobre la fría nieve hasta que, por fin, se encontró con una viejecita que, al verlo, le preguntó:

—¿Adónde vas por estos solitarios parajes?

—La Zarevna ha prometido casarse con aquel que le regale una nave que vuele.

—¿Y tú sabes cómo conseguirla?

—No, pero espero hallar a alguien, en algún lugar, que me la construya.

—¿Y dónde está ese lugar?

—¡Quién sabe!

—Entonces no tienes prisa. Siéntate a mi lado y come. Saca lo que tienes en la alforja.

—Es tan poco, que me da vergüenza enseñarlo.

—¡Tonterías! ¡Sácalo!

El chico abrió su talega y se quedó atónito. En lugar de pan duro y agua, encontró exquisitos manjares y deliciosas bebidas que compartió con la anciana.

Al terminar, la mujer le dijo:

—Ve a ese bosque y clava esta estaca en el suelo, junto al primer árbol que encuentres; después, échate a dormir. Al despertarte, hallarás la nave que buscas, sube a ella y vuela hacia donde quieras pero, durante el camino, recoge a todos los que vayas encontrando.

El chico, dio las gracias, se encaminó al bosque; clavó la estaca junto al primer árbol que vio y se echó a dormir.

Al despertarse, vio un barco y, sin pensarlo ni poco ni mucho, se subió a él. Apenas pisó la cubierta, la nave empezó a navegar por los aires.

Vuela que vuela, no tardó mucho en divisar a una mujer tendida en medio del camino, con la oreja derecha pegada al suelo.

—¡Buenos días! ¿Qué haces ahí?

—Buenos días. Escucho lo que pasa en el mundo.

—Sube a mi nave.

La mujer no se hizo rogar, subió a la nave y siguieron volando; y vuela que vuela, encontraron a un hombre que brincaba sobre una de sus piernas, mientras la otra permanecía atada a su cuello.

—¡Buenos días! ¿Por qué andas así?

—Porque si ando con las dos piernas, con cuatro pasos doy la vuelta al mundo.

—Sube con nosotros a la nave.

El hombre subió y siguieron volando; y vuela que vuela, encontraron a una mujer apuntando con su arco.

—¡Buenos días! ¿Adónde apuntas?

—Solo hago prácticas de poca distancia, cincuenta kilómetros de nada. Lo que a mí me gusta es disparar cuatrocientos kilómetros lejos, ¡a eso llamo yo apuntar!

—Ven con nosotros.

La arquera subió a la nave y siguieron volando; y vuela que vuela, encontraron a un hombre cargado con un saco de pan.

—¡Buenos días! ¿Adónde vas con ese saco de pan?

—A ver si encuentro un poco de pan para comer.

—¿Pero no es pan lo que llevas en el saco?

—¡Con esto no tengo ni para un bocado!

—Sube a la nave con nosotros.

El tragón se sentó en la nave, que siguió volando; y vuela que vuela, vieron a un hombre que andaba alrededor de un lago.

—¡Buenos días! ¿Qué haces?

—Tengo sed, pero no encuentro agua.

—Junto a ti hay un lago, ¿por qué no bebes en él?

—¡Con un lago no tengo ni para un sorbo!

—Pues, ven con nosotros.

Se sentó y la nave siguió volando; y vuela que vuela, encontraron a una mujer cargada con un haz de leña.

—¡Buenos días! ¿Para qué coges leña?

—Esta leña no es como las otras. Es de una clase que si la lanzas al aire de ella sale un ejército entero.

—Pues ven con nosotros.

Una vez que se hubo sentado, la nave siguió volando; y vuela que vuela, vieron a un hombre que llevaba un saco de paja.

—¡Buenos días! ¿Adónde llevas esa paja?

—A la aldea.

—¿Hay poca paja en la aldea?

—No, pero esta es de una clase especial; cuando se extiende llega el invierno, con nieves y heladas, aun en pleno verano.

—¿Nos quieres acompañar?

—Con mucho gusto.

Al poco llegaron al Palacio real y al ver el Zar y la Zarina que el que pilotaba la nave no era más que un mísero campesino, no les gustó la idea de que su hija se casara con él, así que empezaron a pensar en cómo podrían desembarazarse de aquel yerno indeseable y planearon pedirle que hiciera unas cuantas cosas imposibles.

Lo primero que hicieron, fue pedirle al muchacho que al finalizar la imperial comida les llevase agua viva y cantante de la Fuente del Fin de Mundo para lavarse las manos.

—¿Qué puedo hacer yo? —se preguntó— Ni en un año podría llegar a esa fuente.

—No te apures —le dijo Pierna Ligera—, yo lo arreglaré.

Y desatándose la pierna del cuello, emprendió tan veloz carrera, que en un abrir y cerrar de ojos llegó al fin del mundo, donde encontró el agua viva y cantante. Como había ido muy deprisa y aún era temprano, decidió echar una siesta bajo un manzano y se quedó dormido.

La comida del Zar estaba llegando a su fin y todos los de la nave esperaban impacientes. Oído Fino puso la oreja en tierra y escuchó.

—¡Se ha quedado dormido bajo un árbol!

Entonces, Disparo Certero cogió su arma, apuntó al árbol e hizo caer una manzana sobre la nariz de Pierna Ligera, que echó a correr y en un segundo llegó con el agua.

La orden del Zar y la Zarina se había cumplido. Pero de poco sirvió, porque impusieron otra condición:

—Eres muy rápido y eso te habrá abierto el apetito. Ve a descansar a tu nave, ahora mismo te enviaremos veinte bueyes asados y veinte hogazas de pan. ¡No debes dejar ni las migas!

El chico se asustó, pero Tragón le susurró:

—Esto es cosa mía.

Y, en efecto, Tragón devoró en un momento los veinte bueyes asados y las veinte hogazas.

Al ver que se lo había terminado todo, la Zarina le dijo al chico:

—Con tanta comida, tendrás sed.

Y ordenó que le llevaran a la nave cuarenta barriles de vino de cuarenta litros cada uno.

—¡No hay problema! —dijo el Bebedor—, yo me lo beberé todo y será poco para mí.

Después, el Zar ordenó al muchacho que se vistiera para la boda, pero le advirtió que antes debía darse un baño. La bañera, que era de hierro colado, la calentaron hasta que quedó al rojo vivo. De tal manera, que si el pobre chico entraba en ella quedaría frito sin remedio.

Del cuarto de baño salía un espeso humo, así que cuando el chico entró, el hombre del saco de paja se coló tras él sin que nadie lo advirtiera y esparció sobre el suelo unos manojos de su carga. La temperatura bajó tanto, que el muchacho apenas pudo bañarse porque el agua del baño se heló.

Una vez que se hubo aseado, se presentó ante el Zar y la Zarina, que ya estaban desesperados porque no sabía cómo librarse de aquel campesino. Así que, después de mucho reflexionar, le ordenaron que reclutase un ejército, pensando que sería imposible para un campesino triunfar en tal misión.

La mujer del haz de leña le dijo al chico que ella se ocupaba del asunto, pero que advirtiera al Zar y a la Zarina que si después de aquella prueba no se celebraba la boda, ese mismo ejército se lanzaría contra la ciudad y la conquistaría entera.

Al caer la noche, la mujer diseminó en todas direcciones la leña e inmediatamente apareció un ejército incontable.

Cuando al salir el sol, el Zar y la Zarina vieron aquella numerosa hueste acampada ante su palacio, se asustaron tanto, que se apresuraron a celebrar la boda.

La joven Zarevna cumplió su sueño y se casó con el chico que le había regalado la nave voladora. Los dos se amaron más que nada en el mundo y pasaron el resto de sus vidas volando por todo el planeta.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La nave voladora» con la voz de Angie Bello Albelda

logoAngie